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En el nombre de Walsh: ¿Quién imagina un país? Literatura y políticas culturales en la Argentina

Ilustraciones: Mariel Pavon Pennella

Sin imaginación no hay física teórica. Tampoco química. Ni descubrimientos en la medicina. 

¿Para qué sirve el arte? Famosa pregunta pelotudísima. 

Yo te voy a decir para qué sirve el arte: el arte sirve para que funcione todo lo otro. 

Alberto Laiseca

La argentina no es ninguna raza ni nacionalidad, sino puro estilo y lengua. 

Osvaldo Lamborghini

Trabajo de librero, todos los días abro cajas llenas de libros. Es imposible leerlos todos, pero sí trato de dedicarle a cada uno cinco o diez minutos, hojearlos, leer las primeras páginas, pensar a qué cliente le puede interesar. Cuando me gustan o me interesan los sigo leyendo, a veces llego hasta la mitad. Cada tanto alguno me engancha y lo leo entero. Por suerte hay muchísimas editoriales independientes en Argentina, muchísimos autores, es impresionante la cantidad de personas que editaron su novela, su libro de cuentos, sus poemas. Desde hace 20 años casi todos los días recibo cajas llenas de libros nuevos. Mientras los hojeo siempre me pregunto ¿a quién vota este tipo?, y casi nunca encuentro nada en ningún rincón del libro que me responda.

Después uno los lee en Twitter y todos votan igual que nosotros, Milei les parece una mierda, están preocupados por lo que pasa, son buenas e ilustradas personas, hasta militantes a veces. Pero por algún motivo la política brilla por su ausencia en la literatura argentina actual. No sé cuánto hace que no aparece un escritor de primera línea que parezca escribir desde una idea de país, con un país en la cabeza. Hay en los libros una desconexión con lo real tal que casi cualquier libro argentino de nuestras mesas de novedades podría hacerse pasar por yanqui o uruguayo sin que nadie se dé cuenta. Los procesos históricos argentinos recientes, nuestras derivas culturales, sociales y económicas, quedaron extrañamente lejos del centro de nuestra literatura. Para sorpresa de nadie la literatura actual se vende cada vez menos, concentrándose en barrios cada vez más reducidos de la Capital Federal.

Hace algunas semanas apareció un libro que brilla por lo contrario: Ese hombre y otros papeles personales, de Rodolfo Walsh, sus diarios entre 1957 y 1976. Es un libro precioso para ver cómo, en nuestro escritor emblema del cruce entre literatura y política en la segunda mitad del siglo XX, la política fue ocupando año tras año cada vez más lugar, y la literatura, en ese cuerpo y esa mente, se fue acomodando, incómoda, en los rincones.

El problema es si podré volcar ese odio rabioso en formas que, hoy, tienen que ser mucho más cautelosas.

Walsh en 1968

Incómoda es también la presencia de Walsh en cualquier caja llena de libros de ahora. Capaz sea un poco injusto decir que la escena actual es apolítica. Es política, pero de contradicciones secundarias y fragmentadas: tenés a las feministas, los ecologistas, los de las nuevas tecnologías, los de la dictadura, los marxistas, los de conurbano, los del interior, los porteños, los espirituales, los ateos, los cronistas. Está todo bien con todos, el arte cumple muchas funciones diferentes, la diversidad es lo más lindo que hay. Pero hay una distancia larga entre tener posiciones políticas y pensar un país; es llamativo lo difícil que es, dentro de la literatura de este siglo, pensar el país en toda su complejidad.

¿El problema será solo de la literatura? Pienso en tantas bandas actuales que se paran arriba de un escenario durante dos horas a cantar canciones sobre sus temas personales, y no, es raro entender a quién votan o qué piensan. ¿Será natural para ellos, sentirán y pensarán de esa manera individual? ¿O en su estrategia comercial habrá algo de la lógica influencer de no querer molestar a nadie, no perder seguidores? Es contraintuitivo que cuando miramos al mainstream sí vemos artistas muy politizados. El más patriota y político de todos es el más masivo y comercial, Bad Bunny. Es el mundo de lo independiente, supuestamente más culto, adulto o formado, el que parece haber quedado atrapado en una cultura de la experiencia individual.

