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Volver a darle un futuro a la juventud

Una actualización del pensamiento justicialista para el siglo XXI

Hay momentos en la historia de una sociedad en los que resulta necesario detenerse y hacerse una pregunta incómoda: ¿qué futuro le estamos ofreciendo a nuestros jóvenes?

No es una pregunta retórica. Tampoco es una pregunta exclusivamente económica. Es una pregunta sobre el sentido mismo de la vida colectiva.

Porque hay una generación de jóvenes que está creciendo con una sensación cada vez más extendida de incertidumbre, precariedad y abandono. Jóvenes que no encuentran en la política una respuesta para su vida cotidiana y que, por eso, comienzan a alejarse de ella. No necesariamente porque hayan dejado de interesarse por el mundo o porque carezcan de ideales, sino porque han llegado a una conclusión mucho más dolorosa: la política no va a solucionar los problemas que tienen delante de ellos.

Y cuando un joven deja de creer que la política puede cambiar su vida, deja también de encontrar razones para participar en ella.

El problema se vuelve todavía más grave cuando observa su propia realidad y compara las promesas de la sociedad con lo que efectivamente sucede. Se le dice que estudie, pero conoce profesionales que no consiguen vivir de su profesión. Se le dice que trabaje, pero observa que trabajar muchas horas no necesariamente permite independizarse. Se le dice que se capacite, pero no sabe si esa capacitación le abrirá realmente una puerta. Se le habla de esfuerzo, mientras la vivienda parece cada vez más inaccesible y la posibilidad de construir un patrimonio se aleja.

Entonces aparece una pregunta que ningún dirigente político debería ignorar:

¿Para qué esforzarme si el esfuerzo ya no garantiza siquiera una posibilidad razonable de progresar?

Una juventud a la que le han robado el futuro

El drama comienza precisamente allí.

Durante generaciones existió una idea sencilla que funcionaba como un contrato moral entre la sociedad y sus jóvenes: estudiar, aprender un oficio o una profesión, trabajar, ahorrar y perseverar permitía aspirar a una vida mejor. El camino podía ser difícil, pero existía. No todos llegaban al mismo lugar, pero había una expectativa de movilidad. El hijo podía aspirar a vivir mejor que sus padres y, a su vez, sus hijos podían aspirar a vivir mejor que él.

Hoy esa certeza se ha debilitado.

Para muchos jóvenes de sectores populares y también para sectores de la clase media, la universidad dejó de aparecer necesariamente como la puerta de entrada a una vida mejor. No porque el conocimiento haya perdido valor, sino porque la experiencia que observan a su alrededor contradice la vieja promesa.

Ven profesionales que tienen dificultades para sostenerse económicamente, personas con títulos universitarios que deben combinar actividades, trabajos informales o aplicaciones de reparto y transporte para completar sus ingresos.

La conclusión que puede extraer un joven que observa esto es brutalmente sencilla: si después de tantos años de estudio puedo terminar igual o peor, ¿por qué habría de recorrer ese camino?

No es una conclusión necesariamente correcta en todos los casos, pero es una conclusión comprensible.

Y cuando la sociedad deja de convencer a sus jóvenes de que existe un camino, otros mundos empiezan a ofrecerles caminos alternativos.

Entre cero posibilidades y alguna posibilidad

Aquí aparece uno de los aspectos más crueles de esta realidad.

El joven que siente que la sociedad formal no le ofrece ninguna posibilidad de progreso puede encontrarse frente a otras alternativas que sí parecen ofrecerle alguna posibilidad, aunque esa posibilidad sea peligrosa, ilegal o destructiva.

El juego y las apuestas constituyen uno de los ejemplos más evidentes. El joven que no puede imaginar que trabajando durante años conseguirá una vivienda o construirá un patrimonio puede imaginar, en cambio, que una apuesta podría cambiar su vida esta misma noche. El resultado puede ser endeudamiento, pérdida, desesperación y una nueva apuesta para intentar recuperar lo perdido. Pero detrás de esa conducta hay algo que no debemos dejar de mirar: la esperanza. Una esperanza deformada y peligrosa, pero esperanza al fin.

