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Milo J: Cuando la irreverencia del talento conmociona el alma

Contrariamente a como él mismo se presenta en la canción “3 pecados después…”, Camilo Joaquín Villarruel no es “otro negrito cantor del West”. Sí es negrito, cantor y del Oeste profundo, pero no es uno más.

“Llegar a estos lugares siendo de donde soy; de Morón, de Morón Sur; no es tán fácil como la gente piensa. Muchos piensan que como hacemos temas tristes, temas sentidos, temas tranquis, somos igual a los de clase media alta o clase alta. Yo salí de Barrio San José de Morón, como todos mis amigos, como todo mi staff… con algunos hasta comparto cuadra. Entonces sabemos bien todo lo que sufrimos, todo lo que se sufre siendo de donde somos para llegar hasta acá”. – Camilo, en rueda de prensa con 13 estatuillas en las manos.

Al igual que De Frente, Milo nació en Morón pero veinte años antes. Es el tercero de cuatro hermanos en una familia trabajadora. Su madre, Aldana Ríos, abogada y psicóloga social, es también su mánager y principal protectora frente a los daños colaterales que trajo y seguirá trayendo la capacidad de su hijo de brillar hasta dejar ciego incluso a los más necios y mediocres.  

Yendo de atrás para adelante, en la última edición de la entrega de los premios Gardel a la música argentina, nuestro orgullo negrito moronense, se llevó 12 premios (álbum del año, canción del año, canción urbana, álbum urbano, Canción folclore, Canción de autor, Colaboración urbana, Ingenieria de grabación, canción de hip hop / rap, álbum conceptual, videoclip corto, grabación del año) y el Gardel de oro.

Barítono profundo, con una voz capaz de hacer saltar de euforia y locura a miles de personas en un estadio o de provocar lágrimas mansas y nudos en las gargantas de las intimidades más sensibles en alguna soledad sin edad ni geografía. Trap, rap, bolero, murga uruguaya, folklore o el género que sea; Camilo se planta sobre su talento y su capacidad de observar lo que ocurre a su alrededor, las rítmicas y particularidades técnicas de la música no son un límite, más bien todo lo contrario; la exploración sonora y estética de cada canción demuestra y materializa que este pibe no tiene techo

A Milo J lo escuchan desde sus primeros pasos en 2021, niños grandes como él, que no sólo se sienten representados en sus letras sino en las cosas que dice cuando declara. Pero el salto a las grandes ligas de los ídolos que el Pueblo adopta para siempre lo dió en 2024 cuando el gobierno de retardados morales de Javier Milei le suspendió un show gratuito que iba a realizarse en el predio de la Ex Esma, argumentando falta de seguridad y permisos en la voz del narcoabogado y ex ministro de Justicia, Mariano Cuneo Libarona. Elegir nunca fue tan fácil; entonces madres, padres, abuelos, abuelas, hermanos y hermanas mayores de esos niños grandes se chocaron con el manantial de talento que brota desde el arte marrón de Milo.

El Gobierno de imbéciles, que no tienen la más mínima capacidad de profundizar en algún aspecto de la sensibilidad humana y callejera, no mide el impacto de sus decisiones idiotas, generando todo lo contrario a lo que creen pueden lograr. Javier Milei engrandeció a Milo J en aquel momento. Con la brutalidad e ignorancia que lo caracteriza (digamos o sea con lo cual o sea digamos), el Presidente de las criptoestafas puso en la vidriera a un artista que sólo conocían sus cogeneracionales masivamente. Milei se lo presentó a muchísimos argentinos que, equivocadamente, creen (o creían) por prejuicios y espejismos pesimistas  que “los jóvenes de hoy en día” están desinteresados por lo que nos pasa como Patria; que suenan todos igual y no se entiende nada de las frivolidades de lo que cantan. Parece que no es así. La imaginación y la creatividad son muy lejanas y extrañas para estos marginales con caja pública que reprimen, censuran y silencian; sencillamente porque hicieron de la mediocridad una virtud. Cabe mencionar al pasar que, como  consecuencia de la misma idiotez misógina, cobarde y mediocre, el Presidente atacó en el mismo sentido para esa misma época, a las diosas de la Patria Lali Espósito y Maria Becerra. Así de estúpidos son quienes nos gobiernan.

