Written by 2:22 pm Análisis, Editoriales Views: 61

Tecnopolítica: una lluvia que realmente moje

Las revoluciones nunca esperaron ni esperarán a nadie, jamás. La aceleración tecnológica no es lineal, sino que explota cada semana superando a los anuncios de la anterior, reconfigurando el mapa de lo real y expandiendo los límites de lo posible, obligandonos a pensar nuestra militancia de base desde perspectivas mucho más amplias. 

La IA como infraestructura global es un actor político que ya está operando, interviniendo y decidiendo silenciosamente en procesos que antes pertenecían exclusivamente a la esfera humana. Tenemos un deber histórico, el de comprender los procesos políticos inmersos en las dinámicas que la velocidad digital inunda e invade desde cada pantalla conectada a la red global.

La política argentina, desbordante y frenética como siempre, enfrenta hoy un desafío que se acumula a nuestras tensiones estructurales históricas: la producción y los flujos de datos digitales. Los conflictos o consensos políticos, que hasta no hace tanto se vertebraban en semanas o ciclos durables, hoy pueden definirse en cuestión de horas. Esa aceleración no es natural, es intencional y direccionada; una arquitectura diseñada para fragmentar el tejido social y atomizar las conciencias de la ciudadanía global indefensa y vulnerable.

Muchos todavía asocian la IA con el clásico chatbot que responde dudas, eso es prehistoria. Estamos entrando de lleno en la era de la IA agéntica: sistemas que ejecutan tareas complejas de forma autónoma. Hoy, un agente IA puede buscar información en múltiples fuentes, redactar documentos estratégicos, coordinar calendarios, enviar comunicaciones e incluso ejecutar código sin supervisión humana constante, hasta dar clases y capacitar humanos en esa tarea sobre la que ya es experta. Y estas capacidades están al alcance de cualquier persona que tenga la voluntad de aprender a configurarlos y utilizarlos; no hay dimensión de las capacidades complejas al servicio de las corporaciones que solamente persiguen aumentar sus ganancias, nutriendo su crecimiento con los datos extraídos a todo el planeta en tiempo real y sin pedir permiso.

La multimodalidad de la IA es un salto cuántico: los modelos actuales procesan texto, imágenes, audios y videos en tiempo real. Por plantear solo un ejemplo que se vuelve cotidiano: cuando un modelo puede generar un video hiperrealista que parece una declaración pública o un audio que replica una voz con exactitud, la frontera entre lo real y lo sintético se desvanece, transformando el paisaje de la opinión pública en un terreno donde la verdad se vuelve un bien escaso y en extinción.

Muchos marines de los mandarines

El reciente caso de la prohibición de modelos avanzados (como Fable y Mythos) por parte del gobierno de Donald Trump marca un hito. Por primera vez, una potencia decide unilateralmente retirar el acceso público a una tecnología de frontera, alegando “seguridad nacional”.

La IA no es un producto comercial más, es el nuevo núcleo del poder global. La disputa entre Estados Unidos y China por la primacía en IA es una carrera de soberanía. Estados Unidos, mediante sus corporaciones (Microsoft, OpenAI, Anthropic, Google, etc), intenta blindar su ventaja competitiva, mientras China despliega sus planes estratégicos para explotar sus capacidades tecnológicas y avanzar sobre Occidente todo lo que sea capaz.

En este marco, la decisión de la administración Trump de implementar restricciones directas al acceso de ciudadanos extranjeros a estos modelos de vanguardia representa un quiebre en la lógica del mercado global. Se trata de una regulación sin precedentes que transforma la propiedad intelectual en un activo de defensa estratégica, donde el Estado interviene no solo para regular la competencia, sino para auditar quién tiene el derecho de observar y utilizar la inteligencia computacional más avanzada del mundo, consolidando un esquema de control que busca frenar la transferencia de conocimiento hacia potencias rivales.

La prohibición de exportar o limitar el acceso a estos modelos a ciudadanos extranjeros es una forma de “neocolonialismo algorítmico”. Si los países del Sur Global dependen totalmente de la infraestructura de una única potencia, corremos el riesgo de ser desconectados o subordinados al antojo de quien posee el “interruptor” de la inteligencia. A esta altura, podríamos decir que la totalidad de flujos y bases de datos de los Estados/Nación son propiedad de estos monstruos tecnológicos; por momentos parece que la indefensión es absoluta.