Tan distinto a los 90, ¿no?, ese otro momento de la historia reciente que también se preguntaba qué país iría a quedar. Un proceso histórico similar al nuestro, pero en el que tanto el punk, el rock, el metal, la cumbia, expresaron ideas de país, ontologías políticas, cosmogonías estéticas sobre el vínculo entre el poder y el pueblo. Desde Ignacio Corsini hasta Pablo Lescano Argentina fue fecunda en músicos que tuvieron un país en la cabeza. De nuevo, está todo bien con todos, está bueno que todo exista, pero en un país con una historia de tantos escritores y músicos que dieron la vida por la patria está bien tratar de pensar los porqués del vacío político en el momento actual del arte.

Más que la continuidad de los personajes, me interesa la continuidad de ciertas situaciones históricas. En Operación Masacre yo libraba una batalla “como si” existiera la justicia, el castigo, la inviolabilidad de la persona humana. Quién mató a Rosendo en cambio es una impugnación absoluta del sistema.

Rodolfo Walsh, 1969

Un arte nacional es la punta de lanza de la imaginación de un pueblo, la parte visible del iceberg. Es un laboratorio en el que una comunidad ensaya qué es capaz de imaginar, qué puede construirse con los lenguajes de su época. Se hace con elementos de la realidad objetiva, nadie inventa algo que no existía, toda imaginación trabaja con materiales heredados: el escritor o el músico ven lo que hay y con eso componen. Es un campo de batalla donde se disputan imaginarios. La literatura argentina del siglo XIX fue una guerra por el modelo de Patria a imaginar. El rosismo tuvo a Pedro de Angelis y a los gaceteros federales. Echeverría los atacó con El matadero. Sarmiento discutió con ambos en el Facundo. Alberdi polemizó con Sarmiento; José Hernández les responde a los dos, fundando el peronismo, en su Martín Fierro. Mansilla complejizó todas estas ideas en su Excursión a los ranqueles. Borges también, cuando sintetiza estas dos líneas, la europeísta y la criolla, y las cruza. Descubre, viendo la literatura del siglo XIX, lo mismo que descubrió Perón en La comunidad organizada, que Argentina es un gran embudo donde confluyen todas las filosofías del mundo, con belleza y con violencia. Y no pasaron tantos años de Walsh, Conti, Urondo, de Laiseca, de los Lamborghini, de Fogwill, Sara Gallardo, Viñas, Uhart, Soriano, Demitrópulos, Benesdra, Carlos Correas, tantos escritores y escritoras que se inscribieron en la misma ambición argentina de imaginar un país, de volver colectivo lo individual e individual lo colectivo. Quedan Aira y Asís, firmes y estoicos, pero da la sensación de que hoy pedirle a la literatura o al arte que disputen sentidos de Nación sería un delirio. 

El extraordinario poder que conquista Perón está edificado básicamente sobre la palabra. 

Él ha dado a la palabra una nueva dimensión, casi física y sensible.

Walsh, en 1957

La cultura no expresa, refleja ni predice la sociedad, sino que fabrica las condiciones en que una sociedad se realiza. Es la infraestructura en que vivimos y pensamos. La literatura del siglo XIX argentino es el software simbólico del país naciente. Ahora hay una moda que es suponer que la literatura de ciencia ficción, la ficción especulativa del siglo XX, predijo mucho de lo que está pasando. Pero la literatura no predice nada, no anticipa el futuro: amplía el campo de lo imaginable, o muestra lo que se vuelve imaginable, pensable, para las personas de una época. Verne convirtió el viaje espacial en una posibilidad imaginable. William Gibson vuelve imaginable el cyberespacio, y Dick al sujeto que habita distintos planos igual de reales al mismo tiempo. Orwell vuelve imaginable una vigilancia total. Borges vuelve imaginable una biblioteca infinita donde toda la información está virtualmente conectada. Y todo es colectivo, estos individuos pusieron en lenguaje imaginaciones de sus épocas, que las épocas posteriores realizaron materialmente. Antes de ser capaces de hacer algo tenemos que haberlo imaginado y puesto en palabras.

No es casualidad que usemos la misma palabra para hablar de ficción especulativa que de especulación financiera: esa palabra, especulación, deriva de la misma raíz etimológica, spek-, que espejo, torre de vigilancia o espía. Es mirarse a uno para mirar más lejos, ensayar hipótesis sobre lo que todavía no ocurrió, invertir en futuros posibles. Elon Musk no viajó a otros planetas, pero sí, como un buen narrador, lo volvió verosímil, y así vendió un relato de dos siglos de literatura y cine hasta hacerlo cotizar en bolsa. Su don como empresario fue el don de los buenos escritores, entendió que antes de construir una tecnología hay que volver imaginable el mundo donde esa tecnología existe, es un mercader de posibilidades de futuro. Hay uno que se llama Bryan Johnson que vendió a 800 millones de dólares una empresa que asegura que frena el envejecimiento y nos hace vivir cientos de años, y ahora parece que se está muriendo, le encontraron una enfermedad autoinmune incurable. También Perón debe su éxito a ese don de narrador. Nos volvió verosímil la justicia social, instituyó su posibilidad efectiva, y muchos decidimos invertir tiempo y energía en su empresa. Elon Musk hace con la ciencia ficción lo mismo que Perón con la literatura argentina del siglo XIX: vuelve su ideal -viajes al espacio uno, la Argentina grande con que San Martín soñó el otro- verosímil, para vendérnoslo a los inversores. 

