NUMERO 1 MARZO 2026

DOS FALACIAS Y UNA SALIDA

POR Franco Ciarrapico — marzo 20, 2026

“El sueño se hace a mano y sin permiso”.

Silvio Rodriguez

Mi nombre es Franco. Tengo 21 años. Militante Peronista desde los 15. Cuando murió Néstor tenía 6, cuando Cristina dejó el gobierno tenía 11. La primera vez que voté, el índice de pobreza promediaba los 40 puntos. Me sumé al Peronismo con Alberto, entendiendo desde el primer momento que no me estaba sumando al Movimiento de los sueños, sino que ese era un piso desde el cuál soñar con un mejor futuro. Es por eso que, perteneciendo a una generación que le tocó vivir más frustraciones que victorias, siento que nos hemos ganado el poder de hacer algún comentario sobre el presente y el futuro de nuestro Movimiento. Una reflexión personal sobre cuál es hoy la tarea fundamental del militante como individuo y la militancia como conjunto en este momento tan particular del Movimiento Peronista. 

Creo en primer lugar que la tarea del militante hoy es profundamente política. Estamos en una crisis generalizada, de la cuál saldremos sólo con política. Sin desmerecer la titánica y noble tarea del compañero que da apoyo escolar o para la olla en un barrio popular, creo que en el tiempo reciente se relegó a la militancia de base al lugar de ser el “dique de contención” de una Argentina rota mientras la política la discutían otros. No caigamos en esa trampa, en esa bajada de precio disfrazada de moral. Así como la olla no resuelve el hambre en la Argentina, la militancia social no resuelve la política del Peronismo. Lo mismo aplica para las militancias corporativas, o sectoriales. Es digno, justo y lógico movilizarse detrás de los intereses primarios de un sector social, como puede ser el sindicalismo o el gremialismo de cualquier índole. Los intereses sectoriales son parte fundamental de cualquier proyecto político. Ahora bien, sin una dirigencia capaz de convertir ese impulso en política, no es más que movilización sin presión; testimonialidad. Tomemos por ejemplo la multitudinaria marcha universitaria del 23 de Abril de 2024. En el frenesí del momento, muchos lo interpretamos como la primera bala que le entraba al gobierno libertario. A dos años de aquella movilización, ¿podemos decir que realmente sirvió de algo? ¿Ha mejorado la situación de los estudiantes, docentes y el sistema educativo en su conjunto? ¿Son mejores las condiciones edilicias, los salarios del personal, la calidad de la enseñanza? Más bien, parecería ser todo lo contrario, y hasta que no surja una expresión que logre estructurar políticamente estos reclamos, no habrá presión suficiente que pueda torcer la voluntad del gobierno. Digo esto con la confianza absoluta de que un militante de base, de cualquier espacio, seguramente esté mucho mejor calificado para representar a sus compañeros y compatriotas que un burócrata o un político profesional. Pero es la hora de que cada militante tome el bastón del mariscal, y sin creerse más que nadie ni menos que ninguno, asuma como propia la tarea de discutir y disputar políticamente dentro del Movimiento. Somos los militantes, que hacemos esto por nada más que la convicción de que militar es un deber y no un oficio, los primeros y quizás únicos interesados en torcer el rumbo de esta historia. Para eso, hay que formarse y asumir esa misión.  

No sería más que un error de mi parte traer certezas en un tiempo que se debe a preguntas. Grandes preguntas. Preguntas que hacen a una época. Estoy convencido de que el Peronismo se debe a una discusión sincera sobre cuál es su lugar en el mundo de hoy. La revolución tecnológica, el desarrollo técnico, las modificaciones profundas en el mundo del trabajo y la organización social han venido a dar vuelta el mundo que conocimos;  el mundo sobre el cual el Peronismo fue edificado. Cómo los avances tecnológicos han reconfigurado el poder explica en gran medida la crisis de representatividad y debería estar en el centro de cualquier proyecto político serio. Sin embargo, por indiferencia o cinismo, la tecnología sube por ascensor y la política por escalera. Es por eso que creo que la misión fundamental hoy de la militancia peronista, particularmente la militancia peronista jovén, es construir el Peronismo del Siglo xxi. Cómo se ve ese peronismo, a quien le habla ese peronismo, a quien representa, para qué sirve, cuál es su utopía. Son preguntas profundas para construir, o más bien re-construir, un movimiento auténticamente nacional y popular. Uno que logre poner de pie a los Argentinos nuevamente en un mundo complejo, pero por sobre todas las cosas injusto. 

