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Sebastián Langer: “La extrema derecha hace tiempo que comprendió el potencial político del tecnofeudalismo y decidió jugar ese partido”.

Sebastian Langer es Arquitecto de Inteligencia Artificial en el banco ICBC Argentina, diseña y dirige proyectos de IA con amplia autonomía creativa, liderando un equipo de trabajo. Tiene experiencia previa en el sector público en cargos técnicos, habiendo pasado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el Ministerio de Producción y Trabajo durante la gestión Macri, una etapa que describe como significativa más allá de sus simpatías políticas.

Más allá de las coincidencias (o no) políticas e ideológicas, el interés de esta charla surgió por inquietudes compartidas. Entender y redefinir algunos conceptos del mundo actual atravesado por la revolución tecnológica. Proceso que a Langer le toca ver desde un lugar cercano por su formación y trabajo. Si bien no se define como peronista (aún), coincidimos en la importancia de que la Argentina construya una agenda soberanista para la etapa actual. Por eso nos resulta importante, y ahondamos en la conversación, reflexiones sobre el tecnofeudalismo y sus diferencias con el capitalismo tradicional, la relación entre algoritmos y desafección democrática, y la aparente paradoja de magnates tecnológicos que combinan discurso libertario con afinidades autoritarias. Langer analiza además a Argentina como caso de estudio a través del vínculo Milei-Musk, y profundiza en la figura de Peter Thiel, sus ideas sobre ciudades-estado digitales y el interés estratégico que representa el país para ese proyecto.

Agradecemos a Sebastian Langer por utilizar nuestro medio para expresarse. Es para nosotros un privilegio contar con una voz tan calificada. 

Soy Sebastián Langer, trabajo desde los 20 años en la industria tecnológica. Primero desde lo que fue el desarrollo y después dirigiendo equipos equipos de desarrollo, gerencia, área comercial, etc. En el 2014 yo decidí estudiar marketing porque cuando pasó lo de Cambridge Analytica me pegó fuerte y me di cuenta de que estaba pasando algo importante. Entonces hice una carrera en marketing y después hice un máster en marketing. Cuando terminé el máster, me fui a estudiar inteligencia artificial a Canadá. Obviamente el leitmotiv es que la tecnología me apasiona y creo que es algo bueno para todos nosotros y que me gustaría que esté en buenas manos. Pero también por la necesidad de comprender el mundo en el que uno vive. ¿No? O sea, eh, yo creo  viene más por ahí. Yo crecí en una secta. En una religión fundamentalista y me costó mucho salir de ahí. Entonces, a partir de ese momento yo desafié todas las filosofías difíciles de comprender y las quise entender por mí mismo. Los gurúes no me gustan, las doctrinas no me gustan, los pensamientos herméticos no me gustan. Me gusta llegar hasta el fondo y me gusta de alguna manera tener una comprensión de la realidad. 

Nosotros llegamos del otro lado. De la formación política a la fascinación por la revolución tecnológica. Así que es un cruce más que interesante para nosotros. Desde tu lugar ¿donde ubicas la importancia de entablar relación entre política y tecnología?

¿Por qué creo que vale la pena que se metan con esto? Primero, todo el mundo está confundido. Los inversores, los gerentes, los directores, sobre todo la cúpula que está tratando de dirigir proyectos y poner plata en las empresas o hacer inversiones, no terminan de entender cómo funciona la tecnología. Cuál es el alcance que puede llegar a tener y dónde están los focos de inversión. Y tampoco terminan de entender por qué, por ejemplo, que se saque “Mythos” o “Fable”, después de haberlo puesto en producción hace unos, no sé, cuatro o cinco días, que a los dos tres días lo corten. Digo, la verdad es que si vos te quedás con eso y te comés el cuento de que es por ciberseguridad y que, por las dudas, saquemos el modelo de Anthropic de internet… 

Y estoy poniéndolo como ejemplo, eh, no hace falta ni que sepan exactamente qué es esto. Es una empresa (Anthropic), que está liderando el desarrollo en inteligencia artificial, y que está como antagonista del gobierno estadounidense y que le retiró sus modelos, que a la vez le dijeron “Tus modelos no van más porque son demasiado poderosos”. Entonces… La verdad que las lecturas que se pueden hacer de esto son un montón.

