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Leyla Becha: “Políticos: No quieran inventar un slogan con la figura de Francisco”

A Leyla Bechara la empecé a escuchar primero de costado. Fueron intervenciones en twitter que resultaban polémicas y desparramaban polvo digital, luego en algunos streams, intervenciones sueltas, y después con más atención en Hipótesis de Conflicto. Pero hubo un momento puntual que me quedó resonando. Fue en su canal de YouTube (@LeylaBechara) donde en un pasaje biográfico, dicho sin énfasis, donde aparecía una experiencia que me resultaba demasiado cercana.

Describía una infancia donde lo religioso no era una decisión sino que estaba arraigada en la comunidad y en la cultura del lugar donde se crió. La comunión a cierta edad, la confirmación en la adolescencia, familias atravesadas por la Iglesia, una comunidad que ordenaba vínculos y sentidos. Ella desde un pueblo y yo desde el conurbano. Distintos territorios, pero una misma forma de haber sido formados.

Después, el corrimiento. Los años donde uno se aleja, donde la fe queda como un resto, donde lo espiritual se vuelve difuso o directamente deja de ser una pregunta urgente y se atraviesa la intemperie del sentido individualista. Todo atravesado por años de militancia alejada de esas instituciones. Y sin embargo, más tarde, algo vuelve. Hay un retorno si. Ya no por el camino de la inocencia ni con las mismas certezas, pero vuelve. A veces empujado por la vida misma, por la experiencia de la pérdida, por la conciencia de la propia finitud o simplemente (como diría Palito Ortega) por fé y esperanza.

En mi caso, ese vínculo nunca fue solo religioso. También fue comunitario y, en algún punto, político. Crecí en el entorno donde mi educación inicial la hice en Nuestra Señora del Rosario de Pompeya y mi secundaria en el San Vicente Pallotti de Castelar, con esa idea de “Todo en Todo para Todos” como horizonte. Una forma de entender la fe como comunidad. Con la propuesta evangelizadora de que el encuentro entre laicos y clérigos para reavivar la fé y el apostolado lleva como bandera el “búscalo en todo y en todo lo hallarás“.

Por eso, cuando escuché a Leyla poner en palabras algo de ese recorrido (y en un momento donde yo mismo estaba volviendo sobre esas preguntas), me interesó. No tanto por encontrar respuestas, sino por reconocer una experiencia compartida y ver qué pasaba cuando esa experiencia se cruzaba con una lectura más amplia, más de época. Pero sabiendo que hay recorridos que no son lineales.

Ahora, ¿quién es Leyla Bechara? Ella es politóloga, escritora e investigadora cultural. Su trabajo cruza comunicación política, cultura digital y sociología de internet, con foco en las formas contemporáneas de influencia y gobernanza algorítmica. Conduce Hipótesis de Conflicto en @ceiboargentina, edita @Rumbo180.arg y es co-founder de oxido.studio, un laboratorio de comunicación estratégica.

Y justamente en este marco del retorno hay algo que vuelve a hacer ruido.

En estos años, para muchos, ese ruido tuvo nombre propio: Francisco. No como figura institucional, ni siquiera como líder religioso en el sentido clásico, sino como alguien que volvió a abrir preguntas donde parecía que ya no había nada que preguntar. O al menos para mi generación que se crió en los 90s.

En el marco del primer aniversario del paso a la inmortalidad del Argentino más importante de todos los tiempos, esa figura empieza a correrse del presente inmediato para entrar en  la de la interpretación, la disputa, el legado. ¿Qué queda de Francisco cuando ya no está? ¿Qué se pone en juego cuando intentamos nombrarlo, explicarlo, incluso apropiarlo?

Sobre esas preguntas (y sobre algo más difícil todavía, que es poner en palabras lo que muchas veces se siente antes de entenderse) conversé con Leyla Bechara.

A partir del fallecimiento de Francisco, ¿qué creés que se pone en juego hoy en la discusión sobre su figura? ¿Qué aspectos de su legado pensás que van a entrar más en disputa en esta etapa?

Me pasa algo muy particular con Francisco. El problema es que aparece en mi vida en un momento de mucha necesidad emocional, podríamos decir. Entonces cualquier ejercicio de ponerlo en palabras es un intento desesperado por acercarme a algo de la verdad; a algo de eso tan hermoso que sucede cuando escuchás a Francisco con atención. Al mismo tiempo, cada vez que se habla de su figura, se abren muchas tensiones políticas a su alrededor.

Para mí la que ordena el todo, es la lectura que se desprende desde la disputa entre el  abrir y el cerrar. Yo creo que Francisco en cada una de sus intervenciones y en cada uno de sus gestos lo que puso siempre en tensión es estar en apertura. Estar en apertura a Dios, a a los evangelios y estar en apertura al otro, a la otredad. 