El negrito cantor del West, reivindica el color de piel marrón como la identidad real de Argentina y Latinoamérica, combatiendo estigmas peyorativos y denunciando el racismo estructural y la “portación de rostro”. Tiene un compromiso activo con los derechos humanos; su abuela biológica fue víctima del terrorismo de Estado. Sus letras (como en “Niño” o “El Invisible“) narran aspectos de la realidad de los sectores marginados, los wachines que roban por hambre y la gente “invisible” para el sistema. Ha denunciado la explotación en la industria musical y conflictos por regalías (como en “Rara vez“), priorizando la honestidad y el respeto por el arte sobre el rendimiento comercial.

Morón no es solo su lugar de origen, sino el eje conceptual de su obra. El número de la línea de colectivo que lo llevaba de Morón a Palermo (“166”) se convirtió en el título de su segundo álbum y en un símbolo del esfuerzo del trabajador del conurbano; es sponsor oficial del Club Deportivo Morón, llevando el nombre de su barrio en la camiseta del equipo; celebró su cumpleaños número 18 con un show para 32.000 personas en el estadio del club de sus amores, a pocas cuadras de su casa; Morón declaró el 25 de octubre como el Día del Músico Moronense en su honor y se formó en el estudio casero Bajo West, al que sigue apoyando económicamente y cuyos integrantes continúan colaborando con él. Milo J no es solamente música.

“Si algún día de estos se hace gris tu cielo lo pintarás mirando un río. Las lágrimas y el frío te hicieron de hielo y daré la piel, pa’ servir de abrigo. Y aunque el orgullo a veces ocultó mis miedo’, temo a caer y que no estés conmigo. Te ofrezco amor real de un corazón sincero y quemar la llave que abrió el laberinto”. M.A.I.

Hay algunas cosas de las que cuenta Camilo que hay que poner en valor. En alguna entrevista, relata un momento que funcionó como un “punto de inflexión moral” sobre su futuro y el entorno de su barrio: mientras regresaba de una sesión de grabación, se cruzó con un amigo con el que solía jugar de niño, pero que ahora estaba “atrapado en las adicciones”. El joven lo frenó en la calle, balbuceando y con olor a pegamento, para felicitarlo por sus logros en la música y pedirle cien pesos para comprar cigarrillos. Su reflexión fue que “en ese momento me di cuenta de que nunca quería terminar así”. 

Otra anécdota. Milo recuerda con humor su primera presentación ante un “público”. Sucedió en un McDonald’s, donde le prometieron un Big Mac a cambio de cantar tres temas. El “público” presente ese día se reducía a su hermana Alma (quien filmaba) y su primer productor, Marcos. “No sé si decir si fue un fracaso o fue un comienzo… yo me comí una hamburguesa así que fue un gran éxito creo yo”.

Una postal más de su vida. Milo recuerda que cuando recién empezaba, viajaba en el 166 con Marcos desde Morón hasta los estudios de Palermo para buscar “cabida”. Como no tenían dinero, compartían una sola tarjeta SUBE para ir y volver los dos juntos, cargándola con lo mínimo indispensable. Al contarla, reflexiona que el colectivo representa “esa etapa de buscármela independientemente, salir del colegio, subir al bondi y arrancar a golpear puertas”. A pesar de su éxito actual, Milo reivindica ese origen “marrón” y de barrio, afirmando que “ni la plata me sacó el acento de nacer con poco”.

De Morón para el mundo entero. En el medio hubo Tiny Desk, hubo giras mundiales, colaboraciones impensadas como con Agarrate Catalina, Bizarrap, Trueno o Duki hasta Silvio Rodríguez y Mercedes Sosa; tiene sus dos pies marrones firmes en la tierra. Milo no se vuela, no se montó en ningún pony, no especula. Cree y crea, construye futuro y nutre almas con la energía ancestral que se materializa en su poesía; por eso es tarea de todos, cuidarlo, defenderlo y bancarle los trapos al wachin, porque está convencido que llegó para hacer historia y nosotros también lo estamos. 

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