NUMERO 1 MARZO 2026

“LO PRIMERO QUE HABRÍA QUE PREGUNTARSE ES QUÉ TIPO DE ORGANIZACIONES NECESITA UNA SOCIEDAD QUE VIVE A ESTA VELOCIDAD”.

POR Redacción De Frente — marzo 19, 2026

Tomás Trapé es rosarino; politólogo recibido en la UNR, conductor del programa Cabaret Voltaire ganador del Martin Fierro a mejor programa federal, y Contragolpe; en Radio con Vos. Tiene 32 años. Además escribe una columna semanal y participada como co-conductor en Infobae a la tarde.


Lo mismo que le debe haber pasado a muchos en el último tiempo: se empieza a hablar, no das mucha bola, pero el murmullo sigue y otra persona te comenta sobre el mismo recorte: “¿Viste a los pibes de Rosario?”, “no, ¿Cuales?”. Y dos días después otra persona, de otro ámbito, cita otro momento de otro programa. Te olvidas, se te pasa… pero el algoritmo sabe  y un día aparece una recomendación sobre un programa especial sobre Magnetto y un poco más abajo un sobre la vida de José Ignacio Rucci o la vigilia del 2 de abril directamente desde Río Grande al lado de la fogata con los combatientes, en el centro del país. Cabaret Voltaire genera una conexión un poco adictiva. Entonces, un episodio termina y pones otro, y lo dejas de fondo pero lo volves para atrás porque no llegaste a escuchar algo muy interesante que se te pasó mientras terminas de lavar los platos o barrer el sábado a la mañana y te juras que el día siguiente lo vas a ver en vivo, y a veces podes y otras veces no, que importa. “¿Quienes son estos dos flacos que se meten en las casas que habitan jóvenes peronistas en toda la Patria, con hambre de discusión y análisis político, vibrando en una frecuencia alejada de la inmediatez resultadista que busca imponerse?”. Tomás es uno de los dos “flacos” (el otro es Mauricio Vera, a quien esperamos tener pronto por estas ENTREVISTAS DE FRENTE).

Tomás es una de esas nuevas voces que nos gusta escuchar. Que nos gusta la forma en la que nos ayuda a pensar; que busca por rincones donde lo mainstream, lo rosquero no se mete porque no le interesa, porque no se saca ningún rédito de esas búsquedas por los márgenes. En un cruce híbrido, un poco charlado un poco escrito, pudimos coincidir y estamos muy orgullos de esta entrevista, de las primeras que publicamos pero tambien de las primeras que queriamos hacer cuando empezamos a pensar este proyecto. Gracias, Tomás por tomarte el tiempo de hablar con nosotros DE FRENTE.

¿Queda aún capital político acumulado en la etapa 2003/2015 que sirva efectivamente  en la disputa actual con el gobierno Libertario? ¿Qué significa para usted “volver a producir política” en tiempos de algoritmos y motosierras?

Hay algo en la introducción de tu pregunta que ya adelanta varias cosas que podrían estar en esta respuesta, así que prefiero no repetirlas y situarme directamente en el escenario en el que está hoy el peronismo. Si estamos en un escenario de tercios, hay dos tercios del país que jamás lo votarían. Y si estamos en el escenario del ballotage, la diferencia fue de 11,38 puntos porcentuales, osea unos 2.960.320 votos. Supongo que ese es el escenario que prefieren imaginar quienes sostienen la estrategia del do nothing and win, esa idea de que basta con esperar mientras el adversario se desintegra. Pero por ahora la realidad es otra, el peronismo también fue derrotado en las elecciones de medio término y en gran parte de las provincias. Entonces el problema no es solo cuantitativo. No es solo que no le dan los 

números. Hay algo más profundo, más del orden espiritual de las cosas. 

