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Matias Rodas: “Me acuerdo de una frase de Abelardo Ramos; no se puede ser nacionalista en Malvinas y liberal en el continente”

A 44 años de la guerra de Malvinas, la disputa por su significado sigue tan viva como el reclamo de Soberanía. Durante décadas se impuso una versión que redujo el conflicto a un manotazo de ahogado de una dictadura agonizante, y a sus combatientes a “pobres chicos” enviados sin preparación a una derrota inevitable. Esa lectura, sin embargo, choca de frente con la experiencia de quienes estuvieron ahí y con los propios testimonios del bando británico, que hablan de un enemigo durísimo de vencer.

En esta ocasión conversamos con Matias Rodas; politólogo, historiador e investigador del Conicet; que desde 2017 recorre el conurbano en busca de los testimonios de los veteranos de guerra, un trabajo que ya se plasmó en dos libros y que hoy avanza hacia un tercero. Militares de carrera, soldados conscriptos, suboficiales, civiles, fuerzas de seguridad y mujeres, cada uno con su “metro cuadrado” de guerra, cada uno con una versión que la historia oficial nunca terminó de contar.

¿Tiene sentido para vos seguir explicando al peronismo con metáforas?

Claro. Perón siempre lo decía muy claramente: uno no puede explicar las cosas de manera compleja, si querés explicar algo, tenés que hacerlo lo más sencillo posible. Una cosa es la intelectualidad; nosotros no buscamos llegar solamente a la intelectualidad, sino a amplios sectores. Entonces la metáfora permite pensar algo complejo bajándolo a algo cotidiano, algo que cualquiera puede entender por la práctica, por la experiencia diaria. Me parece que funciona muy bien, sobre todo en estos días, para pensar y repensar asuntos muy importantes de la patria, como el peronismo.

Esa es la metáfora en general. Y esta metáfora que usa Perón, aplicada al agua y al pueblo, ¿te resuena de alguna forma en relación con tu área de estudio?

Por supuesto. Yo me especializo en el tema Malvinas; y ahí, esta metáfora encaja perfecto porque durante muchísimos años; ya van 44 desde la guerra, se habló mucho de Malvinas, y en la mayor parte de los casos se habló mal. ¿Por qué está mal? Porque la versión oficial sobre Malvinas poco tiene que ver con la experiencia de los propios veteranos.

¿Qué dice la versión oficial? Que fue una guerra injusta, llevada adelante por un gobierno de facto que había fracasado en lo político, económico y social, y que ante ese fracaso intentó un manotazo de ahogado para sostenerse en el poder. Esa guerra injusta llevó a “pobrecitos chicos” de 18 años; sin preparación, sin armamento, sin medios técnicos ni materiales; a una guerra en la que fueron derrotados en poco más de dos minutos por un ejército de verdad, el británico. Palabras más, palabras menos, esa es la versión oficial.

Esa versión no tiene nada que ver con la experiencia de los veteranos, que llevan 44 años de posguerra yendo a escuelas y a distintos lugares a contar su verdad. Los que eran soldados conscriptos, de 19 o 20 años, no 18, cuentan que estaban cumpliendo el servicio militar obligatorio, una ley del Congreso de 1904, previa a Malvinas, y que fueron a defender la soberanía nacional, no al gobierno de turno. Los militares de carrera dicen: “Elegí esta carrera, hice un juramento por la Patria, y Malvinas en el ‘82 fue el momento de ponerlo en práctica”. Ninguno fue a defender a “un general borracho” ni a un gobierno dictatorial; todos fueron en defensa de la Patria.

Sobre la preparación, un amplio porcentaje de los conscriptos dice haber cumplido un año de servicio militar. Fueron minoría los de la clase ‘63 que tenían solo dos meses, y aun así tuvieron un papel destacado, reconocido por los propios británicos.

Esta metáfora del agua me permite pensar Malvinas así: Durante años nos machacaron en las escuelas, en la universidad, en la televisión, con la idea de “Malvinas, todo lo malo”.  Pero los veteranos, en 44 años de lucha, lograron poner en ridículo esa versión, que además tiene una pata muy renga, se olvida de la historia. Malvinas no es un conflicto del ‘82, es un conflicto que empieza en el siglo XV, es un problema actual y, sobre todo, del  futuro.

