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Algunas ideas sobre los problemas de las universidades desde el punto de vista de un trabajador nodocente

Manuel Obligado (Librero de la Universidad Nacional de General Sarmiento)

Las instituciones todas al horno


La crisis de la iglesia es muy parecida a la crisis de las universidades, y las dos son parecidas a las crisis de los partidos políticos, de los estados, de la familia, de los sindicatos, de la democracia, las crisis de todos esos viejos garantes de algún orden, que parecieran estar crujiendo frente a una batería de agentes virales y parasitarios. Ruido disfrazado de lenguaje, lenguaje disfrazado de información, información disfrazada de tecnología y tecnología disfrazada de vida metiéndose por las grietas de todas esas estructuras sólidas que parecieran estar desvaneciéndose en el aire.

En La rebelión del público Martin Gurri arranca con un dato importante para entender el ecosistema en el que las universidades tenemos que reaprender a caminar: medidos en bits de datos, en 2001 se generó más del doble de información que en toda la existencia previa de nuestra especie sobre la tierra. Y en 2002 se duplicaba la cantidad de 2001, al agregar cerca de 23 exabytes de información nueva, el equivalente aproximado de 140 mil colecciones de la Biblioteca del Congreso de EEUU. “El crecimiento de la información”, pone Gurri, “había sido históricamente lento y aditivo. Ahora era exponencial”. Más que una explosión, una inundación o una sobrecarga, dice, lo que vivimos es un tsunami descentralizado, que ciertos poderes supieron usar para capitalizar las pasiones oscuras de nuestros pueblos. Lo importante del tsunami no es su tamaño, sino los efectos que produce: las elites intelectuales, los especialistas, los que saben, todas las autoridades de enunciación quedaron, en poco tiempo, diluidas en un océano que parece infinito. Todas las instituciones hablan con la misma voz. La confianza en los expertos desapareció. Los académicos, científicos, políticos, quedaron mezclados entre influencers.

25 años después este fenómeno es cotidiano y normal para cualquier persona de cualquier lugar, condición económica y clase social y cultural. Las instituciones tradicionales perdieron capacidad de administrar sentido frente a la sociedad. Lo administran otras instituciones nuevas, más verticales todavía, pero que no se muestran como instituciones, que buscan mimetizarse con el aire en el que se desvanecieron las anteriores. La crisis de las instituciones no produjo un mundo horizontal sino nuevas verticalidades invisibles, algoritmos privados capaces de administrar atención, sensibilidad y percepción política a una escala inédita.

En este contexto mucha gente todavía tiene en la cabeza el estereotipo de las universidades enunciándose a sí mismas como si fueran monopolio de autoridad, prestigio y emisión de conocimiento, mientras por el costado la raza humana elige y replica información tan floja de papeles como fácil y adictiva.

La iglesia la vio

Lo que está haciendo la iglesia católica, la más milenaria y resiliente de estas instituciones, puede servir de ejemplo de vanguardia o de punta de lanza para que todo el resto de estos poderes amenazados miremos y aprendamos.

También la iglesia fue la primera que se vio bajo fuego, hace ya unos cincuenta años, por la expansión pentecostal, otro tsunami sin centro, en el que cualquier cristiano con carisma puede ser pastor y abrir en el garaje de su casa de conurbano una pequeña iglesia que ofrezca cobijo, seguridad y amor a vecinos que lo necesitan.

Se me ocurre pensar que existe cierto paralelismo entre cómo tratan a los milagros los católicos y los evangelistas y cómo tratamos al conocimiento las universidades y las fuerzas contra las que las universidades parecemos contrapuestas.

Para la Iglesia católica un milagro no es una experiencia individual, sino algo que se legitima tras un largo proceso de validación, dividido en tres etapas que llevan muchos años, y coordinado por el Dicasterio para las Causas de los Santos en el Vaticano. En las universidades el conocimiento se pone a prueba, se confronta con otros conocimientos, se discute, se corrige, se valida colectivamente y sólo después adquiere legitimidad. Hasta ser comunicado pasa un tiempo largo desde esa primera intuición que tuvo un estudiante hoy convertido en Investigador Docente.

En cambio para el evangelismo si un hombre dejó el alcohol, la cocaína o ya no le pega a la mujer, eso es un milagro, tiene que ser compartido ya mismo y a los gritos. ¿Está mal? ¿Quién dice que la vida de ese hombre que ayer se emborrachaba y les pegaba a sus hijos y hoy, tranquilo y en paz, comulga la palabra de Cristo, no sea un ejemplo cotidiano de la presencia de Dios? ¿Quién le va a decir a ese hombre y a su familia que eso no es un milagro? Tampoco podemos decirle a un adolescente que aprende historia por Tiktok que si su conocimiento no pasó por la academia no sirve, aunque esos videos de historia que mira estén mechados con chicas lindas que bailan y teorías conspirativas.

