El 21 de abril de 2025, Jorge Mario Bergoglio murió en Roma. Tenía 88 años y había pasado doce de ellos haciendo algo que pocos esperaban de un Papa: decirle a la Iglesia, con una paciencia que a veces parecía infinita y otras francamente exasperada, que el mundo no esperaba por ella. Que saliera. Que se ensuciara las manos. Que dejara de mirar a la gente de arriba a abajo, salvo para ayudarla a levantarse. Para muchos de los que nos criamos dentro de la institución y en algún momento dejamos de entender su idioma, Francisco fue algo difícil de nombrar: una grieta en el muro por donde volvió a entrar algo de luz.
Me formé en el Instituto San Vicente Pallotti de Castelar, primaria y secundaria. Los valores de la orden estaban en el aire de cada jornada, pero los mártires palotinos, los cinco religiosos asesinados por la dictadura en la madrugada del 4 de julio de 1976, eran, al menos en esa institución y durante buena parte de mi paso por ella, una historia que tardó demasiado en contarse. La comunidad que rodeaba al colegio era mayormente conservadora, y recién hacia mediados del secundario, con un cambio de conducción, empezaron a nombrarse esas cosas con la hondura que merecían. Esa contradicción me acompañó mucho tiempo. En 2023, en el marco de un regreso personal a la espiritualidad, no a la religión como conjunto de ritos sino a algo más hondo y menos administrado, llegué por Instagram a la cuenta de Palotinos por la Memoria, la Verdad y la Justicia. No sabía que existían. Algo sanó.
Ramiro Varela es uno de los miembros fundadores de ese colectivo. Exalumno palotino, se vinculó desde chico a la parroquia de San Patricio de Belgrano, en los años en que comenzaba el Juicio a las Juntas y se reabrían las causas por los crímenes de los religiosos. Décadas después, cuando la congregación decidió presentarse como querellante al cumplirse los 40 años de la masacre, fue de los que eligió comprometerse. Desde entonces lleva adelante una doble tarea: la judicial, como amicus curiae en la megacausa ESMA, y la simbólica, construyendo memoria en el espacio público y en los medios. Es autor de investigaciones publicadas en la Revista Haroldo y en la Universidad Nacional del Chaco Austral, y representó al colectivo en la donación del fondo documental a la Comisión Provincial por la Memoria en 2023. Lo entrevisté con la excusa del primer aniversario del paso a la inmortalidad de Francisco, pero la conversación terminó siendo lo que estas cosas suelen ser cuando se hacen bien: un diálogo sobre memoria, fe, política y el tipo de Iglesia que algunos todavía creen posible.

Foto: Ricardo Pristupluk (Gentileza La Nación)
Para quienes no conocen su comunidad, ¿cómo describirían hoy la identidad de los palotinos en Argentina? ¿Qué los caracteriza en su forma de vivir la fe y el vínculo con la sociedad?
Nuestra identidad comunitaria está basada en un modo de vivenciar la fe como vocación de servicio, desde una perspectiva profundamente humanista que está centrada en el carisma de San Vicente Pallotti (nuestro fundador) y que se sintetiza en el lema: “Todos, en todo, para todos”. Se trata de una espiritualidad que no se circunscribe a una experiencia individual de carácter introspectivo, sino que se comparte colectivamente desde una dimensión fraterna y se traduce en acciones concretas para intentar mejorar el mundo que habitamos, ya sea a través de la misión pastoral, de la labor educativa, de la acción social o de la defensa y la promoción de los Derechos Humanos.
Su historia en el país está profundamente marcada por la Masacre de San Patricio. ¿Qué lugar ocupa hoy esa memoria dentro de la comunidad y cómo influye en su manera de pensar el compromiso en el presente?
