El futuro llegó hace rato es uno de los mensajes que intentamos transmitir, y dentro de nuestras humildes capacidades, instalar en la agenda pública del movimiento peronista. Mientras concejales, diputados y senadores opositores hablan como si sus voces fueran transmitidas desde una radio de banda ancha, el oficialismo avanza sin frenos por sobre todos los campos que dejamos en blanco en un sólo espacio/tiempo; el futuro de la Patria. Hay un mundo, quizás una humanidad en rediseño, cuya casa matriz se llama Palantir. Su CEO, Peter Thiel, se encuentra residiendo en territorio nacional. La decisión no es casual.
Por esas vueltas de la vida, la Argentina resulta ser una pieza clave en la ingeniería de esta Nueva Roma cuyos caminos conducen a Silicon Valley. Por un lado, La Patagonia es uno de los territorios más adecuados para la instalación masiva de centros de datos, algo así como la nueva carrera por el petróleo adaptada a la era digital. Reúne condiciones estructurales como sus bajas temperaturas, abundancia de agua, disponibilidad territorial y abundancia energética. A su vez, factores políticos la hacen muy atractiva para los magnates tech. La experiencia libertaria, si bien puede ser tic-tac efímera, ofrece garantías y beneficios que ningún otro estado contemporáneo otorgaría. Luego hay algo más permanente; una constitución que pone los recursos naturales en manos de los gobiernos provinciales, mucho más fáciles de quebrar que un estado nacional. Y por último un dato de total importancia para los profetas autocomplidos del apocalipsis; excluidos de la zona de peligro en caso de un conflicto nuclear.
Desde De Frente no dejamos de insistir en la importancia de que los cuadros políticos del siglo XXI construyan una agenda nutrida con los tiempos que corren y vendrán. Hay una ventana de oportunidades en esta era de transición hacía el nuevo orden global. La Argentina tiene una serie de activos estratégicos que deben ser puestos al servicio de una política soberana con la esperanza de insertarse inteligentemente en la era pos-globalización. Pero uno no puede amar lo que no conoce, y si la política sigue siendo reducida a la administración de los negocios del Estado, será imposible hacer valer La Patagonia, o el desarrollo nuclear, o la tecnología satelital, o el enorme mercado de criptomonedas que representamos los argentinos, o la reserva de proteínas que el mundo necesitará en las próximas décadas. La entrega puede continuar, o por esfuerzo activo de la antipatria, o por falta de preparación de nuestro propio campo, que ha asumido que la puja por candidaturas y contratos se encuentra por encima de cualquier agenda soberana para el siglo xxi. Humildemente, esta revista no tiene otro objetivo que aportar a la construcción de una política que ponga a la Argentina al servicio de los argentinos.
Dicho esto, el último mes fue testigo de un nuevo capítulo, inmerso íntimamente en esta gran discusión de época. Argentina, tanto por sus condiciones estructurales, como por su coyuntura política, es un actor relevante y el presidente Milei ha tomado la decisión de que así sea. Con la línea equivocada, la línea de la entrega, las corporaciones y ahora el transhumanismo. Pero una línea para el siglo XXI al final de la cuenta. Es por eso de suma importancia que analicemos su discusión con Harari, uno de los pensadores contemporáneos más significativos, que a pesar de sus diferencias ideológicas decidió dedicarle unas líneas al leóncito argentino.
La discusión Milei – Harari
La discusión alrededor de la agencia y personalidad jurídica de la inteligencia artificial forma parte del gran cambio de paradigma que estamos atravesando como especie humana a partir del desarrollo de estas nuevas tecnologías. El presidente decidió meterse de lleno en esta discusión y en ese sentido actúa como vector de las vanguardias de este movimiento.
