Written by • 11:40 am• Análisis, Editoriales • Views: 7

Hiperpolítica, mileísmo y comunidad organizada

Hiperpolítica

Anton Jäger (32) es un historiador belga de la Universidad de Cambridge y profesor de historia del pensamiento y la teoría política en Oxford. Además, es redactor habitual del New York Times y de la revista New Left Review. Se define a sí mismo como marxista. Su popularidad creció recientemente con la publicación de su libro Hiperpolítica: Politización extrema sin consecuencias políticas, por el cual algunos afirman que es uno de los pensadores políticos más brillantes de nuestra época. 

La hiperpolítica intenta definir el cambio en la cultura política en los últimos 10-15 años, particularmente en occidente. Jäger utiliza el término para referirse a la gran paradoja de nuestro tiempo: altos índices de politización emparentados con bajos índices de institucionalización. Toma datos empíricos cómo el crecimiento exponencial en la participación política del 2008 en adelante (medido en protestas, movilizaciones, etc.) y cómo esa participación no encuentra un cauce institucional que logre efectos reales en la sociedad, tomando datos como la firme tendencia decreciente en afiliaciones a partidos políticos, sindicatos y la participación electoral de las últimas décadas. Además, analiza la creciente radicalización de la discusión pública, especialmente en redes sociales, y la politización de personas que anteriormente no daban importancia a este asunto. 

Según Jäger, los años de 1914 a 1989 marcan la era de la política de masas, cuando la politización y la institucionalización eran elevadas. Esto se expresó en el auge de los sindicatos, los partidos políticos tradicionales y la sociedad civil que forjó el estado de bienestar como conquista y expresión de aquella cultura política. Luego vendría la era de la pospolítica entre 1989 y el 2008, con índices de baja politización y baja institucionalización. Es el momento neoliberal; la caída del muro Berlín y el bloque sovietico, la primacía de la democracia liberal como único sistema político, la hegemonía de los organismos y estados del atlántico norte. El consenso técnico y el individualismo pro-mercado como superación de la política. La era de la hiperpolítica comenzaría, con distintas oleadas, en el 2008, a raíz de la crisis financiera internacional y los efectos que tuvo en distintos lugares del mundo. El movimiento Occupy Wall Street en los Estados Unidos, la Primavera Arabe en el norte de África y más recientemente el surgimiento del trumpismo y las protestas por Black Lives Matter son exponentes de los fenómenos a los que Anton hace referencia cuando habla de politización. Llevándolo a la Argentina podríamos referirnos al conflicto con el campo o incluso al surgimiento de Javier Milei y su juventud libertaria. 

Para el pensador, lo interesante y problemático de la hiperpolítica es la resignación sistémica que el paradigma supone. Es la contradicción de quien se asume politizado, quien asume la política como algo trascendental, y a su vez acepta que nada cambia sin importar lo que hagamos. Es el gordo no pasa nada con la foto de Perón en la cocina. 

Como respuesta a este fenómeno han surgido distintas experiencias de movimientos políticos contemporáneos (Podemos en España, Reform en Reino Unido, etc.) con la ambición (por izquierda o por derecha) de reconstruir algún tipo de política de masas en el siglo xxi y, con mayor o menor éxito, naufragando en el intento. Según Jäger, esto se debe a la falta de mecanismos existentes para institucionalizar esa politización. Si bien hay personas que tienen voluntad de entender y participar de la política, los instrumentos existentes no están adecuados para ellos, ya que los expulsan, resignan o directamente no los interpelan. El paso de estas personas por los partidos y organizaciones termina siendo efímero y poco productivo, volviendo a la premisa original de que no importa que hagamos nada cambia.  

Los aportes de Anton Jäger son acertados e interesantes. Aportan herramientas valiosas para analizar y producir política en el siglo xxi. Es por eso que esta nota propone tomar sus observaciones y aplicarlas a la política Argentina, con el objetivo de aportar a la ampliación de la imaginación política y herramientas al servicio de la reconstrucción del campo nacional y popular.

