Escribir es sumergirse, a veces, en lo más profundo de nuestros recuerdos, elegir algunos, despedazarlos, hacer que sean atractivos, tratar de que el lector no se aburra y quede prendido al texto como recién nacido a la teta, como medio pelo a la apariencia o como policía de los miércoles esperando a los jubilados con sus banderas y sus pasos no tan lentos. Toda esta introducción es para decirles por qué soy peronista y que las décadas de peronismo representan no solo datos que demuestran el bienestar de argentinas y argentinos, sino que es un sentimiento, por lo menos para mí y para gran parte de la sociedad.
Son muchas las estadísticas que hoy nadie puede discutir; por ejemplo,en primera y segunda presidencia de una tasa de analfabetismo de 35,9 % se bajó a un 13 por ciento, se construyeron 1000 escuelas y de 50.000 alumnos universitarios se superaron los 140.000.
El peronismo es un movimiento capaz de cambiar la vida de millones de argentinos, con una distribución del 50 por ciento para los trabajadores, más el paquete de leyes laborales que gozamos todos y todas; y pensemos en el voto femenino, que cambió la perspectiva de la mujer. Imaginemos una sociedad sin derechos laborales ni humanos, no muy atrás quedaban la Semana Trágica, Hipólito Yrigoyen y la Década Infame. Argentina era un país semi colonial, agroexportador, con los grupos de poder al servicio de la corona ¿Qué hizo el peronismo? Romper las cadenas de las corporaciones privadas, sustituir importaciones y firmas exportadoras, la estatización de los servicios públicos, los planes quinquenales, el IAPI y más.
Se abre la puerta a la comunidad organizada y, como decía Perón (1968) en La hora de los pueblos: “El tratamiento del problema de establecer cuál es la democracia posible para el hombre de hoy, que concilie la planificación colectiva que exigen los tiempos con la garantía de libertad individual que el hombre debe disfrutar inalienablemente”.
Puedo recordar desde qué instante me di cuenta de que era peronista. Fue una tarde de sol; serían las quince horas de un 1 de julio, mi edad: doce años, séptimo grado. A pesar de ser chicas, estábamos infantilmente politizadas, en el sentido de que repetíamos sin miedo ni reparo lo que se decía en cada una de nuestras casas. Les aseguro que la grieta infantil ya existía; en realidad, los argentinos nacimos con grieta, y a decir verdad, los peronistas sufrimos esas grietas con la vida: los vuelos del 55, los fusilamientos, la proscripción, el exilio, el desprecio, las desapariciones, la estigmatización, la desvalorización y la lista sigue. Son parte de nuestra historia; por algún lugar camina el general Valle y los fusilados de José León Suárez y cada uno de los fusilamientos, los Treinta Mil Desaparecidos.
Esa tarde discutimos sobre Perón. Estábamos divididas: por un lado la mayoría en contra y otras a favor. La discusión política estaba presente; con solo doce años, cada una traía la herencia social de su casa y peleábamos como los adultos. Una de las monjas entró al aula; no nos retó por los gritos, estaba pálida, algo había pasado, se podía sentir en el silencio. Perón había muerto esa tarde.
Me sentí indefensa, pensé en todas y todos, pensé que mi mamá seguramente vendría a buscarme. No me equivoqué, fui la primera en irme. Me alegré porque a una de mis compañeras, la que más gritaba en su contra, le avisaron que nadie podía llegar a buscarla antes de la hora habitual. Con mi mamá salimos de la mano por una calle sin respuestas. Perón había muerto. Las personas conocidas se acercaban a mi vieja, se apretaban fuerte la mano, no hablaban. Llegando a casa, una señora con unas alpargatas gastadas se nos cruzó; no podía contener las lágrimas, mi mamá le regaló una sonrisa. La señora, confundida con el gesto, la increpó y le dijo:
—¿De qué te reís?
Mamá se dio vuelta sin poder ocultar sus ojos colorados, gastados de llorar:
—¡Perdoname, querida, no te vi bien!
Las dos se abalanzaron la una hacia la otra, se quedaron así abrazadas mientras yo pensaba qué nos iba a pasar. Ese día supe que el peronismo era un sentimiento, aparte de la verdad de los datos históricos.
En mi familia, mis viejos militaban gremialmente en el Sindicato de FOETRA, en la Lista Marrón de Julio Guillán. Me llevaban con doce años a los congresos, a los actos y casi todos los domingos al club de Telefónicos con los compañeros y compañeras del sindicato y sus familias a pasar el día. No puedo cuantificar los días, pero sí la rutina, la liturgia implacable como en las misas. Se preparaba el asado, se comía, había muchas risas; después empezaba la guitarreada, los que cantaban se lucían con “Alfonsina y el mar” o “Todas las manos todas”. Esas dos eran las obligatorias junto con la Marcha Peronista, después de que un hombre simple, gordito, de estatura mediana, con sonrisa y mirada amplia nos hablara a todos y todas.
