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Juventud: trabajo, progreso y otras promesas sobre el bidet

Hay un artilugio de la industria argentina que funciona de mil maravillas: la máquina de la incertidumbre. Si bien ya estamos acostumbrados a caminar por este yuyal, es frustrante ver quebrarse unas tras otras las promesas de progreso, estabilidad y paz social que vuelan como mariposas en época de elecciones y terminan estrelladas contra el parabrisas de lo que según nos cuentan, son los crasos errores de los predecesores y el costo necesario de la zanahoria por delante.

Este mes nos trae a la memoria dos hitos importantísimos que representan las luchas por la consecución de derechos y condiciones de vida más dignas en un mundo que es cada vez más grande, complejo y dispar. A nivel nacional recordamos la semana de mayo, aquella gesta política que dió los primeros pasos hacia la independencia y la autodeterminación, y en un nivel más amplio, conmemoramos el 1 de mayo el Día del Trabajador, en memoria de los mártires de Chicago, cuyas acciones representan hoy las luchas históricas de los trabajadores por nivelar relaciones laborales profundamente asimétricas y lograr mejores condiciones humanas en los ámbitos de labor.

La Revolución Industrial, el nacimiento de las teorías económicas modernas, la reconfiguración del mundo en torno a las ciudades y a las fábricas en función de la tecnología y la fuerza de trabajo, consolidaron los modos de producción capitalista y las tensiones generadas sobre la distribución de los beneficios y las condiciones de trabajo.

A partir de aquellos hechos trágicos en la fábrica McCormick y el atentado de Haymarket, la lucha por los derechos laborales cobró impulso a nivel internacional, y localmente tuvo su resonancia en la conformación de la primera federación obrera argentina en 1890, la institución del feriado nacional del 1 de mayo por decreto del presidente Hipólito Yrigoyen 40 años después, en 1930, y el comienzo de profundos cambios del campo laboral a partir de las políticas económicas durante el gobierno de Juan Domingo Perón a partir de 1946.

Los vaivenes políticos, sociales y económicos característicos de nuestra historia vapulearon la esperanza concreta de un progreso cierto, sin embargo empezó a gestarse la posibilidad del ascenso social a partir de la educación a la que ahora podía acceder la clase trabajadora, y que garantizaba mejores puestos de trabajo, mejores ingresos y la capacidad de construir un proyecto de vida a largo plazo. Claro, la pregunta que sigue es ¿Qué significa tener un proyecto de vida? Y si, entre otras cosas es convertirnos en mejores y mayores consumidores. Porque el hombre es un bicho de costumbres, y de consumo.

El mito del esfuerzo lineal 

Todo eso que durante años alimentó el arquetipo del progreso lineal terminó por dar un cimbronazo sobre los parafundamentos del mito de la meritocracia: estudiar y trabajar hoy ya no es una garantía. Durante décadas, la receta para el progreso social en Argentina fue clara: estudiar una carrera y conseguir un empleo eran los casilleros obligatorios para asegurar un futuro previsible. Hoy, ese contrato tradicional está suspendido. La realidad es compleja, el paradigma laboral que supimos transitar está en su ocaso y naufraga en una crisis global que atraviesa al mundo debido en gran parte a los avances en tecnología, sobre todo a las de plataforma digital, data analytics e inteligencia artificial y al impulso que le imprimió la pandemia de covid 19.

El interrogante que nos acompaña desde hace tiempo ya nos sopla en la nuca, y empieza a borrarnos la sonrisa: ¿qué mundo le dejaremos a las nuevas generaciones? Y lejos de tener siquiera el esbozo de una respuesta, resulta interesante tener la percepción de quienes serán los protagonistas de la próxima etapa.

Para esta parte de la nota accedimos al testimonio de jóvenes de diferentes edades que nos cuentan cómo la ven, cuáles son sus expectativas y de qué manera se paran ante un escenario incierto, dinámico y con pocas butacas disponibles.

A través de una encuesta simple que se distribuyó entre jóvenes de todas las edades, obtuvimos algunos datos interesantes sobre cómo vive la juventud sus primeras experiencias laborales, la decisión de transitar una formación académica superior y cuán lejos pueden proyectar sus horizontes de vida.