La metáfora del agua aplicada a Malvinas es esta, los veteranos, con 44 años de lucha incansable, lograron revertir lo que se había impuesto. Hoy Malvinas está más presente que nunca en el pueblo argentino, hay murales en todos los barrios, banderas en las canchas de fútbol, banderas en los recitales, tatuajes de gente que no tiene relación con veteranos ni con las fuerzas armadas. Los veteranos ganaron esa batalla, la desmalvinización perdió.

Rompieron la contención.

Exacto, y eso desbordó; el pueblo es Malvinas. Ahora Malvinas está muy presente en el corazón del pueblo, gracias a los veteranos. El segundo paso es ponerle cabeza a eso que ya se tiene de corazón. Si hacés una encuesta en la calle, todo el mundo te va a decir “Malvinas son argentinas”, pero si empezás a preguntar por qué, cuáles son las causas, ahí la gente empieza a hacer agua. Nuestra tarea es ponerle cabeza a eso. Esa es la tarea que me llevó a escribir estos libros y a hablar de Malvinas todo el año, no solo en abril.

Los libros son la culminación de una investigación y de un trabajo arduo de recolección de testimonios. Me interesa que desarrolles de qué tratan, cuáles fueron tus motivaciones, y también el proceso de encuentro con esos protagonistas.

Son dos libros. Uno de 2022 y otro de 2024, que recogen testimonios de veteranos de guerra que hoy viven en el Conurbano Bonaerense y Capital Federal. En el segundo también incluí testimonios de Mar del Plata y Rosario; soldados conscriptos, suboficiales, oficiales, civiles, fuerzas de seguridad y mujeres. Un abanico muy amplio de edades, fuerzas y roles. Son historias muy ricas y distintas entre sí, porque cada veterano vivió su propia guerra y cuentan su metro cuadrado, no la historia del regimiento ni de la compañía.  Esto no es muy usual en las investigaciones sobre Malvinas. Hay, por ejemplo, soldados que compartieron el mismo pozo de zorro, una trinchera de un metro por un metro, y vivieron dos guerras completamente distintas.

Mi contacto con el mundo de los veteranos empieza en 2017, en San Miguel. Soy historiador, me formé en la universidad pública. La historia me apasiona desde chico. Mis primeras lecturas fueron sobre Napoleón, después San Martín, Belgrano, Güemes, Brown, y empecé a encontrar en la historia argentina una grandeza que no conocía, por ejemplo que San Martín está a la altura de Napoleón. Contar esas historias en la escuela primaria me llenaba de orgullo.

Pero cuando llega el momento de ver Malvinas en la escuela, me cuentan la versión oficial:  un General borracho, pobres soldados sin preparación ni armamento, derrotados en dos minutos. Eso ya me generó una contradicción desde chico, ¿cómo pasamos de la gloria absoluta de los próceres al fracaso absoluto de Malvinas?. En la facultad de Historia me enseñaron lo mismo, con un agregado, la conclusión era que Malvinas era “la guerra que había que perder”, porque si Argentina ganaba, los militares seguían en el Poder. Nos hacían agradecer a Gran Bretaña, nuestro enemigo histórico, el regreso de la democracia. En 2012, de hecho, hubo una carta abierta de la intelectualidad argentina agradeciéndole a Gran Bretaña por la democracia. ¡Una cosa de locos! Inédito.

Por esa época, con veintipico de años, llegué de casualidad a una charla donde un abogado hablaba sobre el libro No Picnic (“No fue un paseo”), de Julian Thompson, segundo jefe operativo del ejército británico en Malvinas. No fue un general de escritorio, sino alguien que estuvo en el campo de batalla. El libro dice, palabras más, palabras menos: “Fuimos a Malvinas pensando que iba a ser un paseo, que con mostrar nuestra fuerza, no solo la de Gran Bretaña, sino la de toda la OTAN la más grande desplegada desde la Segunda Guerra Mundial, iba a alcanzar. No sucedió eso”. El objetivo era tomar el té en Puerto Argentino el 1° de mayo; no lo lograron. Recién entraron el 14 de junio. Thompson llega a decir que nadie les había hecho tanto daño desde Alemania en la Segunda Guerra Mundial, con la diferencia de que Alemania tardó seis años y Argentina, 45 días.

Cuando escuché eso en la charla, con toda mi formación universitaria encima, no podía entender cómo en mi país se enseñaba que esa gesta era “una porquería”. El soldadito sin preparación, como en la película Iluminados por el fuego donde, si uno la mira bien, no aparecen británicos, el enemigo ahí es el propio soldado argentino contra el milico.

