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Lula le ganó a Bolsonaro, pero sobre todo le ganó a Trump

Ricardo Romero. Politólogo UBA. Especialista en Política Internacional.
www.ricardoromero.com.ar

Contra todos todos los pronósticos, Luiz Inácio Lula Da Silva dió vuelta la primera vuelta y derrotó en el balotaje a Flavio Bolsonaro. Una victoria que no se explica solo en clave interna. El llamado de Lula: “No somos el patio trasero de nadie” se plasma como el primer freno orgánico, político y cultural al intento del trumpismo de reordenar a América Latina como patio trasero disciplinado. Y abre una disputa continental.

No hay que confundir la contienda, no fue una mera elección nacional, sino una batalla continental, una de esas que cada veinte o treinta años definen el humor de una época.

Es que Lula no solo vence al clan Bolsonaro, verlo así sería un reduccionismo nacional. Sino que doblega la embestida Imperialista manifiesta de Donald Trump, a quien Lula le manifestó que no es el Emperador del Mundo, sino que es meramente el presidente de los Estados Unidos (una potencia en decadencia, se olvidó decir).

Es que Trump se transformó no solo en el presidente de los Estados Unidos, sino en un aspirante a Emperador en decadencia que despliega su intacta voracidad a tomar partes del planeta. Y el objetivo de tomar Brasil es uno de ellos, que sin eufemismos, sin Departamento de Estado de por medio, a tratar a toda América Latina como lo que siempre soñó: ciudadanos de tercera categoría, peones de una finca global. Trump nos trata como si fuéramos colonias o pueblos de tercera despreciables.

Y en esa partida puso toda la carne al asador. Cómo fichas de TEG, apostó miles a conquistar Brasil. Y es literal. Hubo financiamiento directo e indirecto a usinas de derecha, think tanks libertarios, fundaciones evangélicas, consultoras de big data, trolls centers. Hubo una maquinaria continental de fake news aceitada desde Miami y desde Madrid. Hubo controles migratorios como apriete, hubo sanciones financieras encubiertas, hubo aprietes arancelarios explícitos. El arancel como arma de guerra. La política del garrote del viejo panamericanismo norteamericano.

Una política vieja que conocemos especialmente desde la Escuela de las Américas para acá, potenciado por el accionar de los señores tecno-feudales como Elon Musk o Mark Elliot Zuckerberg quienes potenciaron los algoritmos a favor de Bolsonaro Jrs e inundaron de Fake News las redes.

Y hay que afirmarlo sin efemismos, el injerencismo trumpista es delesnable y abierto. Expuesto y sin escrúpulos. Es obsceno y sin máscara, que avanza en invasiones para cambiarle el presidente a un país, como en Venezuela, y amenaza con hacerlo en otros, cómo Colombia o México, hasta llegar a la aberrante situación de darle salvoconducto a un senador corrupto de cabotaje cuando su proyecto se hunde.

Acaba de suceder con Bolsonaro Jr, que siguiendo el aporte hegeliano marxista intenta repetir la historia, pero ahora como farsa. Así, ante la imposibilidad de repetir el golpe que intentó su padre el 8 de enero, ante la incapacidad de armar un gobierno en el exilio como hizo ese mamarracho de Guaidó en Venezuela, ¿qué le queda al hijo del clan? Quedar bajo las patas de Trump. Ir a pedirle protección a Mar-a-Lago. Buscar fueros en Miami. El salvoconducto del imperio para un corrupto que acá tiene causas por las rachadinhas, por la compra de mansiones con plata en efectivo, por el esquema de desvíos en su despacho.

Por si quedaban dudas, el nacionalismo de Bolsonaro Jr. enterrado bajo la postal perfecta del lacayismo expresado por el hijo del dictador fallido, pidiendo visa humanitaria al emperador. De patriota no tiene nada. Patético todo.

Se frena así esa maquinaria que empujó estas cataratas de gobiernos de derecha que inundó la región en los últimos dos años. Que no es espontánea. No es el “ciclo natural” que nos quieren vender los politólogos de la embajada. Es el resultado de esa intervención quirúrgica. Milei en Argentina como experimento de laboratorio extremo. Noboa en Ecuador, la restauración conservadora en toda la zona andina, el asedio permanente a la 4T en México, el intento de quebracho contra Petro en Colombia. Cada uno de esos procesos con el sello, la billetera y el like del Norte.