No hay certezas, pero estoy convencido que se construye a partir de la síntesis de lo que cada uno de nosotros viene viviendo, sintiendo, pensando. Perón no inventó el Peronismo. Perón descubrió el Peronismo en el Pueblo Argentino, y en todo caso le dio un nombre, una estética, una poesía. Sistematizó en Doctrina lo que descubrió en el Pueblo. Tenemos una tarea parecida. Reconstruir el Peronismo, de abajo hacía arriba. Trasladar las discusiones que se están dando hoy en la base hacía la superestructura. Organizar la periferia para tomar el centro. Y vuelvo a insistir; con mucha discusión. Discusión sincera, discusión frontal, discusión de fondo. Ensayo una triada; nuestra misión es construir el Peronismo del Siglo xxi, se hace de abajo hacía arriba y el método es la organización militante. Creo en esto, y creo realmente que cualquier otra discusión que no sea esta es esencialmente una táctica cortoplacista, pero que no va a resolver la gran crisis existencial en la que estamos. Si no resolvemos el nudo de fondo, el Peronismo correrá la misma suerte que la Unión Cívica Radical; un partido centenario, vacío de sentido y propósito. 

Hecha esta antesala, quiero desarticular dos falacias que creo han encorsetado la capacidad de discusión de la Militancia Peronista, particularmente desde la elección del 2023 en adelante, y ofrecer algún tipo de salida. Sin soberbia, sin pretensiones. Solo algunas conclusiones que van dejando la experiencia de militar en años turbulentos y confusos como estos. Siempre se ha dicho que de los laberintos, se sale por arriba. En este caso, solo sé que se sale desde abajo. 

Falacia número uno: “la militancia solo tiene que discutir ideas”

Perdimos porque no había programa. Porque no pudimos explicarle a la gente que era lo que había que hacer. Es una lectura que se repite una y otra vez desde la derrota en los comicios de 2023 ante el entonces outsider Javier Milei. Una conclusión lógica; Sin programa, no hay política. 

Hay una trampa cómoda en el debate programático. La trampa de creer que con el programa suficientemente afinado, con la gestión suficientemente pensada, el resto se ordena solo. Que la idea, por su propio peso, abre camino. La política como debate de mentes y ejecución técnica. No funciona así. Lo programático no reemplaza lo político. Un programa es un accesorio; un producto, una delineación en un momento y un lugar; de un proyecto político. Hay un trabajo que es anterior, que es el de la elaboración de una política. De ahí nace el programa, y no a la inversa. Citando al mandatario francés Emmanuel Macrón; soy un Maoísta, un buen programa es un programa que funciona. El problema no está en encontrar el programa ideal, sino en hacerlo funcionar. Un programa, sin una plataforma que genere las condiciones de su ejecución, no es más que una enunciación de buenas intenciones. Está bien que cada espacio político generé su think tank. El problema está en pensar que ese tanque de ideas va a reemplazar a la política. 

Con esto no estoy diciendo que no tiene sentido discutir ideas. Hay que discutir ideas. Hay que elaborar programas. Hay que analizar la realidad. Hay que ensayar soluciones. También hay que disputar Poder y generar las condiciones para que ese programa sea aplicable, y eso muchas veces tiene más que ver con las personas que con las ideas. El punto es que el programa por sí mismo no reemplaza a la política, y que un cuadro técnico no deja de ser una herramienta de un proyecto político (nota al pie; si vamos a tener técnicos, sería prudente escucharlos una vez que estemos en el Gobierno). 

Falacia número dos: “la militancia solo tiene que discutir nombres.”

Creo que el Peronismo tiene varios candidatos que pueden ganar una elección. La cagada es que ganar una elección no va a resolver nada. El Peronismo puede cerrar en unidad, ganar las elecciones en el 2027 y volver al gobierno. Si antes de discutir un candidato no ordenamos el Movimiento, solo va a concluir en una nueva frustración en nombre del Justicialismo. 