Empecé entonces a revisar qué decían los británicos. Encontré que Thompson no era un caso aislado, sino la versión extendida en Gran Bretaña. Está el libro Los 100 días, de Sandy Woodward, jefe de la flota británica, que es su diario de guerra. Ahí, a fines de mayo, hace un listado de toda su flota y encuentra que la mitad está hundida o fuera de combate y de la que queda, fallan los radares o los sistemas de armas. Su frase textual es, “Estamos hechos pelota. Si los argentinos nos soplan en la nuca, nos caemos al mar, y ojalá que a ellos les pase lo mismo”.

Eso ¿Está escrito en tiempo real, en el diario de guerra?

Exacto, es su diario de guerra convertido en libro, y con la salvedad de que es lo que le permitieron publicar. Ahí queda claro que no se enfrentaron con “pobrecitos soldados” sin preparación, sino, en palabras de Thompson y Woodward, que “pelearon contra leones”, ninguna posición argentina fue tomada sin un combate durísimo, con muchas más bajas de las esperadas y un daño a su flota que no sufrían desde la Segunda Guerra Mundial.

Después está Vincent Bramley, paracaidista británico, la fuerza de choque de la OTAN, que combatió en Monte Longdon los días 10 y 11 de junio contra soldados conscriptos de distintos regimientos argentinos. Bramley, veterano de tres guerras, dice que aquello “fue un infierno”, tenían planificado tomar el monte en media hora y les llevó dos días, con muchas más bajas de las previstas.

Entonces me encontré con dos versiones totalmente opuestas, la de los intelectuales argentinos y la de los propios británicos. Me faltaba el actor principal, el veterano argentino. En 2017, me acerqué al centro de veteranos de San Miguel a contarles lo que había leído, y cada uno empezó a relatar su historia, su experiencia, que no tenía nada que ver con la versión oficial argentina. Ninguno se identificaba como “pobrecito soldado” ni como defensor de la dictadura. Todos decían que fueron a defender la Patria, y que lo volverían a hacer. A 44 años, es el mayor orgullo de sus vidas.

Ahí empecé a hacer varios clics en mi cabeza. Lo primero fue identificar que si esto no queda en papel o en video, se pierde para siempre, como pasó con la gesta de la independencia y el cruce de Los Andes. De ese cruce participaron entre 7.000 y 10.000 personas; hombres, mujeres, niños, esclavos, pero solo conocemos los nombres de San Martín, O’Higgins, Las Heras, Lamadrid. Con Malvinas pasa algo parecido, se conocen algunos nombres, Seineldín, Giachino, Rico, Owen Crippa, Carballo, el maestro soldado Julio Cao, pero la diferencia es que el protagonista principal, el sujeto histórico, en este caso, muchas veces sigue vivo. Están entre nosotros, son padres, abuelos, trabajadores, auxiliares de escuela, jubilados, comerciantes. En cada municipio del Conurbano viven más de cien veteranos, y también hay muchos en el interior. Pero la ley de la vida indica que ya pasaron los 60 años, y con cada año que pasa se van perdiendo esas historias. Si esas historias no quedan registradas, va a pasar lo mismo que con la independencia o el cruce de los Andes, se van a perder para siempre. 

Como historiador, decidí escribir las historias de estos veteranos para que pasen a la posteridad. Eso decidí en 2022. En 2021, empecé el proceso de entrevistas a veteranos de San Miguel y localidades vecinas. Cada relato lo triangulé, como historiador, con fuentes argentinas y británicas sobre el contexto y el combate, y con eso construí un capítulo breve por cada veterano. Así reconstruí la guerra del 2 de abril al 14 de junio a partir de experiencias personales, con una introducción histórica mía que buscaba derribar la versión oficial desmalvinizadora. Entrevisté a 38 veteranos de San Miguel y zonas vecinas; el libro lo comercialicé yo mismo y fue muy bien recibido.

Con lo recaudado hice un segundo libro en 2024, dos años después y con mil por ciento de inflación de por medio. Convoqué 41 veteranos más, con la misma dinámica, incluyendo esta vez testimonios de Mar del Plata y Rosario. La novedad de este segundo libro es que empieza en marzo, porque el conflicto por Malvinas arranca en las Georgias, no el 2 de abril, y cierra con un capítulo sobre una escuela de San Miguel que en 2018, en lugar irse de viaje de egresados a Bariloche, viajó a Malvinas.