Ocupa un lugar central. La Masacre de San Patricio no solamente es el acontecimiento más violento que vivió nuestra comunidad. Se trata, ni más ni menos, que del mayor ataque cometido contra la Iglesia católica en Argentina (no existe otro antecedente de cinco religiosos asesinados en un mismo momento y en un mismo lugar) y es además uno de los crímenes más emblemáticos perpetrados por el accionar criminal del terrorismo de Estado. Si bien durante mucho tiempo prevaleció el silencio al interior de una comunidad diezmada y paralizada por el terror, a medida que fueron transcurriendo los años se produjo una elaboración simbólica del trauma (poniéndolo en palabras y en actos) que forjó un proceso permanente de construcción de la memoria colectiva.
Los Mártires Palotinos guían constantemente la tarea que cada uno de nosotros lleva adelante. En el caso de Palotinos por la Memoria, la Verdad y la Justicia, eso está cabalmente expresado en el nombre de nuestro colectivo, el cual no deja lugar a dudas respecto de cuál es nuestra misión: trabajamos para seguir haciendo memoria, pero también para conocer la verdad y para que finalmente llegue la justicia para nuestros cinco hermanos asesinados por la dictadura.
En ese cruce entre fe, comunidad y realidad social, ¿qué continuidades ven entre esa historia y los desafíos actuales que atraviesan como parte de la Iglesia en la Argentina?
En lo personal, creo que la continuidad histórica es elocuente y que hoy asistimos a una nueva restauración del programa neoliberal. Las recetas económicas actuales no guardan mayores diferencias con las de aquel entonces. Se trata de un modelo de valorización financiera y desindustrialización que excluye a millones de personas, condenándolas a eso que Rodolfo Walsh llamó la “miseria planificada”.
Su correlato en el plano sociocultural es la emergencia de un individualismo extremo, caracterizado por una total falta de empatía, que conduce indefectiblemente a una desintegración de los lazos de solidaridad. En síntesis, se trata de la cultura del “sálvese quien pueda”. En este aspecto, creo que el rol actual de la Iglesia es fundamental, conteniendo a gran parte de esa población que hoy está marginada y asumiendo muchas de las funciones de un Estado que hoy brilla por su ausencia. Si no fuera por el trabajo que lleva adelante la Iglesia en los barrios, creo que la situación social hace tiempo ya hubiera colapsado.
En los últimos años, la figura de Francisco volvió a poner en el centro muchas de estas discusiones. Desde su experiencia, ¿qué aspectos de su mensaje sienten que más dialogan con el camino que ustedes vienen recorriendo?
La sintonía es total. El Papa Francisco es un faro imprescindible para nuestra comunidad. Hay cosas que parecen una casualidad, pero que en realidad responden a la causalidad. Fíjate que al principio mencioné que el carisma de San Vicente Pallotti se condensa en el lema espiritual “Todo, en todo, para todos”. En ese mismo sentido, el carisma de Francisco encuentra una expresión clara en su llamado a construir una Iglesia en la que haya lugar para “Todos, todos, todos”. Por eso es fundamental seguir tejiendo lazos comunitarios, tanto hacia adentro como hacia afuera de cada una de las parroquias y diócesis, con la finalidad de tender puentes y de no levantar muros, tal como él nos enseñó.
En distintos momentos de la historia argentina (y también en el presente), la fe aparece tensionada entre la comodidad de lo instituido y el compromiso con un pueblo que muchas veces sufre exclusión y desigualdad. Desde su experiencia, ¿cómo se vive hoy esa tensión? ¿Dónde creen que la Iglesia (y en particular comunidades como la de ustedes) está llamada a incomodar?
La clave está en las y los jóvenes, a quienes Francisco pidió expresamente que “hagan lío”, instándolos a no quedarse quietos y a salir a las calles. El rol de la juventud es fundamental porque en su energía vital y en su sana rebeldía se proyectan el futuro y la esperanza de construir un mundo mejor. No obstante, hay que tener mucho cuidado y no tentarnos a delegar únicamente en ella tamaña responsabilidad. Todos y todas estamos en la obligación de hacer nuestro aporte.
