Y por qué el peronismo empieza a mirarlas como terreno de disputa
Cuando en 1994 la reforma constitucional le otorgó a Buenos Aires el estatus de Ciudad Autónoma, se abrió una promesa que todavía no termina de cumplirse: la de una ciudad gobernada no sólo desde un Poder Ejecutivo central, sino también desde sus barrios. Esa promesa tomó forma jurídica en 2005, con la sanción de la Ley Orgánica de Comunas, y se hizo carne recién en 2011, cuando por primera vez los porteños votaron para elegir a sus Juntas Comunales. Quince años después de esa primera elección, la discusión sobre el rol real de las comunas vuelve a estar sobre la mesa, y esta vez con un actor que empieza a mirarla con más atención: el peronismo porteño.
Del papel a la calle: una autonomía a medio camino
La Ciudad quedó dividida en quince comunas, cada una gobernada por una Junta Comunal de siete miembros elegidos por voto directo cada cuatro años. Sobre el papel, la ley les otorga competencias exclusivas (mantenimiento de espacios verdes y vías secundarias, administración de su propio patrimonio, elaboración de su presupuesto y programa de gobierno) y competencias concurrentes con el Gobierno de la Ciudad, como el poder de policía sobre el uso del espacio público.
En la práctica, sin embargo, buena parte de esas atribuciones nunca terminó de transferirse. Los sucesivos gobiernos porteños, tanto del PRO como los que lo precedieron, mantuvieron centralizadas decisiones que la norma imaginaba descentralizadas, y el techo presupuestario fijado por la propia Constitución porteña (que no permite superar el 5% del gasto total de la Ciudad) dejó a las comunas con una capacidad de acción limitada frente a las necesidades reales de sus vecinos. El resultado es una arquitectura institucional que combina, a la vez, un diseño ambicioso de democracia participativa y una implementación que muchos especialistas describen como incompleta.
Esa brecha entre la letra de la ley y la gestión cotidiana es, hoy, uno de los principales flancos de crítica al sistema. No hay comuna que no reclame más recursos, más personal o mayor autonomía para decidir sobre su territorio; y no hay gestión porteña, de ningún signo político, que haya resuelto ese reclamo de fondo.
El peronismo y la tentación comunal
Ahí es donde entra la coyuntura. Con la Ciudad camino a una nueva elección en 2027 y sin una figura que unifique al espacio, el peronismo porteño atraviesa un momento de reordenamiento interno. Nombres como Leandro Santoro o el senador y presidente del PJ porteño, Mariano Recalde, aparecen como posibles candidatos a la Jefatura de Gobierno, pero ninguno tiene el camino allanado: el espacio llega a la discusión sin certezas sobre el esquema electoral, en medio de la incertidumbre sobre si Jorge Macri habilitará las PASO el año próximo.
En ese contexto, el Partido Justicialista porteño empezó a trabajar en una reforma de su Carta Orgánica pensada, justamente, para fortalecer su representación territorial. Uno de los cambios centrales que se discuten es duplicar el número de representantes por comuna en el Consejo Metropolitano del partido, que pasaría de dos a cuatro por unidad territorial, ampliando así su Consejo de 58 a 88 integrantes. La lógica detrás de la reforma es clara: si el peronismo no logra ordenar su interna desde arriba, puede intentar reconstruirse desde abajo, capitalizando su estructura barrio por barrio.
Esa apuesta no es solo organizativa, también es discursiva. El reclamo por más autonomía, presupuesto y competencias reales para las comunas (una demanda que atraviesa a dirigentes de distintos signos) le ofrece al peronismo una bandera con historia y con anclaje territorial: la de terminar de cumplir aquello que la ley prometió en 2005 y que ninguna gestión porteña saldó del todo. En un distrito donde el peronismo nunca logró perforar sus techos electorales históricos, la discusión comunal le permite correr el eje de la disputa desde la macropolítica (donde compite en desventaja frente al oficialismo porteño y a La Libertad Avanza) hacia una escala más chica, donde el vínculo vecinal y la gestión cotidiana pueden pesar más que la polarización nacional.

Un terreno en disputa, no una solución asegurada
Nada de esto garantiza un resultado. El propio espacio libertario también empieza a recalcular su estrategia porteña de cara a 2027, y el PRO de Jorge Macri conserva la ventaja de administrar la Ciudad desde hace casi dos décadas. Pero la centralidad que empieza a cobrar el debate comunal (presupuesto, competencias, representación territorial) muestra que la discusión sobre la autonomía porteña dejó de ser un capítulo cerrado de la reforma de 1994 para convertirse, otra vez, en una herramienta de disputa política concreta.
Si las comunas nacieron como una promesa de acercar el poder a los vecinos, hoy son también el escenario donde un peronismo porteño sin candidato ni rumbo claro busca, poco a poco, reconstruir una base desde la cual volver a competir por gobernar la Ciudad.
Una apuesta desde abajo
Hasta acá, el diagnóstico. Pero me interesa ir un poco más allá y compartir mi perspectiva: creo que ahí, en ese terreno que casi nadie mira, está una de las oportunidades más claras que tiene el peronismo porteño.