Hace poco escribí sobre los próceres muertos y sobre la profanación continua de los símbolos. Tengo la sensación de que a veces se usan como método para no mirar el pasado más cercano, que es el que el pueblo realmente tiene presente. Como si una estampita aesthetic de Maradona —que ya no significa nada— pudiera distraer del hecho de que el gobierno de Alberto-Cristina-Massa entregó el país con una inflación anual del 211% y una pobreza del 42%. El propio INDEC decía que el 58% de los chicos menores de 14 años eran pobres y que el 19% estaba en la indigencia. Y si no recuerdo mal, solo en diciembre de 2023 la inflación fue de 25,5%. Es decir una locura alfonsinista.

Alfonsín terminó funcionando más como profecía autocumplida que como lugar de descanso de la conciencia de cierta clase media que se pretendía convocar. Siempre me llamó la atención ese culto a Alfonsín. En las facultades y en ciertos círculos se lo recuerda con añoranza, pero es difícil encontrar un solo trabajador que lo recuerde de esa manera. Si uno busca una figura de ese tiempo que conectara más con el mundo del trabajo, pensaría antes en un Ubaldini. Algo así como un Lula que no pudo ser. Un dirigente que encabezó actos con un Papa y que incluso logró frenar una reforma laboral como la Ley Mucci. Supongo que en lo que se elige recordar —y en lo que se olvida— hay mucho sobre uno. 

Pero vuelvo a lo que decía antes sobre lo espiritual. Y no es que precisamente esos niveles  de inflación o de pobreza no rompan el espíritu de una sociedad. Hay algo más sencillo. Hace mucho que no veo gente ir a un acto político y volver con más energía de la que fue.  Más bien veo lo contrario. Gente que cumple con el mandato de ir a escuchar siempre más o menos lo mismo. Y lo que es peor, sabiendo que eso que escucha es mentira. A pesar de lo que aconsejan los genios de la política —toda esa tecnoestructura que vende servicios y media entre la política y la realidad— la política no se hace con mentira. Se hace con verdad. Después viene todo lo demás. El algoritmo, la batalla cultural, la que quieras. Pero primero decime cuál es tu verdad. Y sobre todo si esa verdad se parece a la de la gente. No sirven las citas históricas ni la bibliografía. La pregunta es otra ¿Con quién estás enojado? ¿Y qué estás dispuesto a hacer con ese enojo? 

¿Qué cosas considera que son estructurales para el Peronismo que el SXXI  necesita?¿Qué elementos de la revolución tecnológica son asimilables por el Peronismo para volverlos fortalezas políticas?¿Está todo perdido? 

Nada está definido. Los predicadores del apocalipsis siempre anuncian lo mismo y casi nunca ocurre de esa manera. La historia puede cambiar en un segundo, pero eso tampoco puede ser una excusa para no preguntarse cómo llegamos a este presente. Creo que el peronismo —más allá de su estética— fue, sobre todo, un método de hacer política. Un método que claramente no era liberal, ni de izquierda, ni de derecha. Y que en distintos momentos de la historia fue traicionado o reemplazado por otros métodos que parecían más oportunos.

El peronismo original dejó una serie de intuiciones bastante claras. Por ejemplo, “la única verdad es la realidad” remite a una forma muy poco posmoderna de entender la política. Un materialismo bastante directo, muy lejos de esos análisis interminables sobre el rol del lenguaje en nuestra percepción del mundo o de esas batallas culturales sin salida ni retorno. Después está la frase “el pueblo nunca se equivoca”, que en algún momento fue abandonada y reemplazada por algo que se parece cada vez más a la caricatura elitista de “estos negros no saben nada del goce”. Y por último aquella expresión popular: “yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”, que hablaba de una identidad casi existencial. Hoy fue reemplazada por un malentendido, la idea de que “todo es político”, que en la práctica terminó construyendo más trincheras que puentes en una sociedad que ya está bastante harta de que le expliquen sus problemas sin ofrecerle soluciones.  

