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La Evita no dicha: censura, cuerpo y memoria

Una lectura con perspectiva de género
*por Daniela Fariña

En medio de un desgobierno saqueador, presento un video que busca interpelar algunas ideas que damos por sentadas sobre la historia peronista.

Lo elaboré ante el avance de un revisionismo histórico conservador que, a mi entender, reconfigura la imagen de Evita y desdibuja su capacidad transformadora. Ese relato alimenta un clima de ideas que puede fortalecer posiciones antidemocráticas. También contribuye a justificar la persecución ideológica de quienes son señalados como parte de una supuesta izquierda peronista.

Con esa urgencia, quiero hablar de otra Eva: la víctima de la violencia política y de la censura, pero también la mujer empoderada por discutir, cuestionar y transformar. La Eva no dicha: la feminista, la comunista, la filósofa desarraigada, la cristiana hereje, la inventora de una pedagogía, la demócrata, la pacifista.

No pretendo clausurar su historia ni ofrecer una imagen definitiva. El video recorre quince ejes sobre aquello que suele quedar fuera del relato, aunque hay muchos otros datos y preguntas por explorar.

Tres escenas de censura

La historia de la censura sobre Evita puede leerse, al menos, a través de tres escenas.

La primera es la de su carrera artística y la película La Pródiga, cuya circulación quedó interrumpida y cuya historia está rodeada de relatos sobre la destrucción o desaparición de copias. La segunda es su trayectoria política, con la renuncia a la candidatura a la vicepresidencia como uno de sus momentos más significativos. La tercera es Mi Mensaje, el texto final atribuido a ella, que tuvo una circulación tardía y cuya presencia en la memoria pública sigue siendo llamativamente limitada.

También merece revisarse el lugar de La razón de mi vida, libro atribuido a Eva cuya elaboración y autoría han sido objeto de debate. No se trata de reemplazar una certeza por otra, sino de preguntar qué imagen de mujer se construye cuando se privilegia un texto y se deja otro en los márgenes.

Para mí, negar o minimizar la persecución política que sufrió Evita y el silenciamiento de sus palabras puede preparar el terreno para que la historia se repita.

El cuerpo como territorio político

La relación de Evita con su cuerpo merece un análisis propio. Su historia permite observar cómo la violencia política y la cosificación de los cuerpos pueden compartir una misma raíz.

Después de su muerte, el cuerpo embalsamado fue secuestrado por la dictadura y trasladado en secreto a Italia. Más tarde volvió a manos de Perón y, en 1974, regresó a la Argentina. Durante ese recorrido fue manipulado, ocultado y convertido en objeto de disputas políticas. Un oficial llegó a exhibirlo como si fuera un trofeo.

Montoneros exigió su devolución tras el secuestro de Pedro Eugenio Aramburu, pero decir que la organización “recuperó” el cuerpo simplifica una historia más compleja: los restos fueron devueltos a Perón en 1971 y regresaron al país en 1974. Después, el gobierno de facto los entregó a la familia Duarte, que los sepultó en su bóveda familiar en la Recoleta.

Ese destino final puede leerse como una reparación simbólica: Evita fue enterrada junto a la familia que le había negado el apellido. Es una interpretación personal, no una certeza. A Isabel Martínez se le pueden cuestionar muchas decisiones, pero su intervención en el regreso del cuerpo a la Argentina y su traslado a un espacio público forman parte de una historia que también merece ser examinada.

La violencia política se expresa, entre otras formas, en la manera en que una sociedad decide qué puede hacer con los cuerpos. Ahí aparece la biopolítica de la que hablaba Foucault.

Una vida marcada por los nombres y las fronteras

La biografía de Eva también está atravesada por disputas de identidad. Fue hija extramatrimonial de un conservador, Juan Duarte, y creció junto a su madre, Juana Ibarguren, y sus hermanos. La historia de su nombre —Eva María, María Eva—, los apellidos y las formas en que fue reconocida no son detalles menores: hablan de las jerarquías sociales de su época.

Según algunas versiones, la partera que asistió en su nacimiento era una comadrona mapuche. También se ha afirmado que fue la primera argentina en recibir quimioterapia. Son datos que circulan, pero que conviene documentar con fuentes firmes antes de presentarlos como hechos.

Eva fue la menor de cinco hermanos y la primera en morir. Siendo adolescente llegó a Buenos Aires para abrirse camino en el mundo artístico. A mediados de los años treinta trabajó en teatro y empezó a aparecer en los medios. Se tiñó el pelo de rubio para una obra y ese cambio quedó asociado a la imagen pública que construiría más adelante.