¿Todo esto le importa a alguien? A los libertarios claramente sí. Se la pasan hablando de los libros que leen, les ponen a sus perros el nombre de los escritores que les gustan. Milei “escribió” 18 libros. Saben que el libro genera una conexión de una profundidad que no se consigue con otra cosa, al que compra y lee tu libro lo tenés en el bolsillo. Hicieron varios intentos por derogar la ley del libro, que protege a librerías y editoriales argentinas promoviendo la bibliodiversidad. Hunden presupuestariamente a la Universidad Pública, donde saben que sus ideas prenden menos. Meten, como los comunistas, en su lista de enemigos a los artistas opositores. Construyeron un terreno estratégico: editoriales, librerías, eventos, fundaciones, canales de stream, granjas de trolls. Mientras nosotros tratamos la cultura como una expresión, un adorno o una consecuencia de la política, ellos la tratan como una infraestructura, un ecosistema donde sus ideas se trabajan hasta convertirse en sentido común, un ecosistema que va a producir el suelo donde echen raíces sus ideas políticas. Un lugar donde organizan sus argumentos, se informan, estudian, se entretienen, replican y discuten mediante videos, memes, libros y posteos. Nosotros también tenemos librerías, editoriales, sindicatos, universidades, streamers, revistas y artistas, pero no tenemos una estrategia que los piense como partes de un mismo sistema.  

Un libro no es solamente un producto acabado que se vende a determinado precio, por lo general demasiado caro para que un obrero pueda comprarlo. Un libro es, además, los efectos que produce. 

Rodolfo Walsh, 1969

Si la cultura produce los lenguajes con los que una sociedad se narra, se imagina y organiza su futuro, la batalla cultural consiste en disputar esos lenguajes. Cuando Lyotard en los 80 estudia el negacionismo de Auschwitz, muestra cómo son borradas las huellas históricas de esos campos de concentración. Imagina una situación extrema: no solo desaparecen las víctimas de un crimen, sino también los instrumentos capaces de demostrar que ese crimen existió. Sobre esto dice Luis Ignacio García en Fascismo cosplay, un libro de Caja Negra: “Esa tarea, la de la destrucción de los elementos de medición, que él (Lyotard) atribuye al negacionismo de aquellos años, la cumple hoy la llamada ‘batalla cultural’: si el plan económico es el terremoto, la batalla cultural es la destrucción específica de los instrumentos con los que medir ese terremoto. La aniquilación de la aniquilación es parte esencial de la tarea aniquiladora. Y nos plantea la pregunta: ¿En qué caracteres se escribe el colapso de un mundo, si ese colapso incluye el de los lenguajes que podrían registrarlo?”. La batalla cultural es la disputa por el lenguaje con que las discusiones van a darse. Si el lenguaje de una discusión es el de Twitter es muy probable que perdamos, el lenguaje de Twitter no es capaz de narrar esto que está pasando. Pero si es el de la universidad, el de un club de barrio, un bar, una sociedad de fomento, es probable que ganemos, por eso están haciendo garcha esos espacios. Cambiar los instrumentos de medición, cambiar el lenguaje, es cambiar aquello que una sociedad puede llegar a pensar e imaginar.

El habla diaria está llena de trampas y agujeros. A un hombre riguroso le resulta cada año más difícil decir cualquier cosa sin abrigar la sospecha de que miente o se equivoca. Para designar a los componentes de un mundo esencialmente ambiguo, ¿no habría que usar un idioma tan ambiguo como el mundo?

