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El Dato Sos Vos

Sobre Magnifica Humanitas, el legado de Francisco, la Iglesia como último bastión filosófico de lo humano, y el problema del peronismo para interpretar el presente cultural mundial. 

Existe un campo de batalla, que pareciera invisible en sus causas para los procesos políticos actuales pero muy tangibles en sus consecuencias en la realidad. Son tiempos revueltos en el plano de las ideas. Pero entre tantos carteles de neón en esta calle algoritmizada de la información, hay momentos donde, calle abajo, una casita con una cruz analógica todavía guarda algunas respuestas.

El 15 de mayo de 2026, el papa León XIV publicó la encíclica Magnifica Humanitas: Sobre la protección de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Es un documento de más de cien páginas, construido con la paciencia y la responsabilidad de estar escribiendo para la humanidad y la historia, que celebra los ciento treinta y cinco años de la Rerum Novarum de León XIII y los pone en tensión con el presente digital. Habla con una precisión que pocos textos de la época, dentro o fuera del movimiento, han logrado. Le habla porque pone sobre la mesa tres cosas que el peronismo hace años necesita discutir y no termina de encontrar cómo nombrar: quién está siendo moldeado por esta época, qué le están haciendo mientras mira para otro lado, y desde dónde todavía se puede decir que algo es humano. Para entender por qué esa conversación es posible, hay que empezar por el puente. Y el puente es Francisco. 

Francisco: el hombre que pensó desde las periferias

Jorge Bergoglio llegó al papado en 2013 portando una convicción de que la verdad sobre el mundo no se ve desde el centro sino desde los márgenes. Que el pobre no es un problema a resolver sino un lugar epistemológico, un punto de vista privilegiado para entender qué está fallando en la organización de la vida social de los estados. Esa convicción le dio a su pontificado una orientación inconfundible y, con el tiempo, una productividad doctrinaria que hoy es el legado más sólido que León XIV recibió. 

Laudato Si’ y Fratelli Tutti fueron las principales expresiones de ese pensamiento. En estos documentos Francisco desarrolló una crítica profunda al paradigma tecnocrático, a la mercantilización de la vida y a la fragmentación social producida por el individualismo contemporáneo. (Sobre ese proceso y el pensamiento político de Francisco escribimos más extensamente acá).

Lo que Francisco fue construyendo fruto de una paciencia y una contemplación infinita es un prisma desde donde leer el siglo XXI desde los que el siglo XXI deja afuera. Y un interrogante cómo legado: ¿Cuál es el desafío del ser humano en el siglo XXI? La institución más antigua de la Humanidad señala la tensión entre el pueblo y las fuerzas que lo someten, entre la dignidad de los muchos y la acumulación de los pocos. Este es el legado de Francisco.

León XIV tomó ese legado cómo bandera y lo llevó a su consecuencia más urgente. Magnifica Humanitas es, en ese sentido, el mapa del territorio que Francisco había señalado pero no había terminado de cartografiar: el de la inteligencia artificial, los datos, las plataformas y el poder cognitivo concentrado en manos privadas transnacionales, que ya superan en recursos y capacidad de intervención a la mayoría de los gobiernos del mundo.

Babel y Nehemías: Gemelos Virtuales

León XIV abre la encíclica con dos imágenes bíblicas que funcionan como el eje de toda la argumentación y que son el reflejo de dos modelos de política.

La Torre de Babel es un proyecto colectivo y grandioso que colapsa. No porque sus constructores sean malos. Sino porque construyen sin referencia a lo que está fuera de ellos mismos, sin Dios (que en el lenguaje de la doctrina social puede leerse también como: sin el prójimo, sin el bien común, sin ningún límite exterior a la lógica del proyecto) Babel es orgullo pero también la homogeneización. Es una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. La uniformidad que neutraliza las diferencias, la eficiencia que sacrifica lo que no puede ser medido. Los resultados no realizan a sus constructores. Los atrapa en una lógica de obsesión eficientista. Tampoco los une. Al contrario, los fragmenta, sin poder entenderse entre ellos precisamente porque la construcción tuvo como fin no depender de nadie más. En el intento de construir un mundo sin diferencias ni dependencias, lo primero que desaparece es la posibilidad de entender al prójimo.
Babel reaparece en una fantasía muy moderna: creer que el ser humano puede reducirse por completo a información. Cada búsqueda, cada movimiento, cada consumo convertido en dato. La idea del “gemelo digital” nace de ahí: construir una réplica estadística de las personas a partir de sus hábitos y comportamientos. Una versión calculable del individuo. Y cuando eso ocurre, la tecnología deja de limitarse a organizar servicios o mercados. Empieza a intervenir directamente sobre la conducta humana.

