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Volver al diálogo

Ayer llegué a mi casa cansado. Fue uno de esos días que pensas que va a ser corto pero termina siendo largo. El típico martes frío, nublado y húmedo que rompe sueños y profundiza tristezas. Pero al fin llegué a mi casa, listo para calentar la pava y hacerme unos mates. El famoso tiempo de ocio que nunca termina de ser ocio porque siempre estamos pensando en algo más que nos preocupa: cómo pagar la tarjeta de crédito, qué malabares hacer para llegar a fin de mes o cómo ganar más plata. Lo típico ¿no?

Sin embargo, el descanso se vió interrumpido apenas puse un pie en mi casa, me di cuenta que tenía que volver a salir al lugar de donde me había ido. Me necesitaban si o si, responsabilidad mía por olvidarme las llaves para cerrar un local. Con las características de un hombre vencido vi interrumpida la gran actividad mal llamada por algunos cómo “boludear” y salí a la calle enbroncado, dispuesto a combatir el sistema. ¿A que le llamó combatir el sistema? A salir a la calle sin aquel dispositivo que nos atrapa en un universo que parece contenerlo todo:  nuestros deseos, lo que no deseamos, nuestros gustos y disgustos. Entonces agarré un libro y la billetera para pagar el subte, prescindiendo del teléfono y el QR, de las notificaciones, de los atropellos de Twitter y de los reels de gatitos animados. El libro que me puse a leer fue “Glosa”de Juan Jose Saer. 

Saer tiene una técnica para narrar los libros que me llama mucho la atención. Escribe de tal forma que los eventos rutinarios de la vida de los protagonistas, tales cómo preparar una limonada o una simple conversación entre dos amigos, se transforman en un texto poético, lleno de descripciones que nos permite imaginar el escenario que está describiendo. Un pasaje donde podemos imaginarnos el sentimiento del personaje y un espacio para la interpretación. Saer no narra una historia, sino que produce poesía.  

Escribió desde un lugar diferente al resto de sus colegas. Los cuentos y novelas de su autoría no trataban de temas filosóficos o teológicos. No buscaba explicarnos la moral de un personaje o darnos un baño de solemnidad. Más bien, exploró la relación entre narrativa y poesía. Cómo transformar lo cotidiano en un lenguaje poético, en algo artístico. En palabras de Beatriz Sarlo:  

“En el mundo de Saer, cada instante está cargado de relaciones infinitas que no podemos ver. Y por eso se detiene en la descripción, en el lenguaje, en la conversación, en los recuerdos pasados y futuros, en situaciones en donde lo principal no son las acciones sino el suceso de ver, el suceso de existir, y esa es la sustancia de su narración: la función principalmente poética, no referencial.” 

Respuesta digital y el fracaso terrenal 

Son incontables los artículos, documentales o videos de influencers señalando el uso problemático del celular. Es difícil no terminar cayendo en el “Que peligroso, que triste” o en la típica frase “Hay que regular este asunto”, como si todavía tuviéramos un  Estado o leyes efectivas y eficientes que respondan a estas problemáticas.

Estas frases hechas no terminan de resolver el problema, lo “peligroso” termina siendo norma y el famoso pedido de “regulen, regulen!” suma una demanda más al Estado que no puede responder. Pedimos soluciones tradicionales ante problemas modernos. Los reels, influencers, el scroll y los teléfonos tienen efectos que transforman las relaciones sociales, económicas y políticas. Mientras muchos esperamos que nos salve la política, ella sigue hablando un idioma viejo, aburrido e incapaz de entender qué transformación están teniendo las personas en su vida cotidiana.

En el contexto tecnocrático tiene más resonancia un streamer con un micrófono o la opinión de un influencer sobre determinado tema que un político con una gran carrera de hace décadas. Patricio Hernández, director de la consultora “Methodo”, a partir de medir 465 millones de interacciones en Facebook, Instagram, Youtube y X nos da a conocer  que sólo un 19% del algoritmo muestra contenido peronista/kirchnerista y un 24% contenido LLA/PRO. Hay un 57% que prefiere estar en modo avión, sin las ganas de consumir material político en redes;el descontento es claro y lo vemos también en la poca cantidad de personas que fueron a votar en 2025. Las reglas del juego se rompieron hace rato y la capacidad de generar “influencia” la tienen los que utilizan una voz distinta, con una narrativa canchera que logre atrapar la atención de los ya politizados.