Ahora estoy preparando el tercer libro, con la misma dinámica y nuevos testimonios, porque es una carrera contrarreloj, hoy el veterano más joven tiene 63 años. Mi objetivo es entrevistar a la mayor cantidad posible mientras se pueda. Hasta ahora todo salió de mi bolsillo, sin financiamiento, así que se complica, pero ese sigue siendo el objetivo.

¿Recordás alguna historia que te haya conmovido en particular? Me imagino que fueron conversaciones muy intensas.

Sí, hay muchísimas. Se me viene una que viene a cuento porque nosotros sostenemos que Malvinas no es solo una guerra; es muerte, sangre, viudas, huérfanos, pero sobre todo es valores, y el principal es el amor a la Patria.

Un suboficial de la Fuerza Aérea, de 19 años, estaba de novio y comprometido para casarse por la fecha en que estalló el conflicto. Viajó a Malvinas comprometido. Con el correr de las semanas, mientras a sus compañeros les llegaban cartas, a él no le llegaba ninguna de su prometida. Pensó que lo había dejado. Le insistieron para que le escribiera él, lo hizo, y tampoco tuvo respuesta. Recién a fines de mayo le llegó un telegrama. No se animaba a abrirlo, convencido de que ahí decía que estaba con otro. Cuando finalmente lo abrió, leyó “Te necesito, la patria te necesita más. Compré una cocina.”

Por eso digo que Malvinas es amor a la Patria. Y ahí encontré otra definición posible de “Patria”, más allá de la abstracta que dice que es un territorio delimitado sobre el que el Estado ejerce soberanía. 

En las entrevistas suelo preguntar qué los llevaba a combatir, ya que en Malvinas no hubo casos de deserción, y las condiciones eran devastadoras. Fueron 74 días de frío, hambre y bombardeos constantes, en combates finales con una relación de fuerzas de ocho o diez a uno. Esperaba una respuesta sobre la Patria o la familia, pero la respuesta más común fue otra. En el momento del combate no pensaban en la bandera ni en la familia, sino en el compañero de al lado, en confiar en que quien estaba adelante iba a pelear con todo para protegerlos. Comunidad… comunidad organizada. Eso me permite pensar la Patria como comunidad, en contraste con el individualismo actual, donde se supone que para progresar hay que pisarle la cabeza al de al lado.

Malvinas demuestra que Argentina estuvo a nada de ganarle no a Gran Bretaña sola, sino a la OTAN. Hay una metáfora de un veterano que resume el desequilibrio de fuerzas, “Fuimos a Malvinas a clavar un clavo con un pañuelo, y casi lo logramos”. Eso lo reconoce hasta el propio enemigo, que admite haber estado a una semana de perder. Como dice Martín Fierro, “los hermanos sean unidos (…) o nos devoran los de afuera”. Malvinas fue quizás, el único momento en que toda la Patria compartió un objetivo común, y casi lo consiguió. Por eso creo que la pregunta no es ¿cuándo Argentina va a recuperar Malvinas?, sino ¿cuándo va a aprovechar los valores de Malvinas para recuperarse a sí misma? Ese es el gran valor de Malvinas, el amor a la Patria.

Hiciste varias menciones a la versión oficial sostenida durante 44 años. Una pregunta más política que histórica: ¿Por qué creés que esa es la versión que se impuso y se sigue sosteniendo?

Es sencillo. Durante la guerra, Gran Bretaña necesitaba justificar el envío de la flota más grande desplegada desde la Segunda Guerra Mundial, y lo hizo diciendo: “Esta es una cruzada de la democracia contra la dictadura; estamos llevando la libertad al hemisferio sur.” La versión desmalvinizadora que se sostiene hoy en Argentina es, casi textualmente, esa misma justificación británica de 1982.

En el ‘82, Argentina no fue a una guerra, fue a recuperar lo que era propio, y lo hizo sin derramar una sola gota de sangre enemiga el 2 de abril; algo inédito en la historia militar, todavía estudiado en academias como West Point o analizado por China respecto de Taiwán. Fue Gran Bretaña quien convirtió eso en una guerra, porque el verdadero  manotazo de ahogado fue británico, no tenía forma de sostener diplomáticamente su ocupación después de 149 años de reclamos fracasados, porque no tiene argumentos legales.

