En un contexto de estancamiento productivo, alta informalidad, degradación de las condiciones de trabajo y una estructura laboral que ha quedado ostensiblemente obsoleta, el Congreso Nacional dió por aprobada, el pasado 27 de febrero, la Ley 27.802 de Modernización laboral, y promulgada el 6 de marzo. Este hecho aviva una tensión histórica: facilitar la generación de empleo sin erosionar derechos. Lo cual además pone en evidencia una arista paradójica del modelo económico que enfrenta dos derechos básicos del sujeto social tanto en su rol de empleado como de empleador: el de tener trabajo y el de no ser esclavo del mismo. El trabajo dignifica, siempre y cuando se desarrolle dentro de los límites que preservan la integridad humana en todas sus dimensiones.
Desde la perspectiva del Ejecutivo, el proyecto apunta a “modernizar” un marco legal concebido en otra etapa del desarrollo económico (1974). Sin embargo, es una falacia atribuir la pérdida de dinámica productiva solo a la legislación laboral vigente hasta este momento. El diagnóstico oficial parte de un dato estructural: casi la mitad del empleo es informal, y el costo esperado de contratación —especialmente asociado a indemnizaciones y litigios— funciona como una barrera de entrada para pequeñas y medianas empresas. Bajo este enfoque, la reforma busca reducir la incertidumbre empresarial, flexibilizar la organización del tiempo de trabajo y disminuir la judicialización laboral, con la expectativa de que ello incentive la creación de empleo formal.

Desde el análisis económico, el argumento no es novedoso: menores costos esperados y mayor previsibilidad tienden, en teoría, a expandir la demanda de trabajo. Sin embargo, la evidencia internacional muestra que la flexibilización por sí sola no garantiza creación neta de empleo, sino que su impacto depende del ciclo económico, la inversión y la capacidad productiva. En economías con bajo crecimiento, el riesgo es que los cambios se traduzcan más en una recomposición de condiciones laborales que en una expansión del empleo.
Las principales críticas al proyecto se concentran en ese punto. Sindicatos y sectores opositores advierten que la reforma podría debilitar mecanismos de protección histórica —como la indemnización por despido, la negociación colectiva y el acceso a la justicia laboral— sin asegurar una mejora sustantiva en los niveles de empleo. Desde esta mirada, el problema no radica en la regulación laboral sino en la falta de demanda agregada, el deterioro del salario real y la inestabilidad macroeconómica.
Queda expuesto, a las claras, que una reforma laboral no es solo una discusión técnica, sino una decisión económica y política de largo plazo, cuyos efectos dependen menos de la letra de la ley y más del contexto macroeconómico, la inversión productiva y la capacidad del Estado para articular crecimiento con inclusión. Sin embargo, queda lejana toda posibilidad de dar esta discusión cuando el Gobierno Nacional no tiene intenciones de hacerlo, es incapaz de generar políticas de ningún tipo, ha desguazado los órganos reguladores del Estado, compra voluntades pródigamente y se encierra puertas adentro de un hedonismo obsceno. El objetivo parece claro, reducir al país a una gigantesca matriz de producción primaria para obtener divisas en el mercado internacional, y luego multiplicarlas en el mercado financiero. El modelo es simple, la reforma laboral no tiene más sentido que el de facilitar las operaciones, reducir costos y aumentar beneficios para tener buenos números, sin importar las consecuencias.
El rumbo ya se fijó de antemano, y el proceso marcha acorde al plan. El pasado 5 de marzo en el marco del Kick Off anual de Inviu llevado a cabo en el hotel Four Seasons de Buenos Aires, el vice del Banco Central, Vladimir Werning presentó la hoja de ruta para promover el ahorro privado e impulsar la inversión en el país. Entre los puntos destacó el recorte del gasto público, la flexibilidad cambiaria, el cumplimiento del calendario de pagos de deuda para regresar a los mercados de crédito, el RIGI, “sacar los dólares del colchón” y el desarrollo del mercado de capitales. La realidad es que por más reforma de la que hablemos, si no existen políticas de incentivo a la industria, no hay capacidad de generación de trabajo real, y por lo tanto, tampoco será necesaria la formación académica, con su consecuente financiación. Ésto solo como ejemplo de las maniobras que se están llevando adelante en pos de un modelo de país que difícilmente podemos pensar que beneficiará a todos sus integrantes.
Si bien este tema requiere de un análisis profundo y exhaustivo, que trascienda el campo laboral integrando las demás dimensiones de la sociedad, es evidente que las reformas aplicadas no tienen como fin último mejorar las condiciones de trabajo y de contratación, sino alinearlas con un modelo que persigue arar el terreno para generar la multiplicación y concentración de riquezas. El problema más grande consiste en que todas las acciones que se vienen llevando adelante sistemáticamente responden a los dictados de los entes financieros internacionales, con lo cual se puede esperar que la finalidad sea el crecimiento económico pero no una mejor distribución de las riquezas ni una mejora en la calidad de vida de los argentinos como sociedad.
Sin embargo, más allá de las necesidades ostensibles que el país tiene en términos de desarrollo, maquillar los sopapos recibidos por las malas administraciones no cambiará las cosas. Al final de cuentas, quienes deciden los próximos pasos de los trabajadores, son simples extensiones de una política gorda y fofa que desconoce por completo lo que el trabajo significa. Poner una alfombra encima del desastre es una solución infantil. Asimismo, desdeñar el hecho de que la legislación laboral tal cual la conocíamos ha quedado obsoleta en términos de contexto histórico, tecnológico y relacional, es de una ingenuidad semejante; y las reformas que deberían plantearse de aquí en más, necesariamente deben responder a la premisa de la reconstrucción del entramado social como principio subyacente hacia una sociedad más sólida, consistente y justa.

Todo esto nos lleva a la inevitable pregunta: ¿qué tipo de país queremos construir? Desde la cosmovisión del justicialismo, la reforma que el oficialismo ha puesto en vigor con el apoyo de muchos del bloque opositor (que mastican pero no tragan los ideales justicialistas) es diametralmente opuesta a lo que éste históricamente ha defendido. Es por eso que quizás necesitemos empezar a pensar no en reformaciones, sino en transformaciones, que se conciban desde las categorías sociales correctas y honestas, que incluya y articule a todos los estratos sociales, laborales y culturales, y que respondan con vehemencia a las necesidades reales de quienes conformamos este país. Desde ese punto no alcanza solo con agitar las banderas históricas del peronismo, sino esgrimirlas desde la acción concreta, pensando y generando las bases políticas necesarias para una justicia social efectiva, una independencia económica real y una soberanía política que vele por los intereses de todos los argentinos.
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