Al analizar la base de datos de la encuesta, el fenómeno más alarmante aparece al poner la lupa sobre los jóvenes que realizan el doble esfuerzo de estudiar y trabajar de forma simultánea. Lejos de cosechar los frutos de su disciplina, la respuesta ante la posibilidad de proyectar un horizonte económico es un “No” rotundo o un tibio “Más o menos”. Las respuestas cualitativas de los propios encuestados funcionan como una radiografía anímica de esta encrucijada. “Es una ecuación totalmente desproporcionada”, describe un joven de la muestra, y continúa, “muchas personas buscan trabajo y la oferta de trabajo genuino es casi nula” lo que refleja una dura realidad: en un contexto de retracción económica debido a la falta de políticas de incentivo a la producción, acciones de restricción monetaria para controlar los índices de inflación y una consecuente sobredemanda laboral, hace que las condiciones de trabajo se degraden fuertemente y se normalice la precarización. La cuenta es fácil, hay más necesidades que recursos disponibles.

Mientras, otros sintetizan su día a día bajo conceptos como “Frustrante”, “Inestable” o, simplemente, “Resistir en la incertidumbre”. El fantasma de la frustración profesional también opera con fuerza: la combinación entre jornadas agobiantes y salarios que se licúan en lo inmediato genera que el esfuerzo académico se perciba más como una sobrecarga que como una plataforma de despegue. Esto supone un serio riesgo para las generaciones más jóvenes, ya que se generan fuerzas contradictorias entre las promesas y garantías deterioradas de un futuro prometedor fruto del esfuerzo y trabajo arduo por un lado, y los ya viejos conocidos estímulos del consumismo en un mundo con cada vez más cosas que ofrecer, por el otro, donde los sentimientos de frustración y ansiedad se multiplican velozmente. El escalón del progreso se transformó en una cinta de correr donde se gasta energía para permanecer siempre en el mismo lugar. Y esa deuda genera intereses todos los días.

La muestra a trasluz. 

La base de datos presenta un perfil demográfico muy específico y enfocado en la transición hacia la adultez en un contexto crítico, la edad predominante, la franja de 18 a 24 años monopoliza de forma abrumadora la muestra. Existen casos puntuales en los extremos (menores de 18 años y un bloque compacto de mayores de 35 años), pero el núcleo del estudio es la juventud temprana, que sumando los segmentos que comprenden de 18 a 30 años, representa casi el 70 % de la muestra. 

Composición de la actividad: El grupo se divide principalmente entre quienes “Sólo estudian” y quienes hacen el doble esfuerzo de “Estudio y trabajo”. El resto de la muestra se reparte entre “Trabajo informal”, “Trabajo formal” y, en menor medida, “Monotributistas / Freelancers” y “Estoy desempleado”.

Proyecto de vida, entre el espejismo y las esperanzas que se desvanecen. 

Al analizar detenidamente los datos de la muestra en cuestión, se observa un colapso absoluto en la relación tradicional entre “trabajo” y “progreso económico”  La respuesta “No” a si el ingreso actual permite proyectar a futuro es casi unánime. Atravesó de forma idéntica a quienes tienen un trabajo informal y a quienes tienen un empleo formal. Salvo algunas excepciones aisladas, los jóvenes sienten que sus ingresos solo cubren la supervivencia inmediata. Para muchos de los encuestados y entrevistados, la posibilidad de proyectar a largo plazo una forma de vida es un lujo que simplemente no pueden permitirse. Planear es mucho más que soñar o tener una esperanza de una mejor situación, es poder contar con los recursos y garantías mínimas que nos permitan transitar procesos sabiendo que al final habrá buenas probabilidades de mejorar sustancialmente la calidad de vida, y que no sea sólo girar la rueda de la fortuna y esperar el milagro.

¿Alcanza con querer para poder?

Esto, además de generar una miopía en cuanto a las expectativas de lo que el esfuerzo promete, termina por desnudar la falacia de la meritocracia. Y aquí no negamos el hecho de que mediante el esfuerzo, la dedicación y la voluntad individual y colectiva se puede hacer la diferencia, solo resaltamos la necesidad que tiene cada individuo que se desarrolla en una sociedad de contar con el abrigo del colectivo social, es decir, del Estado, como garante de las condiciones propicias para que cada persona pueda hacer uso voluntario de su esfuerzo en la construcción tanto de su propio proyecto de vida como en el lugar que ocupa en ese entramado.