Mileísmo: hiperpolítica aplicada

Como cualquier experiencia histórica, el fenómeno que dio origen a Milei es preexistente a Javier Milei. El 2008 reabrió una grieta histórica en la Argentina, reeditandola al calor del conflicto con el campo y la crisis subprime bajó los avatares del kirchnerismo vs. antikirchnerismo o kirchnerismo vs. macrismo. Es el momento, entre la resolución 125 y el fallecimiento de Néstor Kirchner, de mayor politización y adhesión al campo nacional y popular. Es el surgimiento de La Cámpora y las grandes organizaciones juveniles que expresaron con mayor nitidez la identidad cultural y militante del peronismo bajó la conducción de Cristina Fernandez de Kirchner. En espejo, se conformó un polo que encontró otro tipo de radicalización y fue expresando progresivamente el agotamiento de gran parte de la sociedad civil con la política. Una especie de antipopulismo que, ante la eterna crisis económica y sucesivas frustraciones políticas, se convirtió en un populismo antipolítico. 

Este proceso anidado en la sociedad civil argentina de los últimos años entró en un espiral de aceleración a partir del 2020. Entendemos, siguiendo la teoría de Eric Hobsbawm sobre los siglos largos y cortos, que el siglo xxi comienza con la pandemia del covid-19. Vivimos en un mundo pospandemico, y esta definición es clave para comprender todo lo que vino después y que (como propio síntoma de la pospandemia) ignoramos frecuentemente. La pandemia fue un catalizador que aceleró el germen del populismo antipolítico y como consecuencia la Argentina actual. El aislamiento social, los procesos de digitalización, la austeridad económica y la crisis política dejaron como consecuencia una sociedad atomizada, apática, individualista, violenta y, fundamentalmente para este análisis, hiperpolitizada. 

Acelerado por las consecuencias de la pandemia, la Argentina ingresó en un nuevo ciclo de radicalización y violencia política, tanto simbólica, como verbal y material, emparentado con los mismos síntomas que Jäger describe para definir a la Hiperpolítica. Esto se ve reflejado especialmente en las generaciones más jóvenes, el eslabón poblacional más dinámico de la sociedad. Es el surgimiento de la juventud libertaria, aunque creo más preciso definirla como juventud mileísta, capítulo nacional de la ultraderecha o derecha alternativa. Son los hijos que convencieron a sus padres de votar a Milei, como es el ejemplo (si es que uno elige creerle, cosa que es conveniente evitar) de Ramón “El Nene” Vera, ex-dirigente justicialista de Moreno quien afirmó cambiar su afiliación partidaria a La Libertad Avanza a partir de una charla con su hija. 

La juventud mileísta es un ejemplo exitoso de hiperpolitización, quizás único en el mundo. Milei no se explica sin ellos. No son narrativa (solamente), sino sustancia pura del sistema de producción política libertario. No son un accesorio, sino un elemento esencial, al menos para explicar su ascenso al poder. Son constructores de estructuras.  

Javier Milei es quien logra vehiculizar el populismo antipolítico en política real. Tomando los índices que Anton Jäger utiliza para explicar su fenómeno (alta politización vs. baja institucionalización), el movimiento mileísta es un ejemplo de esa alta politización traduciéndose en alta institucionalización. Entre el 2021 y la actualidad, Javier Milei logró pasar de ser uno de los únicos dos diputados de su bloque en la cámara baja a ser electo presidente, conformar un partido político nacional, mayorías legislativas (circunstanciales) y ganar nuevamente las elecciones legislativas en el 2025. 

La juventud de Milei es un actor clave y esencial para entender cómo fue posible. No solo como expresión de un sentimiento, sino como exitosos articuladores, organizadores y operadores políticos. La juventud que acompañó a Milei, incluso desde antes que este se lanzará de lleno a la carrera política, creó en muy poco tiempo una eficientisima maquinaria de instalación en la infraestructura digital y algorítmica. Este ejercicio, subestimado al día de hoy por las altas esferas de la política tradicional, produjo la carrera presidencial más eficiente y veloz en la historia de la República Argentina. La juventud mileísta dinamizó exitosamente la política argentina generando los instrumentos indicados para vehiculizar e institucionalizar las ambiciones de los hiperpolitizados detrás de una política real. Construyó una estructura política acorde a un sujeto, en este caso el sujeto digital, logró organizarlo en su territorio y operativizarlo detrás de objetivos estratégicos y tácticos. Le dio consecuencias políticas a la politización extrema. 