Y mientras tanto, es alarmante que la política haga oídos sordos a determinados reclamos o procesos y se desvíe por esa burocracia jerárquica tendiente a conservar el poder y el status quo, que ya no funciona más. Es para mí análogo a cuando en la Iglesia hay hombres abusando de niños y los ponen como una autoridad en confesionarios.

Por charlas previas, entendemos que enmarcas todo este proceso en la transición del capitalismo al tecnofeudalismo. Estaría bueno ver si de verdad le sienta bien el apodo este de tecnofeudalismo o no a la situación.

Vamos a hablar de eso, y me gustaría dejar para una próxima edición, qué es lo que creo que tendría que existir en lugar del tecnofeudalismo, porque tecnoalgo tiene que ser, chicos. Eso seguro. Tecnoalgo es, tecnodemocracia, no sé, tecnoalgo es. Entonces, a ver, un poco la historia de para apelar al concepto, ¿no? Eh, imaginate en la Edad Media, el señor feudal era dueño de la tierra. Y si vos querías sembrar papas, tenías que entrar a su campo, agachar la cabeza, trabajar la tierra, entregarle una parte enorme de tu cosecha solo por el derecho de existir ahí adentro. Y el señor feudal no competía en el mercado, simplemente cobraba un peaje por su propiedad. Hoy pasa exactamente lo mismo, pero en el mundo digital. Las grandes corporaciones como Apple, Google, Amazon, Meta, no son simples empresas que compiten en un mercado, son dueñas de un territorio digital. Son los señores de la nube. Si hoy vos sos un programador en Córdoba, un comerciante que vende ropa en Instagram, o un repartidor de Rappi, no operás en un mercado libre. Operás dentro de un feudo digital privado. Para que Apple te deje vender tu aplicación, te cobra un peaje del 30%. Eso no es ganancia por producir algo, es renta pura. Igual que la que cobraba el Duque de Lancaster en el siglo XII. 

Bueno, ¿de dónde viene esto? ¿De dónde viene la nube? Explotó en 2008 tras la crisis financiera global. Entonces ahí los bancos centrales de Estados Unidos y de Europa imprimieron billones de dólares baratos, el famoso quantitative easing. Y ese dinero gratis no fue para mejorar escuelas, hospitales, industrias, nada. Fue directo a financiar la infraestructura de Silicon Valley. Así se construyó lo que hoy conocemos como la nube, que es la máquina de extracción de datos más grande de la historia. Bien. Entonces la próxima pregunta es: “¿Che, pero y si esto entonces no es el capitalismo de toda la vida?”.  No. Las Big Tech no compiten, o sea, los mercados implican competencia, ¿sí? Esta gente no compite, en general se compran entre sí. Amazon no compite con nadie en su plataforma, es el dueño de la plaza. Google no compite en búsquedas, es el dueño del acceso a la información. El capitalismo se basaba en producir bienes y venderlos en un mercado. El tecnofeudalismo se basa en ser dueño de la infraestructura donde los demás producen y cobran renta por ello.

Hasta ahí no es tan distinto a lo que podría ser un capitalismo monopólico. Pero el resto de nosotros aún competimos en el mercado. ¿No?

Bueno, ese es el truco. Nos hacen creer que es un capitalismo hiper avanzado, pero en realidad lo están rompiendo desde adentro. El capitalismo clásico es donde vos competís bajando precios, mejorando la calidad. Y en el tecnofeudalismo el objetivo no es competir en el mercado, es convertirse en el mercado. Si vendés fundas de celulares en Amazon y te empieza a ir bien, el algoritmo de Amazon, que tiene todos tus datos de ventas, detecta tu éxito, crea su propia marca de fundas, te copia el diseño, te lo manda a la página y te manda a vos a la página cinco de búsquedas y te funde. Hay miles de juicios sobre este tema. Vos no sos un competidor, sos un siervo que le entregó el algoritmo gratis al señor feudal de la nube. Hay un debate enorme en el sector. Por ejemplo, bueno, economistas como Yanis Varoufakis dicen que el capitalismo ya murió, porque la renta en la nube derrotó a la ganancia tradicional. Otros como Evgeny Morozov dicen que esto sigue siendo capitalismo salvaje porque Google o Meta invierten miles de millones en investigación y desarrollo de IA y compiten forzosamente entre ellas. Pero desde adentro, el sector de inteligencia artificial, yo te digo la verdad. No importa el nombre técnico. Lo que importa es que los mercados libres ya no existen. El capital de la nube está canibalizando al capital terrestre. Las pymes tradicionales hoy son vasallos que transfieren sus pocas ganancias en forma de renta digital, pagando publicidad digital obligatoria, servicios de almacenamiento en la nube, comisiones de pasarelas de pago, para que tres o cuatro tipos en California o en Shenzhen se vuelvan trillonarios. Algo interesante sobre tecnofeudalismo, el término en sí mismo. Tiene raíces lúdicas. Apareció por primera vez en un juego de rol de Cyberpunk. Esto me parece flash. Cyberpunk, la distopía tecnológica del futuro…

