“Ojala sean transgresores y profundamente incorrectos.” Néstor Carlos Kirchner
La muerte
27 de Octubre de 2010. El día del censo, fallece el ex-presidente y diputado nacional Néstor Carlos Kirchner. El país entra en conmoción. Tres días de duelo, el pueblo en la calle y un velatorio emblemático. Las imágenes de esos días registran mejor el momento que cualquier esfuerzo de narrarlo en esta nota.
Yo tenía cinco años. Es un recuerdo borroso. Un televisor encendido, una familia congregada alrededor, silencio. Recuerdo no entender. Recuerdo la mirada perdida de mi abuelo. La verborragia de mi abuela. Una lágrima que asomaba en los ojos de mi padre.
Muchos interpretan la muerte como el bautismo de la La Cámpora (o más ampliamente la “Juventud Kirchneristsa”) y su cristalización como fenómeno político. Como el momento más claro de esa generación abrazando la política. Propongo una lectura distinta. La muerte de Néstor Kirchner es la muerte de la Juventud Peronista. El último momento (hasta el día de hoy) de una juventud militante como actor dinámico al interior del campo popular.
La ausencia
La ausencia de Néstor Kirchner deja un vacío enorme en la configuración política del Kirchnerismo. La presidenta Cristina Fernandez de Kirchner tiene la obligación de cambiar radicalmente de estrategia de un día para el otro; del doble comando, la alternancia y la transversalidad al mando unipersonal y la fuerza propia.
Sin Néstor, el esquema de alianzas de ese primer Kirchnerismo se resquebraja. Hay una frase que sintetiza el estilo de conducción de Kirchner; “Néstor hablaba al final” recuerdan muchos funcionarios clave de esa época (De Vido, Moreno, etc.). Néstor era la síntesis. El último orador de una gran mesa integrada por la CGT, los Movimientos Sociales, el PJ como factores de poder, y parte del campo progresista como capital simbólico.
Cristina en cambio, en su carácter de presidenta, era el todo. Ante un esquema que ella no controlaba, compensa el vacío que dejó Kirchner conformando la fuerza propia. Adentro La Cámpora, adiós PJ y CGT. Adentro Recalde, adios Moyano. Más allá de hacer un juicio de valor de estas idas y vueltas (cuyo saldo final es el achicamiento del campo popular y la derrota en el 2015), lo que me interesa es destacar que trás la muerte de Néstor se da una maduración precoz de la juventud que lo había acompañado y cristalizado en el aluvión del 27 de Octubre de 2010. La gran ausencia no es solo el flaco sino los pibes, el dinamismo en la política del campo popular.
Estos jóvenes, que se miraban quizás al espejo de la JP de Dardo Cabo (capaces de secuestrar un avión y plantar la bandera argentina en Malvinas, o atracar el sable corvo de San Martín), pasaron de organizar marchas contra el campo a administrar las empresas del Estado. De las pecheras azules a las remeras de anses. La Cámpora dejará de ser la expresión de una juventud rebelde y combativa para ser una organización de funcionarios públicos. Y entonces, las reglas para hacer política cambian. Los pibes se corporativizan. De organizar la revolución a la ética ciudadana.
Casi 16 años nos separan del fallecimiento de Néstor al día de hoy. ¿Es nuestra dirigencia juvenil mejor que la que acompañó a Kirchner? ¿Es acaso el directorio de YPF una mejor escuela de cuadros que el barrio y la calle? ¿Son más audaces los dirigentes con planta permanente que los que se hicieron al calor de la lucha y la revuelta social? Yo creo que no. Que no hay hoy una juventud política organizada con independencia, capacidad y voluntad de ser rebelde, y desde esa rebeldía, generar mejores condiciones para cualquier proyecto de liberación nacional. Y esta es la gran ausencia.
Recuperar la irreverencia
No es lo mismo ser joven y estar en política qué ser una juventud política. Desde la muerte de Kirchner, hay una progresiva corporativización del militante y en paralelo una gran ausencia que es la rebeldía como factor que dota de sentido a la militancia juvenil.