Comunidad Organizada en el siglo xxi

El triunfo libertario se explica, al menos desde el eje de la hiperpolítica (emparentar politización con institucionalización) por la organización efectiva de un sujeto social con instrumentos acorde a su realidad y afín a sus objetivos políticos. Existe un sujeto, una organización, una estrategia y una conducción. La construcción libertaria en la calle online es implacable y mérito real de dirigentes como Agustin Romo, Iñaki Gutierrez, Daniel Parisini, entre otros.

En política, las alternativas suelen presentarse de forma binaria, punto que retomaremos luego. Así como los libertarios optaron por construir en la calle online, el peronismo ha históricamente optado por construir en la calle real, cuyo sujeto es la sociedad civil. La dirigencia justicialista se jacta de conducir directa o indirectamente distintas instituciones como los sindicatos, algunos espacios del gremialismo empresario, organizaciones partidarias o militantes y la administración de estados provinciales y municipales. Encuentra allí su base de representación y construcción de poder. 

El problema, que en gran medida explica la incapacidad del peronismo de recuperar la iniciativa política, es que la sociedad civil ha cambiado profundamente del siglo xx en adelante. Que las instituciones y condiciones materiales que hicieron posible la política de masas del siglo xx han cambiado o directamente se han desvanecido. 

Esto no le ocurre solo al peronismo. La socialdemocracia europea y la izquierda a lo largo de occidente atraviesan el mismo paradigma. Por supuesto que el peronismo no es lo mismo que la izquierda, pero si recurre a un mismo espasmo; la nostalgia. Recurren como respuesta política a vagos discursos sobre volver a la vida en comunidad, sin preguntarse hoy donde es que está esa comunidad. La elevación mítica de instituciones como el club de barrio o la sociedad de fomento, ignorando que esas instituciones eran vehículos para la sociedad antes de serlo para la política, que eran (como es la sociedad civil) los espacios naturales de organización comunitaria. En una nota con Le Grand Continent, Anton da en la tecla;

Por lo tanto, la salida de la hiperpolítica no pasa únicamente por el partido, sino por todo un ecosistema institucional: sindicatos, asociaciones, estructuras colectivas. 

Una precisión importante: esto no significa que haya que resucitar mecánicamente las instituciones del siglo XX. Por citar a Jean Baudrillard, no se puede «clonar un dinosaurio». Incluso si se extrajera su ADN, no sobreviviría en el entorno actual; el clima social, cultural y tecnológico del siglo XXI es hostil a muchas de las formas institucionales heredadas.

Pero el hecho de que no se pueda clonar el pasado no implica que sea imposible inventar nuevas formas institucionales adaptadas al presente.

Lo que nos está diciendo es que reconstruir los lazos entre la política y las instituciones de la sociedad civil del siglo xx no son una estrategía real para generar una nueva política de masas. Tampoco lo está en pretender reconstruir ese ecosistema para ciudadanos del siglo xxi. La respuesta seguro esté en recuperar el espíritu de la organización comunitaria, pero buscando donde la gente realmente esté. Interpelar a la sociedad civil realmente existente, institucionalizar o articular con sus instituciones naturales y generar los dispositivos apropiados para la acción política a medida del sujeto que elijamos. Lo que no va a funcionar es una imposición de modelos organizativos anticuados, detrás de la premisa poética de que la gente se asocia solo porque nadie es feliz en soledad.

Sin embargo, esta incomprensión suele frustrar cualquier intento de un modelo político alternativo que logre encauzar institucionalmente a la población detrás de un proyecto transformador en favor de las mayorías populares. Al menos en gran parte de occidente. 

En la nota citada, el pensador remarca el contraste con el caso de la República Popular China y su cultura política. Destaca; 

El sistema chino es, en realidad, muy descentralizado: Pekín envía orientaciones generales a las provincias. Lo que garantiza la coherencia del conjunto es el Partido, presente tanto en el Estado como en la sociedad, capaz de disciplinar tanto a las élites como a las masas.