El mundo marginal puede ofrecer dinero rápido. Puede ofrecer reconocimiento. Puede ofrecer pertenencia. Puede ofrecer una identidad. Puede ofrecer la sensación de que alguien finalmente tiene un lugar para uno.

Y entonces se produce una elección terrible: cero posibilidades frente a alguna posibilidad.

Desde afuera podemos decir que la opción negativa es irracional. Y tenemos razón al señalar sus consecuencias. Pero si queremos comprender por qué un joven llega hasta allí, debemos mirar también el vacío que dejó la sociedad antes de condenar exclusivamente al individuo.

Porque cuando la sociedad formal no ofrece futuro, otros actores ocupan ese espacio.

En algunos casos será el juego. En otros, el consumo problemático. En otros, la economía ilegal. En otros, directamente la delincuencia.

Y para una parte de los jóvenes más vulnerables puede aparecer una cadena que comienza con la exclusión, continúa con el consumo o la incorporación a actividades ilegales, avanza hacia el delito y termina en la cárcel o, en los casos más trágicos, en la muerte.

No todos los jóvenes pobres siguen ese camino. Sería injusto y falso afirmarlo. Pero sería igualmente irresponsable negar que la exclusión, la ausencia de oportunidades y la expansión de economías ilegales pueden crear condiciones especialmente peligrosas para quienes tienen menos recursos y menos redes de contención.

El teléfono como refugio

En medio de esta realidad aparece el teléfono celular.

No es simplemente un aparato tecnológico. Para muchos jóvenes es el lugar donde pueden dejar de ser, por algunas horas, quienes sienten que son en la vida real.

En la pantalla pueden escapar.

Pueden jugar, mirar videos, escuchar música, conversar, consumir, apostar, fantasear con hacerse ricos o famosos, construir una identidad diferente y recibir una dosis de reconocimiento que quizá no encuentran en su barrio, en su escuela, en su trabajo o incluso dentro de su propia familia.

El teléfono se convierte así en refugio.

Pero ¿qué encuentran allí que no estamos siendo capaces de ofrecerles afuera?

Si allí encuentran pertenencia, reconocimiento, diversión, aventura, identidad y esperanza, mientras que en la vida real encuentran precariedad, incertidumbre y frustración, sería ingenuo creer que el problema se resolverá diciéndoles que dejen el celular.

El problema no está solamente en la pantalla.

El problema está también en aquello de lo que la pantalla les permite escapar.

¿Hay esperanza?

Después de este diagnóstico aparece inevitablemente esta pregunta.

¿Puede la política volver a ser una opción?

¿Puede una sociedad recuperar la confianza de una generación que dejó de creer en ella?

La respuesta no puede ser un discurso optimista. No alcanza con decirles a los jóvenes que tengan esperanza. Sería casi una crueldad pedirles que crean en un futuro que nosotros mismos no somos capaces de mostrarles.

La esperanza no se decreta.

La esperanza se construye.

Y aquí es donde vuelve a aparecer la política.

No la política entendida como una disputa permanente entre dirigentes, partidos, candidaturas y cargos. No la política reducida a elecciones. Sino la política entendida en su sentido más profundo: la capacidad de una sociedad para decidir qué futuro quiere construir y organizar sus recursos para alcanzarlo.

Y es precisamente aquí donde el pensamiento de Juan Domingo Perón vuelve a interpelarnos.

Perón: una doctrina para otro tiempo, un desafío para nuestro tiempo

Juan Domingo Perón pertenece a una época histórica completamente diferente de la nuestra. La Argentina de mediados del siglo XX era una sociedad industrial en expansión, con una estructura productiva, un mercado laboral y una composición social muy diferentes de los actuales.

Pero una doctrina política no debería medirse solamente por las soluciones concretas que propuso en el momento de su nacimiento. También debe medirse por los principios que consiguió expresar y por su capacidad para enfrentar nuevas circunstancias.

Para un peronista, hay principios que no deberían estar en discusión: la independencia económica, la soberanía política y la justicia social.

Esos principios pertenecen a una determinada tradición histórica y constituyen parte de su identidad.