Ante la pregunta de si trabajar hoy en Argentina garantiza progresar, la opción “Depende del trabajo” domina por completo, seguida de cerca por el “No” directo. La idea de que el empleo en blanco o el esfuerzo laboral tradicional garantizan el ascenso social está totalmente resquebrajada en la percepción juvenil.

Remarla en dulce de leche

El mercado laboral actual es percibido por esta generación como un territorio hostil y de alta exigencia, caracterizado por tres grandes preocupaciones:

1- La imposibilidad del techo propio: Las opciones “No poder independizarme” y “No poder construir mi futuro / casa propia” aparecen de forma sistemática. El salario juvenil se percibe como una barrera que los excluye del mercado inmobiliario y la autonomía habitacional. Este factor influye significativamente en la decisión de la emancipación del hogar paterno, ya que para un sector muy importante de la población jóven, alquilar o acceder a créditos hipotecarios para compra de inmuebles resulta imposible debido a los ingresos que logran obtener. 

2- La devaluación del título: El temor a “No ejercer lo que estudié” y la “Falta de oportunidades” es una constante en los jóvenes que se encuentran en el sistema educativo. El título universitario o técnico ya no se vive como un escudo contra el desempleo o la subocupación. Sin embargo, muchos jóvenes eligen, aún así, embarcarse en la formación superior, ya no como una garantía palpable de progreso sino como una forma de posicionarse mejor en un campo laboral cada vez más competitivo. 

3- Aceptación de la precariedad: Prácticamente la mitad de los encuestados (43.9%) afirmó haber aceptado un trabajo en malas condiciones por pura necesidad. Esto demuestra que la precarización laboral temprana ya no aparece como una anomalía, sino como una experiencia frecuente de ingreso al mercado laboral actual. Sin embargo, la cuestión merece una reflexión más profunda: ¿qué significa realmente trabajar en malas condiciones? ¿Hasta qué punto pueden deteriorarse esas condiciones antes de afectar la dignidad de las personas? 

Resulta inevitable pensar que existen sectores dispuestos a aprovecharse de la necesidad ajena para maximizar beneficios reduciendo “costos”, aún cuando esas decisiones impactan de lleno sobre quienes, por obligación, deben aceptar la precariedad para cubrir sus necesidades más básicas.

El viejo truco de buscar nuevos horizontes

El impacto subjetivo de las condiciones materiales se traduce en un clima de época dominado por el desgaste psicológico y el desarraigo proyectado. La opción de emigrar recoge una mayoría aplastante entre el “Sí” y el “Tal vez”. Los “No” son marginales. Irse del país dejó de ser un proyecto de aventura para convertirse en una alternativa racional de supervivencia económica. Para aquellos que poseen alguna herramienta profesional o un título, la posibilidad de trabajar en el exterior resulta una opción más que prometedora, tanto en términos salariales como de calidad de vida. Incluso entre aquellos que pueden trabajar de manera remota en empresas extranjeras, debido a cuestiones impositivas pero sobre todo a que más allá del valor nominal de los salarios, Argentina es un país caro para vivir, donde acceder a los servicios básicos y a los productos de primera necesidad supone una fracción importante de los ingresos de los trabajadores, aún en un contexto donde la macro parece estar controlada y los niveles de inflación basculan alrededor del 3%.

Mapa emocional de una generación 

Los datos de la encuesta revelan algo más profundo que una dificultad económica o  laboral: muestran un desgaste emocional colectivo. La incertidumbre ya no aparece como una sensación aislada sino como el clima dominante desde el cual gran parte de los jóvenes piensa el futuro.

Incertidumbre, ansiedad y frustración se quedaron con el podio en la competencia de emociones, y junto con el miedo concentran la mayoría de las respuestas cuando se consulta sobre el trabajo y la perspectiva de vida. La emoción predominante es la incertidumbre, la ausencia de certeza de lo porvenir, la cual a su vez genera todo tipo de sentimientos asociados que operan y determinan la manera en que el individuo finalmente se relaciona con su entorno, y desembocan en estados vinculados al agotamiento y la desmotivación. Es estar en medio del mar y no ver tierra en el horizonte: ¿hacia donde bracear? ¿en qué dirección? ¿cuánto tiempo? sin objetivos claros la motivación muere antes de nacer.