Nehemías reconstruyendo los muros de Jerusalém es otra imagen de lo colectivo, pero de naturaleza radicalmente distinta. La ciudad está en ruinas después del exilio. Nehemías no impone soluciones desde arriba si no que convoca a las familias, asigna a cada una su tramo de muro, escucha las preocupaciones, coordina los esfuerzos. Todos los hombres, mujeres, sacerdotes, artesanos, jóvenes, etc, cada uno a cargo de su parte. La ciudad renace no por la iniciativa de uno sino por la responsabilidad compartida de todos. Es una lógica donde cada uno conserva una responsabilidad concreta sobre lo común. Y es, sobre todo, una imagen de política concebida como construcción y no como dominación. Y cómo expresaría Francisco “El todo es superior a la parte”.

La elección que León XIV le propone a la humanidad no es si IA si o no como han recortado de título algunos medios más grandes que este. Si no qué clase de ciudad queremos construir con ella. Babel o Jerusalén. Con que praxis. Con un poder que no rinde cuentas a nada ni a nadie, o la responsabilidad compartida de todos sobre el tramo de muro que les toca. Esa elección, dice el texto con una precisión que habría que subrayar, no es técnica. Es política. Es moral. La discusión ya no pasa únicamente por quién queda afuera del reparto de la riqueza, sino por qué parte de lo humano empieza a perderse en el proceso.

El saqueo cognitivo: El dato como materia prima 

Hay un pasaje del Capítulo II de Magnifica Humanitas que el peronismo tiene que leer con la misma atención con que en otro tiempo leyó el análisis marxista de la plusvalía. León XIV extiende el principio del destino universal de los bienes (uno de los pilares más antiguos de la doctrina social, presente ya en León XIII, en Juan Pablo II, en Francisco) al dominio de los bienes inmateriales. Es una formulación nueva y sus consecuencias son enormes.

Entre los bienes que están destinados universalmente a toda la humanidad deben contarse hoy también las patentes, los algoritmos, las plataformas digitales, la infraestructura tecnológica y los datos. León XIV sostiene que esa idea forma parte de una tradición histórica de la Iglesia que hoy ya no se aplica solamente a la tierra o al agua, sino también al código y a la información que organiza la vida de miles de millones de personas. El derecho a la propiedad privada existe y la encíclica lo reafirma. Pero siempre estuvo subordinado al destino universal de los bienes. Esa subordinación (que Juan Pablo II llamó la regla de oro del orden social) no desaparece cuando los bienes son inmateriales. El mismo Papa nos está diciendo que es urgente integrar estos conceptos para no perder la dignidad porque los bienes inmateriales de esta época tienen una capacidad de concentración de poder que ningún bien material había tenido jamás.

El dato es el nombre de ese bien inmaterial en su forma más elemental y más masiva. Y acá es donde la encíclica, sin usar el lenguaje de la economía política marxista, llega a una conclusión que esa tradición reconocería: el dato es materia prima. Es producido por millones de personas en cada búsqueda, en cada compra, en cada desplazamiento rastreado por el teléfono, en cada segundo de atención cedido a una pantalla. Esa producción es continua, involuntaria en buena medida, y extraordinariamente valiosa. Las corporaciones que concentran esa materia prima construyeron con ella los negocios más rentables de la historia del capitalismo. El productor del dato (la persona que lo genera con su vida cotidiana) no recibe nada. Ni siquiera sabe que produce.

Reducir esta discusión a la vigilancia y el control es un enfoque que cierra la pregunta antes de abrirla. La vigilancia existe y es grave. Pero nombrar solo la vigilancia es nombrar el síntoma más visible y dejar sin nombre la estructura económica que lo sostiene. Es como hablar del capataz sin hablar de la plusvalía. El problema del dato no es el disciplinamiento si no que te usan para producir valor que no te pertenece. Es que sos, sin saberlo, un trabajador no remunerado de las corporaciones más ricas del mundo. Esa es la formulación que Magnifica Humanitas habilita, aunque no use esas palabras. Esa es la formulación que el peronismo necesita hacer suya si quiere hablar de soberanía tecnológica sin que suene a consigna vacía. Y si de verdad queremos producir sustancia política para tener una narrativa de futuro, este es un documento fundamental que debería ser discutido en cada unidad básica del país.

