Estado de situación
Estamos viviendo tiempos que nos cambiarán para siempre. La marcha de la historia no tiene un destino claro, pero conduce a algo innegablemente novedoso. La ruptura entre el mundo viejo y el nuevo es cada vez más clara. Y a su vez, la humanidad se congrega una vez más alrededor de las preguntas elementales. ¿Qué somos? ¿Para qué somos? ¿Vale la pena ser humano?
Si bien queda cada día más claro que no seremos los mismos de acá a los próximos años, hay variables que no cambian nunca. La puja entre las fuerzas del capital y el trabajo sigue siendo el motor de la historia, lo cuál no significa que sea progresiva linealmente.
El panorama no es esperanzador. Las clases dominantes, encabezadas hoy por los magnates tecnológicos (dueños de la información) están unidos políticamente y el nível de concentración económica no tiene precedentes en la historia mundial. Su poder es incuestionable, en algunos casos superando el de los propios estados que los hicieron nacer.
Del otro lado, a nível global, vemos una clase trabajadora cada día más difícil de definir. y más fácil de dominar. Sin horizonte común, fragmentada social y económicamente, atomizada culturalmente y enfrentada políticamente entre sí. Todos, del repartidor al pequeño empresario somos de alguna manera ciervos de los dueños de las plataformas donde hoy se concentra el grueso de la actividad económica. No solo se hace ganancias de nuestros datos, sino que nosotros le pagamos a ellos por el espacio.
La república liberal, proyecto político de la burguesía que sucesivamente fue incorporando distintas capas sociales para asegurar su propia reproducción, ha perdido la capacidad de administrar las demandas sociales. Ha quedado relegada a una ceremonia de la democracia, que conserva lo cosmético y deshecha lo esencial, y a su función represiva para sostener el “orden”.
Los derechos humanos, como institución universal de occidente, también se encuentran en jaque por el avance de las nuevas clases dominantes y han dejado de ser el argumento legitimante del poder (económico, político, policial, militar, internacional, etc.).
En estos años es muy probable que esta estatalidad se desvanezca, y avancemos hacía un nuevo modelo de Estado. Los tecnócratas lo tienen claro, se preparan para la toma absoluta del poder. Mientras tanto, los ingenieros del caos como Trump y Milei allanan el camino como antesala. En frente, el campo popular está tan fragmentado y confundido como a quienes dice representar. Mientras la calidad de vida empeora en general, el verdulero culpa al cartonero, y no asoma un liderazgo que logré sintetizar hacía dónde vamos más que la defensa del viejo y oxidado estado de bienestar cómo trinchera política y espiritual.
Tenemos una misión. La construcción de un proyecto político que unifique a la clase trabajadora en el marco de un horizonte común. Que polarice con el enemigo y proponga un modelo superador a la estatalidad burguesa.
Pero antes debemos pausar y reflexionar; ¿qué es ser un trabajador hoy?
Trabajo y valor en el siglo xxi
Existen, del siglo xix en adelante, dos grandes teorías del valor. La teoría objetiva del valor (Smith, Ricardo, Marx), la cuál determina el valor de una mercancía de acuerdo al trabajo socialmente necesario para producirla, y la teoría subjetiva del valor (Menger, Jevons, Walras), que sostiene que el valor de una mercancía está determinado por el mercado. Sí bien ambas tienen parámetros distintos para definir el valor, parten de una misma premisa para definir el trabajo. Para todos estos pensadores, el trabajo es una actividad esencial de la economía, ya que el trabajo es una actividad esencial para la producción (y la producción de bienes y servicios una actividad esencial para el desarrollo de la vida humana).
A partir de esta premisa, la república fue atravesando distintas fases para administrar la conflictividad social y garantizar la reproducción del capitalismo. Gracias a la organización y lucha de los sectores populares, distintas demandas se fueron incorporando hacía lo que conocimos como estado de bienestar en su punto culmine y empieza a desintegrarse con la aparición del Neoliberalismo a partir de la crisis del petróleo en 1973.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando el trabajo deja de ser una actividad esencial para la reproducción del capitalismo? Estamos viviendo un momento en el cuál, en consecuencia de los avances tecnológicos y la modificación de la matriz productiva, el trabajo ha perdido valor en márgenes exponenciales. La automatización de la producción y los avances en la IA reemplazan puestos de trabajo todos los días excluyendo en el proceso a millones de trabajadores en la Argentina y el mundo.
No solo el trabajo ha dejado de valer, sino que las formas de trabajar han cambiado radicalmente.
Marx explicaba la alienación cómo el proceso de deshumanización del trabajador al ser separado del fruto de su trabajo. Hoy directamente los trabajadores están siendo desplazados del sistema productivo mismo y en consecuencia pasan a ser más y más prescindibles. Además, las nuevas formas de trabajo generan menos espacios colectivos, lo cual dificulta generar las instancias para la organización de estos nuevos trabajadores y la atomización de los mismos.