Pero una cosa es conservar los principios y otra muy diferente es conservar intactas las herramientas con las que se intentó realizarlos en otra época.

Si el mundo cambió, las herramientas también deben cambiar.

La doctrina no puede convertirse en un museo.

Debe volver a ser una herramienta para transformar la realidad.

Y aquí aparece una de las expresiones más conocidas de Perón: “Gobernar es crear trabajo”. El propio Instituto Nacional Juan Domingo Perón conserva un discurso de enero de 1972 bajo ese título.

La frase adquiere hoy una dimensión extraordinaria.

Porque quizás el problema central de nuestro tiempo sea precisamente que una parte importante de los jóvenes no encuentra un trabajo que pueda convertirse en una trayectoria de vida.

Gobernar es crear trabajo, pero ¿qué significa hoy?

En el siglo XX podía pensarse en el trabajo principalmente como el acceso a un empleo industrial, un salario, derechos laborales y la incorporación al mercado de consumo.

Hoy debemos pensar algo más.

Gobernar es crear trabajo con expectativa razonable de futuro.

No basta con crear un puesto de trabajo.

El joven debe poder pensar que ese trabajo es el primer escalón de una trayectoria. Que puede aprender. Que puede adquirir experiencia. Que puede ganar más. Que puede ahorrar. Que puede independizarse. Que puede acceder a una vivienda. Que puede formar una familia si lo desea. Que puede construir un patrimonio. Que puede mejorar la vida de sus hijos.

Ese es el verdadero significado que debería adquirir hoy la vieja expresión de Perón.

No se trata simplemente de crear empleo.

Se trata de crear futuro a través del trabajo.

Perón y Deng Xiaoping: dos épocas, una pregunta

Aquí resulta interesante establecer un puente entre dos dirigentes que pertenecieron a mundos ideológicos y políticos muy diferentes: Juan Domingo Perón y Deng Xiaoping.

No se trata de compararlos ni de equipararlos. Se trata de observar una cuestión metodológica.

Deng Xiaoping popularizó una expresión que se convirtió en símbolo de su pragmatismo: “No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”.

La frase expresa una idea sencilla: los instrumentos deben ser juzgados también por su capacidad para producir resultados.

Esto puede resultar especialmente útil para pensar la actualización del justicialismo.

Un peronismo del siglo XXI no debería preguntarse permanentemente si una determinada herramienta económica es suficientemente ortodoxa respecto de las formas históricas del peronismo. Debería preguntarse algo más concreto:

¿Esta herramienta sirve para producir trabajo, desarrollo, independencia económica, soberanía política y justicia social en las condiciones del siglo XXI?

Si sirve, debe utilizarse.

Si no sirve, debe reemplazarse.

Ese es el sentido profundo de actualizar una doctrina sin abandonar sus principios.

Porque el mundo de Perón no es el mundo de la inteligencia artificial, la automatización, las plataformas digitales, las cadenas globales de producción, la transición energética, la economía del conocimiento y la competencia tecnológica entre grandes potencias.

La doctrina debe entrar en ese mundo.

Hoy, en Argentina, cazar ratones es crear trabajo

Aquí llegamos al núcleo de nuestra propuesta.

Si el gran problema de los jóvenes es que no pueden visualizar un futuro, entonces la primera obligación de una política transformadora debe ser crear las condiciones para que ese futuro exista.

Y para la Argentina de este siglo, cazar ratones significa crear trabajo.

Trabajo productivo, trabajo formal, trabajo tecnológico, trabajo industrial, trabajo en servicios, trabajo vinculado con la infraestructura, la energía, la producción de alimentos, la economía del conocimiento y las nuevas tecnologías. Trabajo capaz de incorporar a los jóvenes a una economía que crece y que, al crecer, necesita cada vez más capacidades.

No se trata de que el Estado emplee a todos.

Se trata de que el Estado y la sociedad construyan las condiciones para que la economía argentina pueda generar millones de oportunidades productivas.

Y aquí aparece una idea que la experiencia china permite observar con particular claridad.