La riqueza: Explotación invisible desde los márgenes

Una pregunta que les encanta a los sociologos. “¿Cuál es el sujeto social del presente?”. Pareciera que el capitalismo de plataformas ya no sólo explota. También transforma a los individuos. Como a un celular, los reconfigura. Les cambia la identidad o, mejor dicho, los vuelve una masa sin forma y sin rumbo. Ese es el nudo político más difícil de desatar.

León XIV dedica el Capítulo IV de la encíclica a lo que llama la protección de la libertad frente a las dependencias y la comercialización. El texto habla de plataformas que modelan el deseo, que forman la imaginación colectiva, que deciden qué es visible y qué no existe. Habla de dependencias que no se sienten como cadenas porque están construidas para sentirse como comodidades. Una tésis que no es nueva es verdad pero que con los avances en materia de consumo tecnológico se han vuelto más íntimas. Una cultura que reemplaza al humano por los consumidores. La famosa batería a la cual se refería Morfeo en Matrix. Y habla de una transformación del sujeto social que es, también, una transformación política: cuando el individuo se relaciona con el mundo fundamentalmente como consumidor, pierde las categorías con que podría pensarse como trabajador, como ciudadano, como miembro de una clase con intereses colectivos, cómo ser humano.

El peronismo nació como movimiento de masas en torno a un sujeto que se identificaba por lo que producía ya sea el trabajador industrial, el obrero de la carne, el empleado de comercio, el ferroviario, etc. Esa identidad tenía una geografía (la fábrica, el sindicato, el barrio) y una conciencia de pertenencia colectiva que era la base de cualquier construcción política. Este capitalismo de plataformas disolvió esa geografía sin reemplazarla por otra. El trabajador de hoy puede ser un repartidor que no tiene patrón reconocible, un freelancer que vende su tiempo en una aplicación, un empleado de call center que atiende para una empresa radicada en otro país, o simplemente alguien que no consigue trabajo formal y sobrevive en la economía informal mientras consume contenido en el teléfono. Lo que todos tienen en común ya no es lo que producen. Es lo que consumen. Y la identidad de consumidor es, políticamente, la más débil que existe: es individual, es atomizada, no genera solidaridad, no produce conciencia de clase, no construye poder colectivo. Porque también cambió la experiencia misma del trabajo. Durante buena parte del siglo XX, millones de personas podían reconocerse como parte de una tarea común: fabricar autos, levantar fábricas, mover trenes, producir acero, construir infraestructura, etc. Había una idea (real o simbólica) de estar aportando algo al desarrollo del país. De realizarse en comunidad. El capitalismo de plataformas fragmentó esa experiencia en miles de tareas dispersas, muchas veces ligadas a servicios efímeros, métricas de rendimiento y demandas inmediatas. Cuesta construir identidad colectiva cuando el trabajo aparece reducido a repartir pedidos, retener clientes por teléfono o competir individualmente por atención narcisista dentro de una aplicación por sólo citar algunos ejemplos. 

La encíclica no usa el término peronismo ni le habla directamente al movimiento. Pero cuando León XIV dice que la grandeza de lo humano no puede medirse por la capacidad de consumo, cuando dice que el trabajo es un bien fundamental de la persona y que ningún proceso de automatización puede sacrificar la dignidad del trabajador en el altar de la eficiencia, cuando dice que las familias y los jóvenes necesitan condiciones sociales que hagan posible la esperanza y no solo la supervivencia individual, está describiendo exactamente el problema político que el peronismo tiene que resolver si quiere volver a convocar a ese sujeto que ya no sabe que es sujeto.

El “negro” del siglo XXI no viene del interior con una valija de cartón. El sujeto político es “el marrón”. El mote despectivo del siglo XXI para los que no tienen acceso. Viene de la economía de plataformas con una deuda en la tarjeta de crédito o billetera virtual  y la sensación de que su problema es individual y personal. Atormentando porque no puede estar a la altura de lo que la eficiencia de esta cultura pide tanto en realización personal como espiritual. La tarea del peronismo es convencerlo de que es político, es colectivo y volver a poner en valor la comunidad organizada.

La Iglesia: Último bastión filosófico de la humanidad

Hay una pregunta que subyace a todo lo anterior y que Magnifica Humanitas responde, aunque tampoco de manera explícita. ¿Desde dónde se piensa al ser humano hoy? ¿Quién tiene todavía un corpus filosófico capaz de sostener la afirmación de que la persona no es reductible a sus datos, que la dignidad no se mide en el mercado, que hay bienes que no pueden tener precio?

