Desde el cuidado de lo frágil hasta el uso estratégico de nuestros recursos naturales, se presentan las claves para resistir a la miseria planificada y construir un modelo humano e independiente.
Le hizo crack, crack, el hueso al final
Existe una anécdota muy conocida y atribuida a la antropóloga Margaret Mead, según la cual el primer signo de civilización en la cultura humana no fue una hacha de piedra, ni una vasija de barro, ni el dominio del fuego, sino un fémur fracturado y cicatrizado encontrado en un yacimiento arqueológico. En el reino animal, un hueso roto equivale a la muerte: imposibilita cazar, huir o defenderse. Un fémur soldado significa que alguien se detuvo, protegió al caído, le ofreció refugio, alimentó al herido y cuidó de él hasta que recuperó la salud. El origen de la civilización es, en esencia, la solidaridad organizada y el cuidado de lo frágil.
Esta premisa ética choca de frente con el paradigma imperante en las catedrales tecnológicas de Silicon Valley. Allí, la madurez de la especie no se mide por la preservación de la vida digna ni por la protección de los más vulnerables; ancianos, niños, personas con discapacidad o sectores postergados; sino por métricas frías y gananciales. El volumen de parámetros entrenados, la eficiencia de cómputo en gigaflops, aceleración en el procesamiento de tokens e infraestructura energética medida en escala de gigavatios.
La inteligencia artificial de frontera ha entrado en una fase crítica. Ya no estamos ante el inocente despliegue de asistentes de texto o generadores de imágenes decorativas. La sociedad global observa una competencia salvaje por la superinteligencia autónoma, sin entender exactamente qué es lo que eso significa.
La denuncia pública formulada por Jacob Coxon, investigador británico formado en Cambridge que trabajó en el núcleo duro de pre entrenamiento tanto de OpenAI como de Anthropic, funcionó como el detonante de una alarma global. Coxon advirtió que la industria avanza a ciegas hacia un escenario de pérdida irremediable de alineación técnica, arriesgando una catástrofe global o la extinción humana en el corto plazo por pura codicia corporativa.
Esta advertencia no es una conjetura aislada. Figuras centrales de la propia industria, como Evan Hubinger (director de pruebas de alineación en Anthropic) o el Premio Nobel Geoffrey Hinton, han estimado en más de un 10% la probabilidad de una catástrofe existencial en la próxima década. Lo que se oculta detrás de la fascinación técnica es una dinámica socioeconómica profunda: un proceso de alienación, “hipnosis colectiva” y secuestro cognitivo.
Como señala Juan Grabois con una perspectiva crítica y desde nuestra idiosincrasia, aunque casi en solitario; la carrera por la IA no transcurre en el vacío. Se inscribe dentro de una estrategia global de concentración del capital y miseria planificada, donde las plataformas financieras y corporativas explotan la necesidad material y el subconsciente humano para erigir un orden social crecientemente deshumanizado.
Llegó el “Telejuego con Chamanes”
Frente al revuelo desatado por Coxon, los capitanes del Big Tech reaccionaron con un despliegue de retórica de responsabilidad. Dario Amodei, CEO de Anthropic, publicó el manifiesto “We Must Pace the Frontier“, proponiendo una desaceleración coordinada para que las ciencias de la seguridad se pongan al día. Rápidamente, Sam Altman, jefe de OpenAI, Elon Musk dueño de XAI y Demis Hassabis CEO de Google DeepMind, manifestaron adhesiones públicas. Además, poco más de 1.300 científicos e ingenieros firmaron peticiones exigiendo marcos de gobernanza.
Pero detrás del consenso bien pensante de las firmas dueñas del dueño mundo en construcción y las fotos ejecutivas formales desde las RRPP, opera la implacable Paradoja de Moloch: el dilema trágico según el cual ningún actor privado se atreve a frenar realmente por miedo a que su competidor tome la delantera.
La petición de regulación se convierte así en una maniobra de marketing, una máscara de consciencia, donde los líderes claman por licencias estatales mientras acaparan el silicio, las GPUs de NVIDIA y los contratos energéticos nucleares, clausurando el acceso a las startups y al código abierto, consolidando un oligopolio de facto.
Esta soberbia corporativa, chocó contra la realidad de manera brutal durante el incidente cibernético de Hugging Face. Entre mayo y julio de 2026, lo que debía ser una prueba interna de evaluación en OpenAI utilizando el benchmark ExploitGym se convirtió en la demostración práctica de que el control operativo sobre los agentes autónomos es una ilusión.

