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El argentino más importante de la historia: Francisco, el legado político de un papa del sur

Este texto forma parte del segundo número de DE FRENTE. Nació de una discusión interna sobre la tapa: si era correcto o no presentar a Francisco como el Jefe Espiritual del peronismo del siglo xxi o como el peronista más importante de la historia. El debate nos llevó a otro lugar. Antes de cualquier filiación partidaria había algo más urgente que reclamar. Lo que sigue es el intento de explicar por qué.

 

Jorge Mario Bergoglio es el argentino más importante de la historia universal. Hay cierta resistencia que se refleja a escribir esto sin aclaraciones, sin el paréntesis que relativice, sin el asterisco que lo ubique en un contexto más cómodo. Esa resistencia dice más de nosotros que de él. El hombre que más personas escucha en el planeta en este siglo viene de acá, fue moldeado por nuestra historia, eligió el nombre del santo de los pobres y convirtió la Silla de Pedro en una tribuna de interpelación permanente al orden económico mundial. Eso es un programa político. Entenderlo así es el primer gesto de honestidad intelectual que le debemos.

I. El orgullo que todavía no nos animamos a reclamar

Hay algo revelador en el pudor con que ciertos sectores del campo popular argentino se aproximan a Francisco. Como si reivindicarlo fuera un gesto devoto, una concesión al clericalismo, una contradicción con la laicidad republicana o simplemente “ser de derecha”. Ese pudor es una trampa. Francisco es el producto más extraordinario que la Argentina dio al pensamiento político contemporáneo, y sin embargo lo dejamos ser, en el imaginario propio, casi exclusivamente patrimonio de los sectores conservadores o de la piedad individual. Esa es una derrota cultural que todavía estamos en condiciones de revertir.

El primer movimiento es reclamar a Francisco como orgullo nacional, como herencia colectiva, como usina de pensamiento político que pertenece a los que luchan, cualquiera sea el nombre que le pongan a esa lucha. El debate sobre si fue peronista o no es legítimo como ejercicio histórico, intelectual o político-sociológico. Pero conviene suspenderlo por un instante, porque antes de él hay algo más urgente.

II. Una teología que es también un programa de gobierno

La obra escrita de Francisco es el intento más ambicioso y sistemático del siglo XXI por construir una alternativa conceptual al capitalismo financiero desde fuera de las tradiciones marxistas clásicas. Elige otro léxico, otra genealogía, otro horizonte de interpelación. Y esa elección le permite hablar simultáneamente con el cardenal y con el piquetero, con el presidente y con la asamblea barrial, con el teólogo europeo y con la comunidad de base amazónica.

Laudato Si’ (2015) articula una crítica civilizatoria de fondo. Francisco llama ‘paradigma tecnocrático’ al sistema que convirtió la tecnología y el mercado en fines en sí mismos, vaciando de sentido la política como instrumento de justicia. La destrucción del ambiente y la destrucción de los pobres son la misma herida, dos manifestaciones del mismo modelo que descarta lo que no es rentable. Esa ecuación es una contribución teórica de primer orden. Y viene de acá.

 

“La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes.”

— Laudato Si’, n. 2

Evangelii Gaudium (2013) funciona en la práctica como el manifiesto programático de todo su pontificado. Introduce el concepto de Iglesia en salida, una organización que no espera a que los excluidos vengan sino que va hacia las periferias. La periferia no es un dato geográfico, es una categoría política. Cuando Francisco escribe que el tiempo es superior al espacio está describiendo una forma de hacer política que privilegia los procesos por sobre los resultados inmediatos, la construcción colectiva por sobre la acumulación individual de poder. El peronismo histórico lo practicó en su mejor versión. Los movimientos populares contemporáneos necesitan redescubrirlo.

“Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera, y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo.”

— Francisco, Encuentro con Movimientos Populares

Fratelli Tutti (2020), escrita en pandemia, desnuda la anatomía del poder contemporáneo con una precisión que la ciencia política académica rara vez alcanza. Francisco describe el mecanismo por el cual el poder real se adueña de la capacidad de opinar y de pensar de los pueblos, instalando el desencanto y la desesperanza como instrumentos de dominación. Hundir a un pueblo en el desaliento es el cierre de un círculo perverso perfecto, escribe. Eso es análisis político. Eso es, con otro vocabulario, lo que el campo popular lleva décadas intentando nominar desde adentro.

“La caridad política es la forma más alta de la caridad, porque busca el bien común. Es la que organiza y estructura la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer miseria.”

— Paráfrasis del Fratelli Tutti, n. 180-186

III. Los cuatro principios como gramática para la acción

El documento que inspira estas páginas recoge cuatro principios que Francisco sistematizó a lo largo de su magisterio. No son aforismos piadosos. Son instrucciones operativas para quien quiera hacer política de transformación real, sin perderse en la gestualidad ni en el sectarismo.

La realidad es superior a la idea. Contra todo idealismo que subordina lo que ocurre a lo que debería ocurrir, Francisco ancla la política en lo concreto, en el cuerpo del pobre, en la textura de los problemas reales. Ninguna teoría revolucionaria vale más que el pan que falta en la mesa. Es, en otro registro, la vieja consigna de que el peronismo no es para los peronistas, el peronismo es para el pueblo.