Hay mucho de esta época en tomar de la ficción conceptos para llevarlos a la realidad. Peter Thiel también toma inspiración de fantasía o ciencia ficción.

Bueno, Palantir sabemos que viene del famoso cuento de Tolkien ¿Qué posición clara que tomó él, no? Eligiendo el mal en el Señor de los Anillos. Pero bueno, lo que yo digo es eh, en 1990 salió un juego llamado GURPS Cyberpunk, que era de Lloyd Blankenship. Él acuñó esta palabra de tecnofeudalismo. Luego Cédric Durand, un economista marxista francés, lo desarrolló intelectualmente. Y Yanis Varoufakis en un libro que se llama Tecnofeudalismo, qué es lo que mató al capitalismo, también habló del tema y fue el divulgador más influyente. Acuérdense que Yanis Varoufakis fue en el momento en el que se desplomó la economía griega (2015) Ministro de Economía. 

¿cómo se, cómo se conecta este cambio económico con la crisis política? Hoy la gente va a votar y siente que gane quien gane nada cambia. ¿Hay un vínculo entre algoritmos y la desilusión democrática?

Bueno… Sí. Hay una conexión directa. Lo que estamos viviendo es la plutocratización y vaciamiento de la democracia. Algo que los sociólogos llaman posdemocracia. Las instituciones formales siguen estando ahí, el Congreso, los votos, la Constitución, todo el show, van al teatro de revista, creo que hoy cumpliría la misma función.

Narrativa, le decimos nosotros. Solo narrativa.

Solo narrativa. Son monumentos vacíos que no hacen nada más que estar ahí. Pero el poder real se mudó. Las decisiones críticas de nuestras vidas ya no se toman en los parlamentos, se toman en los servidores de Cupertino, Seattle o Pekín. Y la plutocracia en realidad lo que indica es que este poder está trasladado a las esferas económicas. Entonces bueno, por ahí no se toman las decisiones en Cupertino, Seattle, Pekín, en el 99% de los casos, pero hay un montón de gente que solamente se toman entre sectores que no representan a la población, sino que son sectores ricos que dialogan para comer un pedazo del pastel del tecnofeudalismo. Son habilitadores de este proceso. La verdad es que estamos todos ahí en una situación de mierda, y en lo que se convirtió la clase media, media alta, alta en general, todos los que no sean los trillonarios, somos facilitadores de esta mierda de alguna manera, para poder sobrevivir. Entonces esa sería la visión triste. A mí no me importa, a mí me importa más no vivir en una mentira que endulzar mi realidad. Yo trabajo con inteligencia artificial y hago lo mejor que puedo para entender el mundo y ver qué puedo hacer por él desde mi lugar y cómo me haga feliz. Y a mí por ahora lo que hago me hace feliz. Pero no neguemos que estamos todos habilitando que la plutocracia desde hace ya muchísimos años y ahora el tecnofeudalismo existan y sean posibles. 

