Hemos escuchado por ahí, la siguiente frase: “El Peronismo ha muerto”; y el mundo de las redes, simplista e ignaro, ha vivido una explosión de discursos que se expresan desde una “ortodoxia”, que tras cinco décadas de Neoliberalismo, suena un poco pacata, falsamente dolorida por unos supuestos “desviacionismos ideológicos”, que en los 90 dolían mucho menos que hoy los denuncian compungidos. Nosotros – los que ya peinamos canas, y tenemos vivo aún el sentido del equilibrio conceptual – los miramos consternados, como a unos “mujaidines” del General, pontificando desde sus púlpitos mediáticos, “urbi et orbi”. En Irán, carecen de tales profetas; lo que constituye un milagro argentino.
No importan los nombres, son las ideas; y su correlato con los síntomas de un tiempo complejo, que es el de éste primer cuarto del siglo XXI. La sociedad argentina, es evidente, no tiene ya ninguno – o casi ninguno – de los perfiles que la caracterizaron entre 1930 y 1975. En todo caso, es el producto de varias catástrofes y frustraciones que tuvieron lugar entonces; y por eso, hay que abordarla con ojos distintos a los que solemos hacerlo, empujados por ciertas inercias, por rutinas y por un deseo de que lo que alguna vez amamos, aún siga latiendo, aunque sea de forma agónica. Hay como cierta nostalgia allí, que impide enfrentarnos con los hechos angustiantes de un escenario agónico y acaso terrible.
El Movimiento Peronista ya no existe, fue arrasado, aniquilado, por la desindustrialización, la extranjerización de la economía, el trabajo precario, el desempleo, la miseria, y sobre todo por el inexorable paso del tiempo. Es fácil darse cuenta que la Nación y el Pueblo de la Resistencia y del “Luche y Vuelve”, forman parte ya de una leyenda mitológica que carece hoy de actualidad; y que incluso, ni siquiera es proveedora – como antaño – de “mística militante”. Perón mismo, murió en 1974, hace cincuenta y dos años, más de medio siglo. Su mundo, su universo categoiral, ya nos es- desafortunadamente – el nuestro.
¿Y el Partido Justicialista? Bueno, tampoco, al menos en la acepción que la Ciencia Política, solía darle a ese término, hace quince o veinte años; carece de orgánica, de estructuras de representación, de referencias territoriales. Es un agrupamiento difuso de candidatos crónicos, operadores y asesores de imagen, unidos por la común ambición de “seguir siendo…”. No hay militancia activa, no rigen mecanismos transparentes de competencia interna; ya no cuenta el cursus honorum, el prestigio y el liderazgo de amplios colectivos organizados. Hay tipas y tipos endogámicamente amarrados por un apellido, el sexo, los negocios o la costumbre; de estos tiempos patéticos, bizarros.
Hasta la Clase Obrera es un colectivo en extinción; ya no es Clase, ni Obrera. El Trabajo no está – en opinión de los economistas liberales – para contribuir a la dignidad de las personas, tampoco para extraer de allí la Plusvalía. Es apenas un medio inadecuado de subsistencia; otra más de las muchas rutinas a las que la especulación financiera ha convertido en dudosamente útiles para alcanzar el Progreso y el Bienestar. Los Sindicatos, se parecen – en su triste decadencia – a los Partidos; son cáscaras vacías de vida palpitante; recipientes en los que volcar las ambiciones ruines de burócratas corrompidos. No todos es verdad; pero casi.
Tenemos enfrente, pues, otro país, otra cultura, otros modos de ser y de sentir. Nos parece, que la Doctrina – único valor universal y trascendente del legado peronista – necesita dejar de ser ritualizada, pregonada; para convertirse en un punto de anclaje para una “mayoría social nueva”; que no puede ser, ni la de 1945, ni la de los años 60, ni la de 2011. Tienen que tener, otros componentes sociales, portar métodos renovados, pensarse de una “identidad” que contenga los “valores justicialistas”; sin agotarse en ellos.
El “Electoralismo” es una enfermedad de la “Democracia Liberal de Partidos”, no puede nunca suplir la participación popular como vía de construcción de Poder. La Política es una actividad demasiado rica y compleja, como para encorsetarla en una ritualización periódica del voto institucionalmente reglamentado. Hay que buscar otros caminos para expresar voluntades, más allá o más acá de las episódicas y efímeras candidaturas. Intuimos que una parte considerable de las personas – al menos en Occidente – no creen que solamente votando, vayan a cambiar sus condiciones de vida.
Hay que hablar de “Movimiento Nacional” y menos encuestas; hay que militar al interior del cuerpo social, y no en sus bordes marginales o en sus cúspides elitistas, cuasi oligárquicas. Podemos apostar – quizás – a sanar esa parte del Peronismo, como ideal, como práctica, como lucha. Si algo está vivo, es la intuición de que: “es imposible ser feliz en soledad”. Construyamos futuro uniendo lo disperso, complementando nuestras debilidades con las potencialidades de otros; juremos lealtad a valores que merezcan la pena de ser defendidos; coloquemos nuestros egos en el lugar adecuado; seamos, en medio del dolor de la pérdida de tantas certezas: “buenos peronistas”.





