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“Del bombardeo informativo a la posverdad: caos, fake news y manipulación”

Vivir en el huracán informativo

Hay épocas en la historia en las que la política cambia de terreno sin pedir permiso. Hoy vivimos una de esas épocas. La política ya no ocurre únicamente en sindicatos, unidades básicas, plazas o instituciones más o menos consolidadas desde 1983 a esta parte: ocurre, de manera acelerada y permanente, dentro del flujo informativo que atraviesa nuestras pantallas sin interrupciones. No es que estemos expuestos a información: es que habitamos dentro de ella. Respiramos datos, opinamos en redes, consumimos contenidos sin pausa y tratamos de entender el mundo en un mar ruidoso donde todo compite por nuestra atención.

En este escenario, el ciudadano común —y también el militante— ya no recibe una cantidad razonable de noticias que pueda procesar con tranquilidad; lo que recibe es un bombardeo informativo continuo, un torbellino de titulares, videos, fotos, memes, tuits, audios, tendencias y clips que componen un paisaje caótico y acelerado. La circulación se volvió instantánea y masiva: en segundos, un rumor puede viajar más rápido que una aclaración oficial; una imagen puede volverse viral antes de que nadie tenga tiempo de verificarla; un recorte engañoso puede instalar un sentido que luego será casi imposible desmontar.

Ese fenómeno —nuevo en velocidad, pero no en intencionalidad— transforma la vida pública y la forma en que se construye la realidad compartida. Y, como toda transformación profunda, abre oportunidades pero también genera riesgos; especialmente para quienes buscan orientar su acción política al servicio del Pueblo. Porque si la política es disputa de poder y sentido, entonces el territorio informativo es uno de los campos de batalla más decisivos del presente y el futuro.

Juan Domingo Perón advirtió en 1951, en una columna firmada como “Descartes” en el diario La Prensa, que la llamada “libertad de prensa” muchas veces no respondía a un principio democrático sino a intereses externos: “La libertad de prensa, que es motivo de intensa campaña, no presupone la defensa de principio alguno, sino una verdadera agitación internacional dirigida a imponer una forma de influir en la opinión por los medios publicitarios al servicio de las empresas y países que la costean” (15 de marzo de 1951). En el mismo texto, sostuvo: “Las campañas sincronizadas a base de noticias fabricadas, calumnias inauditas y falsedades… no son en manera alguna peligrosas, pues los pueblos han llegado a descubrir la verdad a través de la mentira. Sin embargo, esos diarios tendrán su mejor castigo en el hecho de que cuando digan la verdad nadie se la va a creer”.

Hoy, ese desafío se multiplica. Porque a diferencia de los tiempos en que la prensa se concentraba en pocas redacciones, ahora el caos informativo es total, fluido y viral. La pregunta no es sólo quién dice qué, sino quién lo edita, lo recorta, lo posiciona, lo comparte, lo hace tendencia, lo manipula, lo deforma, lo descarta, lo comenta, lo cancela. Y en esa cadena infinita de emisiones, una militancia integral no puede permitirse improvisar.

Lo que sigue, entonces, es una radiografía del problema. No para asustarnos, sino para organizarnos.

Datos, información y flujo: claves para una militancia crítica

Antes de analizar cómo operan las fake news o la posverdad, debemos ordenar conceptualmente el terreno. Hay al menos tres nociones básicas que permiten observar el problema en la relación de la ciudadanía con su derecho a la información:

  • Dato: Es un elemento bruto, un registro de algo que ocurrió (o se dice que ocurrió), que puede ser verdadero o falso. Por ejemplo: “llovió en La Plata”, “el dólar cerró a $1550”, “detuvieron a un funcionario”. El dato está ahí, esperando ser interpretado.
  • Información: Es el resultado de un proceso que selecciona, organiza e interpreta datos. El dato se convierte en información cuando se contextualiza. Ejemplo: si al dato “el dólar cerró a $1550” se le suma “por nerviosismo electoral” o “a pesar del cepo”, ya hay una lectura política.
  • Flujo informativo: Es la circulación de esa información en un sistema. ¿Quién lo emite? ¿Cómo lo distribuye? ¿A quién llega? ¿Por qué canales? ¿Con qué intención? ¿En qué momento? Todo esto define el flujo.

