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Juntos pero solos. Por qué le ganó el casino a la militancia

En los colegios privados y en las escuelas públicas, los pibes están usando su tiempo y su plata para apostar en el casino online. Entre ellos se convencen para apostar, juntan la guita en un pozo común y la tiran a la ruleta, al Aviator, a lo que sea, para apostar más fuerte y, con suerte, repartirse algo después. Casi siempre pierden. Esto lo saben y aun así apuestan igual. 

Mientras tanto, en la misma aula, otro pibe abre Twitch y mira a un tipo apenas más grande que él apostando en vivo. A este le paga el casino y este es el negocio: pagarle a uno para que cientos apuesten detrás. La timba en su máxima expresión, montada sobre un circuito que no es improvisado, es una industria, una plataforma, un influencer, el pibe, y la plata. Cuando estos pibes vuelven a casa, abren otra app y siguen viéndolo. Hasta a veces lo siguen apostando con él.

¿Cuántos pibes se salvaron jugando al casino? Ninguno, y todos lo saben. Y aun así siguen. Qué piensan qué van a ganar no es el problema, sino el verbo salvarse. Esa es la palabra que organiza la vida de buena parte de esta generación. Salvarse. Solo, rápido y  antes que los otros.

Cuando terminan el secundario, eligen una carrera con la misma lógica, ya sea marketing, finanzas, trading, lo que prometa hacer plata para hacer más plata. Es la continuación natural de un sistema educativo paralelo qué se come al oficial. La escuela como antesala del casino, la universidad como casino con mejor valoración. El horizonte de sentido que esta época le ofrece a nuestra generación cabe entero en un solo deseo qué es salvarse. Y cabe entero en una sola operación qué es apostar.

Y sin embargo, hay algo que vale la pena mirar dos veces. Esos pibes no apuestan aislados, lo hacen en grupo. Hacen un pozo, se organizan alrededor de ese pozo. Construyendo así una micro-comunidad alrededor de la pérdida. Es una comunidad parasitaria, falsa, hecha para perder juntos, pero es comunidad al fin. Y es, para muchos, la única que están construyendo activamente hoy. Sobre esto hay qué poner el ojo. Porque expresa algo que la militancia se viene perdiendo y es qué el problema no es que los pibes no se organicen sino que se organizan para perder. Porque nadie les ofreció nada mejor para organizarse.

Mientras tanto, nosotros, los que damos nuestro tiempo y nuestra plata a la militancia, no tenemos poder de incidencia real sobre nuestra generación. Porque el casino le ganó a la militancia. Hay un montón de pibes que no nos conoce ni le interesa conocernos. No les interesan nuestras reuniones de horas para hablar del 17 de octubre. No les interesan las clases de apoyo que damos en los barrios. No les interesan nuestras candidaturas en los gremios, en los centros de estudiantes, en la Juventud Peronista, en nuestras organizaciones. No les interesa que seamos responsables de comunicación o responsables de Formación. Hay una generación de pibes a la que no le interesamos. Y a la que no nos esforzamos lo suficiente por interesarle.

Nos construimos nuestra propia comunidad, nuestro propio caminito a seguir, nuestro propio juego hacia adentro. Una militancia endogámica.

Y sí, es verdad: el pibe gasta su tiempo y su plata en el casino. Y lo miramos como si fuera un idiota, un egoísta, alguien que no entiende la vida como la tiene que entender. Pero nosotros la gastamos entre nosotros. Vamos al barrio, sí, pero muchas veces vamos al barrio para nosotros: para sentir que militamos, para tener anécdota, para confirmarnos. Nos formamos entre nosotros y reproducimos lógicas de militancia que, hay que decirlo, suelen tener más profundidad de análisis, más espesor, más densidad política. Eso es verdad y no hay que avergonzarse de eso. El problema no es el análisis. El problema es que el análisis no encuentra a quién hablarle. Construimos una comunidad que excluye y que se ensimisma, alejándose de la realidad cultural y social de la juventud en nuestra propia patria.

¿Por qué le ganó el casino a la militancia? Esa es la pregunta que tenemos que mirar de frente. Y para responderla no alcanza con hacer autocrítica de lo que hicimos mal. Hay que entender, antes que nada, cómo funciona el presente. Cómo se produce un pibe hoy. Qué sistema lo está fabricando solo, mientras nosotros discutimos entre nosotros.

Cómo se vive el tiempo

La militancia perdió ante el casino. Y para entender por qué, no alcanza con la autocrítica. Hay que mirar el sistema que la venció. 