Un gran objetivo nacional

A partir de las reformas iniciadas bajo Deng Xiaoping a fines de los años setenta, China colocó la modernización en el centro de su estrategia nacional. Las llamadas Cuatro Modernizaciones se orientaron hacia la agricultura, la industria, la ciencia y la tecnología y la defensa. En 1978, el liderazgo chino reafirmó esas modernizaciones como grandes objetivos nacionales; luego comenzaron reformas graduales y experimentales que transformaron la agricultura, la industria, el comercio, la inversión y posteriormente los servicios.

No debemos idealizar aquella experiencia ni pretender copiarla. China tenía y tiene características políticas, culturales, demográficas e institucionales completamente diferentes.

Pero hay una enseñanza que merece ser estudiada: una sociedad puede organizar buena parte de su energía alrededor de un objetivo histórico de largo plazo.

La modernización económica se convirtió para varias generaciones en una dirección colectiva. El esfuerzo individual podía ser interpretado como parte de un proceso mayor.

Eso es lo que hoy deberíamos preguntarnos:

¿podemos construir un gran objetivo nacional para la Argentina del siglo XXI?

Un objetivo capaz de reunir al Estado, a los empresarios, a los trabajadores, a las universidades, a los científicos, a los técnicos, a los jóvenes y a la sociedad en general.

No alrededor de una consigna vacía, sino alrededor de algo concreto:

crear trabajo y construir las condiciones para una vida mejor.

Ese debería ser un objetivo nacional.

Y un peronismo actualizado debería poder decirlo sin complejos: independencia económica, soberanía política y justicia social necesitan, en el siglo XXI, una economía capaz de generar trabajo productivo para todos los que quieran trabajar.

Y después del trabajo, la casa

Pero hay una segunda cuestión que resulta inseparable de la primera.

La vivienda.

Porque si conseguimos que un joven tenga trabajo, pero después le decimos que nunca podrá acceder a una vivienda propia, todavía no hemos reconstruido completamente su futuro.

La vivienda se ha convertido para muchas generaciones jóvenes en una de las grandes frustraciones de nuestro tiempo.

Alquilar durante años sin poder ahorrar.

Vivir con los padres mucho más tiempo del que se había previsto.

Postergar la formación de una familia.

Compartir vivienda.

Mudarse permanentemente.

Aceptar condiciones habitacionales deficientes.

Ver que el valor de una propiedad crece mucho más rápidamente que la capacidad de ahorro de un trabajador.

Todo esto tiene una consecuencia que va mucho más allá de la economía.

Destruye la capacidad de proyectar.

Una casa es mucho más que una casa

Para un joven, saber que puede llegar a tener su casa propia cambia completamente la relación con el futuro.

Si sabe que trabaja hoy para poder acceder mañana a una vivienda, el sacrificio adquiere sentido.

Si sabe que puede ahorrar, acceder a crédito, comprar un terreno, construir progresivamente o incorporarse a un gran programa habitacional, entonces el futuro deja de ser una abstracción.

Puede imaginar una cocina.

Puede imaginar una habitación para sus hijos.

Puede imaginar un patio.

Puede imaginar una familia.

Puede imaginar una vejez.

Puede imaginar algo que hoy parece cada vez más lejano: dejarles algo a sus hijos.

Una casa representa estabilidad, pertenencia y patrimonio, pero también representa una declaración de confianza en el futuro.

Por eso una política de vivienda no debería ser considerada solamente una política social destinada a quienes no tienen dónde vivir.

Debe ser una política de movilidad social.

Imaginar un enorme plan de vivienda

Si realmente queremos reconstruir la expectativa de futuro, debemos atrevernos a imaginar algo grande.

Un enorme plan nacional de vivienda, sostenido durante años, que no sea concebido como una sucesión de programas aislados, sino como una política estratégica de Estado.

Un plan que movilice tierra, infraestructura, crédito, ahorro, construcción privada, cooperativas, sindicatos, municipios, provincias, universidades y Estado nacional.

Un plan que genere viviendas, pero también genere trabajo.

Porque construir viviendas significa producir cemento, acero, vidrio, madera, muebles, instalaciones eléctricas, sanitarias y equipamiento. Significa transportar materiales. Significa contratar albañiles, arquitectos, ingenieros, técnicos, electricistas, gasistas y trabajadores de múltiples especialidades.