Ese compañero se llamaba Julio y era imposible no escucharlo.
Yo sentía, cuando él relataba, que el corazón me latía tan fuerte que en cualquier momento podía romper mi pecho; una sensación de alegría y ganas de llorar, pero no de tristeza. FOETRA era uno de los gremios peronistas combativos. Al estar ahí, sentía que esa desigualdad pintada en sus discursos y charlas me sublevaba, despertaba sentimientos nuevos, de resistencia, de justicia, de esperanza.
Después de la muerte de Perón se terminó la fiesta; llegó la más feroz dictadura en plena dictadura de nuestro destino. Nada de preguntas, nada de respuestas. Supe que nada bueno iba a pasar¿Por qué no existían en la historia ni próceres a partir de Yrigoyen? ¿Por qué no me llegaban las crónicas de Arlt o los cuentos de Cortázar, Walsh, Conti?
Para seguir con algunos números, durante su primer y segundo gobierno, en salud se erradicaron enfermedades endémicas, se duplicaron las camas hospitalarias, se creó la CNEA y el CONICET.
Empecé la secundaria con la dictadura y sentía que poner el símbolo peronista de la V y la P, “Viva Perón”, “Perón vuelve”, en los lugares que podía, resultaba mi mayor aventura; un acto de decir “acá estamos”, infantil si quieren. Fue cuando nos llevaron a la Bolsa de Comercio; creo que tenía trece años y en la sala estilo francés, con un espejo gigante, filetes dorados en el techo, sillas acolchadas con terciopelo rojo y en una mesa infinita nos hicieron sentar para darnos una charla mientras, no sé qué decían. Con la birome, en varias partes de la mesa brillosa, marqué la V y la P. Hoy pienso en el que lo descubrió y qué habrá pensado; presumo que desapercibido no pasó. Lo bueno de esa época era que no había cámaras de seguridad, por lo menos ahí no se veía ninguna. Mi primo y yo poníamos la V con la P por todos lados, nunca nadie se enteró, ni tampoco nosotros lo hacíamos con una intención política… o sí. Yo creo que era algo más pasional, amoroso, porque en casa nosotros convivíamos con Perón, Evita y la grieta.
Podría llenar de números y datos sobre la tercera presidencia después de dieciocho años de proscripción: una inflación anual de 80 % bajó a 20 % gracias al congelamiento de precios, la participación de los asalariados llegó casi al 50 %, hubo crecimiento del PBI, bajó el desempleo y un fuerte superávit comercial. Imposible comparar el 73 con otros periodos, donde las calles estallaron y todo lugar era bueno para reunirse. Lo comunitario se festejaba desde la participación política hasta la participación de la murga del barrio. El peronismo es y será el camino para los que andamos siempre a pata.
¿Cómo nos cambió la vida a los argentinos? Nacionalización financiera, nacionalización petrolera, Ley de Contrato de Trabajo, el Pacto Social y una apertura cultural y de pensamiento en la sociedad nunca vista. De ahí la necesidad para ellos, con el apoyo internacional de Estados Unidos y el asesoramiento de Francia, de implementar la Doctrina de Seguridad Nacional elaborada en las dictaduras anteriores. El Plan Cóndor no tardó en implementarse: el peronismo, la conciencia social y la solidaridad tenían que desaparecer.
Según un estudio, a raíz de una carta que Hebe de Bonafini, Madre de Plaza de Mayo, le escribe a la Asociación de Psicólogos dice: “hay que tener en cuenta que la dictadura tenía dos ejes a cumplir para implementar su proyecto económico y social de corte neoliberal: uno, los secuestros, campos clandestinos, tortura y desapariciones; el otro buscaba no sólo ejemplificar, sino corregir, enderezar el árbol, implantar sus valores”, convertirse en nuestros dueños. Saben qué el peronismo es resistencia: lo llevamos en nuestro ADN, por eso estoy convencida que también es sentimiento, junto a un pensamiento nacional y un eterno grito de justicia por los que no están.
El objetivo de las dictaduras y de los gobiernos funcionales al poder económico representado por la oligarquía tuvieron como prioridad borrar al peronismo. Para entender, viajemos al 17 de octubre 1945, cómo vivían las familias argentinas y su eterno agradecimiento a Perón y Evita. El Peronismo fue el camino después de dieciocho años de proscripción y persecución, se levantó en el 73 y en el 2001 con Néstor y Cristina, llevando a cabo el desendeudamiento más importante en la historia, la estatización de Aerolíneas e YPF, la Asignación Universal por Hijo, la ampliación de derechos civiles y los juicios de lesa humanidad y todas las reformas que hasta hoy, gobierno neoliberal de Milei fueron y son algunos derechos aún vigentes. El fin es desaparecer al peronismo para saquear y rematar a la Argentina.