Así como elegir un candidato no va a resolver al Movimiento, tampoco hay que caer en la trampa de no discutir nombres. Es disuadir a las bases de la discusión política concreta, de la disputa material. Ustedes discutan las ideas, no importa quien va en las listas. Hasta que importa. Si la militancia no discute nombres, si no disputa los lugares de representación política, esos lugares van a estar siempre ocupados por personajes que no representan ni tienen la espalda para llevar adelante las transformaciones que las bases estamos reclamando. Ahora bien, aceptar esto es aceptar que el problema no empieza y termina en los dirigentes, y que la solución tampoco está en mirar hacía arriba. El problema está en cada uno de nosotros que por indiferencia, disciplinamiento o desconocimiento repetimos y reproducimos las viejas lógicas de la política. No solo hay que discutir la lapicera, hay que discutir cómo la usamos cuando la tengamos

¿Es importante discutir nombres? Sí, por supuesto. Mucho más de lo que se suele admitir. Porque la crisis del Peronismo va a terminar de saldarse cuando logré encausarse detrás de un liderazgo. Un liderazgo que sintetice un proyecto político nítido, concreto, real. Con estructura, con sentido, con gente. Lo cuál termina siendo mucho más que (aunque no deja de ser) un nombre. La militancia tiene que generar liderazgos. Tiene que discutir nombres, empujar figuras, jugársela por dirigentes sí los creen aptos. Incluso animarse a perder. Lo que no podemos hacer, y es el punto central de este apartado, es esperar que un dirigente equis, espontáneamente resuelva los problemas que esta clase política no ha logrado resolver en los últimos años. Los liderazgos del Peronismo del Siglo xxi no van a bajar de una cúpula. El nombre que sintetice ese proceso va a emerger cuando el proceso exista. No antes.

La salida: quebrar la inercia

Esto no es una nota de autoflagelo, es una convocatoria al combate. Hay una salida a la crisis en la que estamos. Existe una juventud militante dormida, dispersa, esperando a ser convocada. Una juventud política que tiene el mandato de recuperar la irreverencia y quebrar la inercia. ¿Qué es quebrar la inercia? Poner en discusión todo lo que tenga que ser discutido, disputar todo lo que deba ser disputado, decir DE FRENTE lo que sólo es lícito cuando es susurrado. Se terminó el manual del militante de la década ganada y el verticalismo marcial sin contenido político. Se agotó la legitimidad de una dirigencia que pierde, porque así como equipo que gana no se toca, equipo que pierde tiene la obligación de cambiar su juego. 

El juego cambió, cambiaron las reglas, cambió el mundo, cambió la gente. Llegó la hora de una nueva juventud política que genere desde su práctica el Peronismo del Siglo xxi. Una juventud que desborde hasta que aclare los límites de la organicidad y ensaye nuevas recetas de producción política. Que se la juegue por la Patria más que por sus dirigentes. Que sea audaz, un poco aventurera, pensante, patriota. Ya llegará el inevitable momento de la burocratización, pero incluso hasta el mayor tacticista de los nuestros debe entender que todo Poder nace de una insubordinación. ¿Cómo se quiebra la inercia? Organización y Militancia.

Tras el fracaso de “las Orgas” en etapas anteriores, es válida la pregunta ¿vale la pena construir Organización?. Personalmente, creo que es de las pocas cosas que tiene sentido en la política argentina de hoy.

Primero que nada, tenemos que definir qué entendemos por Organización. Cuando digo construir Organización, me estoy refiriendo a construir un centro neurálgico de producción política. Un sistema de producción política tiene tres pilares; sustancia, narrativa y resonancia, los tres ordenadores fundamentales de cualquier organización política de cara al siglo veintiuno. La sustancia es la idea, la narrativa es el relato y la resonancia es el alcance.

En el peor de los casos, una Organización es un refugio. Un espacio de encuentro generacional en la gran marea fragmentada que es la juventud de este tiempo. En el mejor de los casos, una Organización es un cañón cargado de futuro. Un rosquero no construye poder, un rosquero negocia poder. La Organización construye poder. La diferencia de enfoque es abismal.

Además de los tres pilares, hay que asumir dos estrategias en clave de disputa. La acción como disputa material, la digitalidad como disputa de sentido.