La vivienda puede convertirse así en una gigantesca política de empleo y, simultáneamente, en una política de patrimonio.

Construir casas es construir trabajo. Construir trabajo es construir futuro.

El verdadero desafío del justicialismo del siglo XXI

El peronismo nació para responder a una Argentina determinada. Hoy tiene delante otra Argentina y otro mundo.

La cuestión no consiste en abandonar sus principios. Consiste en demostrar que esos principios siguen teniendo capacidad para responder a los problemas contemporáneos.

La independencia económica no puede significar solamente las categorías económicas del siglo XX: debe incluir capacidad productiva, tecnológica, energética, científica y alimentaria.

La soberanía política no puede limitarse a la defensa formal de las instituciones: también requiere capacidad real de decidir en un mundo atravesado por grandes potencias, tecnologías estratégicas y transformaciones económicas.

La justicia social no puede limitarse a compensar la pobreza después de que ésta se produce: debe crear las condiciones para que las personas tengan trabajo, vivienda, educación, salud, patrimonio y posibilidades reales de progreso.

Y allí aparece nuevamente el joven.

Porque si un joven no tiene trabajo, si no puede independizarse, si no puede acceder a una vivienda, si no puede imaginar una familia, si no cree que estudiar vaya a cambiar su vida y si termina refugiándose en una pantalla porque la vida real le resulta insoportable, entonces no alcanza con decir que debemos recuperar la política.

Primero tenemos que darle una razón para volver a creer en ella.

Volver a construir el futuro

La política puede volver a ser una opción para los jóvenes, pero no porque los políticos aprendan a hablar como jóvenes, ni porque inventen una nueva estética para las redes sociales.

Puede volver a ser una opción si consigue hacer algo mucho más difícil: demostrar que puede construir futuro.

Un futuro en el que trabajar tenga sentido.

En el que estudiar tenga sentido.

En el que ahorrar tenga sentido.

En el que formar una familia sea una posibilidad y no una aventura económica.

En el que tener una casa propia vuelva a ser un objetivo alcanzable.

En el que un joven de un barrio humilde pueda mirar a su alrededor y encontrar oportunidades legales, productivas y dignas antes de que alguien de la economía marginal venga a ofrecerle otras.

Ese debería ser el desafío.

No pedirle al joven que abandone la pantalla sin ofrecerle una realidad mejor.

No pedirle que rechace el juego sin ofrecerle una posibilidad concreta de progreso.

No pedirle que crea en la política sin mostrarle que la política puede transformar su vida.

No pedirle que espere.

Construir las condiciones para que pueda esperar algo.

Perón dejó una idea que todavía interpela: gobernar es crear trabajo.

Deng Xiaoping dejó otra que puede ayudarnos a pensar la actualización de las herramientas: no importa el color del gato; importa que cace ratones.

Hoy necesitamos sacar nuestras propias conclusiones.

Para la Argentina del siglo XXI, cazar ratones es crear trabajo.

Crear trabajo con productividad, con capacitación, con tecnología, con industria, con ciencia, con infraestructura, con energía y con capacidad de competir en el mundo.

Y después del trabajo, la vivienda.

Porque el objetivo final no es solamente que un joven consiga un salario.

El objetivo es que pueda mirar su vida y decir:

“Si trabajo, puedo progresar. Si ahorro, puedo tener mi casa. Si estudio, puedo mejorar. Si me esfuerzo, puedo construir algo. Y mis hijos podrán vivir mejor que yo.”

Cuando una sociedad consigue que una generación pueda decir eso nuevamente, algo fundamental comienza a reconstruirse.

No solamente la economía.

No solamente la movilidad social.

No solamente la confianza.

Se reconstruye el futuro.

Y cuando una generación recupera la posibilidad de imaginar su futuro, también puede volver a encontrar una razón para creer en la política, en la comunidad organizada y en su propia capacidad de transformar la realidad.

Ese es, quizás, el desafío más grande que tiene delante el justicialismo en el siglo XXI:

volver a hacer de la justicia social una política de futuro.

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