En este esquema, el gobierno central funcionaría como una usina. Su tarea central es la de producir una estrategía general, una línea política. Luego los gobiernos provinciales se encargan de la conducción táctica y ejecución operativa en sus respectivos territorios. Por último, el partido y su militancia, inserta en la sociedad, se encarga de la cohesión interna y coherencia con la política central. Una concepción similar de la conducción política tenía Juan Perón.  

En Política y Estrategia, Perón distingue función de gobierno y función de estado: el justicialismo concibe al gobierno como el órgano de la concepción y planificación, por eso centralizado, y al estado como organismo de la ejecución, por eso descentralizado. En conducción política desarrolla los conceptos de los comandos estratégicos y comandos tácticos, en ese mismo espíritu. Su filosofía para la acción política se resume en su frase; Sensibilidad e imaginación es base para ver, ver base para apreciar, apreciar base para resolver, y resolver base para actuar. 

Para Perón, el peronismo, y la gobernanza china, la descentralización es importante porque la creatividad política es importante. El conductor es un artista y es su intuición, producto del conocimiento y apego al terreno donde opera, la que lo llevará a que su obra sea grande. No la acción mecánica, como puede ser el modelo de planificación y ejecución al estilo sovietico, naufragado en la historia y enterrado junto con el corto siglo xx. El trabajo del conductor táctico es articular con las fuerzas vivas de la sociedad para llevar a la realidad las orientaciones generales, es decir la política, del comando estratégico.  

Y eso nos lleva a otra idea central del justicialismo, la comunidad organizada. La comunidad organizada es el modelo político del justicialismo. Acepta que hay organizaciones naturales en la sociedad, las organizaciones libres del pueblo, donde el lugar de la política es empoderar y nuclear a estas organizaciones detrás de un proyecto mancomunado. La política como dirección y gestión de intereses y organizaciones preexistentes subordinadas al bien común. 

Hoy el concepto de comunidad organizada puede confundirse como eufemismo de sociedad civil. Dirigentes como Guillermo Moreno reclaman la reorganización del Movimiento Nacional Justicialista detrás de una conducción colegiada integrada por representantes de las históricas ramas; la juventud, el movimiento obrero, el partido, los empresarios, entre otras. Es una idea con la que puedo promulgar, aunque insisto, peca de nostalgica si no actualizamos su contenido a los tiempos de hoy. La comunidad organizada, si queremos que sea un concepto sostenible en el tiempo, no puede ser un modelo esquemático de los años cincuenta. No puede ser un recorte de cartón con las siglas CGT, CGE, PJ, JP, etc.. En todo caso debemos aceptar que la comunidad organizada del primer peronismo fue la forma que la comunidad organizada tomó en ese tiempo histórico, y si queremos que la idea sobreviva, debemos asumir que hay una idea esencial y que hay formas accesorias, que se materializan de manera distinta en distintas etapas históricas.  

Comunidad organizada hoy es construir poder social organizado. Algunas instituciones históricas del peronismo seguramente esten obsoletas para esta tarea, otras necesitan actualizarse y algunas debemos inventarlas. Pero la idea de fondo sigue vigente y es necesario regresar a ella. Esa es la tarea conceptual. La tarea empírica por otro lado es analizar la sociedad materialmente e identificar cuales son las organizaciones naturales que han surgido en el siglo xxi o en cambio identificar qué sujetos sociales realmente existentes necesitan organizaciones y no las tienen. 

Hacía un peronismo hiperpolitico

La dirigencia justicialista contemporánea es una dirigencia formada en la era dominada por el paradigma pospolítico. Las tendencias eran la desmovilización y la despolitización. La disminución de la participación electoral, el desinterés por la vida política y el retraimiento cívico, síntomas de época.