Para el capital esto no es solo una virtud, sino una estrategia. Un trabajador precarizado, atomizado y excluido de la cadena de valor es un trabajador que ha perdido en gran medida su capacidad de organizarse y es reducido a la subsistencia, a la lucha por vivir un día más.
Es esta la lógica perversa a la cual nos empuja a pensar la fase actual del capitalismo. Sin embargo, no podemos caer tampoco en lecturas neo-luditas o conservacionistas. Los avances tecnológicos son valiosos y deberían ser celebrados. La caída de costos, aumento en la producción y eficiencia deberían estar al servicio de la humanidad y no de unos pocos. Para que esto sea una realidad y no una fantasía necesitamos una clase política a la altura que sepa administrar armoniosamente estos desarrollos y ponerlos al servicio de las mayorías.
Para esto es necesario también abrir un debate filosófico sobre cómo y qué valoramos del trabajo. ¿Por qué trabajamos en un mundo que produce lo suficiente para todos? ¿Cómo valoramos el trabajo cuando la tecnología tiende a la autosuficiencia? Son preguntas profundas que no podemos evitar, pero que son relegadas por la urgencia del presente. Sin embargo, la respuesta seguro tenga que ver con avanzar hacía una lectura más social y comunitaria. Trabajar para la realización de uno mismo y de la comunidad a la cual uno se debe. La humanización del trabajo es clave para empezar a imaginar un mundo donde el trabajo no es esencial para la reproducción de la vida humana, pero seguramente siga siendo un ordenador social importante.
Sin embargo, cualquier lectura en esa clave resultará utópica hasta que no resolvamos la cuestión política.
Caracterización de la clase trabajadora argentina
Históricamente, la clase trabajadora argentina alcanzó altísimos niveles de organización y conciencia que le permitieron luchar y conquistar derechos sociales, económicos y políticos. El sindicalismo argentino es modelo en el mundo, de manera tal que ninguna dictadura pudo doblegar las conquistas del Peronismo aún proscripto. Si bien esto es cierto, a partir del golpe de 1976, el industricidio y la instauración del neoliberalismo la matriz productiva y en consecuencia el mercado laboral argentino sufrió modificaciones irreversibles que escapan a las lógicas previstas durante el siglo xx.
Esto nos obliga a reexaminar de qué está hecho ese mercado laboral y que tan útiles son las herramientas que nos sirvieron para convocar, interpelar y contenter tanto desde la política, como lo económico y social, a la masa de trabajadores que hoy viven en la Argentina.
Argentina tiene una población económicamente activa de aproximadamente 21 millones de habitantes. Sin embargo, dentro de ella conviven realidades totalmente distintas. Algunos datos para comprender las distintas “grietas” al interior del mundo del trabajo.
Formales e informales
12 millones de trabajadores están en el mercado formal de trabajo, mientras que 9 millones se encuentran en la informalidad. Esto significa que el 57% de trabajadores están registrados dentro del sistema previsional argentino, mientras que el 43% es explotado sin derechos laborales ni aportes de ningún tipo. Además, la informalidad está en tendencia creciente casi ininterrumpida desde el 2016.
Asalariados y cuentapropistas
Hay 9,8 millones de trabajadores asalariados y 3,3 millones cuentapropistas. Es decir, una mayoría del 71,9% de los trabajadores argentinos están en relación de dependencia y casi una cuarta parte trabajan por su cuenta. Sin embargo, la realidad de los asalariados también es dispar en su interior.
Público y privado
Existen 3,4 millones de trabajadores en el sector público y 6,2 millones de trabajadores registrados en el sector privado. Un dato a tener en cuenta es que en los últimos 13 años el sector público creció un 33% mientras que el privado tan solo un 5%.
Hombres y mujeres
De los 21 millones de trabajadores argentinos, un 58% son hombres y otro 42% mujeres. Además, hay una brecha salarial del 37% y una mayor informalidad en el caso de las mujeres. Los problemas estructurales se agravan en materia de género.
Jóvenes y adultos
Cada una de estas problemáticas se agrava en los jóvenes. Se registran mayor desempleo, informalidad y pobreza en el grupo etario de 14 a 29 años que en el resto de la población económicamente activa.
Distribución geográfica
El AMBA concentra el grueso de la fuerza de trabajo argentina pero es también donde el mercado laboral ejerce mayor presión: tiene la tasa de desempleo más alta del país (8,6%) y una informalidad del 40,2%. En el interior, el desempleo es menor en términos estadísticos, pero depende en mayor medida del empleo público. Esto habla de un AMBA sobrepoblado, y un interior subdesarrollado.