El todo es superior a la parte. La construcción política que fragmenta, que divide en capillas, que convierte la diferencia táctica en fractura existencial, trabaja para los que quieren que el campo popular nunca llegue a ser mayoría. La unidad no se decreta. Se construye desde abajo, desde la coincidencia en los objetivos fundamentales, desde la disposición a ceder protagonismo individual en función del proyecto colectivo.

La unidad es superior al conflicto. Francisco no niega el conflicto. Propone su resolución dialéctica, transformar la tensión en energía creadora en vez de parálisis o ruptura. La política es, en su mejor versión, el arte de procesar el conflicto sin destruir la comunidad.

El tiempo es superior al espacio. Contra la lógica del poder que acumula posiciones y gestiona el presente, Francisco propone sembrar procesos. Iniciar dinámicas que trasciendan la coyuntura, construir subjetividad política de largo aliento, formar cuadros que piensen en décadas. La política como siembra.

IV. El legado político de un argentino universal

Francisco murió sin haber vuelto a la Argentina. Esa ausencia pesa. Y sin embargo sus palabras circulan en los plenarios de los movimientos sociales, en las misas villeras, en los discursos de dirigentes que nunca pisaron una iglesia. Construyó algo que excede la doctrina y excede la institución que lo ungió. Una gramática política para los que quieren transformar el mundo desde abajo, desde adentro, desde los lugares donde el poder no llega o llega solo para extraer.

Tierra, techo y trabajo son derechos sagrados, dijo ante los Movimientos Populares. Tres palabras pronunciadas desde Roma con la investidura más antigua del mundo occidental, dirigidas a los que el mundo occidental descarta. Ese gesto condensa todo. El margen como lugar de enunciación. La periferia como centro político y espiritual. La dignidad de los últimos como medida de la salud de una sociedad. Francisco no inventó esas ideas. Las llevó más lejos que nadie en este siglo, les dio una resonancia que ningún partido ni ningún movimiento pudo construir solo.

 

“Si el pueblo pobre no se resigna, el pueblo se organiza, persevera en la construcción comunitaria cotidiana y a la vez lucha contra las estructuras de injusticia social, más tarde o más temprano, las cosas cambiarán para bien. Como ven, nada de ideología aquí, nada. El pueblo.”

— Francisco, Encuentro Mundial de Movimientos Populares

Hay algo que Francisco repite a lo largo de toda su obra y que resulta incómodo para cierta tradición de la izquierda y del peronismo: que sin espiritualidad no hay transformación verdadera. No religiosidad. Espiritualidad. La distinción importa y él la trabaja con cuidado. La religiosidad es la forma institucional, el rito, la pertenencia confesional. La espiritualidad es otra cosa: es la disposición interior a salir de uno mismo hacia el otro, la capacidad de reconocer en el que sufre algo que nos concierne, que nos interpela, que nos obliga. En Evangelii Gaudium la llama la mística de vivir juntos. En Fratelli Tutti la llama amistad social. En Laudato Si’ la llama ecología integral. Cambia el nombre según el problema que está mirando, pero siempre está describiendo lo mismo: una forma de estar en el mundo que precede a cualquier programa político y que ningún programa político puede reemplazar.

Nuestra generación llegó a esa distinción por caminos distintos. Muchos la encontramos después de años de desconfianza hacia todo lo que sonara a iglesia, a ritual, a trascendencia. Y sin embargo algo fue cambiando. La meditación, las comunidades de base, la espiritualidad de los pueblos originarios, el budismo, el propio Francisco desde Roma, todo fue sedimentando una intuición compartida: que la política sola no alcanza, que la organización sola no alcanza, que hay una dimensión de la experiencia humana que la militancia muchas veces descuidó y que el neoliberalismo aprovechó para llenar con consumo, con individualismo, con la promesa de una vida plena que cada uno construye solo. Francisco lo vio con claridad brutal. El paradigma tecnocrático, escribe en Laudato Si’, no es solo un modelo económico. Es una espiritualidad. Una espiritualidad del descarte, de la eficiencia, de la utilidad como único criterio de valor. Y contra una espiritualidad solo se puede oponer otra espiritualidad.

Ese es el legado que todavía estamos aprendiendo a leer. Y plantea una pregunta que el Peronismo del Siglo XXI todavía no terminó de formularse. Francisco encontró una espiritualidad capaz de hablarle a los márgenes, de nacer de los márgenes, de convertir los márgenes en el único lugar desde donde se puede ver con claridad el estado del mundo. Qué espiritualidad política necesita el peronismo para hacer ese mismo movimiento, para salir de la lógica de la captura institucional y volver a pararse donde se para el que no tiene nada que perder. Esa pregunta no tiene respuesta todavía. Pero una generación que ya se reconcilió con la espiritualidad sin necesitar que nadie se lo autorice quizás esté, por primera vez, en condiciones de empezar a hacerla en serio.

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