Hay conversaciones, o mejor dicho preguntas, que uno hace en un contexto imaginario, con un interlocutor que nunca va a aparecer pero que uno construye igual, con paciencia y con deseo, como quien arma un rompecabezas sin tapa para guiarse. Son esas cavilaciones que brotan en la ducha, o en el colectivo rumbo al trabajo, o en la caminata por el parque, cuando uno se permite contarle a otro su curiosidad sin que nadie lo juzgue ni le pida que fundamente. Ahí reside, quizás, el placer más honesto por querer saber. No en la respuesta, sino en el momento previo, cuando la pregunta todavía está entera y no la rompió nadie.
Hay épocas y hay generaciones que nos interpelan así, que encierran una verdad que uno presiente pero no puede terminar de nombrar, y para las que necesitamos un interlocutor que haya estado ahí, o que al menos haya dedicado su vida a entender qué pasó. Hay conversaciones que estaban esperando ser tenidas desde hace rato, que alguien las debía y que la deuda se fue acumulando con intereses. Silencio sobre silencio, capa sobre capa, como esas paredes viejas de conventillo que esconden tres colores distintos debajo de la pintura nueva.
Apóstoles es eso. Un podcast de seis capítulos hecho en Gelatina donde Martín Rodríguez (@Tintalimon) y el periodista de rock Juan Manuel Strassburger se sientan a explorar un territorio que el relato cultural argentino dejó deliberadamente mal iluminado: la relación entre el rock nacional de los años 70 y la militancia peronista. El rock y la política en ese entonces eran como dos trenes que salían de la misma estación, con el mismo combustible y hacia el mismo horizonte. Con el tiempo, el relato los puso en vías separadas. Apóstoles vuelve sobre ese punto.
No como ejercicio nostálgico de los que se quedaron viviendo en el póster. Más bien como una pregunta política que sigue abierta. ¿Qué compartían emocionalmente el pibe que iba a ver a Pescado Rabioso y el que se metía en una organización? ¿Eran mundos distintos o era el mismo mundo procesando lo mismo por caminos diferentes, con distinta suerte?
El rock nacional construyó su propio relato de origen y en ese relato hay una exclusión que vale la pena nombrar en voz alta porque casi nunca aparece. El Club del Clan (Palito Ortega, Johny Tedesco, Violeta Rivas) quedó del otro lado de una frontera que el rock trazó para definirse a sí mismo, y quedó del lado feo. En esta historia de orígenes el rock manipuló la foto como Stalin con Trotsky. Primero lo borraron, después actuaron como si nunca hubiera existido. “Ellos” eran lo comercial, lo superficial, lo grasa, lo que le gustaba a las tías en la sobremesa del domingo. “Nosotros” éramos la autenticidad, la ruptura, los que leíamos en serio.
Esa frontera no fue inocente ni gratuita. Separó al rock de una parte enorme de la cultura popular argentina. La más masiva, la más provinciana, la más peronista. Y el peronismo, que nunca tuvo demasiado cuidado con sus propios símbolos culturales, dejó que esa operación se consumara sin chistar.
Si el primer movimiento fue separarse de lo popular local, el segundo fue mirar hacia afuera con una devoción que rozaba el complejo de inferioridad. Esa vieja enfermedad argentina de creer que lo de afuera brilla más por venir de afuera. El rock de los 60 y 70 llegó con los ojos puestos en Londres y San Francisco, con el hippismo y el psicodelismo anglosajón como escrituras sagradas, como catecismo de iniciación. Eso no es un detalle menor. Significa que el movimiento que después pretendió encarnar lo argentino, lo genuino, lo profundo, nació de espaldas al interior del país, al folclore, a una cultura que no hablaba inglés ni había leído a Kerouac ni tenía el más mínimo interés en hacerlo.
Hay algo políticamente revelador en ese gesto. Una vanguardia cultural que se construye mirando hacia afuera mientras el país real le pasa por al lado ya eligió a quién no va a representar.
Hay una imagen que el podcast instala y que ayuda a entender el clima de esa época. El pibe que va a ver a Pescado Rabioso y el pibe que se mete en una organización son, en el fondo, el mismo pibe. Comparten una misma temperatura emocional, una misma urgencia, una misma sensación de que el mundo que heredaron no alcanza y hay que cambiarlo por las buenas o por las malas. Uno lo procesa con una guitarra eléctrica y otro con una reunión de célula. Los dos están parados en el mismo lugar, mirando el mismo horizonte, respirando el mismo aire de época.
Ahí está una de las hipótesis más incómodas de Apóstoles. Obliga a revisar el relato que separó prolijamente la cultura de la política.
Pero esa cercanía no elimina las fricciones. La relación entre el rock y la militancia tuvo sus desconfianzas, sus momentos de distancia. El caso Novakovsky, el secuestro que terminó mal, es una marca. Claudio Gabis hablando del miedo al “terror azul” es otra. La militancia organizada veía en el rock algo difícil de encuadrar. Demasiado individual, demasiado ensimismado, poco disciplinado para la lógica de la lucha armada. El rock, por su parte, tampoco se llevaba bien con una política que le pedía alinearse.
Si hay un momento donde Apóstoles pega un volantazo es cuando aparece Pappo. Norberto Napolitano, el Carpo, el más bruto y el más honesto del rock nacional. Nunca fingió ser otra cosa. Y sin embargo, ahí aparece una lectura inesperada. Un peronista sin discurso, sin necesidad de explicarse. Más cerca de lo real que de lo declamado.
Después está Palito Ortega, borrado de la foto durante años. Y sin embargo, con “Yo tengo fe” capturó algo que el rock porteño nunca terminó de alcanzar. Una sensibilidad popular, provinciana, directa. Algo que incomoda porque obliga a revisar el canon.
León Gieco también entra en esa zona de revisión. No para sacarlo, sino para moverlo. El artista que después fue leído desde una sensibilidad más urbana venía de otra cosa. En ese corrimiento se ve mejor lo que se fue perdiendo en el camino.
Hay un capítulo que descoloca. El rock cristiano de los 70. Vox Dei, Pedro y Pablo, la figura de Mugica procesada desde la música. La fe, la militancia, la organización barrial. Todo eso conviviendo. En ese cruce aparece una tensión que el peronismo arrastra desde siempre. Lo religioso y lo político compartiendo espacio sin terminar de ordenarse. En esos años eso empujaba.
La discusión entre Charly García y Spinetta también cambia de lugar. Deja de ser una pelea de estilos. Se vuelve una pregunta sobre el rol del arte cuando la realidad aprieta. El contexto (la transición entre gobiernos de facto, los años de Isabel Perón, la violencia,etc) atraviesa todo eso.
Y en ese punto el podcast deja de hablar solo de los 70.
Porque Apóstoles aparece ahora por algo. Hay algo del presente que empuja esa revisión. El peronismo viene de una derrota que no es solo electoral. Hay un problema de lenguaje, de conexión, de lectura. Volver a ese momento no es nostalgia. Es búsqueda.
Hay también una decisión de forma. No es un libro ni un documental. Es una conversación. Dos tipos pensando en voz alta, corrigiéndose, dudando. Eso también dice algo.
Apóstoles no ordena el pasado. Lo sacude un poco.
Y deja una sensación incómoda.
Que esa historia no está cerrada.