Ahora bien, si salimos del plano de las ideas y vamos a la práctica, tengo la sensación de que muchas de esas intuiciones del peronismo siguen vigentes. Lo que claramente necesita actualizarse es su organización. De hecho, Perón advierte algo de esto cuando dice que “la organización vence al tiempo”, en el Congreso Nacional Justicialista del 24 de mayo de 1974. Ese tercer Perón —que muchas veces queda oculto— tiene cosas muy interesantes para repasar. Pero ahí aparece una pregunta clave ¿Qué organización y para qué tiempo? Porque nuestra relación con el tiempo cambió. Todo se aceleró, las formas de trabajar, de comunicarnos, de organizarnos. Entonces lo primero que habría que preguntarse es qué tipo de organizaciones necesita una sociedad que vive a esta velocidad.  Ahí incluso hay cosas que la militancia tendría que ver del sector privado. Porque, en definitiva, la militancia es una actividad del ámbito privado con vocación pública. No es el Estado. Si no sos funcionario, la política ocurre en la sociedad. Entonces la pregunta es bastante simple ¿Qué produce una organización política? ¿Cómo se mide su productividad y su eficiencia? ¿Con qué recursos cuenta? ¿Y cómo los consigue? Si una organización solo contiene personas pero no produce nada ni tiene objetivos claros, en realidad se convierte en un depósito. Acumula cuerpos, pero no genera sentido ni dirección. En ese punto, algo del viejo corporativismo fue derrotado por organizaciones más chicas,  más ágiles, más dinámicas. Hoy el partido muchas veces parece un frasco sin contenido. Y

quizás esa era justamente la advertencia de Perón aquel 24 de mayo. Las organizaciones del futuro —políticas o de cualquier tipo— van a tener que pensar su relación con tres cosas que ya están transformando todo. La inteligencia artificial, el territorio y las nuevas formas de cooperación entre personas. Si todas las organizaciones humanas se están repensando frente a la inteligencia artificial, ¿las organizaciones políticas también lo están haciendo? 

Porque más que la fetichización de la militancia de la orga o la militancia como vanguardia, como respuesta a las preguntas que venimos haciendo, lo que yo veo es el trabajo muchas veces heroico, cotidiano, que ocurre en los clubes de barrio y en las organizaciones libres del pueblo. Son lugares donde se libran batallas reales. Batallas que implican organización, solidaridad y pragmatismo. Siempre pienso en el Club San Martín de Rosario, en El Luchador o en El Federal como ejemplos de proyectos que transformaron su entorno y la vida de cientos de personas. En ese sentido, yo solo veo verdaderamente derrotados a los que están esperando vivir de esto, y no a los que eligieron vivir para esto.  

Venís hablando en varias oportunidades sobre la multidimensionalidad del espectro político/ideológico donde la idea de izquierda y derecha no alcanzan para completar los  análisis políticos necesarios ¿Que significa eso y porque consideras insuficientes a estas  categorías?

No es una consideración mía sino del propio Perón. El problema es que hoy hay muchas personas que se dicen peronistas pero prescinden de él. Prescinden de su legado —que en buena medida hoy sería la CGT—, prescinden de su heredero que es un pueblo que en parte importante le dio la espalda a la dirigencia, e incluso prescinden de su pensamiento escrito. Entonces, por momentos da la impresión de que el peronismo ya no cree en el peronismo. O, peor todavía, que hay no peronistas haciéndose pasar por peronistas. No vale la pena profundizar demasiado en eso ni es mi intención hacer gala del peronómetro ni hablar de infiltración. Pero hay un problema bastante evidente. Si todo el mundo es peronista solo por declamarlo, entonces ser peronista no significa nada y eso Cabaret Voltaire lo discutió con bibliografía, con invitados y con historia en muchos programas. Y ahí vuelvo a lo que decía antes, al método, más allá de los símbolos, más allá de si alguien se sabe la marcha entera o no. Lo importante es otra cosa. Y esa otra cosa muchas veces no se quiere discutir porque resulta incómoda y, sobre todo, inoportuna para buena parte de una dirigencia que se sabe culpable.

