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El Peronismo como revolución inconclusa

Toda revolución conoce una gestación, una irrupción, una etapa de conquistas, la institucionalización de esas conquistas, las luchas por el poder y, finalmente, la reacción o el desgaste. No se trata de una ley universal ni de un calendario obligatorio. Pero hay algo que atraviesa esos procesos: llega un momento en que los protagonistas confunden la conservación de sus lugares con la continuidad de la revolución. Allí comienza el óxido.

El peronismo irrumpió como una transformación de las relaciones entre el Estado, el capital y el trabajo. A partir de 1945, los trabajadores dejaron de ser únicamente sujetos de explotación y demandas para adquirir centralidad política. Los gobiernos de 1946 a 1955 ampliaron derechos sociales, promovieron la industria y la organización sindical; la Constitución de 1949 expresó jurídicamente parte de aquel cambio. Sin embargo, la revolución social no eliminó las estructuras del capitalismo argentino: intentó reorganizarlas. Ahí residieron tanto su potencia como sus límites.

El golpe de 1955 interrumpió aquel ciclo gubernamental, pero no pudo desalojar al peronismo de la memoria ni de la organización popular. El regreso de 1973 exhibió su persistencia y también sus contradicciones. La dictadura de 1976 arrasó vidas y organizaciones; la derrota electoral de 1983 impuso otra evidencia: la identidad no alcanzaba para resolver las disputas entre doctrina, conducción y trasvasamiento generacional. Más tarde, en los años noventa, un gobierno surgido del propio peronismo impulsó privatizaciones y reformas de mercado. No toda permanencia en el poder significó continuidad del proyecto originario.

También existe el óxido de los personajes que habitan el movimiento. Dirigentes convertidos en propietarios de sus cargos; burócratas que administran símbolos; intermediarios que invocan al pueblo mientras se alejan de sus condiciones materiales. La liturgia reemplaza al conflicto social, la obediencia a la deliberación y la fotografía del pasado a la construcción del futuro. Se conserva la palabra revolución, pero se le retira su capacidad de incomodar.

Los des-tiempos del peronismo son, precisamente, los desajustes entre su lenguaje histórico y una realidad que cambió de estructura. La fábrica fordista ya no organiza por sí sola el mundo del trabajo. Conviven asalariados, trabajadores de plataformas, informales, jóvenes sin horizonte estable y tareas de cuidado invisibilizadas. Hablarles como si todavía vivieran en 1946 es convertir la doctrina en un museo de consignas. La memoria es imprescindible; la nostalgia, insuficiente.

Los nuevos-viejos adversarios tampoco son una simple repetición de la antigua oligarquía. Persisten la concentración económica, la subordinación financiera y las disputas por la distribución del ingreso; se suman el poder de las plataformas, la precarización y la capacidad de fabricar consensos desde la comunicación digital. Pero sería demasiado cómodo situar todos los obstáculos afuera. El inmovilismo, las disputas personales y la distancia respecto de las bases también impiden transformar la sociedad. La oposición democrática no es, por sí misma, un enemigo: el conflicto central reside en los proyectos de país y en las relaciones de poder que sostienen.

Lo que vendría no puede ser la restauración escenográfica de una edad dorada. Tampoco alcanza con una evolución entendida como adaptación electoral. El desafío es evolucionar en las formas de organización, de representación y de pensamiento para hacer posible una nueva revolución democrática: ampliar derechos, reorganizar el trabajo y disputar efectivamente el poder económico. Porque una revolución inconclusa no se completa repitiendo sus nombres. Se continúa cuando vuelve a modificar la vida de quienes dice representar.

Ensayo histórico · Octubre de 2026

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