Esto quiere decir que ningún dato “habla por sí solo”. Siempre hay una operación sobre él. Lo que cambia en esta época no es tanto el hecho de que existan intereses en pugna (eso existió siempre), sino la escala y la velocidad con que esa pugna se lleva a cabo.

Sólo bastan dos puntos de vista diferentes, dos intereses contrapuestos, dos tensiones en disputa, para que la información se convierta en un capital simbólico que permitirá el éxito o el fracaso en esa confrontación por el Poder.

La clave para una militancia peronista integral, consciente de estas problemáticas no es simplemente “creer” o “no creer”, sino entender cómo circula lo que recibimos como información, desde qué lugar se construye, y con qué propósito se nos entrega en ese formato. No todo lo que cuestiona el sesgo de confirmación y a las herencias deformadas del seisieteochismo feisbuquero es una opereta.

El recorte arbitrario y dirigido no es sólo en los titulares diarios que vomita cada mañana la agenda de noticias; lo es también en el humor, en el tono, en el orden de aparición, en lo que se decide mostrar o callar. Esa conciencia crítica sobre el flujo informativo es hoy una herramienta de formación tan valiosa como cualquier otra lectura doctrinaria. Porque sin ella, corremos el riesgo de militar en piloto automático, respondiendo a la agenda y a la narrativa que nos imponen otros.

El caos como matriz informativa de la era digital

El ecosistema informativo contemporáneo no es un entorno ordenado donde la verdad se impone por evidencia, sino una selva densa, inestable y ruidosa. En este entorno, el caos no es una excepción: es la regla. Y como toda regla, está aprovechada estratégicamente por quienes entienden su lógica.

Miles de noticias, rumores, posteos, videos y declaraciones circulan a cada hora. Y lo hacen, muchas veces, sin verificación ni contexto. Esta sobreabundancia, lejos de democratizar el acceso a la información, puede generar el efecto contrario: desorientación, parálisis, sospecha generalizada. El exceso de información desinforma.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo expresa con precisión en La sociedad de la transparencia: “la masa de información digital no se acumula para formar una verdad, sino que se disgrega en datos sin dirección”. Esa dispersión, sin orientación ni jerarquía, produce una subjetividad fatigada, que pierde capacidad crítica.

Desde otra perspectiva, el sociólogo Manuel Castells advierte que el poder en la era de la información ya no se concentra solamente en el control del capital físico o militar, sino en la capacidad de configurar narrativas: “El poder es la capacidad relacional que permite a un actor influir sobre otros actores sociales de tal manera que actúen de acuerdo a su voluntad. Y en la sociedad red, esto se hace principalmente mediante la construcción de significado en los procesos de comunicación” (Comunicación y poder, 2009).

Entonces, el caos informativo no es sólo un problema técnico: es un problema político. Porque desordenar el sentido, erosionar certezas compartidas y multiplicar las versiones de los hechos no es una consecuencia inevitable de la tecnología: es una estrategia deliberada de control.

Frente a esto, la doctrina peronista aporta una brújula clara: la Organización vence al tiempo, pero también vence al ruido. Una militancia con conducción, con formación crítica y con claridad doctrinaria puede navegar ese caos, no para huir de él, sino para trazar un rumbo firme hacia el horizonte de liberación.

Fake news: cuando la mentira es la verdad

La desinformación digital no es solo una consecuencia del caos: es una industria;  organizada, profesionalizada y muchas veces financiada por intereses políticos o económicos concretos.