Entonces, a ver, ¿por qué la gente siente que no está representada? Bueno, primero, la captura de la esfera pública. Antes el debate político se daba en plazas, diarios, televisión, con ciertas reglas del juego. Hoy el debate político ocurre en los feeds algorítmicos. X, TikTok, Instagram, en todos lados, que están diseñados específicamente para generar adicción y polarización. El modelo de negocio de estas plataformas es la economía de la atención. ¿Qué genera más atención? El odio, la indignación, la grieta. El algoritmo nos divide de forma personalizada para vendernos más publicidad. Es imposible construir consensos democráticos cuando cada ciudadano vive en una burbuja de realidad paralela diseñada a su medida por la IA. En realidad, no importa cuál es el partido político que esté. Lo puede usar cualquiera con suficiente dinero y te va a funcionar. Pero te va a funcionar a costa de explotar la psicología de la gente y dejarla destruida. Porque las endorfinas, está comprobado, que se disparan más con noticias negativas. Ahora entras a instagram y ni siquiera me ponen el ojito para decir: “Che, sensibilidad, no mires”. Entro y de repente le habían metido a tres chorros, kerosén, y los estaban prendiendo fuego y la gente estaba aplaudiendo. Y abajo en el feed, un montón de, digo, los tres trolls de derecha que tienen 150 cuentas con inteligencia artificial cada uno diciendo: “Qué bien, qué bien”, todos con variaciones lingüísticas de “qué bien”, “qué festejo”, “se lo merecen”, etcétera. Entonces, estamos rotos. 

Sobre cómo reaccionan las distintas fuerzas políticas frente al tecnofeudalismo, creo que es un debate interesante, aunque quizás yo dejaría algunas cosas afuera. Me parece que ya hay un montón para hablar y que muchas de esas discusiones todavía tienen que decantar.

La verdad es que no soy un experto en política. Si vos me hablás de los tres peronismos, de los cincuenta y ocho peronismos o de las distintas corrientes de la política argentina, probablemente no tenga demasiado para aportar. Lo único que sé es que me gusta que protejan mis derechos, que me quieran, que me cuiden; me gustaría que la gente sea menos pobre y que vivamos en una sociedad más igualitaria. Y siento que hay movimientos políticos que históricamente habilitaron eso más que otros. Ahí está, en principio, mi norte político.

Después, con el tiempo, uno también ve las fallas y contradicciones de todos los movimientos. Y hay casos en los que esas fallas se vuelven tan graves que terminan reproduciendo los mismos problemas que dicen combatir. Esa es, quizás, la parte más agresiva de mi discurso: poder decir “che, loco, me lastimaste”.

¿Qué pasa con este modelo?

Lo mencionaba recién porque todo esto es un verdadero yunque. Es muy difícil entender qué está pasando en el sector, incluso para quienes trabajamos todos los días con estas tecnologías. No es tan simple como decir “Mati lo entiende porque es amigo mío”. Estamos todos los días juntos y, aun así, pasan cosas raras que muchas veces tampoco logramos comprender del todo. De alguna manera, eso sintetiza nuestro fracaso: sin información no hay poder.

En el caso puntual de este modelo hay un componente geopolítico muy fuerte. OpenAI, Gemini y también Meta están hoy bastante alineadas con la administración Trump. Del otro lado aparece Dario Amodei, fundador de Anthropic, que tomó una posición distinta. Parte de la discusión pasa por ahí: quién desarrolla los modelos más avanzados, quién los controla y quién decide cuáles pueden liberarse y cuáles no.

Amodei decidió bloquear uno de estos modelos argumentando que era demasiado peligroso. Paradójicamente, prohibir algo suele producir el efecto contrario: genera FOMO (Fear of Missing Out), es decir, las ganas de acceder justamente a aquello que no se puede tener.

Para entender el problema hay que retroceder un paso. Los primeros LLM eran básicamente lo que algunos investigadores llamaban “loros estocásticos”: sistemas que repetían o reorganizaban información a partir de enormes volúmenes de texto. Pero estas tecnologías evolucionaron muy rápido y hoy pueden elaborar hipótesis, sacar conclusiones, tomar decisiones y ejecutar tareas cada vez más complejas.

A medida que ganaron capacidades, empezaron a incorporarse mecanismos de seguridad conocidos como guardrails. La analogía es sencilla: funcionan como los guardarraíles de una autopista, diseñados para evitar que el sistema se descontrole o derive en comportamientos peligrosos.

Lo que ocurre con “Mythos” (cuya versión comercial es “Fable”) es que se trata de un modelo extremadamente potente, capaz de detectar vulnerabilidades en millones de sistemas. Desde su aparición se encontraron fallas de seguridad prácticamente en todos lados. Por eso se implementó un programa piloto mediante el cual el modelo fue liberado inicialmente a un grupo reducido de grandes empresas para que pudieran identificar y corregir vulnerabilidades antes de una apertura más amplia.

