“No sé en dónde he leído alguna vez que en este mundo nuestro, el gran ausente es el amor. Yo, aunque sea un poco de plagio, diré más bien que el mundo actual padece de una gran ausencia: la de la mujer. Todo, absolutamente todo en este mundo contemporáneo, ha sido hecho según la medida del hombre.” – Eva Perón
¿Cuántas veces renunciamos a pedir las cosas bien porque si no somos serias y determinantes el pedido no es escuchado? ¿Cuántas veces somos vistas como niñas, como inmaduras, o somos simplemente reducidas en espacios donde solo se debería juzgar nuestra capacidad? ¿Cuántas veces un varón tuvo que pedir lo mismo que una para que efectivamente se hiciera? ¿Cuántas veces fuimos serias, fuimos determinantes, y se nos juzgó como histéricas, como soberbias, cuando replicamos las actitudes que hacen de un varón un líder natural?
Constantemente nos vemos obligadas a replicar dinámicas de poder por años asociadas a lo masculino para poder ser tomadas en serio; en el trabajo, en la política, en la diaria. Los cuestionamientos parecen nunca acabar. Si lo pedís por favor no se escucha, si lo pedís mal sos cruel. Además de nuestra labor normal, debemos sobre-demostrar nuestra capacidad, nuestro criterio y que podemos llenar los zapatos de un hombre o incluso más.
Y sin embargo, a un hombre no se le exige lo mismo. No es que antes se le pedía dureza y ahora ya no: es que la misma conducta, hecha por él o por ella, se lee distinto. Milei es la prueba más filosa que tenemos hoy. Es desprolijo y violento constantemente, un tipo cuyos gritos e insultos en cadena nacional se leen como autenticidad, como proviniendo de alguien quien “dice lo que piensa” e incluso como virtud política. Mientras a las mujeres, indiferentemente de su partido político, se las castiga por menos.
Al momento de construir poder, nuestra identidad y si adoptamos o no los caracteres que la sociedad le impone, no deberían sernos impedimentos para tal fin. Ser mujer y mostrarte como tal se lee como insuficiencia, como si la femineidad fuera per se incompatible con la capacidad de mando.
El peronismo tuvo dos grandes mujeres que supieron construir poder y defender su lugar con firmeza sin renunciar a la sensibilidad que siempre condenó a las mujeres por ser visto como signo de debilidad: Cristina y Evita. Y aunque no pudieron encontrar el tono perfecto que las salvó del juicio, parte de lo que las hace excepcionales no es que descubrieron cómo evitar el costo, sino que, sabiendo que era inevitable, eligieron pagarlo antes que resignar quiénes eran.

Ahora volvamos a esas preguntas del principio. Cuando desautorizan a una compañera por no hacer un pedido con la dureza justa, y a otra compañera le pasa lo mismo la semana siguiente, y en la mesa de al lado le vuelve a pasar a otra, deja de ser una historia suelta de mala suerte individual: se convierte en un patrón. Cada una de nosotras, por separado, intentando encontrar el tono exacto que no la haga quedar “histérica” ni “insuficiente”, está gastando energía tratando de resolver en soledad algo que fue diseñado para no tener solución individual. Exigir que cada mujer se las arregle sola garantiza que ninguna, sola, lo resuelva.
Frente a un patrón no alcanza con que cada mujer ajuste su propia conducta. Se puede pedir con firmeza, se puede pedir con calidez, se puede ensayar un tono distinto cada vez, y aun así seguir chocando contra el mismo techo, porque lo que falla no es la forma en la que pedimos sino el criterio con el que se nos juzga. Y un criterio no lo cambia quien lo sufre en soledad: lo cambia una organización entera, dispuesta a respaldar a la compañera que reclama, en lugar de exigirle a ella que cambie para que el reclamo sea aceptado. Eso ya no es una cuestión de tono personal: es una decisión sobre cómo se reparte el poder, y toda decisión sobre cómo se reparte el poder es, antes que nada, una decisión política.
Decir hoy que este problema hay que dejarlo para después, que no es prioridad, que ya se va a acomodar solo, no es prudencia política: es una comodidad que el peronismo, en su versión más fiel a sí mismo, nunca se permitió. Si supimos incomodar a una clase social entera para correr el arco de derechos más cerca de los que no los tenían, no hay excusa para no incomodar puertas adentro a quienes sostienen una dinámica que sigue dejando afuera, en los hechos, a la mitad de quienes militan y representan.
De más está decir que no es un problema exclusivo del peronismo: es el mundo entero, es la política toda, la que le exige a las mujeres demostrar de más para llegar a los mismos lugares que a los varones se les dan de arranque. Cristina lo resumió alguna vez con una frase: la obligación de “demostrar que porque somos mujeres no somos idiotas”
Pero está vara con la que se mide hombres y mujeres no la cambia una mujer que logra imponerse a pesar de las expectativas, las críticas, etc. El problema no se resuelve con que aparezca una tercera mujer excepcional que sepa pagar el costo como lo hicieron Cristina y Evita. Se resuelve el día que dejemos de necesitar excepciones para que a una mujer se la tome en serio, se resuelve cuando entendamos que el problema no está en cada una si no en un patrón que fue sutilmente alimentado y perfeccionado durante años.
No se trata de que cada mujer aprenda a sobrevivir mejor al juicio, sino de cambiar el criterio con el que juzgamos, a hombres y mujeres por igual: no “es varón o es mujer” sino quién está capacitado, hoy, para el lugar que hace falta ocupar, en función de algo más grande que cualquiera de nosotros individualmente. Ese cambio no lo decreta un protocolo ni lo garantiza una ley de cupo: se construye en lo micro, en cada mesa de discusión, cada vez que se le da lugar a alguien por razón y no por condición, cada vez que una compañera es respaldada por sus pares en lugar de dejada sola frente al cuestionamiento. Eso, repetido y sostenido, es lo que después se traduce en proyectos mejores.
Así que la próxima vez que te preguntes cuántas veces vas a tener que renunciar a algo tuyo para que te escuchen, la respuesta no llegará sola, ni por decreto, ni porque alguien de arriba decida que ya es momento. Llegará si estamos dispuestas y dispuestos a incomodarnos, como en cada momento en que el peronismo fue de verdad peronismo: discutiendo lo que molesta discutir, en la mesa que corresponde, con quien corresponda, hasta que deje de ser necesario discutirlo. El desafío no es que aparezcan más Cristinas o más Evitas. Es construir la organización que se anima a incomodarse a sí misma, para que ya no haga falta ser excepcional para que a una mujer se la tome en serio.
Evita decía que al mundo le faltaba mujer. Ochenta años después seguimos señalando la misma ausencia, solo que la nombramos distinto: falta de lugar, falta de paridad real. Llenar esa ausencia no es tarea de una excepcional, ni de dos: es tarea de todos los que se reconocen en este proyecto. Esa es la deuda que el peronismo todavía tiene pendiente, y esa, también, tiene que ser su próxima conquista.