La versión oficial argentina, entonces, responde a los intereses británicos. Sin ella, no hay justificación posible de la presencia británica en las islas. Además funciona como un tiro por elevación contra la dictadura militar, a la que se puede criticar por muchas cosas sin necesidad de meter en el mismo paquete a Malvinas, y como un gesto de alineamiento con quienes hoy siguen siendo, más allá de la grieta, nuestros socios internacionales de referencia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Eso es lo que los veteranos, en 44 años de trabajo, lograron empezar a revertir.

Te traigo a la coyuntura actual. La bandera de Malvinas que recogieron del suelo los jugadores de la Selección en el partido contra Inglaterra en el Mundial. Que ocurre  después de que la ministra de Seguridad de la Nación, hubiera pedido no llevar insignias políticas a la cancha, y el proceso que siguió hasta la cadena nacional del Presidente. ¿Qué lectura hacés de este último proceso malvinizador, que en este caso parte de Messi, los jugadores y de una sábana pintada robada de un hotel en Nueva York?

Ahí se confirma lo que decía antes. Malvinas está y estuvo siempre muy presente en el corazón del pueblo. Sobre la cadena nacional, me acuerdo de una frase de Abelardo Ramos: “No se puede ser nacionalista en Malvinas y liberal en el continente”. Ojalá se cumpla lo prometido, pero es difícil porque el camino me parece que es económico;  encarecer a Gran Bretaña los costos de la ocupación. Por ejemplo, impidiendo que barcos que operan con Malvinas atraquen en puertos americanos. Pero ahí hay una contradicción de fondo, porque no se puede ser nacionalista en las islas y liberal puertas adentro.

¿Qué lectura hacés del estado actual del peronismo frente a esta causa, en este contexto particular, con un Milei que se reivindica anarcocapitalista, o sea sin PAtria ni Estado?

Me parece que en la última etapa del Peronismo en el Gobierno, se dio la mayor desmalvinización. La película Iluminados por el fuego, de 2005, se distribuyó masivamente en las escuelas y fue, en los hechos, con lo que se terminó enseñando Malvinas. Esa desmalvinización empezó con los propios militares en el ‘82, continuó con Alfonsín y con Menem, y tuvo su punto máximo desde 2005 en adelante. Esa idea de los “pobrecitos chicos de la guerra” sigue sosteniéndose hoy. Falta una autocrítica muy grande de lo que hoy se llama peronismo sobre lo que dijo e hizo respecto de Malvinas, y creo que esa cuenta pendiente explica, en parte, por qué el “mundo Malvinas” no acompaña electoralmente al peronismo actual.

Lo que sí se hizo, entre 2003 y 2005, fue la reparación económica a los veteranos, porque lo peor que les pasó no fue la guerra sino la posguerra; no conseguir trabajo, no poder ascender en la carrera militar, ser señalados como “los loquitos de la guerra”. Eso, sumado a seguir siendo mirados como “pobres chicos”, generó más suicidios en la posguerra que caídos en combate. No hubo autocrítica ahí, igual que no la hubo en tantos otros temas. Incluso en el último debate presidencial estuvo presente Balza, muy reconocido por su desempeño durante la guerra, pero cuestionado por el desguace de las Fuerzas Armadas que impulsó como ministro de Menem, y por su visión sobre Malvinas sostenida desde entonces.

Me queda una última reflexión, sobre la  metáfora del “aluvión” y el “torrente” del pueblo que usa Perón. Del otro extremo de esa metáfora, habita una más cotidiana: la de “la rosca”. Una rosca es un dispositivo que sirve para unir cosas que de otro modo no se unirían. Si estiramos la metáfora, la sensación es que de tanta rosca sobre rosca, al final del camino abrís la canilla y no sale ni una gota de agua. La cuestión es que en la caja de herramientas de la dirigencia peronista no puede haber sólo rosca. ¿Qué diagnóstico tenés del estado actual del peronismo como movimiento, más allá de sus capas dirigenciales más visibles?

Mi opinión personal es que Milei no tiene que hacer nada para ganar, le alcanza con dejar que se maten entre ellos, que es justamente lo que están haciendo. Las peleas internas del peronismo, que antes eran rumores a puertas cerradas, hoy son públicas. Milei llegó, en gran parte, por los errores de los distintos gobiernos desde 2013 en adelante, sobre los que tampoco hubo autocrítica, y hoy se pelean por ver quién queda al frente. Como decía Perón, las elecciones son un medio para llegar al poder, no un fin en sí mismo; hoy, las tratan como el fin. No leyeron a Perón, no lo entendieron, y no les interesa entenderlo ni practicarlo. A  Perón le interesaba la construcción de poder popular para la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación, y hoy a la dirigencia le interesan sus propios intereses y su propio patrimonio. Además, las estructuras internas del PJ no permiten que surjan otras líneas, y eso mantiene siempre a los mismos nombres en los mismos lugares, con el mismo resultado. Por eso, con todo lo mal que le puede estar yendo a Milei, sigue teniendo amplias posibilidades de ganar. Porque la vereda de enfrente sigue igual o peor; sin autocrítica, viviendo una realidad alternativa, copada por el progresismo.

