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Perón en el diario de la guerra del cerdo: Juventud, violencia y el proyecto nacional truncado de 1973

Por Julián Otal Landi

Miembro Académico del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas

El reciente cruce entre Felipe Pigna y Aldo Duzdevich expone que, a más de medio siglo de distancia, el año 1973 sigue siendo el territorio en disputa más indómito de nuestra historia reciente. La polémica actual no hace más que reactivar la fricción fundamental de aquel tiempo: el choque entre la «juventud maravillosa» y «el Viejo». Una paradoja providencial (que remite a la célebre máxima de Gramsci sobre el viejo mundo que muere y el nuevo que tarda en aparecer) donde 1973 fue el año en que la política argentina se sumergió en una tragedia generacional de dimensiones literarias.

La invención de la juventud y el malentendido revolucionario

Como bien señala la historiadora Valeria Manzano, la emergencia del “joven” como sujeto político en Argentina maduró a lo largo del siglo XX a través de la escolarización, la Reforma Universitaria de 1918 y la posterior visibilización de la juventud trabajadora durante el primer peronismo. Sin embargo, la identificación unívoca de la juventud con los ideales de la izquierda revolucionaria fue el resultado de una estetización y romantización propias de los años sesenta.

El propio Juan Domingo Perón, en sus célebres entrevistas con Jacobo Timerman, advertía con pragmatismo que no existía una sola juventud: «Cuando se habla de juventud, hay que hablar de todas las juventudes… Nosotros en 1945 chocamos con la juventud universitaria, pero no con la popularmente obrera, que fue la que hizo el 17 de Octubre».

En 1973, el horizonte de expectativas de la Tendencia Revolucionaria (que proyectaba la construcción inmediata de la “Patria Socialista”) chocó drásticamente con el espacio de experiencia de un Perón que retornaba del exilio para restaurar el orden institucional y planificar la supervivencia del Estado. En su célebre novela de 1969, Diario de la guerra del cerdo, Adolfo Bioy Casares anticipó de manera casi metafórica este enfrentamiento biológico y político entre jóvenes e intelectuales mayores. Pero a diferencia de la ficción, donde el demagogo alentaba a los jóvenes a la violencia, el Perón real de 1973 se asemejaba al protagonista de Bioy: un líder que intentaba frenar la irracionalidad de los “apresurados” apelando al tiempo por sobre la sangre.

Los otros jóvenes de Perón: El Comando Tecnológico

La historiografía de izquierda militante y el canon académico consolidado tras la transición democrática de 1983 —alimentado por autores como Horacio Verbitsky, José Pablo Feinmann o Alejandro Horowicz— instalaron la tesis de un Perón maquiavélico que “usó” a las formaciones armadas para retornar al poder y luego las desechó. La injuria permanece incluso en las lecturas de divulgación fuera de signo reaccionario (Yofre) o progresista (Pigna). Este último en su reciente trabajo 76 adjudica a la irracionalidad virulenta del tercer peronismo los responsables de la dictadura, recurre al cliché del Perón que manipuló a la juventud. Sin embargo, la cita en la que se basa (declaración de Perón para el diario Mayoria en 1973 no se refería como “juventud maravillosa” a sus “fuerzas especiales” sino específicamente al Comando Tecnológico, una juventud técnica y gremial estratégica.

Perón no buscaba la violencia vanguardista; buscaba el “acopio de materia gris” para institucionalizar el país a largo plazo a través del Modelo Argentino para el Proyecto Nacional. Inspirado en la exitosa experiencia del Consejo Nacional de Posguerra de 1944, el líder promovió desde el exilio la creación del Comando Tecnológico Peronista y el Consejo de Planificación, designando a jóvenes cuadros de alrededor de 30 años como Leopoldo Frenkel y Julián Licastro.

En Madrid, Perón le confesaba al propio Frenkel: «Toda revolución necesita de un predicador y de miles de realizadores. Contribuir a la formación de estos últimos debe ser su objetivo… Hay que tener estudiados los grandes problemas de la Argentina». De esa planificación federal y soberana, realizada por un centenar de jóvenes profesionales junto a veteranos como Antonio Cafiero y Alfredo Gómez Morales, surgió el Plan Trienal, que contenía los planos de la reconstrucción económica y moral del hombre argentino ante el incipiente agotamiento global de los Estados de bienestar.

Rucci y el parricidio de la vanguardia esclarecida

El punto de inflexión y la consumación de la “guerra del cerdo” política ocurrió a las 12:10 del 25 de septiembre de 1973 con el asesinato de José Ignacio Rucci. Contra la lectura dominante instalada por Verbitsky a partir de la “Masacre” de Ezeiza (que justificaba el hecho catalogando a la dirigencia sindical como una mera “burocracia violenta”), historiadores como Samuel Amaral han demostrado la verdadera intencionalidad de la conducción de Montoneros: establecerse como la vanguardia esclarecida del movimiento, desafiando de forma directa la conducción estratégica de Perón.

Al acribillar a Rucci, la Tendencia Revolucionaria no eliminó a un “traidor” u burócrata; destruyó la columna vertebral del Pacto Social Justicialista y la tregua social necesaria para sostener la liberación nacional. La reacción de Perón ante el asesinato de su “hijo laboral” fue un punto de no retorno: «El asesinato de Rucci fue la gota que colmó el vaso». Como el personaje de Bioy Casares, el presidente se descubrió cercado por un contexto internacional hostil (signado por los recientes golpes cívico-militares en Uruguay y el bombardeo al Chile de Salvador Allende por parte del naciente neoliberalismo financiero) y un frente interno fragmentado por la incomprensión de los propios.

Consideraciones historiográficas a largo plazo

A partir de la recuperación democrática en 1983, el alfonsinismo construyó una interpretación histórica bajo el prisma dicotómico de “autoritarismo/democracia” que buscó deslegitimar el paradigma del Estado benefactor, propulsor de la democracia social, asociando al peronismo de los setenta exclusivamente con la violencia política. En esa misma línea, las intervenciones de cientistas sociales abonaron la teoría de que Perón prefirió amparar a las bandas de ultraderecha antes que ceder ante la juventud de la época.

Frente a este canon, la voz de artistas militantes como Leonardo Favio operó en la posdictadura como un refugio de la memoria popular de aquella otra juventud que sí entendió al conductor: «Como peronista no puedo aceptar la violencia de ninguna manera… Yo opté por seguir lo que hacía Perón. Estaba feliz por el acceso del pueblo nuevamente al poder».

El error de las lecturas anacrónicas contemporáneas (empeñadas en encasillar el proceso en categorías morales de “derechas e izquierdas”) radica en ignorar que el proyecto del último Perón era una apuesta por el tiempo contra la sangre. Desarmar los sesgos pedagógicos y mediáticos sobre 1973, exige volver de forma sistemática a las fuentes documentales. La vigencia histórica del programa de emancipación nacional contenido en el Proyecto Nacional sigue siendo la única herramienta legítima para defender nuestra soberanía cognitiva y edificar, finalmente, la casa cuyos planos nos legó el Viejo General.

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