El otro día el Papa tiró un bait. Una institución lenta aprendiendo a nadar en un ecosistema rápido: al mismo tiempo que publicaba su primera encíclica, Magnífica Humanitas, un texto importantísimo, muy largo, denso, complejo, dijo, en un medio audiovisual, “hay que desarmar la IA”, una frase que en sí misma no quiere decir nada pero contiene la estructura de lo viral, corta, alarmante, interpretable, memética, recortable en video. Rebotó por todos lados, llamando la atención sobre la encíclica. Así no estaba limitando la profundidad que tuvo siempre la iglesia católica al intervenir en la discusión sobre las cosas de este mundo, pero sí estaba, en su tradición evangélica, yendo a buscar a los fieles, volviendo accesible su superficie, seduciendo con las herramientas de la época. Los procesos largos de validación importan, tanto como las instituciones tienen que aprender a circular socialmente.

Otro ejemplo de la iglesia católica volviendo al centro del ring fue el show del Padre Guilherme, el cura DJ portugués que a un año de la muerte de Francisco dio un show de música electrónica en Playa de Mayo. Los que estuvimos ahí vimos la diversidad del pueblo argentino en su máxima expresión: señoras de misa semanal con sus crucifijos, gays que no se pierden una joda, tinchos católicos de zona norte, fisuras dados vuelta mirando culos y gritando, familias, pueblo, banderas de muchos partidos políticos diferentes, jovencitos de MD bailando arriba de los kioscos de revistas, cuadras y cuadras con cientos de miles de personas amontonadas. Otra vez una institución antigua mostrando sus raíces bien profundas en lo popular, yendo a buscar a un pueblo que es fácil acusar de inerte, de inmovilizado, de indiferente, acusación que se muestra falsa cuando quien le habla lo hace con creatividad y novedad. Una iglesia no hablando hacia adentro de sí misma, sino irradiando socialmente al mismo tiempo que se expresa políticamente y discute con los poderes mundiales.

La universidad en el nuevo mundo

La universidad occidental nació en el interior de una civilización organizada por la Iglesia y heredó de ella muchas de sus formas: comunidades de interpretación, jerarquías de autoridad, largos procesos de validación, tradiciones de estudio y transmisión intergeneracional del conocimiento. Ambas fueron diseñadas por y para personas de un mundo en el que la información era escasa, costosa y difícil de transmitir.

Durante siglos acceder a bibliografía, publicar, investigar, tener voz pública, fue algo muy difícil. Era la universidad quien producía conocimiento, lo almacenaba, lo transmitía de generación en generación, lo validaba, lo distribuía. Las tecnologías digitales destruyeron esa escasez de información, hoy la información sobra, hay para hacer dulce, cada afirmación tiene una contraafirmación, cada verdad tiene una contraverdad. Lo que tiene la universidad que hoy no tiene casi nadie es que genera confianza.

Hoy nadie compite por la información, todos están compitiendo por la confianza, y la universidad la tiene. También el nuevo mundo está compitiendo por ver quién genera comunidad, pertenencia, identidad, reconocimiento, todas palabras familiares para quienes habitamos las universidades públicas. La universidad produce experiencias colectivas de conocimiento, la fuerza que nos mueve es contraria a la fuerza que mueve a la gente a estar sola en la casa mirando una pantalla, pero en distintos lugares todos buscamos lo mismo.

Cuando pensamos en los problemas que tiene hoy la universidad se hace tan enorme el problema presupuestario y salarial que nos cuesta encontrar tiempo y energía para pensar que también tenemos un problema de intermediación cultural. El pueblo sigue buscando conocimiento, orientación y comunidad, pero el lenguaje cambió, hay que aprender a hablar de nuevo, el sentido de las palabras discurre por carriles extraños, y la atención, cada vez más difícil de obtener, se volvió el principal elemento de disputa para todos los poderes.

Un poco de proselitismo

La intermediación cultural es la práctica que estudia los puentes de comunicación, comprensión y participación entre personas, comunidades, y manifestaciones artísticas o culturales. Es lo que hacemos un librero, un editor, un curador, un bibliotecario, un programador de festivales, un periodista, un guía turístico. Son prácticas que se ejercen con un enfoque bidireccional (se priorizan la escucha, la co-creación y el intercambio de saberes), con una fuerte atención al territorio y el contexto social y con herramientas transdisciplinares, combinando pedagogía, comunicación, sociología y arte. 

Las universidades de conurbano (como la UNGS, donde trabajo) son ejemplares en sus políticas de extensión universitaria, pero todavía son altos y sólidos los muros que nos separan de nuestros barrios y comunidades. Hay una desproporción entre el extraordinario trabajo que se ve adentro de estas universidades y su flojo rebote en la sociedad y la discusión pública. En esta época con hacer a veces no alcanza. En el contexto actual la crisis de la universidad, como decíamos al principio, es hermana de las crisis que sufren organizaciones políticas, partidos, redes comunitarias, municipios, a todos nos pasa lo mismo, y es por eso que es cada vez más urgente tender puentes y poner en común estrategias con esos actores que comparten y conocen nuestros territorios y tienen problemas parecidos a los nuestros.