El algoritmo sabe qué es lo que queremos y qué es lo que no y en base a eso nos ofrece que es lo que tenemos que ver. Si busque laburo en Linkedin me va a ofrecer una publicidad donde se está reclutando personal, si hablé con mi vieja de comprar una televisión me va a mostrar descuentos en Smart TV y así con todo. Uno ni siquiera está demandando algo que operativamente ya le ofrecen algo ajustado a su deseo. Respuesta-Estímulo en el sentido más clásico posible. Uno podría pensar que hasta producen lo que queremos artificialmente. Nos quedamos cortos al decir que uno habla de una TV y aparece publicidad de eso. Ni siquiera tenemos que estar pensando en desear algo que nos encontramos con contenido que despierta el deseo y el “necesito esto para seguir con mi vida” Ya sea un par de zapatos o una experiencia que promete cambiar tu rumbo.

Esta narrativa digital polariza la discusión política. La polarización nos hace, independientemente del tema que se trate -político, cultural, económico-,  tomar posturas, entender cualquier asunto bajo la lógica de “buenos y malos”. Los argentinos son racistas porque despliegan una bandera de Malvinas. Si bancas a Rosalia sos un antipatria. Si coincidís con Malena Pichot sos progresista  En el ámbito peronista si bardeas la conducción de Cristina Kirchner sos un traidor. Si bancas a Axel sos un tibio. Si Axel no dice nada de la liberación a Cristina es un cagón. Si mi compañero de trabajo vota a Milei es un desclasado. La discusión pierde el eje complejo y pasamos a encasillar a las personas en un sistema de X entonces Y, de la misma manera que lo hace el algoritmo y la IA para saber qué es lo que nos gusta y disgusta.

Lo que acá expongo tiene tantas artistas  que podría estar horas escribiendo. A lo que voy, es que dentro del plano político uno podría utilizar esas posiciones rígidas para lograr la atención del algoritmo, pero será difícil (por no decir imposible) construir algo si querés hablarle al de enfrente para lograr acuerdos que tiendan a beneficiar al pueblo que dicen defender. Y esto es un problema, porque la política pasó a ser una toma de posicionamientos más que la herramienta para transformar la vida de la gente. Mientras tanto los políticos antes de discutir un proyecto de país, prefieren jugar a ser influencers.

Muchas demandas, pocas respuestas

La política no logra tomar las demandas que aparecen en las redes sociales. Acepta la dinámica digital y polariza la discusión a la toma de posiciones sin escuchar al pueblo que los tiene que votar cada dos y cuatro años. Dejó de ser representativa para muchos y los que siguen creyendo en los mismos tipos que nos llevaron a este desastre viven una especie de “Goodbye Lenin” del cual es imposible salir. Los que pretenden conducir una alternativa al oficialismo viven en el universo de House of the Dragon, donde el hacer política se basa en catalogar al otro como un traidor y al propio como  leal. Los militantes nos seguimos mintiendo a nosotros mismos creyendo que con la misma gente de siempre el peronismo va a salir del pozo. Sin consenso y sin bajar la cabeza por momentos, será imposible pensar un proyecto del movimiento nacional. Juegan a la interna mientras acá nos estamos matando por un kilo de pan. Ojalá la interna kirchnerista al menos fuera tan entretenida como la precuela de Game of Thrones , pero es todo tan tedioso que ni a los propios militantes les interesa. Aunque sea los Targaryen tenían dragones.