Estos datos ayudan a ilustrar un poco la realidad multifacética de la clase trabajadora argentina. Comprender la fragmentación del trabajador argentino es un buen punto de partida para entender la atomización de nuestro campo político y empezar a formular una nueva propuesta aglutinante. Si bien la política juega un papel fundamental en la exclusión y marginalización de gran parte de los trabajadores, sería incompleto cualquier análisis sin tomar en cuenta los avances tecnológicos y su impacto en el mundo laboral.
Las nuevas formas de trabajo, como lo es el trabajo por plataformas, están en tendencia creciente y la política aún no ha tomado medidas a gran escala para el sector. Tampoco se piensa seriamente como el desarrollo de la IA representará una nueva oleada de reemplazo de puestos de trabajo tan masiva como lo fue la mecanización de la producción fabril. Además, tenemos un sistema previsional y de leyes laborales estructuradas alrededor de la lógica del trabajo fabril que tampoco será marco de contención para las nuevas lógicas que prevalecerán en el mercado laboral argentino.
Cada uno de estos problemas se irá agravando en medida que la situación económica empeore, y cada trabajador sin importar su lugar en la cadena de valor debe saber que cada vez que se golpea al eslabón más débil se baja la vara para todos. La precarización laboral y el empobrecimiento generalizado es una situación que impacta a todos.
La dirigencia del campo popular tiene que estudiar estos temas de manera urgente y elaborar una respuesta, y es el deber de las bases acercarnos genuinamente a estos sectores para comprender su realidad y contribuir a transformarla. No se trata de imponer viejos modelos de organización, como lo fue el sindicalismo tradicional, sino de construir nuevos sobre la base de interpelar a las nuevas y próximas generaciones de trabajadores argentinos. El abismo que separa la realidad del mundo laboral argentino y el discurso de la dirigencia del campo popular ayuda también a explicar por qué nuestra propuesta política es cada vez menos votada y el desencanto de la sociedad con el sistema político.
En algún momento, la Argentina supo ser un país de clase media, equiparable socialmente a Europa. El excepcionalismo argentino a veces nos nubla, tanto por izquierda como por derecha, a aceptar la realidad de que nuestra composición social es cada día más parecida a la del resto de América Látina. Con una excepción; nuestros países vecinos vienen de constantes ciclos de crecimiento, mientras que la Argentina se encuentra hace años en tendencia decreciente. La dirigencia política debe tomar nota de estos datos y obrar en consecuencia.
Concentración económica, fragmentación social
No es casual que este momento histórico nos encuentre en un pico sin precedentes en la concentración económica, y una enorme fragmentación social y política. Estamos viviendo el desplazamiento de las élites capitalistas tradicionales (y en consecuencia el conjunto de su dirigencia política) por las nuevas élites realmente existentes en la estructura económica. Este emergente, que hoy está peregrinando de Silicon Valley a Washington, ya se ha hecho del poder económico y se está preparando para la toma del poder político. Así explicitó Peter Thiel (CEO de Palantir) en su manifiesto La república tecnológica. Debemos entender este manifiesto cómo el proyecto político de las clases dominantes.
Con esta claridad, es preciso que reorganicemos a las clases subalternas detrás de un proyecto político que polarice directamente con la propuesta de Thiel, sin caer en la trampa de ser conservadores. Debemos dejar de repetir la frase de Gramsci “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. El viejo mundo ha muerto, el mundo nuevo está en disputa. El enemigo tiene muy claro hacia dónde va. Necesitamos encontrar esa claridad lo antes posible teniendo en cuenta que las reglas del juego han cambiado radicalmente. La estatalidad actual no puede administrar los conflictos generados por agentes por encima de ella ni podemos reducir a la política a la gestión de la pobreza. Es hora de manifestar nuestra propia república tecnológica. No hay márgenes para disputas internas ni negaciones absurdas, de esta encrucijada se sale solamente con la unidad total del conjunto diverso de trabajadores y el campo nacional.
En la Argentina, el Peronismo ofrece una tradición política y una experiencia histórica fundamental para la organización del campo popular. El Peronismo y sus conquistas son el piso de conciencia histórica de la clase trabajadora argentina. Sin embargo, si los Peronistas no logramos ampliar los márgenes del Peronismo, nuestro movimiento tiene fecha de caducidad. Es decir, si no logramos construir una nueva imaginación política y una nueva coalición política y social que logré embanderar a las inmensas mayorías nacionales, entonces estamos condenados al fracaso. Si nos pesa más la liturgia, la lectura a la luz de la vela y las cicatrices del pasado que la oportunidad de ser un cañón de futuro, seremos superados por una doctrina que interprete mejor el presente. Hoy todos los Peronistas tenemos que hacernos una pregunta, si estamos dispuestos a ser lo último de lo viejo o lo primero de lo nuevo. Y creo, humildemente, que la clave para construir lo nuevo es volver a las primeras palabras que dieron inicio a esta historia un 17 de Octubre de 1945, cuando el Coronel Perón salió al balcón de la casa rosada ante el pueblo y dijo; “trabajadores, únanse”.