Después de la dictadura quedó una juventud sin referentes; se reconstruyó y salimos a la calle como siempre . Durante la dictadura aprendieron a nombrar a Perón con la mirada, a ver las habituales pintadas en la calle desde la clandestinidad; atrás quedaban los almuerzos entre amigos y familia los fines de semana, las jornadas ayudando, la empatía, la Marcha Peronista.
La situación económica y social, así como el folklore de la calle, había cambiado. ENTel fue intervenido por los militares, Julio terminó preso, su familia en total desprotección; algunas amigas y amigos de mis viejos escondiéndose, unos en casa, y a otros solo recuerdo que no los vi más.
Ser peronista es un compromiso de vida. Mi vida, como la del resto, era otra. Huérfanos del Carnaval y del “Viva Perón”, nos sumergían en la peor de las dictaduras.
Nos robaron parte de la vida, pero ¿qué tiene el peronismo aparte de la fiesta? Una historia comunitaria, en movimiento constante desde 1943. ¿Qué hubiera pasado si Rita, la hermana de mi amiga, que desapareció una noche, siguiera viva? Es una pregunta que será eterna y sin respuesta.
Hoy Rita está desaparecida por peronista, pero para nosotros va a ser siempre sus sueños e ideales. Mientras tanto, una parte de la población no la vio, no la quiso ver, ni la ve. Escribir “viva Perón” era el significado de no pertenecer a esa sociedad ideal, fabricada por la dictadura. La solidaridad estaba condenada con pena de muerte.
Un año antes de la llegada de los militares, yo sentía que vivíamos en la comunión perfecta de alegría, colores, cantos y, de la nada, se terminaron las charlas en cualquier lugar, se cortó el eslabón generacional en la militancia, quedamos sin referentes.
Tal vez Rita nos hubiera acompañado y guiado en cualquier tarea solidaria en el barrio, o contado el día que Perón volvió, pero no estaba y muy pocos la recordaban o hablaban con su familia. Fuimos blanco del terrorismo de Estado y de esa pérdida “de otra vida que no fue” y que también hicieron desaparecer. Las opiniones de la Asociación de Psicólogos avalan que la sociedad perdió años de libertad, sueños y, lo peor, compañeras y compañeros perdieron su vida, de lo que se evidencian secuelas, para mí, heridas (Bozzolo et al., 2008).
Pero somos peronismo, y ahí aparece Néstor haciendo bajar un cuadro del más grande genocida argentino, y supe que mi mejor decisión era ser peronista; me quemó el mismo fuego del 73, cuando el peronismo era la liturgia, la mística que me enamoró. Si hasta el gobierno de Alberto tuvo más empatía y medidas que la reflejaban —como por ejemplo en la pandemia con los ATP, las vacunas, la construcción de centros de salud, medicaciones hasta el Gasoducto Néstor Kirchner, la sanción de la ley del aborto— que el mejor gobierno neoliberal.
¿Por qué sentí que cuando Perón murió se acabó la fiesta? ¿Por qué tengo la necesidad de caminar por la casa de Rita y decido perderme ahí, frente a la puerta de hierro forjado? Como decía Cooke (1971): “En un país semicolonial, las clases no tienen el mismo comportamiento que en los países imperialistas. El peronismo es el hecho maldito del país burgués, la forma política que adquieren las fuerzas sociales de la transformación. La revolución argentina es impensable sin el peronismo”. Posiblemente porque traté de encontrar esa felicidad perdida, que volví a tener, pero que a esa nena de catorce años le robaron y le dejaron esta bronca, este presentimiento que me decía el día que Perón murió que la fiesta se había acabado.
Según Jauretche (1968): “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza “.Por estas razones el peronismo es también sentimiento, pasión, enamoramiento, lealtad, es sentir que el corazón se escapa, a veces, detrás de algunas utopías o no tan utopías.
Pero ¿saben qué? No por mucho tiempo. Siempre volvemos y por eso también somos sentimiento; y aunque una fiesta termine, siempre empieza otra.
Alejandra Melnik.
Referencias
Bozzolo, R., Bonano, O. y L’Hoste, M. (Eds.). (2008). El oficio de intervenir: Políticas de subjetivación en grupos e instituciones. Biblos.
Cooke, J. W. (1971). Peronismo y revolución. Granica.
Jauretche, A. (1968). Manual de zonceras argentinas. Peña Lillo.
Luciani, L. (2017). Juventud en dictadura: Representaciones, políticas y experiencias juveniles en Rosario (1976-1983). Universidad Nacional de La Plata.
Perón, J. D. (1968). La hora de los pueblos. Norte.
Schindel, E. (2005). El sesgo generacional del terrorismo de Estado: Niños y jóvenes bajo la dictadura argentina (1976-1983). En B. Potthast y S. Carreras (Eds.), Entre familia, sociedad y Estado: Niños y jóvenes en América Latina (pp. 255-287). Vervuert Verlag / Iberoamericana.