La academia se fragmentó en disciplinas que no se hablan entre sí. La izquierda perdió en buena medida la batalla cultural y con ella la capacidad de producir una visión del mundo alternativa a la del mercado. El progresismo internacional pareciera querer vendernos visiones de mundos completamente alejadas del ser popular y nuestros dirigentes contratan asesores del viejo mundo sin entender las formulas, por más bien pensantes que sean, que vienen de una cosmovisión globalizada. Los partidos (incluido el peronismo) operan cada vez más en el registro de la gestión y cada vez menos en el de la doctrina y el candor de lo Argentino. El sindicalismo defiende lo que queda pero raramente propone un horizonte. En ese paisaje de vaciamiento filosófico, la Iglesia es hoy, paradójicamente, uno de los pocos corpus intelectuales sistemáticos que todavía piensa al ser humano como totalidad y no como dato de mercado. Aún, luego de milenios demuestra que Dios no ha perdido la fé en los seres humanos y todavía se hace la pregunta que ningún algoritmo puede responder: ¿para qué?

Magnifica Humanitas lo dice en el Capítulo III, en el pasaje dedicado a las narrativas subyacentes del transhumanismo y el posthumanismo. León XIV ve en esas corrientes (que prometen liberar a la humanidad de la enfermedad, la vejez, la debilidad, y eventualmente la muerte) la versión contemporánea del síndrome de Babel. Una pretensión de construir una humanidad perfecta sin aceptar los límites que definen lo humano. No es casualidad que esas corrientes sean financiadas por las mismas corporaciones que concentran el poder digital y el control sobre los datos. La filosofía posthumanista no es inocente. Es la ideología del poder que quiere prescindir de cualquier medida exterior a sí mismo, que quiere convertir a la humanidad entera en material de optimización. Que quiere, en última instancia, eliminar la pregunta política “¿para quién, con qué fines, con qué costo para quiénes?” reemplazándola por la pregunta técnica: ¿es posible?.

La Iglesia, con todos sus límites históricos, con sus contradicciones que son enormes y que nadie sensato ignora, tiene algo que ninguna otra institución global tiene hoy: una tradición filosófica de ciento treinta y cinco años de doctrina social, fundada en la afirmación de que la persona humana es imagen de Dios y que eso tiene consecuencias políticas, económicas y jurídicas concretas. Que la dignidad no es una concesión del mercado ni del Estado. Que hay bienes que le pertenecen a todos. Que el trabajo no es un costo de producción. Que los pobres no son un efecto secundario del progreso sino el criterio con que se juzga si el progreso es real.

El peronismo no necesita convertirse al catolicismo. Pero necesita reconocer que en ese corpus hay herramientas que su propia tradición intelectual perdió en los últimos años. La Rerum Novarum de 1891 habló de los obreros cuando nadie más hablaba de los obreros. Magnifica Humanitas de 2026 habla de los productores de datos cuando casi nadie más los está nombrando con esa claridad.

La medida: lo que engrandece y lo que reduce

Todo lo anterior converge en la formulación más simple y más exigente de la encíclica, la que le da nombre y que la recorre de principio a fin: la magnifica humanitas, la grandeza de lo humano, como vara con que medir todo lo que se hace. Y sólo una pregunta como medida de análisis de estas nuevas herramientas: ¿engrandece al ser humano o lo reduce?

Esa pregunta no es nueva. Es la que Perón hacía cuando decía que el capital debe estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio del capital. Es la que la doctrina social viene haciendo desde León XIII, cuando se negó a tratar el trabajo como una mercancía más. Y es la pregunta que se vuelve más urgente en el siglo XXI de una manera que ningún siglo anterior conoció, porque nunca antes las decisiones técnicas habían tenido tanta capacidad de moldear qué significa ser humano, qué se siente, qué se desea, cómo se imagina el propio futuro.

León XIV cierra la encíclica con una imagen: los constructores de Nehemías reconstruyendo Jerusalén piedra a piedra, cada familia a cargo de su tramo de muro, con Dios al centro de la tarea y la persona al centro de las decisiones. Lejos de nostalgias espirituales es una poderosa imágen política. De la única política que puede construir algo duradero que la que parte del sujeto real, lo nombra con precisión, lo convoca desde su dignidad y no desde su resentimiento, y le propone una tarea colectiva que lo realiza y lo engrandece.

El peronismo tiene historia para hacer eso. Tiene tradición para hacer eso. Lo que le falta es la brújula que le diga dónde está parado el sujeto al que tiene que convocar. Magnifica Humanitas es, entre otras cosas, esa brújula. Escrita desde Roma, pensada desde la herencia de Francisco, entregada al siglo con la modestia de quien sabe que la doctrina no reemplaza a la política pero sí la hace posible.

El dato sos vos y el siglo XXI ya aprendió a extraerte.

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