Néstor Kirchner, ya Presidente, fue quizás más jovén que muchos referentes de la Juventud Peronista contemporánea. Hay algo en sus gestos, en su estilo, en su trato, en su imagen pública que se sintetiza en una palabra; irreverencia. Ese Néstor que no pagaba tributo a los poderosos, que no tenía respeto por los protocolos, un hombre que la solemnidad del sillón de Rivadavia no supo cambiar. La irreverencia es la gran ausencia en el Peronismo de hoy. Ese presidente recién asumido que golpea su cabeza contra una cámara mientras surfea la marea de gente que lo rodeaba. Esa foto ilustra perfectamente el hombre que fue Néstor Kirchner.
Tenemos una juventud militante encorsetada en las estructuras partidocraticas de la corporación política. Corporación que funciona como una bolsa de empleo del staff rotativo del Estado (¡la planta permanente como utopía personal!) y juega con reglas funcionales a su propia reproducción. Corporación que no reconoce a ningún otro actor, ningún otro efecto, que escape a sus propias lógicas de análisis y acumulación. Lógicas cada día más alejadas de la realidad.
El problema no es que la corporación política exista. El problema es que no exista estrategia por fuera de la corporación. Corporación que agotó el crédito obtenido en sus años de gloria, hoy inmersa en una suerte de pragmatismo para la derrota. El Vandorismo, como expresión burocrática del Peronismo, supo entender en su máxima “golpear para negociar” que para negociar hay que golpear. Cuando la totalidad de la política, incluso su rebeldía, cae presa de las lógicas corporativas, pierde capacidad de innovación. Y sin eso, no hay fuerza posible para un proyecto que ponga de pie a la Argentina frente a los intereses que quieren verla subyugada. Un Peronismo sin rebeldía, sin amenaza latente de que si la tocan a Cristina que quilombo se va a armar, pierde sentido. Y la rebeldía no puede ser contenida en una planilla de excel ni fondeada por las arcas del Estado.
Nuestra primera misión como militantes y constructores de una Juventud Peronista del Siglo XXI es quebrar esta corporación política. Superarla. Organizar todo lo que esté por fuera y ganar.
Necesitamos una juventud política que sea irreverente. Casi inorgánica. Una juventud que rompa las pelotas. Hay también algo en ser imberbes que gritan, aunque a veces sea un poco estupido. En los setenta pesaba mucho más la pregunta ¿dónde militas? que ¿con quien estas? El proceso militar nos robó a los mejores exponentes de aquella generación de jóvenes militantes que representan otra gran ausencia de esta democracia. Sin embargo, existe una lección en aquellos que sobrevivieron y permanecieron en política, como lo fue Néstor en su momento y lo es Cristina. Una generación que no solo alcanzó el Estado, sino la legalidad política, pasados ya los treinta y cinco o cuarenta años. Esa juventud maravillosa invirtió sus primeros años en la militancia haciendo cosas que hoy la corporación política consideraría una pérdida de tiempo. Hoy nos conduce en gran medida una generación que alcanzó prematuramente el Estado y se siente incómoda fuera de él. Esto representa una enorme debilidad en la producción y reproducción política del campo nacional y popular.
Dicho esto, hay una esperanza. Los cuadros políticos del futuro no se están formando en dependencias municipales, donde gran parte de la corporación descansa. Hay una juventud que empieza a abrazar otras formas de organización, formación y acción política más acorde a los tiempos que corren y con mayor capacidad de proyectar futuro. Pibes y pibas que de a poco se encuentran, ya sea en redes, en una universidad, o en la calle. Comparten ideas, debaten, ensayan acciones. Nos subestiman. Existe o existirá una guerra asimétrica entre la corporación y este nuevo emergente. No tengo dudas de que el futuro es de los que creen, porque sus cajas no son capaces de quebrar nuestros sueños.