Las máquinas vigías pasan volando el mundo 

Alguien podría señalar el siguiente planteo como obsoleto, anticuado; pero Juan Perón comprendió la comunicación como un acto político, una herramienta de liberación al servicio de los trabajadores. Más allá de la técnica de su época, la verdad no era un producto de los medios, sino una construcción del Pueblo organizado transformando su realidad. Hoy, la IA reconfigura esta disputa; existe una “posverdad algorítmica” donde la confusión y el aturdimiento informativo son parte de una táctica de dominación.

En el último mes, los avances tecnológicos han acelerado peligrosamente esta erosión de la realidad. La consolidación de modelos de generación de video de alta fidelidad, capaces de recrear contextos complejos con una coherencia física casi perfecta, ha superado las últimas barreras de detección humana. A esto se suma el despliegue de agentes de IA con capacidades de razonamiento profundo que permiten automatizar la creación de narrativas políticas segmentadas a gran escala, personalizando la desinformación para cada individuo de forma tan precisa que resulta indistinguible de una opinión orgánica. Estos “ejércitos de agentes” pueden sostener debates, refutar argumentos y generar contenido viral de manera simultánea en miles de foros, haciendo que el consenso social sea prácticamente imposible de sostener ante una marea constante de datos sintéticos.

Los sistemas actuales no sólo amplifican relatos; crean realidades a la medida del consumo individual, encerrando a cada ciudadano en burbujas donde el consenso es imposible. Si la IA acelera el tiempo, la respuesta desde el peronismo no puede ser la resignación, sino la organización, la conducción y la conciencia. La verdad se defiende recuperando el territorio de lo humano hacia la comunidad organizada.

Un test para ir al espacio 

Poner a la tecnología al servicio del Proyecto Nacional es una tarea urgente e impostergable. La IA, si queda exclusivamente en manos de corporaciones transnacionales, opera como un mecanismo de deshumanización y control. ¿Queremos una IA que fragmente al Pueblo o una que procese las demandas territoriales para convertir el sentir popular en políticas públicas en tiempo récord? Todo indicaría que Argentina no tiene ni las herramientas ni la capacidad política para preservar y fortalecer su soberanía digital. Es una responsabilidad patriótica de la militancia del siglo XXI.

Tenemos por delante el desafío de integrar la comprensión de los datos como una dimensión fundamental de la estrategia política. El objetivo es transitar de una acumulación dispersa de información hacia un procesamiento inteligente que optimice la toma de decisiones, convirtiendo los datos en esa soberanía que es invadida silenciosamente por las corporaciones dueñas del nuevo mundo.  

Eso no me arregla a mí

“La organización vence al tiempo” es una verdad que cobra una vigencia brutal frente a la  invasión algorítmica. Para vencer a la aplastante velocidad digital, necesitamos una militancia que sepa qué está pasando bajo el capó de las redes, que sea capaz de ver más allá de las roscas y rosquitas de Palacio.

La alfabetización tecnológica no es simplemente aprender a usar una interfaz; es desarrollar una conciencia crítica sobre la arquitectura de poder detrás de cada plataforma. Como propone el proyecto de Educación Digital Integral del diputado Juan Grabois, debemos avanzar hacia un paradigma donde la formación en habilidades digitales sea una herramienta de democratización y emancipación. Esto significa entender cómo se capturan, procesan y mercantilizan nuestros datos personales; reconocer la lógica de los sesgos algorítmicos que moldean nuestra visión de la realidad; y, fundamentalmente, adquirir la capacidad de utilizar estas tecnologías para la construcción comunitaria y la defensa de nuestra soberanía nacional.

Alfabetizarse digitalmente es, en esencia, recuperar la autonomía sobre nuestra propia voz y nuestras interacciones en el espacio público digital. Necesitamos producir sentido con herramientas soberanas, usar la automatización de forma creativa para que nuestra narrativa llegue antes y con más fuerza, y convertir la vigilancia ética y el análisis crítico de la información en una tarea cotidiana de la militancia.

Un gran remedio para un gran mal

No es una cuestión de máquinas; es, como siempre, una cuestión de proyectos. La IA es apenas un instrumento. El Proyecto Nacional es el dueño de nuestro destino. La tarea es clara: industrializar nuestra comunicación, soberanizar nuestros datos y organizar el futuro antes de que el algoritmo decida por nosotros.

Si no conducimos nosotros la tecnología, la tecnología conducirá la política. La soberanía no es un concepto del pasado; es la lucha por quién tiene la llave de los algoritmos que hoy escriben nuestra historia. Hoy, el campo de batalla no es solo la calle o la fábrica; el campo de batalla es la red, el código y la capacidad de procesar nuestra realidad propia para ser realmente libre y que no nos importe más nada.

Visited 61 times, 1 visit(s) today
Close