A fines de mayo del 2026 envió al Congreso un proyecto de nueva Ley de Sociedades que incluye disposiciones para crear “empresas automatizadas”, capaces de operar de forma completamente autónoma mediante algoritmos o sistemas de IA sin necesidad de empleados humanos. El proyecto también contempla la creación de DAOs (Organizaciones Autónomas Descentralizadas), que pueden funcionar total o parcialmente de manera autónoma y registrar sus transacciones en redes blockchain.
Es una iniciativa que, en caso de ser aprobada, resultaría en un experimento formidable para los nuevos dueños del mundo. Las grandes tech observan atentamente Argentina y encuentran en el gobierno de Milei algo parecido a lo que los Chicago Boys habrían encontrado en Pinochet durante el desembarco del neoliberalismo en el cono sur. Plantear, y en poco tiempo poner en práctica, empresas autónomas es sacar de la discusión intelectual y poner a prueba en tiempo real la posición transhumanista. Pero no es solo un ejercicio económico o jurídico. Es plantear una vez más la prescindibilidad del humano en la era de la IA. La carta de Cristina sobre este tema todavía la estamos esperando.
Para difundir la iniciativa, Milei publicó junto a Federico Sturzenegger una columna en el Financial Times titulada “Argentina invites AI to break free”, donde planteó la creación de “corporaciones no humanas” de responsabilidad limitada y usó la analogía: “Que Buenos Aires sea para la IA lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación a vela”. No hay nada malo en que el gobierno nacional se proponga generar un polo de desarrollo de IA. El problema está en que este polo no está siendo diseñado detrás de una política soberana, con el interés nacional como eje ordenador. Está siendo diseñado para facilitar los intereses de los aliados, tanto económicos, como políticos, como ideológicos del presidente Milei. Aliados que buscan asentarse en la Argentina para sacar provecho de su territorio, sin generar ahora si ni un solo puesto de trabajo humano. Otorgándole personería jurídica a una IA, se abrirá un sinfín de vacíos legales que un agente de inteligencia artificial podría utilizar a su favor, burlando cualquier marco regulatorio y en el peor de los casos sin la necesidad de que un humano responda por los efectos o consecuencias infligidas por está “persona” o “empresa”. Y esto nos lleva a la posición de Harari.
A través del mismo medio, el Financial Times, el historiador israelí y experto en el tema publicó una réplica a la iniciativa planteada por las autoridades argentinas. Harari advirtió que estas corporaciones podrían poseer activos, contratar empleados, participar del comercio internacional, iniciar demandas judiciales e incluso realizar aportes a campañas políticas sin que exista un ser humano responsable detrás. De esta manera subrayó que, al no existir sanciones como la cárcel aplicables a una IA, se abriría un vacío en materia de responsabilidad. Y advirtió que una IA enfrentada a la quiebra (equivalente a su muerte operativa) estaría dispuesta a vulnerar cualquier marco ético o legal para sobrevivir.
En cuanto a la analogía histórica de Milei, Harari la revirtió hablando más del futuro que del pasado: “Milei espera convertir a Buenos Aires en un nuevo Ámsterdam. En su lugar, se arriesga a convertirlo en un nuevo Batavia”, en referencia al puerto de Jayakarta donde la Compañía Holandesa de las Indias Orientales construyó un estado-empresa que duró cuatro décadas. “Los países que otorgan personalidad jurídica a las IA corren el riesgo de convertirse en algo para lo que el registro histórico no ofrece analogía: no un estado corporativo, sino un estado de IA, un país cuyos habitantes podrían ser gobernados por corporaciones no humanas” sentenció el historiador.
No satisfecho con el intercambio, Javier Milei agradeció a Harari vía la red social X por su respuesta y procedió a ampliar su postura mediante un comunicado oficial de la presidencia de la nación. “Los temores de Harari son, en mi opinión, un argumento a favor de la personalidad jurídica y no en contra”. Sostuvo que precisamente porque estas organizaciones podrían presentar desafíos inéditos, resulta más importante que operen bajo una estructura jurídica claramente definida, que permita identificar un patrimonio sobre el cual hacer valer reclamos, imponer sanciones o ejecutar compensaciones. “¿A las IA les preocupa el castigo o no?”, planteó, invirtiendo el razonamiento de Harari. “Una IA tendría más en juego que un ejecutivo humano —la muerte en lugar de la prisión—, lo que sugiere que preferiría mantenerse estrictamente dentro de la ley y minimizar riesgos”. Es una perspectiva como mínimo llamativa, equiparando la conciencia de una IA a la de un humano con temor a la muerte.