La política de los años noventa, la cuál vio crecer a nombres como Cristina Fernandez de Kirchner, Sergio Massa, Juan Manuel Olmos, y la mayoría de la primera plana nacional, se forjó en un clima de descreimiento o desinterés por la política. Muchas veces se resalta la calidad de la dirigencia política de aquel entonces. Hoy existe una revisión de la década del noventa, puesta en valor como una época de acuerdos y consensos políticos. La convertibilidad como pata económica y la constitución como pata institucional del gran consenso democratico-menemista. 

Con la creciente politización y el cambio de paradigma que la hiperpolítica supone, cabe hacerse algunas preguntas. ¿Hubieran sido esos consensos posibles en una sociedad tan politizada como la Argentina post 2008? ¿Tenemos una dirigencia acostumbrada a ser sometida por el escrutinio de una masa crítica? ¿Por qué una dirigencia política formada en los años noventa no puede sostener la calidad que los antecedió? 

Hoy vemos esa misma generación política replegarse en el estado, lo último que hoy puede controlar. Citando al autor, se han convertido en cárteles, facciones y, a veces, en simples apéndices administrativos del estado. Vemos cómo ese mismo estado ya no tiene ni la capacidad de respuesta ni el nivel de representación que tuvo en décadas anteriores. Un reflejo del agotamiento de las instituciones de la sociedad civil misma, que alguna vez nutrieron de sentido, tanto en su capacidad de condicionar como de empoderar, al mismo estado. 

La conclusión a la que intentó llegar es que no ha cambiado la dirigencia ni su calidad, sino que la época ha cambiado, que la sociedad ha elevado (afortunadamente) la vara y que una dirigencia política formada en la era pospolítica-neoliberal difícilmente pueda resolver el paradigma hiperpolítico. Es una dirigencia acostumbrada a delegar decisiones políticas en instancias administrativas o tecnocráticas, como lo fue gran parte de la política económica durante el Consenso de Washington. A está dirigencia, la noción de masa crítica le perturba, es una idea que les es hostil o ajena. 

Para superar el paradigma hiperpolítico y hacer del peronismo en el siglo xxi un vehículo real para la participación política de la masa crítica ciudadana es necesario adoptar una estrategia hiperpolitica. Es decir, construir un peronismo hiperpolítico. 

Retomando la idea del binarismo en política, Anton Jäger sostiene que abandonar toda ambición institucional y adaptarse por completo a la fluidez de la época, o bien reconstruir una fortaleza militante a la antigua usanza, impermeable al espacio público digital es un falso binarismo. Existen soluciones híbridas que combinan elementos de la política tradicional con formas más ágiles y flexibles, características de nuestra época. El ejemplo más conocido es el del recientemente electo intendente de Nueva York, Zohran Mamdani, cuya estrategía articula organización militante clásica con una movilización digital, una inserción territorial clara y una capacidad de respuesta a corto plazo que hace uso de todos los elementos disponibles. 

El peronismo, detrás de un liderazgo claro, podría implementar una estrategía similar. Combinar elementos de la modernidad líquida con estructuras militantes que den respuesta y contención a los sujetos realmente existentes en la sociedad. Un peronismo con inserción en la digitalidad, en la masa laboral precaria, en los territorios postergados, en los ámbitos de la producción y el trabajo, en las instituciones educativas, generando ámbitos no solo de auxilio social sino de organización, discusión y participación política con perspectiva de futuro. 

El peronismo del siglo xxi debe ver a la sociedad argentina a los ojos. Interpretarla como realmente es, y no asumir las cáscaras de representación del siglo pasado como representativas de lo que alguna vez fueron. No se puede construir representatividad en la sociedad pospandemica con instrumentos del siglo xx. Vivimos una época que apremia la creatividad, la imaginación, la sensibilidad y la autenticidad. Una época donde el deseo de expresarse, difundir un mensaje, debatirlo con otros y la capacidad de hacerlo nunca fueron tan altas. El peronismo posee una filosofía política que ofrece respuestas tanto a las grandes preguntas de la época como a las necesidades organizativas de la sociedad. Si cada militante asume la tarea de reconstruir los lazos de solidaridad entre la sociedad y la política, entonces cumpliremos una vez más con la tarea de hacer grande a la Patria y feliz a nuestro Pueblo. 

Visited 7 times, 1 visit(s) today
↑
Close