Siento que “nosotros”, como parte de una cultura política, tenemos la tendencia a cerrar los íconos, a reforzarnos en ellos, a encerrarnos, a buscar definir un nosotros antes que cualquier otra cosa. Y me parece que la gran lección de Francisco, y lo que nos deja para esta época en particular, es esa posibilidad de apertura. 

Indudablemente sin la tensión con la pulsión de cerrar, no existiría Francisco. Sin la tensión de querer hacerlo nuestro no existiría Francisco como tal. Pero como el mismo ejercicio de ser cristiano; de ser buen cristiano, el ejercicio de estar disponible, de estar en apertura; es un ejercicio complicado. Y toda esa fuerza que requiere contrasta mucho y hace frente a los costos de encerrarse, de ensimismarse, que implica esa otra postura de buscar hacerlo nuestro, de hacer a Francisco algo nuestro. 

Francisco aparece muchas veces como una figura difícil de encasillar: líder religioso, actor político global, voz ética. ¿Cómo leés esa ambigüedad en un contexto de crisis de representación como el actual?

Acá tengo una lectura más historiográfica de la Iglesia Católica en sí misma. Los  Papas son figuras difíciles de encasillar para las categorías de la democracia liberal, de la posmodernidad en algún punto. Porque nuestra forma de ver el mundo es una forma de ver el mundo secularmente, pero la figura del Papa existe antes de que existiera el Estado Nación. Hay algo desde ese rol que indiscutiblemente va a ser universal en el sentido más estricto de la palabra.

La mirada de cierta totalidad sobre Francisco, como esta figura que cubre todos los frentes, se explica más no por una crisis de representación;  no porque falten figuras que puedan hacer eso, sino porque indiscutiblemente el sistema en el que estamos hoy; esta democracia, este sistema internacional, el contexto, la modernidad, la contemporaneidad… este mundo ha fallado tanto, ha llegado a tal extremo esta idea de cerrarse, que el mismo sistema democrático liberal se ha encontrado con sus propios límites. El catolicismo tiene una respuesta para esos momentos. Quizás me estoy yendo como filosóficamente a cualquier otro lugar, pero para que se entienda en ese sentido: me parece que la Iglesia Católica, y sobre todo el rol del Papa es un rol muy importante en los momentos de crisis. Porque definitivamente la Iglesia tiene una doctrina y un dogma para poder responder ante el vaciamiento ético y moral que trae consigo cualquier revolución. 

No podría ser Papa un Papa que no ocupe ese rol de combatir ese vaciamiento de alguna manera. Y Francisco lo ocupó de una manera yo creo que increíble. Lo ocupó sumando un montón de creyentes a la Iglesia Católica en principio, pero con la virtud de ocupar el lugar más importante en la institución más milenaria de la cultura occidental desde la apertura. Entonces me encanta. Si a eso le llamamos ambigüedad, bienvenida sea. Para mí es otra cosa. Para mí es como lo que debe ser. 

Desde DE FRENTE venimos trabajando la idea de Francisco como posible “jefe espiritual del Peronismo del siglo XXI”. ¿Te resuena esa hipótesis? ¿Creés que su figura puede leerse también como una actualización doctrinaria en ese sentido? ¿En qué sentidos dialoga (o tensiona) con esa tradición política?

Acá tengo un drama. No te la quiero picantear, pero… Es una hipótesis que me resuena, obviamente, porque estamos desesperados. Estamos desesperados y es completamente entendible. Pero bueno, si uno hace el ejercicio también puede comprender que la doctrina de Francisco es la Doctrina Social de la Iglesia. La Doctrina Social de la Iglesia es precursora y es antecesora del peronismo. Y la Doctrina Social de la Iglesia es el Evangelio leído en una época que ya pasó. Pasa lo mismo con Francisco. Francisco murió. Francisco está muerto. Francisco nos dejó una metodología y una doctrina política impresionante amplia, completa, pero que no es la de Francisco por Francisco. Es la de Francisco porque es la de la Iglesia Católica.

Entonces lo que el peronismo tenga que hacer y de dónde se tenga que agarrar espiritualmente para encarar el desafío de este siglo XXI puede ser Francisco, pero es Francisco porque es otra cosa. Y para que sea Francisco tiene que ser esa otra cosa que la teología de la política justicialista. Y eso es para mí el desafío mayor de pensarlo como jefe espiritual. Bueno, ¿cuál es la teología del peronismo del siglo XXI? 

En una época marcada por el cinismo, el descreimiento y cierta pérdida de sentido, ¿qué lugar pensás que ocupó Francisco en términos de interpelación espiritual, social o ética, incluso más allá de la Iglesia?