Recién después se habilitó una versión comercial con fuertes restricciones. Sin embargo, aun así el gobierno de Estados Unidos decidió retirarla argumentando que, si se liberaba masivamente, podía convertirse en una fiesta para los hackers. Y el problema es todavía mayor porque estos sistemas pueden ser sometidos a técnicas de jailbreak, es decir, procedimientos destinados a eludir sus mecanismos de seguridad.

¿La tecnología existe?

Por eso, esos guardrails que se les incorporan a los modelos pueden ser vulnerados si no se implementan correctamente. Entonces, la decisión del gobierno estadounidense puede leerse de dos maneras. Por un lado, como una jugada para favorecer a determinados actores tecnológicos cercanos al poder y limitar a competidores como Dario Amodei. En ese sentido, el mensaje fue claro: “Hasta acá llegaste”.

Pero, al mismo tiempo, también hay una preocupación legítima. El uso que hoy se está haciendo de la inteligencia artificial es realmente muy intenso. Ya no estamos hablando de un simple “loro estocástico”. Estamos frente a sistemas que tienen cada vez más capacidades y una influencia creciente en múltiples ámbitos.

Para responder puntualmente sobre “Mythos” y Anthropic, la discusión pasa por ahí. Después podemos hablar mucho más sobre Palantir, Anthropic, Trump y el uso actual de la inteligencia artificial generativa en el campo de la defensa y los conflictos militares.

De hecho, Peter Thiel, fundador de Palantir, es una de las figuras sobre las que vamos a hablar hoy. Y quizás convenga concentrarnos, por ahora, en su ideología, en sus empresas y en cómo piensa el mundo. Tal vez desde ahí se entienda mejor por qué Dario Amodei decidió decir: “Mis modelos no te los doy”.

En los últimos meses, algunas de estas discusiones empezaron a ganar centralidad pública. Pienso, por ejemplo, en la encíclica Dilexit Nos del papa Francisco, donde aparece una preocupación explícita por los efectos de la tecnología sobre la condición humana. Hasta hace poco estos debates parecían marginales, pero hoy empiezan a formar parte de las agendas políticas y sociales.

Más allá de las cuestiones económicas y financieras, hay transformaciones que parecen afectar nuestra propia experiencia como seres humanos: la forma en que nos vinculamos, trabajamos o construimos comunidad. ¿Coincidís con esa mirada?

Sí, coincido. Pero también creo que estamos ante un terreno que, en gran medida, fue cedido por negación. Hoy, por el momento, somos los perdedores de esta disputa y, si queremos recuperar capacidad de incidencia, primero tenemos que aceptar que ya perdimos mucho.

La única manera de construir en este escenario es entender cuáles son las reglas del juego y desde dónde se puede intervenir. Salvo que alguien pretenda incendiar todos los data centers y volver a la Edad de Piedra (algo que claramente no va a ocurrir), no tiene sentido plantear una oposición puramente negacionista a la tecnología. Sería como prohibir los cuchillos porque cortan. No funciona así.

Pienso mucho en Dune. En ese universo la inteligencia artificial está prohibida, pero en el mundo real ese escenario es inviable. La cuestión, entonces, es entender dónde estamos parados y cuáles son los márgenes de acción disponibles.

Porque, mientras gran parte de los movimientos progresistas y de izquierda todavía discuten cómo relacionarse con este fenómeno, la extrema derecha hace tiempo que comprendió el potencial político del tecnofeudalismo y decidió jugar ese partido. Ahí están los vínculos entre Milei, Musk, Peter Thiel y buena parte del ecosistema tecnológico surgido alrededor de PayPal: son actores que vienen articulando política, tecnología y poder desde hace años.

Nos guste o no, hoy esos sectores ocupan posiciones centrales de poder. Y, precisamente por eso, hay que entenderlos y dialogar con ellos.

Entrevistado: Y tampoco es que nosotros seamos tan baratos. También tenemos cosas para ofrecer. Hay intereses en juego y posibilidades de diálogo.