Esperar una renovación desde arriba es algo antinatural. En política nadie se jubila y las estructuras tienden a autopreservarse desarrollando sus propios intereses. Hay algo que se conoce como la ley de hierro de la oligarquía, y es transversal a cualquier partido político. Por eso las renovaciones casi siempre vienen desde afuera o desde abajo, y cuando aparecen entran inevitablemente en confrontación con lo establecido. No existe otro mecanismo real de renovación. Mirar fijo a la dirigencia esperando que cambie es absurdo. Perón y la juventud así lo entendieron, y fue esa juventud la que disputa su liderazgo. Sin hacer balance de lo que ocurrió –porque ya lo hemos hecho–, si ese mecanismo no existe o dejo de funcionar, no es más honesto seguir preguntando si la rebeldía de volvió de derecha porque podríamos invertirlo y pensar que en realidad, se volvió de izquierda. 

¿Cómo se construye comunidad política real en un ecosistema digital gobernado por  algoritmos que premian la fragmentación y el enojo? ¿Es posible que una comunidad  digital peronista sea algo más que una audiencia?

A ver, voy a intentar responder esta pregunta desde otro ángulo porque siempre se cae en el determinismo de los medios de comunicación como respuesta a todas las penurias del movimiento nacional. Antes era Clarín y ahora es Tik Tok. Entonces, la gente está enojada antes de las redes sociales y tiene razón para estarlo. El que no está enojado es un cínico o está protegiendo los intereses de algún jefe. Esa palabra —enojo— ya apareció en esta conversación por lo que quiero ir en otra dirección. 

Hay un problema que es concreto. La política funciona como un trabajo corporativo, pero hoy no tiene ninguno de los beneficios de un trabajo corporativo porque es precaria, flexible y mal paga. Si el kirchnerismo logró capturar el imaginario de una generación fue, en parte, porque le dio lugar a una juventud. Le dio participación, visibilidad y una promesa, que esos jóvenes también podían llegar a ser dirigentes. Y efectivamente muchos lo fueron. Hoy algo de esa promesa aparece del lado libertario. Por eso vemos tantas clipeadoras, youtubers y pibes que se embarcan en esa aventura con la expectativa de que también les toque. En parte ocurre porque no tienen cuadros formados. Pero también hay un dato objetivo, lo que hoy se presenta como “renovación peronista” ronda los cincuenta años. Tal vez la juventud libertaria sea más cínica que aquella de los años dos mil, pero también es más honesta respecto de lo que realmente quiere. Y eso genera un sistema de incentivos que encaja mucho mejor con la lógica de las redes sociales. Las redes premian la transgresión. La política corporativa, en cambio, premia la obediencia. Y la premia mal, por poco o por casi nada. Tampoco hay hoy una verdadera promesa de ascenso social dentro de las estructuras del Estado. En parte porque el Estado se parece cada vez más a un hardware viejo que ya no logra correr el software que exige el presente. Y ese problema termina contagiando a todas las organizaciones que dependen de él. 

Ahora bien, estoy de acuerdo en que comunidad y audiencia son cosas distintas. Pero tampoco conviene idealizar demasiado lo que ocurrió en los años de auge del kirchnerismo. En buena medida también hubo una audiencia. Digo, gente que miraba 6,7,8, Duro de Domar, que consumía libros como Antiprincesas o que veía Canal Encuentro. No es que para hacer funcionar un Estado o desarrollar políticas públicas necesites millones de militantes movilizados pero si necesitas al pueblo de tu lado para ganar una elección. La pregunta ¿De quién es el poder? ¿Del pueblo o los poderosos? Ese es el origen de la política dedicada a la rosca, al café, a la mesa chica. La gente no está ahí. Y tal vez esa sea, justamente, la medida de la desorientación actual de la dirigencia. Responder mal cada una de las preguntas que nos hicimos en esta conversación

Opinión Pública

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