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Indios racistas y una bandera: Milei, esto no es para cagones

Son infinitas las reflexiones que surgen a partir de lo ocurrido durante el mundial después de la semifinal contra Inglaterra; no solamente en términos futbolísticos, obviamente. Pero a la velocidad que la realidad parece transcurrir, queda muy lejos aquel hecho político y deportivo; mucho más aún en Argentina. 

En ese momento, se activó un fenómeno con una potencia seguramente inédita para la construcción de la argentinidad. Esa mezcla rara y contradictoria de patriotismo, nacionalismo y exitismo deportivo. Un montón de motivos para reflexionar la Patria y preguntarle a expertos y científicos sociales sobre todas las discusiones impostergables que provocó una sábana blanca robada en un hotel de New York con veinticuatro letras negras escritas a mano. 

Una Nación es derrumbable, la Patria es maciza. 

El patriotismo es la suma de impulsos individuales que confluyen en la identidad colectiva. Pertenecer a algo más allá de la frontera de nuestra piel; algo que tiene una historia, que tiene una realidad, que tiene un destino glorioso: Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir

Ninguno de los eslabones participantes en la aventura de la bandera al final del partido de semis, pensó demasiado antes de formar parte de la construcción del reclamo simbólico más potente relacionado a las islas Malvinas Argentinas, en toda la historia. Cada argentino hizo lo que tenía que hacer porque no podría no haberlo hecho. No hubo decisión política, no hubo especulaciones costos/beneficios.

Del otro lado del espejo, el gobierno mas sometido de la historia anunciaba pocas horas antes que estaba prohibido llevar banderas relacionadas a la causa Malvinas al partido contra los “piratas usurpadores” según palabras de la miserable pero nacionalista Vicepresidenta de la Nación. El cotolengo libertario explicita su mediocridad apátrida y miserable, cobarde y enana y se arrodilla frente a cualquier autoridad extranjera que quiera mearle la cara al Javo, que se deja con placer y convencimiento, o sea digamos.

INDIOS Y NEGROS: CIVILIZACIÓN O BARBARIE

Esa aceleración energética, ese nitro que inyectó el Mundial en las manifestaciones de argentinidad, no fue un arrebato de euforia pasajera; fue una sobrecarga de sustancia ciudadana fundamental para la Argentina del siglo XXI. El combustible que necesitábamos para revitalizar desde un lugar diferente las discusiones urgentes y sin eufemismos, sobre qué clase de futuro estamos dispuestos a construir para las generaciones venideras.

En este cruce de caminos, es vital separar la paja del trigo: ¿Qué son, en realidad, el chovinismo y el patrioterismo? Son cáscaras vacías, gestos de cotillón. Mientras que el patrioterismo es la pose y la bandera comprada, el patriotismo real es una memoria que late en la sangre de un pueblo que se sabe soberano, más allá de lo que dicte la burocracia cobarde y correcta. Un argentino que no puede dejar de pensar que necesita revelarse frente a la entrega sumisa, hasta del derecho más básico de expresión y escribe en una sábana. Otro argentino que no va a entregar a los guardias de seguridad de un estadio yankee el trapo y lo tira dentro del campo de juego, otro argentino que ya leyó el mensaje escrito en la sábana se acerca a levantarla y mostrarsela al mundo entero. Una cadena infinita de identidad y orgullo nacional, que ninguna regla maricona de corrección política desde el sometimiento va a acallar, ni ahora ni nunca.

En medio de ese vértigo, la palabra justa: Lionel Scaloni, el técnico argentino que minutos antes intentaba bajarle el precio a la contienda como ‘sólo un partido de fútbol’, terminó rindiéndose ante lo evidente. Al finalizar, como un halago absoluto a la entrega, la pasión y la desobediencia táctica de sus jugadores, los definió con una sola palabra: indios.

Indios salvajes; ni domesticados ni civilizados. Scaloni puso sobre la mesa la barbarie que llevamos en el ADN, la misma que las élites europeizadas de los grandes claustros y los intelectuales de vitrina miran con desdén. Reivindicar lo indio en la cancha es, en definitiva, reconocerle al argentino su condición de sujeto histórico, indómito y real, sin que importe ni una pizca la aprobación de la Europa civilizante y xenófoba. No sólo es la barbarie de las calles y los clubes de barrio, es nuestra propia versión de la barbarie, que persigue en patas y en cuero, pelotas mal infladas en baldíos silvestres y remotos en cada rincón de la Patria.

