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Organizar lo disperso: Tesis para una nueva juventud peronista

Por Enzo Miralles

“La juventud, a quien corresponderá ese futuro, tiene también la responsabilidad de asegurarlo.”  Juan Domingo Perón 

Las organizaciones militantes se piensan hoy en día como un microclima aislado. Son pocas las experiencias que logran construir la sensibilidad necesaria para funcionar como caja de resonancia de procesos sociales más amplios. Al momento de pensarse como reconstructores del tejido social, se vuelve difícil que una organización que le habla a los propios pueda interpelar a un conjunto. 

El cambio de época, expresado en la irrupción de Javier Milei y en los fenómenos que lo rodean, permite leer no una retirada, sino un proceso de politización profunda. A contramano de quienes sostienen que a los jóvenes no les interesa la política, vemos cómo la confluencia de discursos en los ámbitos donde hoy tienen voz —redes sociales, universidades, programas de streaming— intensifica la aparición de jóvenes que discuten, opinan y se posicionan frente a la realidad política. 

En este sentido, la juventud argentina no está despolitizada. Lo que ha cambiado es la forma en que se vincula con la política. La militancia, que durante décadas funcionó como organizadora de identidad y pertenencia, hoy comienza a desplazarse hacia una lógica más ligada a la utilidad. Este pasaje —de la identidad a la herramienta— constituye el punto de partida de este ensayo. 

La mayoría de la juventud argentina no se siente identificada con la militancia política. Hablar de identificación implica reconocer que la identidad política ha dejado de ser un eje organizador de una generación y de sus necesidades, dando paso a una lógica donde prima la utilidad por sobre el sentimiento. 

Después del derrumbe que significó la crisis de diciembre de 2001, la militancia comenzó a construir formas visibles de identificación. Las remeras, los símbolos, las pertenencias explícitas buscaban decir qué se era: peronista, de izquierda o radical. Militar en una organización definía, ordenaba y generaba un sentido de pertenencia que, con el tiempo, tendió también a cierto ensimismamiento. 

La brutalidad de nuestra época habilitó otra forma de vincularse con el cambio: como si se tratara de una aplicación. Se la abre cuando se la necesita —para informarse, opinar o intervenir— y se la descarta cuando deja de funcionar. La aplicación no define a quien la usa, esta resuelve un problema. En esa clave, la militancia comienza a ser percibida menos como identidad y más como herramienta. 

Hoy, la militancia se encuentra en la encrucijada de abandonar su disfuncionalidad sin perder capacidad de arraigo. Si se pretende reconstruir una comunidad política y dotar a la juventud de poder real, resulta necesario incorporar las técnicas del presente sin renunciar a la construcción de sentido. 

Esta transformación tensiona la concepción clásica del militante como cuadro político integral, al reducirlo —al menos en apariencia— a un prestador de soluciones. Sin embargo, lejos de anular esa figura, la obliga a reformularse. En este punto, la idea de conducción permite reponer una perspectiva más amplia: no se trata solo de resolver demandas, sino de organizarlas, interpretarlas y orientarlas en función de un proyecto colectivo. 

Un segundo aspecto que redefine el vínculo entre juventud y política es la lógica de consumo, cuyo impacto se vuelve evidente en los territorios donde transcurren los fenómenos políticos. Las redes sociales no reemplazan completamente a los espacios tradicionales, pero sí reconfiguran su centralidad. El lugar histórico de socialización política —como la unidad básica— pierde incidencia frente a la capacidad de un dispositivo individual como el celular. 

Este desplazamiento no elimina las desigualdades materiales —no es lo mismo la experiencia de un joven en la Villa 31 que en Recoleta—, pero sí transforma el espacio donde se construye sentido político. En ese nuevo escenario emerge una tensión entre las organizaciones tradicionales y las figuras que logran construir visibilidad e influencia en el plano digital. 

El caso de Tomás Rebord, con su programa Hay algo ahí, resulta ilustrativo. La lógica del recorte y la circulación fragmentada de contenidos privilegia la opinión —fundada o no— por sobre la pertenencia orgánica. Ya no resulta central la identidad política del emisor, más bien su capacidad de generar impacto, adhesión o rechazo. La opinión reemplaza a la pertenencia, y la interpretación de la realidad comienza a desplazar a la organización como forma dominante de intervención. 