Walsh, 1964

Esta es la verdadera operación de Operación Masacre, de la Carta abierta de un escritor a la Junta, de Rosendo. Mientras el poder destruía los instrumentos con que se narra la historia Walsh los reconstruía, y en esa reconstrucción llegó a inventar un género. Operación Masacre es más que la narración de un crimen: es la reconstrucción de las condiciones para que ese crimen pueda ser nombrado. “Escribir -dice Aira que dice Fogwill- es crear un espacio en el que se pueda escribir”; y agrega Aira en un artículo del 81, “y ese espacio es la Argentina”. Walsh le disputó al poder de turno el lenguaje y el género de su época a través de la literatura, y ese lenguaje que inventó un solo hombre se terminó volviendo colectivo cuando mostró que lo que estaba en la oscuridad y daba miedo podía iluminarse y pensarse. No es ni ser el más leído, ni “escribir bien”, ni ser el más inteligente de tu barrio. Es espiritual: mirar en la oscuridad, tener una misión muy clara, dos pelotas del tamaño de la Catedral. Y es importante que tanto Operación Masacre como Quién mató a Rosendo salen por primera vez en revistas y folletines, un formato para la época tan poco prestigioso al lado del libro como hoy un blog o una red social. El medio es el mensaje, el soporte es parte del lenguaje, parte de la obra, parte del espacio que un escritor construye. Después fueron editados como libros, ampliando en tiempo y espacio la resonancia del lenguaje que inventaron, que hoy nos llega transformado en otro. Como vuelven los escritores del pasado, reescritos sobre la trama del presente.

Porque las maneras en que la literatura hace política son sinuosas. Borges como persona era un oligarca gorilón, pero como escritor no hubo ninguno más nacional ni más popular ni más revolucionario en su aporte a pensar cómo narramos nuestra idiosincrasia, nuestro lenguaje y nuestra historia, cómo conviven y proyectamos nuestras identidades criollas y europeas. En cambio, por ejemplo, Galeano fue un tipo siempre comprometido discursivamente con las causas populares, pero su escritura es conservadora, inmoviliza las representaciones latinoamericanas, fabrica procedimientos narrativos que congelan la complejidad histórica en una moral sencilla. No importa mucho a quién vota un escritor, sino lo que irradia. Y lo que irradia depende del lenguaje que produce, porque el lenguaje no es la expresión de una comunidad, sino la estructura sobre la que una comunidad se está organizando materialmente. Y esta es una época que está en una clave muy literaria. Si hablamos de impacto emocional, liberación de energías violentas, libidinización del asco, de una ensalada donde se mezclan parafilias con doctrinas políticas, podríamos estar hablando de la línea que atraviesa la literatura argentina entre Esteban Echeverría y Osvaldo Lamborghini o de la gestión del actual gobierno y su estrategia para alcanzar y conservar el poder. 

Cosa que me molestó, lo que dijo Raimundo (Ongaro), que yo escribía para los burgueses. 

Pero me molestó porque yo sé que tiene razón. Tendría que preguntarle a Raimundo qué novelas le gustan a él,

 qué novelas no están escritas para los burgueses.

Rodolfo Walsh, 1969

¿Le importa la cultura al peronismo? Al primer peronismo claramente sí. Todavía muchos repetimos esa liturgia de hace 80 años, que es parte y señal de su supervivencia. Si comparamos la gráfica del primer peronismo con las escarapelitas que ahora diseñamos los años electorales podemos sentir cómo nos fuimos descascarando, dan ganas de balearse en un rincón. Perón pensó la cultura como una infraestructura: se asesoró con Marechal y con Carlos Astrada, le dio el Banco Provincia a Jauretche, la embajada de México a Ugarte, la marcha a Hugo del Carril, la banda sonora del país a Homero Manzi y a Antonio Tormo, apenas reformó la Constitución abrió el Congreso de Filosofía de Cuyo, de donde se fueron los filósofos del mundo habiendo escuchado los fundamentos de nuestra doctrina. 

La cultura organizó la realidad: las Misiones Monotécnicas y de Extensión Cultural mandaron a cada rincón del país, a cada pueblito del norte y del sur, música clásica y folklore, pianistas de elite y formación técnica en agricultura, carpintería y mecánica, compañías de teatro y de danza, rompiendo el monopolio cultural de las grandes urbes y propiciando el orgullo por los símbolos patrios y la soberanía. La CGT diseñó planes de “misión cultural” en los que los trabajadores participaban en peñas de folclore, certámenes literarios y funciones de teatro obrero. Los Juegos Evita, la nacionalización de las emisoras radiales, el impulso al radioteatro, las revistas, las peñas, los cafés, los clubes, el impresionante despliegue territorial de las básicas del Partido Peronista Femenino. Protegió la música nacional con el decreto 33711 que obligaba a todas las emisoras a pasar un mínimo de 50% de música de acá, incentivando a los privados a invertir en ella. Desarrolló sistemas de mecenazgo sofisticadísimos para su época. 

