La base no está
Habiendo ya atravesado más de la mitad del mandato de Javier Milei, nos encontramos en un estadio de incertidumbre política: nadie tiene claro si la hegemonía libertaria está más vigente que nunca, o si el pueblo le picó el boleto. Las elecciones legislativas del 2025 quemaron muchas de las contraseñas que nos permitieron leer la coyuntura históricamente. El oficialismo salió victorioso cuando todo indicaba que estaba transitando su peor momento. Malaria económica, escándalos de corrupción, y un dipunarco encabezando la boleta en el principal distrito del país. Ni en el sueño más húmedo de cualquier peronista había mejores condiciones para ir a medirse en las urnas. Hoy todos esos factores están profundizados, sin embargo, seguimos sin saber cómo correlaciona eso con la paciencia y las preferencias del pueblo. Ese
componente blando que tiene que ver con la confianza y la certidumbre sobre el rumbo a seguir, es difícil de palpar a través del prisma de las estadísticas.
El principal obstáculo que parece enfrentar el peronismo es la identidad negativa, que al histórico electorado gorila se le sumó los desencantados del Frente de Todos. Esa experiencia del campo popular que vendió orden a partir de una unidad atrapatodo milimétricamente construida, pero que terminó siendo exactamente la contracara de eso: el caos desesperante
de una guerra sin cuartel en los pasillos de la Casa Rosada. A grandes rasgos, esa disputa sigue cristalizada independientemente de que los actores intercambien lugares en la frontera.
Este segundo tiempo de la Argentina libertaria nos encuentra desordenados en la cancha, y sin una idea de juego clara. Por el momento, nos limitamos a ser cronistas del derrumbe y el saqueo, más no constructores de esperanza. Como si no tuviésemos claro para qué queremos ganar en 2027. Como si no dimensionaramos que no hay más que dos opciones para el devenir del justicialismo en lo inmediato: elegir si queremos ser el epílogo de una crisis de
representación profunda que llegó al paroxismo con Milei, o asumir el desafío de encarar un cambio generacional, y ser, como dijo Néstor, lo primero de lo nuevo y no lo último de lo viejo.
El axioma de que cualquier gobierno peronista es mejor que este gobierno nefasto, no puede ser una excusa para dormir la siesta esperando que llegue el turno electoral, y que el pueblo se decante por nosotros. Para los peronistas el voto representa la adhesión a un proyecto transformador de la realidad. Los únicos que votan por oposición sin pedir nada a cambio, son los gorilas. No es, quizás, ese el espejo en el cual queremos reflejarnos.
Entender la época
En ese contexto es que el peronismo atraviesa un proceso de síntesis que nadie puede aventurar cuándo terminará, ni bajo qué supuestos o condiciones. No obstante, creemos que no hay que ser meros espectadores de los movimientos de la superestructura política. La juventud militante tiene mucho para aportar a dinamizarlo. Necesariamente debe hacerlo, porque la realidad manda y el marco es contundente: en las elecciones de 2023, la franja que va de los 16 a los 35 años representó a más del 40% del padrón electoral, y se estima que para las elecciones presidenciales del año que viene, el 53% del padrón va a tener menos de 39
años. Podemos descargar broncas sobre la dirigencia, pero sí en consonancia con eso no asumimos la responsabilidad que nos cabe, seremos parte de los que solo dicen, pero nada hacen.
El escenario sobre el que nos toca actuar, también incluye bajos niveles de participación electoral, y el amesetamiento cuantitativo de la militancia orgánica en comparación al periodo 2008-2015. Un error de diagnóstico es pensar que militar pasó de moda o que la
despolitización caló incluso entre los que se consideran compañeros. Nada más alejado de eso, la pecera sigue siendo inmensa. La muestra más clara fue la postal de la movilización del
24 de marzo, a 50 años del golpe genocida: la Plaza de Mayo reventó como nunca antes, pero con un mayor componente de gente suelta. La identidad peronista anida en las entrañas del pueblo argentino porque es un producto de este, lo que falta son organizaciones que entiendan su época y sepan extraerla para conducirla.
Ya lo decía Perón: toda forma de organización es perfectible y debe evolucionar amoldandose al contexto. Las fuerzas políticas envejecen cuando no evolucionan. Envejecer, se traduce en
perder la creatividad, encorsetar la iniciativa, achancharse en el corporativismo. Nada que nos suene extraño, lamentablemente.