La pérdida del lenguaje 

Volvamos a lo importante. Lo que me interesa expresar en esta nota es cómo la narrativa y el lenguaje de cada uno estan codificados cómo si fuesen la base de datos del algoritmo que está en nuestro Instagram y Twitter. Somos hablados por el algoritmo y este tiene sus agentes predilectos: los influencers . El poder que tiene un tipo con micrófono más o menos gracioso para validar y cancelar los puntos de vista de los demás es mucho más fuerte de lo que se cree. La opinión del influencer es puramente subjetiva y, sin embargo, la caja de resonancia de las redes sociales vuelven su opinión un hecho de la realidad objetiva  que tiene que ser revalidado todo el tiempo. 

El influencer se da a conocer bajo opiniones simples, fácilmente comprensibles y atribuibles. Esto logra llamar nuestra atención; ya sea de Pepe Rosemblat a Ramitagram nos interesa escuchar y ver que tienen para decir. En definitiva hay personas que forman su pensamiento en base a lo que escucharon a un tipo expresar desde “su experiencia”  y las redes sociales obligan a tomar una posición; el rechazo o la aprobación. De vuelta a la polarización.

Es así cómo desarrollamos nuestra narrativa, en base a la previsibilidad y lo que busca el algoritmo de nosotros. ¿Le das like a tal video de “Gelatina”? Genial, entonces ya sabemos como pensas: sos peronista ¿Le diste like a un video del caño de Riquelme a Yepes? Okey, probablemente seas de Boca, toma este video de Román haciendo el Topo Yiyo. Parece un chiste, pero el algoritmo busca interpretar la narrativa de nuestra vida. Para lo cual, parte de nuestra historia termina siendo identificada por un estereotipo que nos va a corresponder según lo que nos vaya a atraer. Como nos quiere previsibles, modifica la narrativa con la que vinimos con tal de que no nos corramos de los márgenes de lo esperable. 

Lo mismo que pasa en las redes sociales se traslada a la vida real. Mientras más previsibilidad tenga uno, más seguro cree sentirse y allí es donde más está regalando todos sus datos en busca de seguir viendo opiniones/videos fáciles de digerir y de analizar. Existen millones de ofertas y millones de demandas que son cubiertas totalmente por lo que brinda el teléfono. No existe la falta, por ende, no existe el deseo y mucho menos la imaginación. Estamos en el universo de la literalidad, el lenguaje es un código binario de 0 y 1.

¿En qué momento una persona puede controlar su pensamiento si está gran parte de su vida con el teléfono? La información es infinita e impacta siempre en nuestro cerebro y esto lo vuelve un terreno en disputa, un campo que las grandes empresas buscan conquistar. Necesitan llamar tu atención, tu tiempo es para ellos un bien a conquistar (o quizás ya conquistado). 

Los espacios sociales como trinchera

Valoro los espacios y/o actividades sociales que puedo hacer con la gente que me rodea, cómo jugar a la pelota o -en solitario- leer un libro, porque es ahí donde uno es realmente dueño de su propio tiempo. Somos algo más que simples números en una base de datos. El lenguaje es mucho más complejo que X entonces Y. La cultura es la respuesta ante la ausencia de política pública. Será por desconocimiento, incapacidad o ambas que los políticos no puedan (o quieran) hacer algo. Ellos siguen pensando que cuanto más reels y likes tenga un video más incidencia va a tener en la persona, aceptan las reglas del juego que ofrece el algoritmo.  Por suerte todavía existen lugares a los cuales la formación de comunidad prescinde de los videos verticales. 

Ir al cine, jugar a la pelota con tus amigos, encontrarte en un bar, poder elaborar nuevas anécdotas con la gente que querés es lo que más me llena y lo que me hace abstraerme del marco tecnocrático. Los espacios donde permiten pensarnos a nosotros mismos son trinchera ante la disputa tecno-cognitiva. Volver a estos lugares es volver al propio lenguaje, a nuestras palabras y a lo que realmente pensamos. Volver a ser personas que tienen contradicciones, una subjetividad y miles de errores. Volver al diálogo con el otro, ser soberanos cognitivamente. 