No hubo política económica, industrial o social que no tuviera ese gustito, ese tono, ese estilo; el peronismo no solamente hizo política cultural: convirtió la cultura argentina en una forma de hacer política, a la gauchesca y al tango en retóricas de poder; transformó a obreros en universitarios, a hijos de laburantes esclavizados y analfabetos en consumidores con plata, educados, con tiempo de ocio; llenó el Congreso de mujeres; produjo los incentivos para que los privados invirtieran en música y radioteatro argentinos; y le dio a un proyecto económico y social una estética inconfundible que se proyectó en el tiempo. Todo esto es parte de la Gran Pirámide que explica su supervivencia. 

El kirchnerismo dejó una política cultural importante: Tecnópolis, el CCK, Canal Encuentro, Pakapaka, el INCAA fortalecido, subsidios a rolete. Entendió que el Estado podía producir cultura y ampliar el acceso a bienes culturales de enorme calidad. Se planteó la lucha cultural en términos enunciativos, pero se pensó mucho menos la cultura como una política de desarrollo productivo: se pensó la cultura como expresión, no como infraestructura; como Galeano, no como Borges y Perón. Hubo inversión pública directa para la producción, pero faltó una reflexión sistemática sobre cómo generar las condiciones para convertir ese enorme capital simbólico en una industria, un ecosistema y una herramienta de proyección nacional. En esos mismos años, Corea del Sur respondió la misma pregunta de una manera completamente distinta, y sorprendentemente mucho más parecida a la de Perón y Eva, rompiendo con el clásico esquema europeo de subvención directa en el que el Estado actúa como un mecenas selectivo y financia determinadas obras, y armando un ecosistema de fomento y regulaciones de mercado para que el tejido privado, las industrias de masas y la propia comunidad generen las obras a escala masiva.

Hacen política sobre política: así como Borges hace libros sobre libros.

Walsh en el 69

Corea, como Perón, entendió que la cultura no es una expresión sino una infraestructura que colabora con cada aspecto de la vida política y económica de un país, y con muy poca plata pero mucha planificación contribuyó a generar las condiciones para los cuatro premios Oscar de Parasite, el Nobel de literatura de Han Kang y el fenomenal ingreso de divisas del K-pop, el K-drama (las telenovelas coreanas) y los videojuegos, que motorizaron a todo el resto de la industria y posicionaron a Corea como una potencia del poder blando. 

Después de la crisis financiera asiática de 1997 el gobierno de Kim Dae-jung lanzó un plan nacional para convertir el cine, la literatura, la música, los videojuegos y la televisión en un sector estratégico de la economía. Entre 1998 y 2001 el presupuesto destinado al área pasó de 14 a 84 millones de dólares.

Esto es alrededor de un 30% de lo que costó el CCK. Pero esos 84 millones importan por cómo se usaron. En lugar de subsidiar obras aisladas, el Estado decidió construir las condiciones para que toda una industria privada pudiera crecer y tuviera incentivos para invertir a bajo costo: construyó estudios de grabación y filmación donde las productoras pudieran trabajar gratis o muy barato; creó fondos de inversión mixtos junto con el sector privado (empresas público-privadas al estilo de la industria del ciclo 45-55); incentivó la inversión en cultura a través de exenciones fiscales; impulsó la logística de exportación; pagó la traducción de películas, series, canciones y libros para que circularan inmediatamente por todo el mundo; digitalizó y subió todo a internet.  

Financió masivamente a traductores profesionales de todo el mundo para vender novelas, poesías y ensayos coreanos a decenas de idiomas, cubriendo también los costos de publicación en editoriales extranjeras, como la hermosa editorial argentina Hwarang. Incentivó la propiedad intelectual cruzada dando trabajo a los escritores de literatura en la industria del K-drama, las webnovels y webtoons. El Nobel de Han Kang no se debió solamente a un talento extraordinario o a méritos individuales, sino también a una infraestructura nacional.

La revolución cubana apuesta a una gran literatura nacional con la misma confianza con la que se propone producir en 1970 diez millones de toneladas de azúcar, cultivar café en la provincia de La Habana o alzarse con la supremacía deportiva en Latinoamérica. La literatura recibe una publicidad casi comparable a la que nuestros diarios dedican a las carreras y el fútbol.