En este contexto, la política se vuelve más inestable, más atravesada por la sensibilidad y la contingencia. Quien logra interpretar mejor ese movimiento —quien navega con mayor eficacia la incertidumbre— es quien logra sostenerse. 

Con un aliento de esperanza —aún atravesada por el desencanto de esta época— la juventud argentina sigue creyendo que transformar la realidad es posible. La apatía  expresa una crisis de confianza en las formas tradicionales de la política: los partidos políticos, centros de estudiantes, organizaciones sociales, gremiales. Todas las estructuras políticas qué construyó el siglo XX. 

Sin embargo, esa desconfianza convive con otras formas de creencia: en la palabra, en la amistad, en la cultura y en los vínculos cotidianos donde todavía persiste la posibilidad de construir sentido colectivo. 

En este marco, preguntarse por el problema es una condición necesaria para esbozar una salida. Identificar las causas de esta crisis constituye el primer paso para quebrar la inercia y reconstruir una forma de intervención política con capacidad real de transformación. 

El problema no es cultural, es profundamente político 

Hace casi un año leía una nota de Federico Mochi sobre el “Chueco” Mazzón, titulada El peronismo necesita más armadores. Allí se planteaba que, frente a la crisis del peronismo, se requiere más gente dispuesta a juntar voluntades y resolver problemas: menos interés en la foto y más vocación de hacer. 

Retomar esa idea hoy es una constatación de su vigencia. El problema que atraviesa a la juventud no es de participación. La masiva convocatoria del 23 de abril de 2024 en defensa de la educación pública —que reunió a cientos de miles de estudiantes, docentes y no docentes— demuestra que existe una enorme disponibilidad para intervenir en lo público.

Sin embargo, esa capacidad de movilización no se traduce en construcción de poder. La juventud argentina se encuentra subrepresentada, y sus voluntades no logran incidir de manera sostenida en la toma de decisiones. La estructura política tradicional, en muchos casos, limita más de lo que potencia esa participación. 

Por eso, el problema no es cultural, es profundamente político. La discusión no pasa por si los jóvenes participan o no, sino por su capacidad de organizarse y disputar poder. La juventud no puede limitarse a acompañar procesos, debe ser portadora de decisión, capaz de ocupar lugares donde se define el rumbo.  

Comprender esta pérdida de poder implica ir más allá de los efectos y atender a sus causas. Una de ellas es la creciente fragmentación de la experiencia juvenil. Ante la pregunta de a qué juventud se le habla, emergen múltiples subjetividades atravesadas por lógicas de diferenciación y consumo. Esta dispersión debilita la posibilidad de construir una síntesis común. 

En este sentido, la noción de “enjambre” resulta útil para pensar una masa de individuos hiperconectados pero aislados, que interactúan sin conformar una comunidad política. La multiplicación de microespacios sin articulación dificulta la construcción de unidad y genera una paradoja: quienes enuncian la unidad como consigna muchas veces operan en dinámicas que la fragmentan. 

Esta dinámica también redefine el sentido de la militancia. Puede observarse una tensión entre una militancia testimonial —vivida como espacio de pertenencia o experiencia individual— y una militancia efectiva, orientada a la construcción de poder y a la trascendencia de la acción colectiva. 

Sin embargo, esta situación no es inevitable. Hubo momentos en la historia donde la juventud no solo participó, sino que tuvo vocación de poder y capacidad de incidencia real. La experiencia de la juventud universitaria peronista en los años setenta da cuenta de una generación que no se subordinó pasivamente a las estructuras existentes, sino que buscó transformarlas. Esa voluntad de incidir en el rumbo político es, en parte, lo que permitió consolidar consensos, como la democracia, que hoy consideramos dados. 

La falta de astucia política llevó a que las organizaciones de juventud quedaran desfasadas frente al nuevo régimen de representación. Este nuevo vínculo entre la juventud y la política, atravesado por lógicas de tipo neoliberal, responde más al posicionamiento de marcas y a la agregación de individualidades que a una organización concebida como un todo ordenador. En este contexto, las organizaciones enfrentan una limitación doble: logran constituirse como aparato sin construir figuras que las representen, o construyen figuras sin una estructura capaz de proyectarlas territorialmente. 

Esta encrucijada es el punto de partida para pensar la forma que debe asumir la juventud si pretende construir una expresión política con capacidad real de intervención en el presente.

