La figura del Papa Francisco irrumpió en la historia de la Iglesia como una anomalía fértil. Primer pontífice latinoamericano, primero con formación de jesuita. Inició su pontificado con un signo de para dónde quería encarar al elegir llamarse (curiosamente el primero en la historia), como el santo de los pobres y los animales.
Con su impronta argentina a cuestas, su formación cristiana y peronista, su papado estuvo rodeado por resistencias desde los sectores tradicionales del Vaticano. Sobre todo, aquellos que crecían a las sombras de los negocios financieros, las posiciones ultraconservadoras y las prácticas de pedofilia con las cuales Francisco no hizo ninguna concesión, ni complicidad, ni encubrimiento. Pero lo más peligroso de un Papa que fue buscado en el Sur del mundo fue su mirada política, social y cultural arraigada en el Sur global. En otra época lo hubieran llamado del Tercer Mundo.
Formado en la Argentina atravesada por el siglo XX, Bergoglio no fue ajeno a las tensiones entre pueblo y élites, entre justicia social y exclusión, entre fe y política. Su pensamiento —difícil de encuadrar en los parámetros europeos— dialoga de manera evidente con la tradición del peronismo, especialmente con aquella vertiente que entiende la política como una herramienta de transformación de la realidad y, fundamentalmente, de dignificación de los humildes.
Lector profundo aquellos pensadores que la academia siempre despreció como Juan Perón, Rodolfo Kusch, Juan Carlos Scannone y Lucio Gera (ambos padres de la teología del pueblo, que Bergoglio suscribía) el Papa latinoamericano llevó al trono de Pedro una mirada signada por la idea de la construcción filosófica de una comunidad organizada, basada en el valor del trabajo como dando sentido a la existencia y, sobre todo de la centralidad del pueblo como sujeto histórico. Resignificó y potenció -al hacerlo desde el enorme megáfono del Papado- las cuestiones esenciales del peronismo. No solo la justicia social, que a su vez el peronismo había tomado de la doctrina social de la Iglesia, sino también de una lógica comunitaria que no niegue la individualidad, el trabajo y la familia como articuladores sociales, la defensa de la vida al alertar sobre la depredación y degradación de la naturaleza, de un sistema deshumanizante, consumista y desbordantemente tecnificado. Pivoteando en torno a la necesidad de preservar la casa común, construyó un mensaje de vida para los pueblos del mundo.
Esa impronta se expresó con claridad en sus encíclicas, especialmente en Laudato si’ y Fratelli tutti, donde articula una crítica profunda al capitalismo financiero global y a la cultura del descarte. No se trata simplemente de una condena moral: hay allí una visión estructural del mundo, que recuerda —sin calcar— las tradiciones nacional-populares argentinas de las que siempre se sintió tributario. Francisco no habla desde la neutralidad; habla desde una opción, la de los pobres, que en América Latina siempre fue también una opción política.
Todavía es demasiado pronto para darnos cuenta de la importancia de ser contemporáneos del Papa argentino que logró universalizar en mensaje peronista, sus categorías propias y singulares: la justicia social, la soberanía (en este caso, también ecológica y cultural), y la fraternidad como forma de organización de la comunidad.
Enfrentado al capitalismo depredador, no es casual que haya insistido en la necesidad de una “economía con rostro humano”, ni que haya denunciado reiteradamente la obscenidad de la concentración de la riqueza y la exclusión de las mayorías. Su lenguaje, incluso cuando se dirige al mundo entero, conserva algo del tono pastoral y político de la tradición argentina.
Hoy, se lo extraña enormemente, en un escenario internacional signado por guerras, por destrucción del sistema internacional jurídico y político creado antes y después de la segunda guerra mundial, que aun siendo asimétrico actuaba como un freno a la ley de la selva que el Imperio en decadencia comandado por Trump está llevando a la práctica.
En una brutal deshumanización de las relaciones sociales, la ausencia de una voz como la de Francisco se vuelve más evidente. Se extraña su palabra frente al genocidio del Estado de Israel en Gaza. Se extraña su lucha incansable por la paz, en estos tiempos donde predominan los discursos de la seguridad, el conflicto y la lógica de bloques.
Francisco fue una guía espiritual para millones de católicos a lo largo y ancho del mundo. Pero también fue una palabra de sensatez en un mundo que comenzaba su desquicio. Él pudo advertir la llegada de una tercera guerra mundial sin reglas, sin límites, sin preocupación por el destino de la humanidad.
Por eso hoy lo extrañamos, no solo los argentinos, sino el mundo entero.
Se lo extraña —aún en vida institucional— como se extraña a quienes encarnan una perspectiva que incomoda. Francisco fue, en ese sentido, un líder incómodo: para las derechas globales que lo consideraban un papa comunista, pero también para los sectores más conservadores de la Iglesia que veían en él una ruptura progresista. Esa incomodidad es, quizá, la marca más clara de su legado. Si hay un aprendizaje que nos deja el paso a la historia de la figura del Papa argentino puede sintetizarse con aquellas palabras pronunciadas por Nestor Kichner: “no pasarán a la historia los que especulen, sino los que más se la jueguen”.
Porque si algo definió a Francisco fue su voluntad de correr el eje: de Roma al mundo, del poder a la periferia, de la doctrina abstracta a la realidad concreta de los pueblos. En esa operación, profundamente latinoamericana, hay también algo profundamente peronista: la convicción de que la historia no la hacen las élites sino los pueblos, y que la política —y también la fe— sólo tienen sentido si están al servicio de la dignidad humana.