Francisco habló muchas veces de una Iglesia “en salida”, cercana al pueblo y comprometida con su tiempo (una idea que desarrolla especialmente en Evangelii Gaudium). ¿Cómo se traduce esa propuesta en la práctica concreta de comunidades como la de ustedes?
Creo que se refiere precisamente a esto mismo que plantea cuando le habla a la juventud. A romper el letargo y a dejar la comodidad del templo, a salir a la calle y tomar contacto directo con la realidad del pueblo, estrechando la mano a quienes más nos necesitan. En este punto, su mensaje es claro: “El único momento en el que es lícito mirar a una persona de arriba a abajo es para ayudar a levantarse”. Luego existen múltiples maneras de llevarlo a la práctica. Cada uno debe hacer una búsqueda interior para discernir el lugar desde el cual puede hacer su mejor contribución.

Foto: Leonel Tribilsi
En encíclicas como Fratelli Tutti o Laudato Si’, Francisco plantea una mirada que une lo social, lo político y lo espiritual. ¿Qué desafíos implica hoy sostener esa mirada en contextos donde esas dimensiones suelen aparecer separadas?
Uno de los principales desafíos es que podamos dar este tipo de debates de manera franca, de cara a la sociedad, sin hipocresía ni eufemismos. Para gran parte de la Iglesia, la relación entre lo espiritual, lo social y lo político representa una especie de tabú. Recuerdo que en una entrevista con un medio argentino, ante la pregunta sobre si le preocupaba la nueva oleada de la extrema derecha en el mundo, Francisco afirmó que la mejor respuesta frente a ese avance es, ni más ni menos, que la justicia social. Yo particularmente creo que el principio de la justicia social (lejos de ser una “aberración”, como sostienen algunos) funciona precisamente como un concepto articulador entre estas tres dimensiones. Es un concepto que, por ejemplo, podemos encontrar en las bases tanto de la doctrina social de la Iglesia como de la doctrina peronista. Yo ahí no encuentro contradicción, sino más bien continuidad. Eso no implica que todo el mundo deba compartir la misma mirada, pero por lo menos tenemos que darnos la oportunidad de discutir ideas y de enriquecernos en el intercambio con el otro. En este mismo sentido y conectándolo con la pregunta anterior, creo fervientemente en que la militancia política es una de las tantas formas posibles, válidas y concretas en que la juventud puede canalizar su vocación de servicio al prójimo.
Pensando en las nuevas generaciones, ¿cómo creen que puede transmitirse hoy una experiencia de fe que no quede encerrada en lo individual, sino que tenga un anclaje real en la comunidad y en los problemas concretos de nuestro tiempo?
Entre otras tantas cosas, creo que hay que transmitirles el legado de nuestros mártires. De los Palotinos, de Monseñor Angelelli y los Mártires Riojanos, de Carlos Mugica, de Monseñor Ponce de León, de las monjas francesas y de tantos otros sacerdotes, religiosas y laicos que entregaron su vida, no sólo como testimonio de fe y de fidelidad al Evangelio, sino también como compromiso de lucha frente a la opresión y la injusticia, para poder alcanzar un mundo menos cruel y más humano.
El legado de Francisco
Queda, al final de la conversación, la sensación de que Varela no habla de una Iglesia ideal sino de una que ya existe, en fragmentos, en los márgenes, en los barrios donde el Estado brilla por su ausencia y la parroquia sostiene lo que el mercado descarta. Una Iglesia que no espera la canonización de sus mártires para honrarlos, sino que los honra militando su causa todos los días. Francisco no inventó eso. Lo que hizo fue darle nombre, darle legitimidad, abrir una puerta que para muchos había permanecido cerrada demasiado tiempo. Su legado no es una doctrina sino una habilitación: la de creer que fe y compromiso, espiritualidad y política, memoria y futuro, pueden habitar el mismo espacio sin contradicción. San Vicente Pallotti lo había dicho dos siglos antes, con una precisión que el tiempo no desgastó: todos, en todo, para todos. Francisco simplemente se encargó de que no lo olvidáramos.
Foto de portada: Julián Athos Caggiano
