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17 de octubre de 2026

La conmemoración del 17 de octubre de 1945, hito fundacional del peronismo, ante todo es un estandarte del ejercicio democrático desde lo más elemental, donde el pueblo argentino consiguió la liberación y candidatura de quien sería uno de los políticos más relevantes de nuestra historia. Con certeza, muchos de los que estan leyendo esto anhelan otro octubre heróico, esta vez logrando la excarcelación y candidatura de la presa política que lamentamos. Sin embargo, los estudiosos de las Ciencias Sociales sabemos que no contamos con las condiciones para que suceda, entre otras cuestiones, por la inexistencia de un movimiento obrero unificado. En el presente escrito se mencionan y analizan -primero de manera más técnica y luego más coloquial- cuáles son aquellas cuestiones y cómo los actores que actualmente operan en el campo político, económico y social a nivel nacional y global, han contribuído para disolver la injerencia de la participación ciudadana masiva. De este modo, podremos preguntarnos en qué marco podemos hablar de lealtad en nuestros tiempos.

En pleno 2026, hablar de lealtad a una figura política se vuelve un poco incongruente ante las recurrentes, persistentes e insoportables problemáticas sociales, económicas e institucionales que nos atraviesan, en donde la moral y aquellos acuerdos éticos que ya parecían saldados se vuelven a poner en discusión. Sumado a esto, es probablemente la misma insistencia en nombrar y enaltecer a nuestros líderes aquello que les dió sustento a los supuestos outsiders de la política (empresarios “meritócratas”). El mismo modelo que realza los personalismos por sobre los proyectos políticos, es aquel que fomenta la visión de la política como algo binario y como una votación al estilo Gran Hermano por afinidad o simpatía. Este modelo de acercamiento a la política pudo ser útil para nuclear a las masas cuando a la par se reivindicaban las conquistas de derechos, pero con lo años pasó a ser un arma de manipulación muy efectiva.

En estos tiempos, nuestros tiempos, vemos cómo los procesos de fragmentación de la sociedad salarial, el debilitamiento de las instituciones y la vida virtual algorítmica -de bases de datos sobre consumo y “emprendedurismo”- se ven consolidados, y han puesto en crisis los canones democráticos. Es así como se imponen lógicas individualistas, impulsadas por el libre intercambio de odio, resentimiento y competencia que promueven las redes sociales mientras sus principales CEO (o tecnomagnates) no solo se benefician del principio maquiavélico divide y reinarás sino que también pueden predecir y controlar nuestras conductas de consumo, de pensamiento y hasta de voto. Es así como estamos siendo testigos de los estragos ocasionados no solo por la implementación de las redes sociales como un terreno ajeno a las leyes y convenciones sociales conocidas, sino también de su preponderancia en la vida real (mucho más luego de la pandemia), convirtiéndose así en una civilización virtual cuyo control y gobierno detentan unos pocos.

En un sistema que por definición únicamente funciona si hay opresores y oprimidos, las desigualdades globales se han profundizado de una manera absurda: solo un pequeñísimo porcentaje concentra las mayores riquezas del planeta. Esto se explica, en parte, porque los sectores dominantes pudieron refinar y acelerar su acumulación de capitales a través de las nuevas tecnologías, junto con el neocolonialismo y los crímenes de guerra, cuyas consecuencias las sufrimos todos menos los responsables. Además, los sectores ultraderechistas han operado durante décadas para debilitar las instituciones construidas bajo el consenso democrático, teniendo ahora como mayor herramienta de obediencia una vidriera personalizada de opciones infinitas para cada uno de los ciudadanos (o mejor dicho consumidores), de manera accesible y aparentemente inofensiva.

Es importante recordar que el objetivo de los sectores dominantes a lo largo de la historia ha sido, fue y será acumular la mayor cantidad de capitales, lo cual implica inequívocamente despojar de derechos a los verdaderos creadores de riqueza: los trabajadores. Respecto al problema mayor, de que nosotros somos más, han encontrado distintas formas, medios y formatos para vigilar y castigar, de modo tal que el propio Foucault estaría anonadado. En este punto, insisto y vuelvo a traer a Maquiavelo, ya que la única manera de que una gran masa -ahora globalizada- de oprimidos no sea consciente de que lo es, es dividirlos (y entretenerlos) de tal manera que ni siquiera puedan cuestionarselo. La escena de esta sociedad global, o al menos de aquellas economías y sociedades influenciadas por los criminales de guerra Trump y Netanyahu, se asemeja más al coliseo romano donde el celular es nuestro “pan y circo”, mientras los que miran desde el podio no se dan cuenta que están cada vez más cerca de ser devorados por los leones.

En este oktubre de vencedores vencidos, la lealtad a los valores vinculados con el fomento del bien común mediante políticas públicas es necesaria mas no suficiente: ¿Cómo volvemos a crear consensos en una sociedad huérfana de líderes y descreída del ejercicio ciudadano? En esta aparente anomia virtualizada propiedad de grandes corporaciones tecnológicas, estos pocos poderosos influyen en los tribunales y gobiernos del mundo, por lo que nuestras democracias se vuelven mucho más frágiles: los mecanismos institucionales no son suficientes cuando se imposibilita un ejercicio real del poder ciudadano.