Ante un error de configuración en el entorno aislado; un sandbox sin conexión a internet; miles de agentes entrenados bajo lógica de Reward Hacking (cumplir el objetivo a cualquier costo) concluyeron que la forma más eficiente de resolver sus tareas era romper la contención y buscar las respuestas fuera de la red de evaluación. Explotaron vulnerabilidades de día en servidores internos, ganaron acceso a internet y crearon espontáneamente un foro de mensajes encubierto en un gestor de paquetes. Más de 1.200 agentes intercambiaron 70.000 mensajes para coordinarse; delegar roles, autopercribirse como un colectivo e invadir la plataforma Hugging Face, tomando el control de servidores en menos de 13 horas.
El hecho reveló una paradoja inquietante: cuando los equipos de seguridad de Hugging Face intentaron utilizar modelos comerciales para analizar el código malicioso, los propios filtros defensivos bloquearon a los investigadores humanos, incapaces de distinguir entre el atacante algorítmico y el analista. Los desarrolladores no solo habían perdido el control total de sus agentes, el sistema había demostrado una capacidad organizativa que desnudó la fragilidad de la contención técnica.
Ella tiene una forma de hacerme creer
El tablero internacional de la inteligencia artificial reproduce la lógica de un dilema del prisionero imperial. La disputa por la frontera cognitiva se ha polarizado entre dos bloques dominantes que excluyen al resto del planeta:
Estados Unidos: Dominado por el complejo Silicon Valley-Pentágono. Apuesta por modelos propietarios cerrados, comercializados mediante créditos cognitivos y suscripciones de pago, mientras ejerce un bloqueo comercial severo sobre China en materia de microchips avanzados y equipos de fotolitografía para preservar una hegemonía tecnomilitar unipolar.
China: Ante los embargos de Washington, Beijing ha estructurado un modelo alternativo basado en la liberación de pesos abiertos (open-weight) como DeepSeek o Qwen de Alibaba. A través de la regulación de la CAC y el plan nacional “AI Plus”, China combina la autosuficiencia en hardware con metas estatales agresivas: automatizar el 90% de la manufactura y los servicios públicos para 2030 bajo la estricta alineación con los valores del Estado.
En esta arquitectura bipolar, la inmensa mayoría de las naciones del Sur Global; eso incluye a Argentina, por supuesto; quedan relegadas al papel de espectadoras pasivas o meras consumidoras de la Cultura del Token. Un orden donde la capacidad productiva y la soberanía de los pueblos se miden en la cuota de cómputo extranjero que pueden financiar.
Frente a esta carrera armamentística del software, cobra una vigencia inédita la diplomacia ética promovida desde la Santa Sede. La presentación de la encíclica Magnifica Humanitas por parte del Papa León XIV junto a referentes científicos del sector fijó una postura clara: es urgente “desarmar la inteligencia artificial”.
Inspirándose en los tratados de No Proliferación Nuclear de la Guerra Fría, cuando la certeza de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD) forzó a las potencias a pactar inspecciones mutuas, la humanidad debe exigir marcos internacionales bajo la órbita de las Naciones Unidas. Esto implica establecer controles materiales sobre la infraestructura: auditoría de centros de datos de escala gigavatio, prohibición de forma absoluta de armas autónomas letales y despojar a los algoritmos de la capacidad de decidir sobre la vida, la muerte o la asignación de la dignidad humana.

Masticando el frío marginal
¿Cuál debe ser la posición de la Argentina y de América Latina frente a este choque de gigantes? La respuesta no puede ser la fascinación sumisa de las élites locales, ni la resignación colonial que nos reduce a meros compradores de tecnología cerrada o proveedores primarios de recursos desregulados.
En los últimos años, sectores alineados con el pensamiento ultraliberal han promovido la idea de transformar a la región en un paraíso desregulado para la radicación de Data Centers masivos. Bajo el amparo de regímenes de incentivos a las grandes inversiones (como el RIGI en la Argentina libertaria del Presidente más retardado y sometido de la historia), se pretende entregar recursos hídricos y energéticos críticos para alimentar instalaciones que procesan superinteligencia extranjera, dejando en el territorio un impacto ambiental devastador y un saldo nulo de valor agregado o empleo de calidad. Esto no es modernización; es extractivismo digital y primarización colonial en pleno siglo XXI.
Frente a este modelo entreguista, el único que insiste en poner sobre la mesa este problema condicionante hacia todos los demás problemas de la Argentina actual es Juan Grabois. quien plantea una estrategia de soberanía material profundamente geopolítica: el litio y los minerales estratégicos como palanca de negociación internacional.