Una parte de nuestra generación organiza su vida en torno a un proyecto que tiende a ser único: hacer plata. Y la militancia no ofrece sueños que se adapten a esa época. Eso, en parte, es culpa nuestra. Los espacios de militancia se ensimismaron, se atomizaron, replicaron entre ellos las lógicas corporativas que dicen combatir. La interna entre corporaciones políticas dejó una militancia vaciada de sentido, que muchas veces se parece más al enemigo que cree combatir que a la alternativa que cree ofrecer. Esa es una parte. 

El casino no le ganó a la militancia por mejor argumento, le ganó por la forma del tiempo. El casino promete una salvación rápida, individual, inmediata, sin tránsito ni compañeros. La militancia propone una construcción lenta, colectiva, llena de reuniones, de paciencia, de derrotas. En un mundo que destruyó el tiempo largo, lo rápido siempre va a ganar al principio. Lo que la militancia tiene que disputar no es solamente qué se hace sino también cómo se vive el tiempo.

La vida de un pibe hoy pasa por un dispositivo electrónico. El celular es la mediación principal con el mundo. Y el celular funciona con un algoritmo que aprende del pibe y le devuelve más de lo que ya consume. Más videos de casino, de streamers apostando, de técnicas para hacer plata fácil. Más razones para creer que el peronismo es una cuna de chorros y la política una estafa. El algoritmo es una máquina que toma posición y toma posición todo el tiempo.

Byung-Chul Han, un filósofo coreano-alemán que piensa el presente desde la doble tradición de Oriente y Occidente, escribió que ya no somos masa, somos un enjambre. La masa tenía un cuerpo, una dirección, una voz común. El enjambre se mueve junto pero sin sujeto colectivo. Cada uno va en su propio mundo, conectado a todos los demás, sin formar con nadie nada que dure. Es exactamente la imagen de la juventud de hoy. Todo junto y todo solo. Un ruido que va de un lado a otro sin destino.

El scroll es la forma estética de esa condición. Se scrollea en Instagram, en TikTok, en X, en YouTube. Se scrollea hasta que el cuerpo avisa. No es qué entras al buscador y tipeas, simplemente te aparece. La plataforma decide qué mostrar y cuándo cortar. El pibe ya no es el sujeto de la información porque es el material con el que la plataforma se alimenta. Cada gesto, cada pausa, cada clip que ve hasta el final, todo eso vuelve transformado en datos que multiplican el negocio. Y así, hay compañías que valen miles de millones porque saben exactamente cuándo el pibe va a apretar el botón. 

Y es acá donde las dos operaciones se cierran en una sola. El casino y el algoritmo son la misma cosa a distinta escala. Detrás de los casinos online hay algoritmos que aprenden cuándo el pibe va a apostar. Detrás de las apps de apuestas hay empresas que pagan a streamers para reclutar más pibes. Y detrás de todo eso hay un proyecto político que entiende, por intuición o por diseño, que necesita pibes solos para funcionar. Pibes que no se organicen. Pibes que crean que se salvan solos. Pibes que defiendan derechos en abstracto pero que no se opongan cuando hay que romper derechos para acumular y acumular y acumular sin ningún bien común.

Ese proyecto le habla a esta generación porque comprende algo que la militancia no terminó de comprender y es que la subjetividad se construye en el celular antes que en el barrio. Que el pibe ya viene formado por miles de horas de algoritmo cuando se sienta en una primera reunión. Que las palabras “comunidad”, “compañeros”, “organización” no significan lo mismo para alguien que creció en un club que para alguien que creció en un scroll. La militancia llega tarde, y llega hablando un idioma que el pibe ya casi no entiende.

Y sin embargo. Y sin embargo, la comunidad no está muerta. Está latente esperando a qué la mostremos. La vi una vez de cerca, y vale la pena contarla.

Mi compañero del secundario se llamaba Franco. Lo conocíamos desde el jardín: quince años de colegio juntos, primer grado, primaria, secundario, una burbuja propia de un grupo que se había formado de chiquitos. Cuando se enfermó, lo primero que hicimos fue tratar de organizar algo para él. Quisimos pedirle al colegio que nos diera un espacio. El colegio se hizo el difícil. Igual lo hicimos. Organizamos un torneo de fútbol convocando a colegios de todo el barrio. Vinieron alrededor de cien pibes. Todo a beneficio: las entradas, los premios, lo que se vendió de bebidas y comida. Toda esa plata fue para el tratamiento de Franco. Y Franco salió adelante, por su fuerza primero, y por algo que nosotros ayudamos a sostener.

Eso era comunidad organizada, aunque ninguno de nosotros la hubiera llamado así. Eso era militancia, aunque ninguno de nosotros se hubiera dicho militante. Apareció porque la convocó un acontecimiento. Y se sostuvo mientras el acontecimiento duró.

Después, el torneo se siguió haciendo. Pero ya sin Franco enfermo, ya sin causa, el contenido se fue. Al año siguiente fue para pagar el viaje de egresados. Al otro, fue para hacer plata para los que lo organizaban. La misma estructura, vaciada paso a paso, hasta volverse su contrario. Yo me corrí hacia el tercer año.