“Nadie lo sabe con certeza”, escribió el mandatario, “pero considero probable que las empresas gestionadas por IA sean más adversas al riesgo que los seres humanos”.
Un robocop sin ley
El debate entre Milei y Harari es teórico. Sus consecuencias serán empíricas. La Argentina Libertaria está tomando medidas decisivas para convertirse en uno de los teatros de operaciones más ambiciosos de los techno-bros en ligas mayores. Es algo que se explica más allá de los cordiales encuentros entre Thiel y el presidente en la casa de gobierno.
Este proyecto es tan solo un capítulo más dentro de los favores que Javier Milei le está otorgando al CEO de Palantir. Otro ejemplo es el “Gemelo Digital Social”, iniciativa que abiertamente utilizaría datos públicos de ciudadanos para delegar en una IA medidas de gobierno. Si sus gestos se deben a simpatía ideológica, conveniencia de intereses, o motivos más espurios es indistinto. Lo que los ordena es una coincidencia política; la opción por el aceleracionismo. Milei allanando el camino, Thiel construyendo sobre los cimientos, la arquitectura del poder de la república tecnológica realmente existente.
Los intereses de Milei y Thiel son claros. No es solo una cuestión ideológica, es una visión de mundo. Reducir la economía a los márgenes de ganancia y eficiencia, aunque implique el descarte social y el utilitarismo fanatico como lógica. La respuesta de Harari también es clara, pero hay algo que aún se nos escapa. ¿Quién vela por la dignidad humana en esta discusión? Nos remitimos una vez más a la primera encíclica del papa León XIV, que desde su investidura le da autoridad a aquello que millones de humanos reclamamos; que el desarrollo de la IA no sea un instrumento de dominación, sino una herramienta para la humanidad.
Palantir ya explicitó en su manifiesto su proyecto político. La era de los estados nacionales terminó; abran paso al gobierno de la IA. La nueva élite que emergió del ascenso económico de Silicon Valley tiene en claro que necesita de los estados una sola cosa; desregulación.
Entonces la pregunta que debemos hacernos en la vereda de enfrente es ¿dónde queda el humano cuando la empresa se automatiza? ¿cuál es el lugar de la conciencia si gobierna una IA? ¿Con qué criterio moral o ético puede administrar la conflictividad social una máquina? ¿Hay lugar para la dignidad y moral humana en el siglo xxi que tienen en la cabeza los CEOs? Si bien la resistencia al avance de la dominación automatizada no puede ser ludita, tampoco puede ser ingenua. Cómo se construye contrapoder en la era digital es el desafío del campo popular en la Argentina y gran parte del mundo.
Si una IA jugaría dentro de los parámetros de la ley, o tomaría cualquier pretexto para burlarla, es una incógnita hasta el día que se compruebe empíricamente. Sin embargo, caben dos observaciones; 1. Las leyes hoy en día están hechas para regular el comportamiento humano en su discrecionalidad subjetiva, no están diseñadas para computar el comportamiento y razonamiento lógico de una IA. 2. Cómo se comporta una IA, y por ende su sesgo, está determinado por quien la programe. El desarrollo tecnológico es tan deseable como infrenable, lo que queda resolver es la política. La IA puede ser un robocop sin ley, o un generador de abundancia tipo Star Trek. Esto depende, no de la legislación de una republiqueta periférica, sino de quien y para qué controla la tecnología. Y esa es la disputa por el poder más trascendental en el ajedrez en el cuál estamos inmersos.