Resulta imperativo confrontar con una herencia analítica deformada e incompleta: el histórico desdén de una élite intelectual. Esos blancos de claustro civilizatorio, representados en el imaginario por figuras como Aguinis, Abraham, o incluso las cimas de Borges y Cortázar; que sistemáticamente categorizó las pulsiones de la identidad popular bajo los rótulos peyorativos de chovinismo o tilinguería. Para esta cosmovisión, la Patria jamás podía ser un partido de fútbol; tal reducción era vista como una degradación del espíritu nacional. Sin embargo, ese diagnóstico, aunque acaso funcional para las estructuras del siglo XX, se revela hoy como una pieza de museo, completamente obsoleta. En la complejidad del siglo XXI, surge una sustancia visceral y terrenal que trasciende la teoría alcanzada con métodos de pensamiento europeistas. 

Primero hacer, después y sólo si es necesario, decir. La Selección Argentina de fútbol nos regaló un sentimiento lindo, agradable y emocionante; sobre el cual las manifestaciones de ese amor por la Patria se riega de generación en generación. Desde “los pibes de Malvinas que jamás olvidaré” estuvo todo mezclado porque es inseparable. Cualquier burócrata del gobierno libertario es cobarde por naturaleza y no va a tener ninguna idea mejor que humillarse frente a quien sea; nunca un gobierno fue tan cipayo y antipatria. Esa tensión, esa falta de empatía y conexión con lo que puede ocurrirle a una mayoría no la registran; siempre van a elegir arrodillarse y despuès psicopatear con acusaciones imbéciles en redes sociales para imbéciles (X.com) en contra de esas mismas mayorías de indios y negros.

Hace algunos meses, previos al mundial, hubo algunas posturas sobregiradas intelectual y racionalmente que de tanto mirar a la biblioteca ya no saben comprender lo que ven por la ventana, perdidos en marcos teóricos atrasados y colonializantes. No tiene sentido hacer una personalización hacia nadie, pero hubo una radio progre porteña que además de condenar la foto protocolar que Messi aparece junto a Trump y todo el equipo campeón de Inter de Miami, desprecio el poco entusiasmo que la selección de jugadores no manifiestos políticamente parecía no satisfacerla. Después del trapo, la dueña de esa radio reconoció sin problemas que todo lo que había dicho se lo tenía que “meter en el ojete”. Esa demanda de testimonialidad tranquilizadora de las conciencias bienpensantes pero proclives a la arcada fácil cuando no todo es exactamente como ellos esperan que sea, es una mierda y debe terminarse. El progresismo tiene muchísimas cosas valiosas para aportar a esta etapa y solo una que debe obligarse a desterrar:  Lo más importante de la construcción política no es tener razón.

Aunque parezca lejísimo, recién pasó menos de un mes de la épica deportiva liderada por Lionel Messi, a quien le enviamos un abrazo enorme en este momento de duelo para él y toda su familia. En el medio, Cristina anunció que irá a la ONU a reclamar que se revise su condena, los extranjeros no van a poder comprar porciones de provincias y hubo palo y palo en Congreso, porque la represión avanza o sea digamos.

El gobierno más entreguista de la historia se dió de frente, con el patriotismo de un pueblo que asimiló la causa Malvinas y lo que significa la defensa de la soberania, en todas sus dimensiones. Un gobierno débil, mediocre y delincuente que no tiene la mínima capacidad de tender puentes con las mayorías por otra vía que no sea la severidad.

Es hora que el Peronismo asuma el lugar que la historia le permite ocupar y que no lo hace por falta de capacidad dirigencial; dirigentes sobran pero no dirigen ni el transito en una esquina con el semáforo cortado; la mediocridad no es sólo libertaria en muchos casos. La idea ser indios, negros, racistas, todo al mismo tiempo, es un síntoma manifiesto de nuestras contradicciones y pasiones. No tenemos que explicarle nada a Samuel Jackson, ni a nadie; ni ahora, ni nunca.

Tanos, gallegos, criollos, judíos, polacos

Indios, negros, cabecitas, pero con pedigree francés

Somos de un lugar, santo y profano a la vez

Mistura de alta combustión 

(La Argentinidad al Palo, Bersuit Vergarabat)

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