Esa es la historia que mi generación está escribiendo sin escribirla. Hay una comunidad latente. Hay capacidad de organización. Hay pibes que, cuando algo los convoca, se mueven con una potencia enorme. Pero sin política que nombre lo que hicieron, sin organización que sostenga lo que apareció, esa potencia se reabsorbe. Vuelve al mercado y se hace negocio. Se hace una nada.

El sistema no necesita que los pibes sean individualistas. Le alcanza con que su capacidad colectiva no encuentre un cauce político. Y ahí, justo ahí, es donde tenemos que estar nosotros. Y no estamos. 

Una nueva comunidad organizada

Si uno piensa en el club de barrio que conoce, encuentra algunos puntos de coincidencia con la misma imagen. Se practican deportes, organizan matines, fiestas, eventos. Hay un comedor, una cantina, un buffet que funciona los fines de semana. Hay una comisión directiva de padres y madres del barrio, y son sus hijos e hijas los que practican deportes ahí. Es un mundo en miniatura, sostenido por gente que aporta lo que puede.

Los clubes de barrio se están muriendo. La plata se acumula arriba y los que aportan al club, que son los de abajo, cada vez tienen menos para aportar. Un padre que sostenía las cuotas pierde el trabajo y deja de hacerlo. La comisión se queda corta, las facturas no se pagan. El club aguanta lo que puede y, cuando ya no puede, quizás lo termina salvando una megaempresa de afuera o funde. Porque el Estado entiende que el club no produce nada, aunque produzca lo más importante: contención, educación, cultura, vínculos. Eso se menosprecia hasta que ya no está.

Y sin embargo, la comunidad organizada todavía resiste en esa estructura del siglo XX que se niega a morir. En ese grupo de vecinos que se organiza alrededor de un club y trata de reinventarlo. En ese gesto que sigue diciendo, sin nombrarlo, que el yo se realiza en un nosotros sin desaparecer y que la comunidad no aplasta al individuo, lo completa. Esa es la herencia más valiosa del peronismo. No una doctrina para citar, sino una forma de mirar la vida. Una cosmovisión. Y un emblema histórico que nuestra generación todavía reconoce, aunque a veces no sepa nombrarlo qué es la justicia social.

Hay una paradoja que vale la pena contar. A mí, a la militancia me trajo el algoritmo. Una personalidad como Tomás Rebord me acercó al peronismo. Streamings con pocas vistas me mostraron que había otra juventud, otra comunidad conformándose. Vi un mundo del que quise ser parte y acá estoy. Y de eso saco una traducción política: el algoritmo es disputable, pero solo si la militancia está del otro lado del celular. Si la militancia no está, el pibe encuentra otra cosa. Si la militancia está, también la puede encontrar a ella.

 Entonces, ¿qué tareas nos toca asumir?

Hay que disputar el celular. Ahí, antes que en cualquier otro lugar, se está formando la subjetividad de esta generación. Este es el primer frente. Hay que estar en TikTok, en YouTube, en streaming, en redes como X, Instagram. No para imitar a la derecha, sino para ofrecer otra cosa.

Hay que volver al territorio. A los clubes, a los colegios, a las escuelas, a las universidades de todo el país. Abrir unidades básicas, espacios culturales, lugares físicos donde el encuentro digital se transforme en encuentro real. Lo digital convoca; el territorio sostiene.

Hay que revitalizar las organizaciones del pueblo. Con caras nuevas, con legitimidad, con consenso construido desde abajo. Que las organizaciones existentes se nutran de los pibes que llegan, y que los pibes que llegan encuentren ahí un lugar real, no decorativo.

Hay que nombrar políticamente lo que los pibes ya hacen. El torneo que organizan, el grupo de WhatsApp que sostiene una causa, el encuentro de Discord que termina en un encuentro, el chat que arma una colecta. No fundar comunidad desde cero, hay qué organizar lo disperso que ya existe.

Hay que construir una nueva ética de conducción. Una militancia que no sea endogámica. Formas nuevas, lenguajes nuevos, ritmos nuevos. Que la conducción no se mida por antigüedad sino por capacidad de organizar lo que aparece.

Y hay que disputar la pregunta del tiempo. Ofrecerle a los pibes algo que pueda pelear con la promesa rápida del casino. No prometer salvación, pero sí prometer presencia. No prometer salida, pero sí prometer compañía. Una construcción que no sea solo lenta y dolorosa, sino también encuentro, alegría, fiesta. Eso también es política. Eso también es comunidad organizada.

Estas son nuestras tareas. Y son las banderas para construir una nueva comunidad organizada. Una nueva Juventud Peronista. La que esta época nos está exigiendo.

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