Una fuerza no revitalizada se orienta recurrentemente a objetivos inmediatos. El toma y daca, la negociación permanente de recursos, el loteo de listas, ravioles, y un compendio de movimientos tácticos que achican la temporalidad de la política. Es ahí, quizás, donde nuestra generación puede comenzar a trabajar, poniendo lo que tenemos de más: tiempo. El peronismo
necesita un horizonte de largo plazo, ambicioso y épico. El año pasado celebramos los 80 años del 17 de octubre, el hecho fundante del Movimiento Nacional Justicialista, seremos nosotros los responsables de llevar al peronismo a su centenario. La diferencia entre llegar arrastrandonos o con la plaza desbordada de pueblo otra vez, estará en que tengamos más aciertos que errores. No puede haber mayor responsabilidad histórica que esa. Nos queda como tarea urgente volver a abrir los brazos de las organizaciones, que de tan alambradas parecen clandestinas. Retornar a un peronismo silvestre, de laburantes, no de liberados. Ser creativos para compatibilizar la política con la vida cotidiana, que está cada vez más precarizada. No podemos darnos el lujo de que haya un solo compañero que tenga inquietudes políticas sin resolver, y que esté en la casa. Es sencillo y práctico: ir al encuentro de todos, ensancharnos, dar lugares y sobre todo, iniciar procesos.
Un peronismo poliédrico
Durante abril asistimos a innumerables homenajes al Papa Francisco, por la conmemoración del primer aniversario de su fallecimiento. Por fuera de los flyers, los posteos, y los tweets
prefabricados, hay en su obra un conjunto de coordenadas para leer un mundo que se encuentra en plena reconfiguración económica, política y militar. Ese legado, es un gran insumo
para la actualización doctrinaria del peronismo que la etapa demanda, porque tiene innumerables puntos de contacto y es un constante llamado a la acción política. Y no es casual: tanto Perón como Francisco se declararon hombres formados por el pueblo argentino. En la búsqueda de atajos, quizás como un reflejo de la ola importadora que destruye puestos de trabajo diariamente, muchos nos ofrecen soluciones llave en mano traídas de afuera. La
socialdemocracia española, la alianza del PT con el centrão en Brasil, la nueva izquierda del Partido Demócrata estadounidense, el humanismo colombiano, y cada semana se suman las firmas. El peronismo y Francisco nos muestran que el camino puede ser con productos creados en nuestro suelo, hechos con insumos nacionales.
En su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”, entre los cuatro principios para construir un pueblo, Francisco nos habla del modelo del poliedro en contraposición al de la esfera. En este
último prima lo homogéneo y las diferencias se diluyen. En cambio el poliedro es una figura geométrica de muchas caras distintas que conforman una unidad. En sus propias palabras, “refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad”. Hoy enfrentamos las tentaciones, tanto por derecha como por izquierda, de constituir un peronismo esférico, uniforme, delimitado. Esta concepción, propia de las minorías intensas, no puede estar más alejada de la argentinidad, que es fruto del mestizaje más puro y duro. Si queremos dirigentes que se parezcan a nuestro pueblo, el peronismo tiene que ser parecido a este.
Nuestra apuesta generacional necesariamente debe ir detrás de un peronismo poliédrico, que entienda la tensión como un factor positivo. Que retome aquel apotegma del General que dice
que la política es un juego de transigencias. Un peronismo de este tipo no elimina las diferencias, las integra en una síntesis superadora. No se quede atónito frente al conflicto, lo
atraviesa y transforma en mayores niveles de unidad política. Porque no hay argentina grande sin una unidad real de los que habitan este suelo, en defensa de la Patria. Ceñirnos a la
cuestión programática, esquiva poner sobre la mesa que la crisis también es de método. Encontrar esas coincidencias cuesta trabajo, paciencia y cesiones, pero es más efectivo que la comodidad inercial de las verdades cerradas.
El poliedro no es, como nos quieren achacar, la demagogia de posee mil caras de acuerdo a la conveniencia. Es un método de construcción de poder que permitió que el peronismo sea un
fenómeno político trascendental, que aceleró la ruptura del proceso histórico nacional dándole poder al pueblo. Es una tradición y un invento nuestro: la revolución en paz como estrategia política de los trabajadores.
Tengamos la voluntad de poner ladrillos en una fuerza original, militante y con la capacidad transgresora de los patriotas. Rescatemos el espíritu y el honor del pasado, para ponerlo al
servicio de los mandatos del presente.