En contraste, palabras como motivación, esperanza y optimismo quedan reducidas a una minoría, generalmente asociada a quienes lograron construir alternativas por fuera del empleo tradicional, como emprendimientos o trabajos freelance.

El dato no es menor: la encuesta no muestra solamente preocupación económica, sino una ruptura en la relación entre esfuerzo y expectativa. Se está convirtiendo en moneda corriente el que muchos jóvenes sientan que trabajar ya no garantiza progreso, estabilidad ni posibilidad de proyectar vida autónoma, sino que se reduce al simple hecho de mantenerse con vida.

Las respuestas abiertas terminan por darle dimensión humana al fenómeno. Expresiones como “la juventud ve el trabajo como una condena”, “resistir en la incertidumbre”, “negrean a la juventud y nos toman de boludos” o “trabajadores normales desmotivados” condensan una percepción compartida: la sensación de que el mercado laboral exige más de lo que está dispuesto a ofrecer a cambio.

Detrás de cada porcentaje aparece una generación que estudia, se capacita y trabaja, o en otras palabras, que dedica esfuerzo diario y constante pero que no encuentra el eco de su hacer sino que, en cambio, halla dificultades para imaginar un horizonte estable. El problema dejó hace rato de ser únicamente laboral para transformarse también en emocional y social: cuando el futuro se vuelve incierto de manera permanente, la ansiedad deja de ser individual y pasa a convertirse en un rasgo de época.

El fenómeno actual que funciona como amortiguador del descontento social viene de la mano de la tecnología, como siempre bien empilchado y con el discurso conocido de que si te esforzás lo suficiente, podés recoger los frutos de ese esfuerzo (el problema es definir cuándo y cuánto es suficiente). Los trabajos de plataforma ofrecen una ocupación rápida,si tenés un teléfono celular y un vehículo desde una bici hasta un utilitario, podés meterte en el negocio de la logística. Recomiendo una película al respecto: E noi come stronzi rimanemmo a guardare, de Pierfrancesco Diliberto (traducida al español como Tiempos super modernos).

Sin embargo, nadie habla de los otros trabajos de aplicación, como la venta de contenido, que resulta una salida rápida y rentable para el sector jóven y especialmente femenino, en plataformas como Only Fans, Telegram y otras, acompañadas por formas de pago como Cafecito, Tecito, etc. Es decir, todo un andamiaje alrededor de la tecno prostitución y la pornografía.

Hoy el negocio de la ilegalidad y la pseudo legalidad acechan desde muy cerca, no desde las esquinas de barrios marginales sino detrás de las pantallas de nuestros teléfonos y ofrecen, como siempre lo han hecho, dinero rápido, que en un contexto de incertidumbre, magras oportunidades de trabajo genuino y precarización, son una gema de vidrio que deslumbra pero que no vale nada.

Si bien hay que reconocer que estamos en un proceso de cambio de paradigma en lo que respecta al campo laboral, económico y tecnológico global, en lo que respecta al rol que debe asumir el Estado en cuestión de políticas que protejan a los ciudadanos se vuelve imprescindible en este contexto tan vertiginoso. Y si bien uno podría quedarse merodeando en el sobrenadante de toda esta problemática, sumergirse en los efectos a largo plazo que el descuido por parte de los gobernantes, de las instituciones y de la sociedad en su conjunto podrían generar, merece una atención especial. El deterioro de las condiciones de vida, la falta de oportunidades concretas y el aumento de la presión social engendran los sentimientos de frustración, incertidumbre y pérdida de sentido que subyacen a fenómenos mas graves como la delincuencia, el narcotráfico, la prostitución temprana y la incursión en adicciones de todo tipo que degradan los vínculos sociales y la identidad colectiva.

Si bien todo se ve como un panorama hostil, vale la pena reflexionar sobre el rumbo que necesitamos tomar como pueblo para poder ofrecer a las nuevas generaciones las herramientas necesarias para la construcción de su propio futuro, más allá de los ruidos que el mundo se esmere en imponer. Como dice el tango, por más que ronquen los merengues y las congas, siempre es buen tiempo para milonga. Pero es ahora.

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