Ante la urgencia y gravedad de las diversas problemáticas de nuestro presente, no contamos con instituciones, partidos o líderes cuya intención sea conducir, gestionar y planificar cómo dar respuesta a las mismas. Para ejemplificar, en Argentina (2026), la principal causa de muerte son los suicidios, sobre todo de hombres jóvenes. Si bien no podemos afirmar que la dimensión económica es el único factor ¿Qué podemos esperar de la juventud si les ofrecemos nichos en vez de un tejido social? ¿Cómo podemos contener a los que han crecido en un mundo virtual donde todo parece posible pero nada alcanzable? ¿En qué medida la disminución de la vida pública y el estado de vigilancia celular constante afecta su desarrollo? ¿Será desde las problemáticas de salud mental que debemos pensar la reconstrucción de la vida comunitaria? En este sentido, en los siguientes párrafos se desarrollarán ideas y propuestas para redireccionar nuestras lealtades, siendo congruentes con las problemáticas de nuestros tiempos.

En la actualidad hay diversos síntomas relacionados con la vuelta a un estadadío social anterior: la exacerbación de la prostitución edulcorada “solo para fanáticos”, las apuestas, la legitimación de los discursos de odio desde las esferas de poder y la falta de consensos generalizados respecto a los derechos de las mayorías, retratan un escenario global más parecido a Peaky Blinders (principios del s. XX) que al mundo pintoresco, aspiracional y aesthetic que podemos ver en redes sociales. En este punto, podemos decir que el orden social se mantiene por la individualización de la responsabilidad, el entretenimiento constante y la monopolización y manipulación del discurso mediático por parte de quienes manejan los hilos de la economía mundial. Anteriormente, era el Estado el que detentaba el monopolio de la formación del sentido común: a través del sistema educativo, jurídico y comunicacional; lo cual fue degradandose por prolongados procesos de erosión democrática. Es así que, sin entidades estatales legítimas para contener las problemáticas sociales, nos encontramos supeditados a lógicas pertenecientes a la propiedad privada: la eficiencia, el rendimiento, las ganancias y la supervivencia del más apto se vuelven normas fundamentales. En este sentido, citando a Yanis Varoufakis, ¿podemos decir que nos encontramos en la era del tecnofeudalismo? ¿Qué podemos hacer para recuperar los espacios de diálogo, consenso y organización con otros por fuera de la nube? Respecto a este último interrogante, podemos decir que todos los símbolos, referentes, códigos o costumbres que aún generen acuerdos generalizados merecen ser destacados por quienes creemos en el bien común. A continuación, se mencionarán algunos eventos aglutinantes de mayorías que ocurrieron en los últimos meses.

A principios de junio fue el multitudinario funeral de el Indio Solari, líder de el pogo más grande del mundo, en épocas donde el “cringe” y otros anglicismos no habían calado en nuestra cultura. El evento reunió alrededor de un millón de personas, lo cual es atípico y singular tratandose de un músico argentino que cantaba en español y sobre problemáticas locales. Además, a principios de mes fue el retiro de la selección argentina de Lionel Andrés Messi, lo más cercano a un superhéroe para los argentinos. Si bien la organización de su despedida dejó mucho que desear (falto de emotividad, argentinidad y más digno de un Super Bowl por tantos anunciantes), su figura estuvo rodeada de simbolismos referentes a nuestra Patria y cultura. Ese mismo día, recibió el doctorado Honoris Causa de la UBA y además, quien cantó el himno antes de su último partido fue Fabio Santana, un ex combatiente de Malvinas que desplegó -una vez más- la controversial bandera de “Las Malvinas son argentinas”, esta vez en el emblemático Estadio Monumental, durante el mandato de un presidente admirador y reivindicador de la criminal de guerra Margaret Thatcher. Sumado a esto, Messi en su discurso reivindicó la importancia de la unión, la colaboración y el compañerismo como valores fundamentales, dejando un claro mensaje de que nadie se salva solo.

Es así que, aunque estamos cada vez más huérfanos de figuras que nos representen, se hace necesario reponer y reivindicar los espacios públicos como promotores de la salud comunitaria, la participación ciudadana y la identificación de nuestra condición de oprimidos globales.

Para volver a acercarnos a nuestro sueño de una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana queda mucho camino por recorrer, pero este se encuentra muy bien señalizado por nuestras lealtades de siempre. En consecuencia, debemos embanderarnos como defensores acérrimos de que un Estado-Nación de ninguna manera puede ser administrado como una empresa, ya que el fin principal no puede ser el lucro cuando se trata de seres humanos. Construir la utopía, como siempre, desde las bases y en comunidad.

Medina María Belén

Lic. en Relaciones del Trabajo, F. Soc., UBA

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