El peronismo del siglo XXI 

El mandato de los jóvenes es la conformación de una nueva juventud peronista. Porque el problema qué se cree de identidad, en realidad es de funcionamiento.  

La militancia qué no logra resolver, pierde legitimidad. Si donde hay conducción prima la dispersión, hay un problema. Si la representación es solo estética, no alcanza. Si la política dejó de ser un lugar donde se cree para convertirse en un lugar donde se evalúa —si está bien o está mal, si sos de izquierda o de derecha—, entonces el problema es más profundo: ninguna identidad está logrando hacer carne la realidad. 

Nuestro mandato es claro: convocar a la construcción de la juventud peronista del siglo XXI. Estas son mis tesis para aportar a una línea de pensamiento nacional: 

1) Representar hoy es resolver 

Volver a entender la militancia como servicio al pueblo. No somos paladines de la verdad ni iluminados que vienen a enseñar cómo pensar. Somos compañeros con voluntad de trabajo, con el compromiso de transformar la realidad. Si representar es solo hablar, no alcanza. Representar es resolver. Perón nos legó un método. Un método para conducir, para construir poder, para transformar. Un método basado en observar, analizar, planificar y ejecutar. Unidad de concepción y unidad de acción.  Si queremos abrazar a la juventud, si queremos conducir en serio, ese es el camino. 

2) La nueva construcción política es la articulación entre marca y personas 

Hoy la política también se construye en el terreno de la visibilidad. Y ahí hay que dar la pelea. Necesitamos una identidad clara: una marca, una bandera, una historia que nos ordene y nos dé sentido. Pero también necesitamos personas que encarnen esa identidad.  Sin marca, no hay dirección. Sin personas, no hay llegada. No se trata de repetir el pasado, sino de traducirlo. Renovar consignas, lenguajes, formas. Tener la inteligencia de hablarle a una época sin perder lo que somos. Y al mismo tiempo, construir compañeros y compañeras con nombre propio, con capacidad de interpelar, de emocionar, de llegar. Que puedan habitar la conversación pública y transformarla en organización. De esa síntesis nace el poder. 

3) Conducir en el siglo xxi es organizar lo disperso 

Hoy la juventud está dispersa y ahí aparece la tarea de conducción. Conducir no es mandar. Conducir es un arte para interpretar, organizar y orientar. Es tomar voluntades sueltas y darles dirección. Es dar libertad táctica para crecer y conducción estratégica para vencer. No hay que ahogar perfiles. No hay que contarle las costillas a nadie. No hay que mirar por encima del hombro. Hay que convencer. Hay que persuadir. Hay que ordenar sin aplastar. Porque nadie construye poder desde la obediencia vacía. El poder se construye cuando las voluntades se organizan detrás de un sentido. 

4) El problema no es solo de estrategia, es de ética de conducción 

No podemos ser administradores de la miseria. No podemos festejar los errores del otro ni angustiarnos con sus logros. Así no se construye nada.  Recuperar la humanidad es parte de la tarea política. Porque sin ética, la conducción se transforma en aparato. Y el aparato, sin sentido, solo reproduce frustración. A los liderazgos que bloquean, hay que enfrentarlos. A las prácticas que aplastan, hay que cambiarlas. Nunca pisar cabezas hizo crecer a nadie.  Nuestra ética tiene que estar en construir un proyecto que organice, que amplíe, que haga crecer. No en usar la organización para sostener nombres propios. Sin ética de conducción, no hay proyecto. Hay solo administración del fracaso. 

Esta es una oportunidad histórica de reconstruccion generacional

Estos tiempos de deshumanización no son definitivos. No hay nada más humano que querer una vida mejor. Que querer una patria justa. Que querer ver felices a los nuestros. 

Como en otras etapas de nuestra historia, tenemos la oportunidad de construir una nueva primavera democrática. Con nuestras contradicciones, con nuestras limitaciones, pero también con nuestras convicciones.  

Tenemos que animarnos a hacer las cosas de otra manera. A construir poder con las herramientas de nuestro tiempo. Así como hubo generaciones que tuvieron en la plata una herramienta de transformación, la nuestra tendrá que hacer de la tecnología —y de la inteligencia— una herramienta de organización.  

A una generación que atravesó la soledad de la pandemia y que aprendió a vivir detrás de una pantalla, hay que demostrarle que la política también puede ser otra cosa. Más humana. Más cercana. Más real. Y que transformar la realidad es posible y una tarea que nos pertenece. 

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