Empiezo por algo concreto. La Ley Orgánica de Comunas prevé que cada comuna convoque, al menos dos veces por año, a un Consejo Consultivo Comunal: una instancia abierta donde vecinos, organizaciones sociales y entidades del barrio pueden sentarse a discutir las prioridades de su territorio. Es una herramienta que hoy funciona a media máquina, cuando funciona. Y sin embargo, me parece que fomentar en serio esos espacios (convertirlos en una práctica real y no en un trámite semestral) puede ser mucho más que una mejora de gestión: puede ser una forma de reencantar a la gente con la política. Vivimos un momento de desencanto profundo con la política nacional, donde buena parte de la sociedad siente que sus reclamos no encuentran respuesta y que la discusión de arriba (la gran interna, la macroeconomía, la polarización) le queda cada vez más lejos. Ahí es donde la escala más chica, la del barrio y la comuna, puede volver a ser una herramienta para reconectar a la gente con sus representantes: no prometiendo desde un atril, sino discutiendo cara a cara el estado de una plaza, una vereda o un centro de salud.
Y ahí llego al segundo punto, que es también el que más me movilizó de esta nota: lo que pasa dentro de las comunas y las juntas vecinales es un microclima que casi nadie analiza. Todos sabemos, con lujo de detalle, qué pasa arriba (el peronismo nacional, el Gobierno de Milei, la interna bonaerense), pero muy poca gente presta atención a lo que ocurre puertas adentro de una junta comunal. Y me parece que ahí hay un espacio para disputar: no desde la gran épica, sino desde la diaria.
Lo vengo pensando después de cruzar un par de lecturas que fueron a buscar justamente eso: qué pasa en ese pliegue de la política porteña que la macropolítica no mira. Contamos con diversos análisis que detallan cómo el movimiento nacional y popular en la Ciudad debió asimilar la tarea de cimentar su fuerza en un territorio históricamente esquivo : desde la salida de la crisis de 2001 y el desembarco del kirchnerismo, el PJ porteño replicó en los barrios buena parte del giro programático y cultural que el kirchnerismo impulsaba a nivel nacional, apoyándose en herramientas del Estado nacional para resolver problemas cotidianos de los vecinos, mientras negociaba puertas adentro entre corrientes como el Nuevo Espacio de Participación, La Cámpora y Peronismo por la Ciudad. Es, en el fondo, la historia de un espacio que aprendió a hacer política en la derrota macro, tejiendo capilaridad justamente ahí donde no tenía el Ejecutivo.
Esa capilaridad tiene, además, un dato a favor que casi nadie pondera: buena parte de los porteños ni siquiera tiene del todo presente qué son las Juntas Comunales ni que las vota cada cuatro años. Un estudio sobre el comportamiento electoral comunal en las elecciones de 2011, 2015 y 2019 muestra que el voto a comuna suele arrastrarse detrás del voto legislativo, más que responder a una decisión autónoma e informada de cada vecino sobre su propio territorio. Confirma el diagnóstico: la comuna es, para la mayoría, un territorio invisible. Pero un territorio invisible es también, para quien decida disputarlo en serio, un territorio menos saturado, con menos costo de instalación que la gran arena porteña donde compiten hoy Jorge Macri, La Libertad Avanza y el propio peronismo nacional.
Algo de eso parece haber empezado a entender una parte del propio PJ porteño. A fines de 2025 un sector del partido lanzó la Fuerza Territorial Peronista, un espacio pensado explícitamente para reconstruir presencia barrio por barrio y convocar a la militancia a reconectar con las bases, justo cuando la discusión sobre el futuro del movimiento necesita bajar de la macro a la calle. Es una señal todavía chica, pero va en la dirección que planteo: si el peronismo porteño no puede, por ahora, discutirle el centro a Jorge Macri o a La Libertad Avanza, sí puede disputar el territorio, comuna por comuna, con una épica distinta (la de lo cotidiano) y con una ventaja adicional: ahí, la renovación generacional deja de ser una promesa abstracta y se vuelve una necesidad de gestión concreta, la de tener militancia joven dispuesta a sostener un Consejo Consultivo, una recorrida de vereda, una mesa de organización barrial, mes tras mes. Formular acciones de cambio en esa escala cotidiana, y meterse de lleno en esa discusión porteña, es entrar en un terreno donde el peronismo probablemente nunca rompa su techo electoral, pero donde la forma de hacer política es radicalmente distinta a la que se hace en la Provincia o en otros distritos, que muchas veces se dejan de lado precisamente porque ahí el protagonismo es menor.
Por eso, más que una conclusión, esto es una invitación: repensar la actividad del peronismo porteño desde los barrios, desde lo rutinario, desde el vínculo cotidiano con el vecino. Y hacerlo, además, apostando al recambio generacional que ya viene golpeando la puerta. No se trata solo de buscar un candidato para 2027. Se trata de decidir si el peronismo porteño quiere seguir mirando hacia arriba, esperando que la política nacional le resuelva el problema de representación en la Ciudad, o si finalmente se anima a construirse desde abajo, comuna por comuna, barrio por barrio.