Un estudio del MIT, publicado en Science (2018), analizó 126.000 historias en Twitter entre 2006 y 2017 y reveló que las noticias falsas se difunden un 70% más rápido que las verdaderas. En promedio, las mentiras alcanzan a más personas, llegan más lejos y se propagan con más fuerza que la información contrastada. Y el principal vector de esa diseminación no son los bots automatizados, sino personas reales, motivadas por la indignación, el asombro o el sesgo de confirmación.

Esto nos coloca frente a una de las marcas más alarmantes de la época: el reinado de la posverdad. Una etapa histórica en la que los hechos objetivos importan menos que las emociones o las creencias personales. En donde el impacto de una frase, un meme o una imagen manipulada puede ser mayor que el de un informe oficial, un estudio riguroso o una desmentida categórica.

Las campañas de fake news operan bajo lógicas bien estudiadas:

  1. Apelan al lenguaje emocional, polarizante, escandaloso.
  2. Circulan por canales cerrados (grupos de WhatsApp, cadenas privadas) difíciles de desmentir públicamente.
  3. Apuntan a públicos segmentados con mensajes hechos a medida (microtargeting).
  4. Son amplificadas por influencers, cuentas troll o medios satélites que les dan apariencia de verosimilitud.

El caso Cambridge Analytica es paradigmático: obtuvieron datos personales de millones de usuarios de Facebook, los perfilaron psicológicamente, y luego los bombardearon con contenidos adaptados a sus temores y deseos más profundos. El objetivo: influir electoralmente sin que el receptor perciba que está siendo manipulado.

La desinformación es Poder (de otros)

Las estrategias de desinformación no solo distorsionan el presente: también condicionan el futuro. En lo político, debilitan la confianza pública en las instituciones, erosionan la legitimidad de los procesos democráticos y fomentan liderazgos que apelan a lo emocional mucho más que a lo racional. La sociedad queda fragmentada en burbujas informativas, donde cada grupo sólo consume contenido que reafirma sus creencias. En este escenario, el diálogo público se vuelve cada vez más improbable. La polarización no es sólo ideológica, sino epistemológica: ya no discutimos lo que pensamos sobre los hechos, sino qué hechos consideramos ciertos.

Durante la pandemia, lo vimos con claridad: noticias falsas sobre vacunas, tratamientos, cifras oficiales o medidas sanitarias provocaron decisiones individuales que pusieron en riesgo la salud colectiva. La desinformación, en este caso, no fue un problema abstracto; tuvo consecuencias materiales, medibles, trágicas. A mediados de abril de 2020, la OMS advirtió sobre una pandemia paralela a la del Coronavirus; la infodemia. Esa lógica de información contaminada se mantuvo, aunque con menor intensidad hasta nuestros días, al servicio de los intereses de los dueños de todas las cosas, como decía el enorme Rodolfo Walsh.

Surfear en el tsunami

No alcanza con indignarse ante las mentiras, tampoco con repetir verdades. Se necesita construir inteligencia colectiva para navegar el océano de datos e información digital;  reconocer las trampas del flujo y recuperar la iniciativa política en el terreno simbólico. 

Frente a este paisaje de fragmentación y manipulación, la doctrina justicialista ofrece un horizonte claro: la unidad del pueblo como principio político, la verdad como herramienta de liberación, y la organización como método.

La comunicación, en clave justicialista, no es un lujo ni un decorado. Es una herramienta de Poder al servicio de la justicia social. Es una práctica que articula la verdad del Pueblo, con sus palabras, sus símbolos, sus sueños, sus dolores y sus esperanzas.

Mientras los tecnócratas discuten big data y los gurúes de campaña diseñan hashtags, la militancia peronista debe recuperar su capacidad de narrar, de contar la Patria que soñamos, de enamorar con narrativas del futuro que somos capaces de construir. Porque la política no es solo gestión: es disputa de sentido y quien pierde esa disputa, corre el riesgo de quedar incomprendido incluso por aquellos a quienes quiere representar.

Hoy, como ayer, el desafío es convertir información en conciencia, datos en organización, ruido en sentido. No se trata de adaptarse al caos, sino de enfrentarlo con inteligencia, responsabilidad y patriotismo.

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