Se presentaba a Brasil como la frutilla del postre. La conquista final del mayor trofeo. Se quería configurar el ALCA por otros medios, reafirmando la doctrina Monroe, estableciendo un continente entero de economías primarizadas, abiertas, endeudadas y con gobiernos obedientes. Frenar al imperialismo fue el principal logro de Lula.

En el plano internacional, le pone un freno a Donald Trump, quien le quiso imponer aranceles punitivos al acero, al jugo de naranja, a los productos industrializados para doblegarlo, Lula le contestó con soberanía. La lucha contra los aranceles no fue una discusión técnica. Fue una lucha por el derecho a existir como proyecto industrial, como pueblo que decide qué vende, qué produce y con quién comercia.

También hay un freno en el plano político interno, dando una disputa en todas las áreas donde el bolsonarismo y el imperialismo norteamericano se mueven en tándem. Porque Bolsonaro nunca fue solo Bolsonaro. Fue, es y será el gerente local del proyecto trumpista. Su odio, su evangelismo trucho de pastores millonarios, su militarismo de cotillón, son la traducción vernácula de Mar-a-Lago.

Y hubo un freno crucial, fundamentalmente, en el terreno donde la derecha parecía invencible: la batalla de las redes. Durante cuatro años nos hicieron creer que habían privatizado la verdad. Ahí apareció una contratáctica que hay que estudiar en toda la región. De la mano de André Janones y de una militancia digital que decidió no pedir permiso, se hizo una contrarréplica. Se entendió que contra la fake news no alcanza con un comunicado. Hay que meterse en el barro. Hay que disputar palmo a palmo. Janones hizo lo que la izquierda tradicional no se animaba: usar las mismas armas, pero para decir la verdad.

Mentira

Es la derecha la que miente, por eso se viene la segunda fase, la que ya conocemos de memoria. El intento de embate de los mercados financieros. Desde el domingo a la noche los zócalos de los canales del capital nos dicen que “cayó la bolsa”, que “hay desconfianza”.

Lo que sucedió realmente no es que cayó la bolsa. Se desinfló. Se desinfló la burbuja especulativa que el mercado había inflado durante tres semanas apostando a una victoria de Bolsonaro y a una entrega total del pre-sal, de la Amazonia y de la industria nacional. Habían inflado precios, habían jugado a la privatización total. Perdieron. Se les desinfló la timba. No la economía real. Es la venganza clásica del capital concentrado cuando la democracia no hace lo que ellos quieren.

En ese marco, Brasil vuelve a marcar lo que es desde 2002: un epicentro de posibilidad alternativa.

Esta victoria da un aire fresco, un oxígeno imprescindible. Y no porque genere automáticamente un reflujo de gobiernos de izquierda — sería infantil pensarlo así — sino porque rompe la idea de inevitabilidad de la derecha. Durante un año y medio nos quisieron hacer creer que el destino de América Latina era inexorablemente Milei, Bolsonaro, Kast. Lula demuestra que no.

Lo que hay en la región no es un repliegue de la izquierda. Es una disputa polarizada, abierta, sin destinó escrito. Una guerra de modelos. Y hoy, esa disputa tiene un faro.

Lula tendrá ahora el desafío más difícil de todos, más difícil que ganar: gobernar. Gobernar con el Congreso en contra, con los gobernadores bolsonaristas en contra, con la pistola de los mercados en la nuca y con Trump en Washington operando en contra todos los días.

Y con el lastre de tener que soportar que el imperio le cuide a los cachorros corruptos del bolsonarismo, como a Flávio y Eduardo, para usarlos como ariete.

Tendrá el desafío de mantener de pie un proyecto que no es solo para Brasil. Es para todo el continente. Un proyecto que dice que se puede negociar con el mundo sin arrodillarse, que se puede plantar frente al emperador y seguir de pie, con dignidad.

No es poco. En tiempos de imperios con ansiedad y con ganas de llevarse todo por delante, plantarse y ganar es muchísimo. Es la prueba de que el patio trasero se cansó de ser patio.

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