Rodolfo Walsh en 1968

El K-pop ya existía, los videojuegos también. Pero el Estado les organizó un ecosistema para que pudieran competir internacionalmente, bajo la premisa de que la cultura es una industria, pero también una política de desarrollo y de diplomacia. Si el mundo escuchaba música coreana, también empezaría a consumir electrónica coreana, cosméticos coreanos, gastronomía coreana y turismo coreano, y empezaría a tener una buena imagen del país. Es el caso más exitoso de soft power planificado del siglo que corre, y no es algo nuevo: mi generación en Argentina está educada a base de música en inglés, porque Inglaterra y Estados Unidos entendieron lo mismo durante la Guerra Fría y nos cagaron colonizando.

Lo del K-pop fue un desarrollo con una lógica de ensamblaje industrial, reclutando talentos desde la niñez, entrenándolos durante años en canto, baile e idiomas, para bajar los costos a los inversores si alguno de esos grupos fracasaba. Para las empresas coreanas invertir en cultura se convirtió en una posibilidad de crecer internacionalmente.

Los resultados fueron extraordinarios. En 2025 las exportaciones directas de contenidos culturales rondaron los 15.000 millones de dólares, pero ese es apenas el dato más visible. La Korea Creative Content Agency estima que por cada 100 millones de dólares exportados en contenidos culturales se generan alrededor de 202 millones adicionales en otras industrias vinculadas. BTS o las telenovelas coreanas no venden solamente discos y suscripciones a Netflix Corea. Venden Samsung, Hyundai, ramen, kimchi, cosméticos, pasajes de avión a Seúl y reservas en hoteles y restaurantes. La cultura dejó de ser un adorno del desarrollo: pasó a ser la locomotora que impulsa a todas las demás industrias. Como decía Laiseca, el arte sirve para que funcione todo lo otro.

Argentina es, involuntariamente, una potencia de poder blando. Es casi una fatalidad geológica. Tenemos un enorme capital simbólico que parece brotar solo, sin planificación, sin política de Estado y, en general, a pesar del propio Estado. Diego, Messi, la selección, Boca, Borges, Francisco, el peronismo, el tango, el rock nacional, el cine argentino, nuestras universidades públicas, Bizarrap, el Duki, María Becerra, el asado, el mate: el poder blando se nos cae de los bolsillos. Tenemos dos campos igual de potentes, el de la soja y el de la cultura. Corea tuvo que diseñar durante décadas un ecosistema para producir una parte de lo que nosotros concebimos casi por generación espontánea. Pero ellos supieron convertir ese capital simbólico en una estrategia nacional. Nosotros seguimos tratándolo como una casualidad. 

Si un país produce semejante cantidad de símbolos sin proponérselo, ¿qué podría hacer si alguna vez decidiera pensar la cultura como parte de una estrategia nacional de desarrollo y no como un lujo prescindible, o un ministerio para darle a alguien prestigioso que nos cae bien? ¿A dónde llegaríamos si pensáramos la cultura como una política de desarrollo, exportación, diplomacia e inserción internacional? Los coreanos con dos palitos, ningún carisma y mucha inteligencia y planificación invirtieron en cultura, salieron de una crisis financiera, y de paso generaron grandes artistas que les van a hablar a los coreanos del futuro.

Si un día volvemos tenemos que pensar la cultura como un ecosistema productivo, en el que importen tanto los creadores como los distribuidores, las plataformas, la formación técnica, la propiedad intelectual, el financiamiento, la traducción y la exportación. Si queremos volver a tener una literatura importante tenemos que empezar por bajar el precio del papel, terminar con ese monopolio que vuelve prohibitivo el precio de los libros, incentivar la creación de editoriales en todas las provincias y asegurar que esos libros puedan distribuirse por todo el país y después traducirse y exportarse. Les tenemos que dar a los pibes talentosos de la música los medios para grabar y exportar, total los japoneses van a comprar cualquier poronga que les mandemos. Si un día volvemos, con un modelo inteligente adaptado a nuestra realidad e idiosincrasia, con muy poca inversión bien dirigida podríamos generar otro Vaca Muerta que nos ayude a salir de este pozo de la manera más linda y divertida.

 Tiene que ser posible recuperar la revolución desde el arte. Me he pasado casi enteramente al campo del pueblo, que además me brinda las mejores posibilidades literarias. Pero decir estas cosas, escribirlas, me desalienta, me da sueño. Hay un duro núcleo de resistencia que rechaza todo esto como una banalidad. 

La revolución se hace primero en la cabeza de la gente.

Rodolfo Walsh, 1968

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