Voy a retomar un poco algunas cosas que ya venimos charlando. Francisco ocupa ese lugar que es el lugar del Papa, que hoy León XIV empieza a ocupar. Y por los últimos acontecimientos, un poco nos indica ese camino. Ocupar el lugar más alto de la cultura occidental, la autoridad máxima frente a una crisis total, una crisis de revolución, de revolución tecnológica. Es ocupar el lugar que responde a la pregunta moral sobre las transformaciones aceleradas que la tecnología trae a nuestra época. Entonces la pregunta moral es la ordenadora. Por lo menos para nuestra cultura occidental eso es así. Y Francisco ocupó ese lugar con mucha amorosidad, con apertura; otra vez la idea de apertura. 

Es clave que lo que propuso Francisco para nuestra generación sea algo parecido a la paciencia. Hay que tener paciencia; hay que trabajar, esto va a costar, pero hay algo de eso… No es fácil ser buen cristiano, no es fácil esta vida; está complicada, el mal siempre acecha, pero el mensaje de los evangelios nos enseña que el bien va a triunfar. Y nosotros sabemos eso. Entonces lo que trae Francisco al lenguaje contemporáneo es ese mismo mensaje y ese mensaje resulta muy sanador. Lo que te decía al principio: no lo puedo explicar racionalmente. Uno tiene que creer y creer es un acto de fe. 

Francisco insistió mucho en categorías como comunidad, periferia, pueblo. ¿Cómo ves hoy la vigencia (o la dificultad) de esos conceptos en la Argentina actual?

Hablamos de lenguaje; esto de nuevo, las categorías y cómo hoy se puede seguir pensando desde esas categorías. A mí me gusta pensar que esas categorías tienen algo más  teológico detrás. Y me gusta pensar que son adaptables, ¿no? Que cuando pensamos en en periferia, por ejemplo, tenemos que pensar en lugares incluso más cercanos, periferias más cercanas. Uno piensa periferias y se aleja, ¿viste? No, no, no, más acá, más personal, más cerquita. 

Hay algo que Francisco también hacía mucho, que es interpelarte en tu centímetro cúbico, básicamente. Desde el límite de la piel hacia afuera, todo entra dentro de esas lecturas. Entonces yo creo que si hay que hacer algún tipo de ejercicio no es tanto poder traducir estas categorías en eslóganes de campaña; que es lo que ya están haciendo muchos y ya se ve venir, sino más bien como ejercicio particular. Yo estoy media descreída de la política en este contexto, pero sí creo que la interpelación es más acá, es más cercana. No pretendan… los políticos, sacar eslóganes de las enseñanzas de Francisco porque, 1. seguro los van a encontrar pero, 2. no van a funcionar. No van a funcionar porque el punto no es la instrumentalización de la palabra, sino el encarnarla. 

Pensando en las nuevas generaciones y en la construcción de sentido en tiempos de redes y fragmentación, ¿qué queda de Francisco? ¿Cómo puede ser leído o apropiado su legado en este presente?

Pensando en las nuevas generaciones y en esto de la fragmentación, me resulta un asunto  clave. O sea, repongo lo mismo. Francisco no se puede apropiar. No se puede apropiar y eso es un vehículo enorme para la comunión, para el encuentro, para la comunidad. Esto es entender al pueblo como lo realmente existente y no como lo deseado. No como lo que no existe, no como lo que haya que ir a buscar a algún otro lado. Es lo que hay, es lo que es. Francisco es lo que es. Entonces es un escudo muy grande frente a la tentación constante de que sea lo que yo quiera. Y que es un poco como la lógica de las redes sociales, ¿no? Lo que yo quiero que sea todo el tiempo, la personalización de todo, la experiencia sin fricción; mostrarse como lo que no es. Francisco es muy grande y yo creo que es tan grande que me parece que lo mejor que puede aportar ocurre  leyéndolo desde el desborde, ¿no? Como lo que no puede ser limitado, lo que no puede ser apropiado. Uno va a intentar quedar con este Francisco, y otro va a usar a este otro Francisco. Bueno, Francisco le escapa a eso. Y eso me parece que en el fondo es entender los límites de lo humano, los límites de uno para entender a Dios. Hay un salto de fe que hay que hacer.

Reflexiones finales

A lo largo de la conversación aparece una idea alineada con esto del retorno que hablábamos al principio. Francisco no entra fácil en ninguna categoría. Cada intento por definirlo deja algo afuera. Y tal vez ahí esté parte de lo que sigue generando.

En un momento donde todo tiende a volverse consigna, estético o posicionamiento rápido, su figura empuja en otra dirección. Obliga a frenar, a escuchar, a hacerse preguntas que no siempre tienen una respuesta inmediata. A hacer el pasaje mediante la acción de que el “otro” en realidad es mi “prójimo”.

Quizás su legado no pase por repetir palabras ni por trasladar conceptos de forma directa, sino por el efecto que produce. Por cómo interpela, por cómo incomoda, por cómo vuelve a poner en juego dimensiones que parecían corridas de la discusión pública.

Hay un desafío ahí. Animarse a sostener esa incomodidad. No apurar una traducción. En dejar que algo de todo eso haga su trabajo y que las cavilaciones en torno a su figura sigan decantando.

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