Es probable que alguna respuesta a los problemas que describo se encuentre en los trabajadores, en el claustro Nodocente. Los trabajadores de las universidades gestionamos medios audiovisuales, radios, editoriales, librerías, prensa, centros culturales, guiamos a los estudiantes cuando llegan, a veces un poco desorientados o perdidos, desde sus escuelas secundarias. Habitamos las universidades como no lo hace nadie. La mayoría somos del territorio: de cada orga cercana alguno de nosotros conoce a los compañeros.

Ejercemos todo tipo de tareas de intermediación cultural, pero lo hacemos a pulmón, con poca dirección estratégica o planificación, o con planificaciones atomizadas, cortoplacistas, individuales o por área o equipo de trabajo, que podrían jerarquizarse, articularse y guiarse políticamente para trazar objetivos más ambiciosos. Al tsunami sin centro hay que atacarlo con planificación centralizada, y acá hay un recurso estratégico para reconstruir el vínculo entre la universidad y la sociedad con un potencial subejecutado.

Tener razón no alcanza

Las extremas derechas crecen por motivos muy distintos, fluyen como el agua por los traumas de cada pueblo. En Europa vimos que crecían por la inmigración, pero en otros países donde la inmigración no es ningún problema también crecen. En Argentina podemos pensar que fue por la economía, pero en Colombia Petro duplicó el salario mínimo y Cepeda perdió con Espriella. En España el impulso fue el independentismo catalán, frente al que Vox se muestra como garante de la unidad española.

Cualquiera de estos argumentos como justificación del liberalismo financiero, la destrucción del trabajo y la industria, la concentración de la riqueza o la apelación a la crueldad como constructora de discurso político es muy fácil de rebatir para cualquiera que ande cerca de una universidad. Las universidades públicas son uno de los pocos lugares donde a la batalla cultural la sigue ganando el peronismo, por eso sería tan lindo que logremos amplificar nuestra caja de resonancia. Pero da la sensación de que tener razón ya dejó de alcanzar, de que con argumentos no se convence a nadie. Y la fuerza siempre le ganó a la inteligencia. Ni hablar en la era de los plutócratas de Sillicon Valley, que pretenden convertir la inteligencia en un commodity como el petróleo o la soja.

Cuando traigo a colación al cura DJ no estoy proponiendo que los docentes universitarios pasen música electrónica. Lo que pretendo señalar es que la iglesia entendió que más importante que generar argumentos es generar experiencias compartidas de sentido. La universidad produce verdad, pero no está logrando producir escena hacia afuera de sí misma. Las derechas sí producen escena: streamings, clips, memes, conflicto, personajes, identificación emocional. Y la iglesia también entendió que puede producir escena pública sin abandonar su línea doctrinaria. El show del padre Guilherme importa no por el tecno sino porque construye una escena de comunidad física, afectiva, popular, transversal y llena de sentido espiritual y político en una época de fragmentación extrema. La universidad no tiene la billetera de la iglesia, pero tiene sus saberes y virtudes para hacerlo mejor que nadie.

Es evidente que mientras la Universidad Pública siga existiendo gracias a trabajadores y docentes que para poder seguir manteniéndola en pie nos valemos de otros trabajos, bajo la línea de pobreza, cansados y enojados, resulta muy difícil proyectar creatividad o innovación. Tenernos agotados es el plan político actual de nuestra Patria. Pero es por eso que el problema económico y el problema de intermediación cultural no son contrapuestos ni excluyentes, sino interdependientes. Muchas veces en reuniones de trabajadores de las universidades nos encontramos quejándonos de que los estudiantes o la sociedad no acompañan nuestros reclamos como nos gustaría. Es imposible que el mejor camino sea la queja, aunque tengamos razón en la convicción de que nuestro trabajo es estratégico para la grandeza del país.

La fuerza le gana a la inteligencia, pero hay otra fuerza, lenta y menos visible, de larga data en Argentina, que reside en las universidades, asesinable a través de la asfixia económica, pero todavía no asesinada. Es la fuerza de transformar subjetividades, producir comunidad, y elaborar confianza y sentido colectivo, que quienes presenciamos cotidianamente las universidades damos por sentada, pero todavía no explotó como podría en esta época y capaz esté siendo subutilizada.

La universidad no puede limitarse a defender su legitimidad histórica; tiene que reaprender a producir presencia social. Probablemente, además del repliegue defensivo lógico, para sobrevivir tengamos que hacer un trabajo más difícil que invente un nuevo lenguaje popular, tienda puentes con nuestro territorio y sorprenda con creatividad e inventiva a nuestros interlocutores y nuestras comunidades, haciendo eje en la fuerte capacidad transformadora de la realidad que fue siempre nuestro sentido y nuestro objetivo.

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