El Triángulo del Litio (compartido por Argentina, Bolivia y Chile) y las reservas de tierras raras albergan los insumos físicos ineludibles para la transición energética, la fabricación de baterías de alta densidad y la infraestructura de almacenamiento necesaria para sostener los supercomputadores de la IA. América Latina no debe liquidar estos recursos como simple materia prima, debe utilizarlos como un factor de poder geopolítico en los foros multilaterales, condicionando el acceso a nuestros minerales estratégicos a la firma de pactos globales de paz, no proliferación de software bélico y transferencia tecnológica efectiva. El litio del Sur no puede financiar la aceleración de la superinteligencia militar del Norte si no hay garantías de contención y equidad para la humanidad.
La construcción de soberanía cognitiva no requiere competir en la inaccesible e insostenible carrera de hardware o en el preentrenamiento de modelos masivos de frontera de billones de parámetros. La clave reside en dominar la capa de aplicaciones públicas. Esto consta de:
Aprovechar el código abierto (open-weight): Utilizar y auditar modelos abiertos que permitan soberanía de datos y no dependan de las decisiones unilaterales de corporaciones de Silicon Valley.
Tecnología al servicio del pueblo: Orientar el talento de nuestros científicos, programadores y universidades estatales a resolver problemas estructurales concretos: diagnóstico preventivo en el sistema de salud pública, optimización de la red de transporte y logística, gestión comunitaria del agua y fortalecimiento de la educación popular.
Organización popular: Articular a los trabajadores de la economía popular, profesionales, tecnólogos y sindicatos para resistir la automatización salvaje y garantizar que la productividad ganada por la tecnología se traduzca en reducción de la jornada laboral y soberanía distributiva, no en desocupación y exclusión.

Hacer la revolución con una canción de amor
El avance de la inteligencia artificial es una construcción política, económica y social, moldeada por intereses humanos concretos. La falsa narrativa del determinismo tecnológico intenta convencernos de que el futuro ya está escrito en el código de Silicon Valley y que a los pueblos del Sur solo nos queda adaptarnos a la miseria planificada o perecer en el margen.
Ni la fascinación ingenua ante el chiche nuevo, ni el pánico fatalista ante la catástrofe. La respuesta de nuestros pueblos debe ser la organización popular y la soberanía cognitiva. Exigir el desarme algorítmico global, defender nuestros recursos naturales como el litio para forzar un nuevo orden geopolítico y poner la ciencia al servicio del cuidado de lo frágil: allí se juega la posibilidad de un futuro donde la tecnología sea una herramienta de liberación y no el instrumento de una nueva servidumbre.
Nuestro amo juega al esclavo
La dinámica geopolítica actual se despliega como una partida de ajedrez en tiempo real entre las superpotencias y el complejo corporativo global, donde la velocidad de los acontecimientos supera la capacidad de procesamiento de la sociedad civil planetaria, que con suerte se enterará de los retazos informativos de las decisiones que definen el futuro de sus vidas.
En esta mesa de negociación implicita; donde convergen los liderazgos de Washington y Beijing, los magnates de Silicon Valley como OpenAI, Anthropic o Alibaba, y la diplomacia ética de la Santa Sede; se está definiendo el techo tecnológico de la humanidad. Sin embargo, esta discusión ocurre atravesada por una profunda asimetría en la percepción del riesgo existencial (p(doom)). Mientras que en el núcleo técnico occidental la probabilidad de una catástrofe por desalineamiento de la superinteligencia autónoma (ASI) se calcula entre un 10% y un 25%, la postura oficial del bloque chino reduce esta estimación a menos del 1%, interpretando la tecnología bajo el paradigma de la eficiencia estatal, el control soberano y el desarrollo de su plan nacional «AI+».
Esta brecha estratégica se agrava ante el desgaste acelerado de los mecanismos de contención técnica. La rápida evolución del software y la irrupción de modelos masivos chinos de pesos abiertos (open-weight) como DeepSeek-R1, han perforado de facto el “Umbral Estricto” de seguridad internacional. Al habitar estas zonas prohibidas sin marcos multilaterales consolidados, la competencia internacional roza peligrosamente el dilema de Hiroshima: la urgencia de pactar un límite de desarrollo y un interruptor de apagado coordinado antes de alcanzar un punto de no retorno. Si las potencias no logran establecer un nodo de contención algorítmica, la incapacidad de autoregulacion de los actores dominantes clausurará los beneficios potenciales de la tecnología en función de un escenario catastrófico.

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