Uno de los días más felices de mi carrera como militante fue el día que nos agarramos a piñas con los pibes libertarios en la Facultad de Derecho de la UBA, el año pasado. Cuando después de horas de batalla campal por fin se fueron, no me importó mucho tener un ojo morado y un derrame que duraría semanas. Alguien también tiene que ponerle la cara a las piñas, y fue un orgullo ser quien lo haga por mantener vivo al Peronismo (aunque hubiera sido ideal también colocarlas). La Juventud Peronista tiene que salir del inmovilismo y uno de los métodos es el culto a la acción. Nos tiene que pesar más ser acusados de cobardes que de inorgánicos. En el territorio, la juventud tiene el mandato de ser dinámica, de inclinar la cancha a su favor, de pasar a la acción sin especulación, a veces solo para demostrar capacidad. No hay narrativa posible si nos da miedo el Gordo Dan. Coparle la parada a los pibes libertarios también es tarea de la nueva JP. La acción es superior al comunicado, la derrota del enemigo es más importante que el repudio

El plano digital es casi sino igual de importante que el material. Hay que organizarnos en redes. Organizarnos, no replicarnos. Respetando y disputando dentro de las lógicas de la digitalidad. No compartir la selfie con dedos en V en un canal de difusión, sino agarrarse a las trompadas (twitteras) con MileiEmperador. Los Peronistas tenemos que entender que hoy la vida de muchos jóvenes está compartimentada casi en su totalidad por el plano digital. Esto es problemático, y hay que resolverlo, pero por lo pronto hay que entender que esos mismos jóvenes, también votan. Hay que comprender que el sujeto digital es un sujeto en disputa, y que sus formas de organización y generación de sentido no son las mismas que las del hombre de a pie. Si no construimos en la calle online, nuestra juventud va a estar siempre incompleta. Además, hoy las redes son un espacio de creciente politización, radicalización e incluso muchas veces la antesala de fenómenos políticos concretos que hoy por iniciativa propia cuasimonopoliza la extrema derecha. A riesgo de parecer ingenuo, creo que el Peronismo necesita conformar con urgencia sus propias Fuerzas del Cielo. Las redes son una militancia que hay que reinterpretar. Son el grupo de choque del siglo xxi. 

Por último, es importante que cualquier organización que surja de este proceso histórico acepte sin que se le caigan las vestiduras ideológicas que ante todo hay una misión generacional. Algunos la llaman renovación, otros trasvasamiento. Tenemos que construir la expresión de un Peronismo joven; contemporáneo, humanista y popular; que sirva de contrapeso y superación a la propuesta deshumanizante y elitista que representa (lamentablemente) el único fenómeno político contemporáneo; el libertarianismo antipatria. La organización debe canalizar las inquietudes de los jóvenes tal cual son. A su vez, la renovación no es tirar un viejo por la ventana todos los días. El trasvasamiento es un diálogo intergeneracional donde se contrastan experiencias y se elabora una síntesis. Un Peronismo con raíces y responsabilidad histórica, con jóvenes convocados a escribir con fuego su propio capítulo, basado en sus experiencias, en el mundo que esta generación conoce mejor que cualquier otra. Si el Peronismo jovén lo es solo en edad, si la nueva camada que asuma naturalmente el lugar de la anterior, lo hace sin una reflexión clara y consecuente de cómo y para qué hacemos política, entonces no hay trasvasamiento real. Si los jóvenes peronistas no cambiamos las formas de construcción, entonces lo único que nos separa de la casta es jerarquía. Sin contenido generacional real, no hay Peronismo del futuro.

No creo que este sea un camino corto. Todo lo contrario. Creo que nos esperan aún muchas frustraciones, y en lo personal ya hice las paces al respecto. Esto es un proceso largo y necesario del cual no vamos a salir cambiando un par de dirigentes y limpiando un par de rostros. Esto es un viaje al corazón de las preguntas más profundas que subyacen, no sólo al Peronismo, sino al sentido de nuestra democracia que hoy se encuentra en jaque por los nuevos poderes del siglo xxi. 

Empecemos por lo más cercano; vivir sin convertirnos en esclavos de la época. Tomemos el café en la mañana. Trabajemos. Estudiemos. Disfrutemos el ocio en la medida que nos sea posible. Seamos buenos compañeros de nuestros compañeros. Seamos buenos amigos de nuestros amigos. Y sigamos militando, aunque hoy se parezca más a un refugio que a una trinchera. Algunas palabras para militar la época sin caer en el derrotismo nihilista. Coraje. Audacia. Imaginación. Esfuerzo. Paciencia. Fé. A veces ciega y noble fé.

Opinión Pública

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