Su carrera también fue una historia de organización y trabajo. En 1933 se afilió a la Asociación Argentina de Actores; según el dato que suele citarse, tenía el número 639. Años después participó en la creación de la Asociación Radial Argentina, que presidió. Desde esa actividad sindical impulsó iniciativas culturales y solidarias, entre ellas una colecta para las víctimas del terremoto de San Juan. En ese contexto conoció a Perón.

Su progreso económico como artista también merece atención. Aunque al comienzo atravesó dificultades y vivió en pensiones, se señala que en 1942 compró una casa en la calle Posadas, en Recoleta. Esa trayectoria permite verla no solo como figura política, sino como una mujer que construyó autonomía en un mundo que ofrecía pocas oportunidades.

De la caridad a la justicia social

La Fundación Eva Perón transformó la discusión sobre la asistencia social. Su propuesta no se limitaba a la beneficencia: ponía en primer plano la justicia social y el papel del Estado en la respuesta a las necesidades colectivas.

La relación entre la Fundación, el Estado y las distintas fuentes de financiamiento fue compleja. Por eso, antes de afirmar que dejó de recibir fondos estatales o definir cómo se controlaban sus cuentas, hace falta precisar las fuentes históricas. Lo que sí puede sostenerse como pregunta política es qué responsabilidad le corresponde al Estado y qué ocurre cuando se delegan en otras organizaciones funciones que deberían formar parte de sus obligaciones.

La Fundación también contó con un importante plantel de trabajadores y organizó tareas en movimiento, vinculadas a proyectos concretos. Esa experiencia abre otra pregunta: ¿cómo se organizaban esos trabajos y en qué condiciones? Es una discusión que resuena hoy, cuando los proyectos temporales y la precarización laboral se han vuelto habituales.

Evita fue reconocida como Jefa Espiritual de la Nación. Ese título oficial permite pensar también en el liderazgo de tantas mujeres cuya militancia y capacidad de conducción no siempre fueron reconocidas como tales.

Una conversación con Evita

¿Puedo, con una lapicera, conmemorar tu sonrisa?

Estoy tan perdida a veces, querida mía, que me pregunto si los veinte años me seguirán esperando: a los cuatro vientos, en las cuatro estaciones y en las direcciones militantes.

Está el arriba y el abajo; está la derecha y la izquierda, compañera. Mis veinte años tienen afán de superarse a sí mismos, contagiados de alegría allí donde podría habitar la competencia.

¿Qué importa uno, finalmente? ¿Por qué vuelve a contagiarme la necesidad de sentirme útil? ¿Acaso los objetos también se plantean su razón de ser?

Vuelvo a la lapicera, compañera, y a tu sonrisa. Es cuestión de dejarse llevar. ¿Será que homenajearte es volver a la raíz?

Me fui, a los tropiezos, a un nido de cotorras chillonas, porque quiero volar con ellas.

No me gusta la soledad, compañera. Siempre lo supiste. Nunca pude subordinarme, tampoco, para no errar. Y la espera de un colectivo me sigue dejando a pata; de vez en cuando hago dedo, insistiendo, un poco erosionada.

¿Es mi falta de recursos, compañera? ¿Estaré jugando mal este juego de la política?

Mis expectativas de un país saludable son apenas un poco de amuchamiento entre tantos deseos inhóspitos. No quiero pecar de liberal al decirlo ni al reconocer que el horizonte está más lejos. Solo quiero entender, compañera, que si vos no pudiste del todo, la dificultad del camino es comprobable. Saberlo alivia un poco el apocalipsis del momento.

La vida frente a la muerte

Eva se apropió de una vida nacida en un lugar socialmente negado. Después, también le dio forma a su nombre.

Identidades como la suya se anuncian antes de que el resto pueda nombrarlas. Se renombran y trazan una trama de deseos y necesidades históricas que chocan entre sí y, a veces, se sintetizan.

En ella, la tensión entre lo que se es y lo que se está destinado a ser no apareció de pronto ni de manera equilibrada. Hay huellas en su cuerpo, atravesado por la violencia política, y en la vigencia de su recorrido.

¿Quién puede haber construido tanta vida con la muerte tocándole a la puerta?

Ante esa mujer, miro mi género con orgullo y también con bronca: por los renunciamientos que no alcanzan para hacer justicia a un homenaje sin rebeldía.

Ella fue todo el coraje que le permitieron sus huesos. Merecía seguir con su trabajo en el arte, ser vicepresidenta, tomar más decisiones.

A sus ganas de caminar, gracias.

https://youtu.be/3d9UFKicJ-4?si=sPGpx9Xu_28KWIAi

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