La política: disputa de influencers 

La política compró las reglas del juego algorítmico. El marketing digital se volvió la norma y la forma de comunicar una idea terminó siendo un reel copado para subir seguidores y likes. El entorno de un dirigente político no está lleno de personas con el conocimiento técnico sobre economía o sociología (por decir algún ejemplo), sino que está lleno de especialistas del marketing digital;los mismos que estudiaban e-commerce en pandemia. El ejercicio de la “cosa pública” perdió el diálogo y se sometió a la lógica del emprendimiento para buscar interpretar y ofrecer lo que pide el mercado: entretenimiento. 

En palabras de Alexandra Kohan en un artículo que escribió en Cenital “Con las redes sociales, cada uno es dueño de su propia empresa de marketing. Basta poner una biblioteca detrás, o un mate para parecer más comunes, prender la cámara y “acción”. Acción, no solamente en el sentido de actuar, sino en el sentido en el que se le dice acción a las estrategias de marketing digital.” 

Y esto mismo se traslada a lo que vivimos nosotros en nuestra rutina. No interesa tanto ir a tal lugar o realizar una actividad, interesa mostrarlo a nuestra audiencia. Si no lo muestro, no existe ¿Que importa ayudar al otro si no tengo un video haciendolo? La subjetividad se encuentra manipulada por una pantalla. Solo hay dualidad: lo que somos en redes sociales y lo que somos en la vida real.

Lo real y lo digital. Una ficción.

Es distinto el lenguaje que manejamos en redes sociales que el que manejamos en nuestra vida cotidiana. La formación de comunidad en Twitter tiene sus propios códigos, chistes y un propio  martillo de la justicia sobre qué sancionar y que no. Si uno quiere trasladar todos esos códigos a la vida real, no nos van a entender nunca. Las palabras que dentro de un grupo parecen lógicas se vuelven incomprensibles fuera de ese ámbito. Tiene sentido en un lugar y en otro no. Cada algoritmo es una nube con su propio lenguaje y sus propias reglas, uno está y no está al mismo tiempo. El problema siempre está en pensar que lo que mostramos en redes sociales es lo que somos en la vida real. La identidad en la ficción digital no es una entidad orgánica, es una identidad fijada en lo que el algoritmo quiere que seamos. El quid de la cuestión está en ver que tanta incidencia tiene nuestro teléfono para narrarnos nuestra propia historia.

Volver al diálogo: una posible solución 

El contexto socio-político mundial se encuentra atravesado por estás cuestiones: la aceleración de la IA, la intromisión del algoritmo en nuestra toma de decisiones y la incapacidad de la política de responder estás inquietudes. El propio Papa Francisco denunciaba el avance de un gobierno tecnocrático, con la tendencia a permitir que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas ¡Bienvenidos todos al siglo XXI! donde importa únicamente la eficiencia y la eficacia, en un contexto que si perdés el tiempo la culpa es tuya porque no leiste “Hábitos Atomicos” y si sufrís tenés que aguantar el dolor porque te convencieron de que hay que ser estoico, además seguramente exista un TikTok con 10 tips para sentirte mejor. 

Como dice el Papa Leon XIV en su encíclica “Magnífica Humanitas”:Así se manifiesta con mayor evidencia que la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz.”

Vivimos un contexto en el que todo parece exigir un posicionamiento inmediato o una pose estética. En vez de discutir con el “otro” terminamos defendiendo consignas vacías sin poder escuchar al que tenemos enfrente. Y es en ese momento (paradójicamente), donde menos pensamos por nosotros mismos. Frenar la inercia, escuchar al prójimo para hacerse preguntas permite pensar la discusión de una forma habitable, sin la polarización algorítmica. Habitar una comunidad con quienes piensan distinto no es una amenaza, sino la posibilidad de alcanzar una libertad cognitiva más profunda. El diálogo sigue siendo el lugar donde esa libertad se hace posible.

El Vaticano dió una respuesta. Es necesario que la clase política piense un marco ético, político y espiritual sobre el paradigma tecnocrático. No es tarde para ello, quizás el gran acuerdo político tenga que ver con estás cuestiones, porque nos entrelazan a todos los trabajadores, jóvenes, adultos, ancianos etc. “Desarmar la IA” propone el Papa León XIV, impedir que la tecnología tenga dominio sobre lo humano. Hacerla discutible, refutable y, por lo tanto, habitable. 

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