Como decía un compañero, “menos Laclau y más Perón”. ¿Podemos cerrar con alguna otra historia que te haya contado algún veterano en tus entrevistas?

Sí, hay muchísimas. Ya tengo más de treinta entrevistados para el tercer libro. Me viene a la cabeza la de un soldado conscripto, artillero del Grupo de Artillería 4 de Córdoba. Cuenta algo muy común en esa época. En el interior, por falta de Registro Civil cercano, a muchos niños se los anotaba tarde. Él había nacido en octubre del ‘60, pero lo anotaron en febrero del ‘61, y por eso le tocó hacer el servicio militar en el ‘81 en lugar del ‘80, entonces fue a Malvinas por esa demora en su registro.

Cuenta que, antes de partir, formaron a los soldados conscriptos y les dijeron, “Vamos a ir a Malvinas, probablemente haya una guerra. Quien se quiera quedar, da un paso atrás y no pasa nada.” De casi mil conscriptos en tres compañías, solo tres o cuatro dieron un paso atrás; el resto eligió ir. Esto contradice la versión de que llevaban a los soldados por la fuerza o que “pasaban camiones por las escuelas para levantar chicos”.

Ya en las islas, su función era abastecer de municiones a los cañones; correr 200 metros bajo bombardeo entre el depósito de municiones y la pieza de artillería, una y otra vez; para  que sus compañeros pudieran seguir combatiendo. Podría haberse quedado en la retaguardia, pero no lo hizo. Por eso sostienen que los 649 caídos en Malvinas no son víctimas, sino héroes que ofrendaron su vida por sus compañeros. De nuevo, todas las historias apuntan a lo mismo, la Patria es un conjunto. Si nos dividimos, nos devoran.

Una última. Trump también habló del tema Malvinas en estos días. ¿Cuál es la importancia geopolítica de las Islas en el mundo de hoy?

Ya desde el siglo XV las potencias del mundo entendieron qué representa Malvinas: El  control del paso interoceánico entre el Atlántico y el Pacífico a través del Estrecho de Magallanes. Una vía mucho más estratégica que el Canal de Panamá, que es artificial, vulnerable y de porte limitado. Malvinas también es paso hacia África y el Océano Índico, y sobre todo, puerta de entrada a la Antártida. Así la promocionan los usurpadores  turísticamente. La Antártida no es solo hielo, es el cuarto continente del mundo, con recursos aún sin explotar, y que estuvo ubicado en el Ecuador cuando existía Pangea, lo que sugiere una enorme riqueza natural.

El mundo sabe lo que implica Malvinas, es un punto geoestratégico clave para la OTAN, que tiene ahí su única base militar en el Atlántico Sur, con más militares que civiles en las islas. Por eso no creo que la presión de Trump sobre Gran Bretaña busque sacarla de Malvinas, para la OTAN las islas son un negocio. La bandera en el Mundial generó ruido porque pone en escena algo que las potencias prefieren ocultar; una situación colonial vigente, a contramano del siglo XXI, sostenida porque dentro de la ONU “todos los países son iguales, pero algunos son más iguales que otros” y Gran Bretaña puede simplemente negarse a negociar, amparada en su poder de veto.

Lo que deja esta charla no es solo un repaso histórico de Malvinas, sino una pregunta abierta sobre qué hacemos, como sociedad, con esa memoria. Los veteranos lograron, a fuerza de insistencia y de contar su verdad durante 44 años, instalar a Malvinas en el corazón del pueblo argentino. La tarea pendiente, es acompañar ese sentimiento con una comprensión más profunda de sus causas y sus consecuencias.

Queda como cierre la idea que atraviesa toda la charla, la de una Patria pensada como comunidad, construida a partir de historias individuales que, unidas, forman una trama mucho más rica y más humana que cualquier versión oficial. Agradecemos a Matías por compartir generosamente su trabajo y las voces que durante años se propuso rescatar del olvido.

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