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Inflación en baja, tensión en alza: el costo social de la estabilización

Mientras los precios desaceleran, el costo de la estabilidad se traslada al bolsillo: caída del salario, consumo en retroceso y una recuperación que aún no llega a la vida cotidiana.

 

Por supuesto es importante que el nivel del agua deje de subir, pero también poder sacar la cabeza para respirar. Y al parecer la mayoría del pueblo argentino sigue ahogándose en una economía que ofrece bonanza para unos pocos, que en la macro obedece aplicadamente a los requerimientos del FMI, pero puertas adentro comete autofagia. Había algo más que épico en la declaración “los números tienen que cerrar con la gente adentro,” y es evidente que a las políticas económicas del gobierno actual les sobra teoría y les falta política. 

La desaceleración de la inflación en Argentina comienza a consolidarse como uno de los principales resultados del programa económico anarcocapitalista (por no decir el único). Luego de un 2024 marcado por una inflación anual superior al 100%, el 2025 cerró con un aumento de precios cercano al 31%, mostrando una fuerte caída en la nominalidad. En los primeros meses de 2026, la tendencia se mantiene: registros mensuales en torno al 2%–3% reflejan una dinámica mucho más contenida que en años anteriores. 

Sin embargo, esa mejora en los indicadores no sólo convive, sino que se nutre de un deterioro persistente en las condiciones de vida. La estabilización parece apoyarse, en gran medida, en una fuerte contracción del poder adquisitivo. Según datos recientes, los salarios registrados terminaron el año 2025 por debajo de la inflación y aún no logran recuperar el nivel real previo, lo que limita la capacidad de consumo de los hogares. 

En paralelo, la evolución de los ingresos muestra fuertes desigualdades. Mientras algunos segmentos logran recomponerse parcialmente, amplios sectores —especialmente informales— continúan rezagados, con ingresos promedio que rondaron niveles bajos en términos reales durante el último año. 

Este contexto impacta directamente sobre el consumo y la dinámica económica. La caída en la demanda interna se vuelve visible en comercios, servicios y pequeñas unidades productivas, consolidando un escenario donde la desaceleración de precios no responde tanto a una expansión de la oferta, sino a una retracción del gasto

El frente social presenta, a su vez, señales contradictorias. Por un lado, las mediciones oficiales muestran una reducción de la pobreza, que se ubicó en torno al 31,6% en el primer semestre de 2025, con estimaciones posteriores incluso por debajo del 30%. Sin embargo, distintos análisis advierten que esta mejora está fuertemente influida por la desaceleración inflacionaria y no necesariamente por una recuperación sostenida del ingreso real o del empleo

De hecho, si se ajustaran los parámetros de medición —por ejemplo, actualizando la canasta de consumo—, la pobreza podría ubicarse significativamente por encima de los valores oficiales, alcanzando niveles cercanos al 40% o incluso superiores. 

Además, otros indicadores sociales refuerzan la complejidad del escenario. El aumento del endeudamiento de los hogares, con niveles de morosidad que alcanzan máximos en décadas, refleja las dificultades crecientes para sostener el consumo cotidiano. Al mismo tiempo, crecen señales de precarización laboral y deterioro en la calidad del empleo, incluso en un contexto donde las tasas de desocupación no muestran incrementos significativos. 

En este marco, la estabilización económica aparece atravesada por una tensión central: logra ordenar variables macroeconómicas clave, pero lo hace a costa de una fuerte compresión del ingreso y del nivel de actividad. La inflación baja, pero también lo hace la capacidad de consumo y la dinámica productiva. 

El interrogante que se abre hacia adelante no es menor. La historia económica argentina muestra que los procesos de estabilización basados en el ajuste de la demanda suelen enfrentar límites cuando el deterioro social comienza a erosionar su sostenibilidad política y económica. 

Así, la Argentina actual parece transitar un delicado equilibrio: una inflación en retroceso sostenida por un entramado social bajo presión. El verdadero desafío no será únicamente consolidar la baja de precios, sino demostrar que es posible hacerlo sin profundizar la fragilidad económica de los hogares. 

Porque, en definitiva, la estabilidad no puede medirse sólo en índices: también debe evaluarse en la capacidad de una sociedad para sostener niveles dignos de vida. 

Sin embargo, la reflexión que nos debemos en este punto, no es un mero análisis del estado de situación actual, cual si fuera una foto. Los análisis estáticos propios del liberalismo no han tenido peor suerte que ser adecuados a las cambiantes condiciones del contexto actual abrazándose a los instrumentos financieros, agregando el hecho de que son siniestramente manejados por manos con una pobreza ética notable. Es por eso, que en este punto cabe hacerse las preguntas, ¿Cuál es el objeto de la ciencia económica? y, ¿Qué lugar ocupa en el campo social? 

Nos es útil recordar que la ciencia económica incorporada al mecanismo social tiene como objeto primero y fundamental la conservación y prosperidad del orden social. La economía debe subordinarse a lo social, y lo social a lo político, entendiendo que lo político es, en su más alta acepción, realizar la felicidad de un Pueblo, y la grandeza de una Nación. (J. D. Perón

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