Por eso me llamó la atención la indignación que generó la visita de Juan Grabois a Peter Thiel. Recuerdo haber escuchado a Alejandro Bercovich y a varios analistas muy críticos con esa foto. Y sí, simbólicamente la imagen es muy potente: Grabois aparece entrando, sonriendo y extendiéndole la mano a alguien que ni siquiera vemos. La pregunta es: ¿a dónde estamos entrando? Todavía no lo sabemos.

Pero, al mismo tiempo, me parece que muchos de los indignados de siempre estaban leyendo la situación desde una perspectiva política bastante limitada. Porque, nos guste o no, está pasando algo y Grabois fue uno de los pocos dirigentes que decidió ir a decir: “Hola, Peter Thiel, bienvenido al barrio. Hablemos”.

Pero la discusión de fondo es otra. El peronismo es un poco como el latín. Fue una lengua enormemente importante y sigue siendo fundamental para entender muchas cosas, pero ya no es una lengua viva.

Eso no quiere decir que haya que descartarlo. Todo lo contrario. El latín sigue siendo útil porque conserva una etimología, una tradición y una capacidad para describir el mundo. Incluso hoy los nombres científicos siguen escribiéndose en latín.

Lo que digo es que tal vez no haya que seguir llamándolo de la misma manera. Quizás haya que inventar un nuevo lenguaje político que recupere la esencia de esa tradición, pero que sea capaz de actualizarla para el tiempo que vivimos.

Sí, pero el que pega es el de estrellita culona.

Pega el de estrellita culona, sí. Pero, siguiendo con esto de los idiomas y las lenguas muertas, nadie va a volver a la Edad Media a hablar latín. También es una discusión medio estética, si querés.

Lo que te quiero decir es que no hace tanto tiempo que el peronismo dejó de ser una lengua viva. Las figuras que lo representaron en la Argentina fueron muy variopintas y hasta hubo gente del mundo libertario que quiso disfrazarse de peronista, o por lo menos teñirse de esos colores para ver qué pasaba, como experimento político o mediático.

Pero eso no es tan importante. Para algunos puede haber una cuestión de nostalgia; para mí hay algo mucho más importante. Ojalá que de estas interacciones salga algo útil. Me parece que hay que focalizarse en cuáles son los hitos importantes que están sucediendo, dónde se puede empezar a negociar y, mientras tanto, cómo preparan ustedes sus filas para que pase algo diferente.

En eso estamos. En términos estructurales, por lo menos, es lo que nos propusimos y lo que nos hace caminar. Es nuestra utopía, construida colectivamente, y nos vamos encontrando con mucha más gente interesada, preocupada y con ganas de dedicarle tiempo y energía a estas discusiones de la que yo creía que había.

Pero también hay una gran confusión: el desorden, la falta de conocimiento, la soberbia de creer que uno entiende cosas que en realidad no entiende y, muchas veces, las ganas de tener razón puestas por encima de las ganas de transformar la realidad.

Sí, totalmente. Ni tan pelado ni con dos pelucas.

Bueno, hasta ahí llegaba más o menos mi exposición de hoy. Después, si quieren, podemos seguir hablando, no tengo problema.

La verdad es que, si esto es lo único que yo puedo hacer para que estemos un poco mejor, me parece que está bien. Lo que hice fue bajar a tierra conversaciones que veníamos teniendo con Mati y engrosarlas con datos duros: números, leyes, fechas, cosas que muchas veces uno tiene ahí dando vueltas en la cabeza, pero sin terminar de ordenarlas.

No es mucho más que eso: haber ordenado un poco estas ideas.

Y siempre teniendo en cuenta que mi ideología es bastante agnóstica, igual que mi religión o mi forma de ver la vida. Si tuviera que decir a qué adhiero, diría que al pensamiento crítico. Y, si se quiere, el único apego profundo que tengo es hacia el bien común.

Bueno, creo que en eso coincidimos. No sé si todo el mundo coincide, porque estas personas de las que estuvimos hablando hoy no sé si creen realmente en el bien común. Y ni siquiera hace falta ir a las altas esferas. Para mí hay gente que no quiere el bien común y es vecina nuestra también. Eso hay que tenerlo en cuenta.

Es vecina nuestra y, a lo mejor, está en tu propio partido político. Porque, citando a la Biblia, “el diablo se sigue transformando en ángel de luz”. Igual, estoy más de acuerdo con el diablo que con Dios, pero esa es otra conversación.

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